miércoles, 29 de diciembre de 2010

Buen provecho

Si alguien tuviera la osada idea de tender un puente entre dos películas aparentemente tan distantes como El apartamento (Billy Wilder, 1960) y Pagafantas (Borja Cobeaga, 2009), lo que obtendría se parecería mucho a esta opera prima de David Pinillos, Bon appétit, que en teoría se suma a una cierta moda (ya un tanto abusiva) de mezclar comedia con cocina, pero que, en realidad y por suerte, termina por consolidarse como una obra con personalidad propia y valiente en su manera de abordar el universo sobreexplorado de las relaciones sentimentales.
Poco que ver, pues, con títulos como Fuera de carta (Nacho G. Velilla, 2008) o Dieta mediterránea (Joaquín Oristrell, 2009); ni siquiera con 18 comidas (Jorge Coira, 2010), a la que es no obstante más afín. Pensando estrictamente en un posible subgénero culinario, tendríamos que emparentarla, en todo caso, con Deliciosa Martha (Sandra Nettelbeck, 2000) o Soul kitchen (Fatih Akin, 2009), aunque nos estaríamos quedando igualmente en lo superficial.
Bon appétit pertenece a eso que se conoce como estilo indie, sí, pero conviene matizar que estamos ante un cine de espíritu indie cuyas señas de identidad reniegan de los clichés del romanticismo convencional y edulcorado que conduce invariablemente a un desenlace donde todo es comer perdices y completar naranjas (dentro del circuito supuestamente “independiente” existen obras tan tópicas y pacatas como los más calculados subproductos románticos de Hollywood).
De hecho, la película a la que más me ha recordado Bon appétit es a la entrañable Once (John Carney, 2006). En ésta no era la restauración, sino la música, el telón de fondo o macguffin para relatar una historia de personas que se quieren pero cuyos perfiles no encajan necesariamente en los moldes impuestos por la tradición y la fábula. Exactamente igual que en la película de Pinillos, que no es tan amarga como Two lovers (James Gray, 2008), pero que sí contiene un agradecido punto de veraz reticencia a lo categóricamente idílico que la distingue y la hace destacar pese a su ausencia de grandes pretensiones.
La pareja protagonista, formada por Unax Ugalde (uno de los mejores actores jóvenes del cine español) y Nora Tschirner (dan ganas de enamorarse de ella; se comprende el empeño del protagonista) derrocha encanto, naturalidad y sentimiento, defendiendo cada uno de ellos a personajes antiheroicos pero no por ello antipáticos.
Como en la mencionada El apartamento, en Manhattan (Woody Allen, 1979) o Entre copas (Alexander Payne, 2004) —y salvando todas las evidentes distancias—, el trayecto que propone el debutante Pinillos no es un desfile fatuo y festivo por la alfombra roja del éxito, sino más bien un paseo lento y reposado para que podamos detenernos a razonar sobre lo que sentimos, en vez de enfilar el camino a la bravas y con las emociones como único combustible.
En Bon appétit no se niega la belleza del sentimiento amoroso, pero sus enamorados no son títeres condenados a satisfacer a un público anquilosado y complaciente. De un típico flechazo puede surgir lo mismo un matrimonio que una amistad duradera, un abono de sexo eventual que una camaradería interesada, un amante o un pagafantas, una muesca en el revólver o un romance vacacional condenado al trastero de la memoria, un embarazo de penalty o un bonito recuerdo para toda la vida.
Idónea para los que piensen que las matemáticas y el corazón no se compenetran bien. Que aproveche.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Poesía sin contraindicaciones

La palabra poesía aplicada al cine me causa pavor. A menudo me encuentro con que la hipotética intención lírica parece poco más que un ardid para justificar gratuitas excentricidades y monumentales brotes de arrogancia por parte de autores que se tienen mucho en cuenta a sí mismos y olvidan que existe algo llamado público (sin lo cual, su oficio no tendría razón de ser).
La expresión “poema filmado” siempre me remite a una película aburrida, críptica y carente de eso tan vulgar para algunos (no para mí) que se conoce como “trama” o “historia”.
Afortunadamente, el título de esta película de Lee Chang-Dong no es un vaticinio fatal, sino una excelente manera de resumir una historia conmovedora en la que la belleza convive con la tragedia de una manera tan elegante como efectiva.
La cadencia narrativa, pausada y detallista, y la delicadeza con que retrata a sus protagonistas —y en especial a esa anciana que carga con todo el peso del drama— recuerdan al mejor Clint Eastwood, al prosista de lujo que se fija en los más débiles y vulnerables (los ancianos, los niños, los perdedores) y nos acerca a su mundo con la misma dosis de crudeza que de ternura.
En un panorama cinematográfico saturado de tridimensionalidad pueril y desmadre adolescente, Poesía es un oasis de madurez y un homenaje a ese segmento de población que vive la paradoja de ser el más numeroso y al mismo tiempo el menos considerado en términos mediáticos.
Pero lo mejor es que la visión de la vejez que hace Lee Chang-Dong no es condescendiente ni edulcorada. No nos presenta abuelitas marchosas ni entrañables sabios con una barba blanca hasta los pies; el director de Secret Sunshine apuesta por la humanidad literal, con sus fortalezas y debilidades, y por eso la odisea de esta anciana que debe luchar contra la adversidad en todas sus manifestaciones posibles (materiales, laborales, emocionales, biológicas) resulta tan creíble y emotiva.
La idea de la poesía como último recurso al que aferrarse o como medicina para paliar el avance de lo inevitablemente trágico encaja sin chirriar en un contexto de veracidad cotidiana trasladable a cualquier pueblo o comunidad.
En contraste con el sombrío mundo interior de los personajes principales, el cineasta coreano apuesta por la luminosidad y la presencia predominante del sol para su puesta en escena, además de otorgarle a la naturaleza un papel importante como escenario donde transcurren algunos momentos decisivos de la película (el encuentro de la anciana con la madre de la niña, por ejemplo).
Es decir, da la impresión de que, más allá de la propia historia, el filme representa en sus criterios de realización la propia definición o la finalidad teórica de la poesía, pero lo hace sin dejar que la metáfora se imponga a la narración, evitando que lo simbólico o lo abstracto le coman el terreno a lo epidérmico y tangible.

viernes, 17 de diciembre de 2010

El pecado de la pereza, versión oenegé

Estoy viendo la tele. Es el intermedio del partido. Tras una sucesión monótona de mercancía automovilística y telefónica, se ve de pronto a un joven sentado en un parque y leyendo un libro. Una voz en off dice: “Parece que no esté haciendo nada, pero en realidad está haciendo mucho”.
A continuación, nos enseñan una imagen de una niña africana sosteniendo una pizarra, y la misma voz grabada confirma que el chico del parque ha contribuido a que niños como ese puedan comer y escolarizarse, todo ello gracias a que es voluntario o colaborador de la ONG Ayuda en Acción.
Desde luego que no se trata de un anuncio original. Es el típico spot publicitario que las organizaciones humanitarias acostumbran a elaborar y a difundir con especial énfasis en estas fechas, más dadas a sacar la sensibilidad de paseo por eso de las celebraciones familiares y el final de año.
Si algo me ha llamado la atención del anuncio, no ha sido por tanto su mensaje institucional, manido y previsible. Lo que me parece en verdad curioso es que para los miembros de Ayuda en Acción leer sea sinónimo de no hacer nada.
Pues vaya. Toda la vida creyendo que la lectura es una actividad edificante y constructiva (bueno, una actividad, a secas) y ahora va a resultar que es lo mismo que tumbarse a la bartola en un parque y rascarse los huevos.
Qué engañados me tenían los bibliotecarios, los editores, los Académicos de la Lengua, los profesores y maestros en general, los prosistas, poetas, periodistas y chupatintas del universo, los libreros y los correctores de estilo, el Cuchitril Literario y la Librosfera, todos los que viajáis en el autobús, en el tren, en el vagón del metro con las narices sumergidas en el papel, vagos, holgazanes, parásitos, haraganes, inicuos ociosos, así va el país, so gusanos, por culpa de tanto alforjazas que en vez de hacer algo de provecho (como ingresar pasta en la cuenta de una ONG) se dedica al improductivo ejercicio de leer.
A ver si espabilamos, cojones.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Qué bello es sufrir

Si hay una costumbre arraigada en estas fechas navideñas que se avecinan, por encima incluso del anuncio de Freixenet, la cabalgata de Reyes, la Misa del Gallo, el sorteo de la lotería o la cena de empresa, es la emisión por TV de la película de Frank Capra Qué bello es vivir.
Este año, con eso de la crisis galopante, se ve que el director mejicano Alejandro González Iñárritu ha decidido sumarse a la tradición invirtiendo los términos, y nos trae su nueva película, Biutiful, que es algo así como una oda al sufrimiento extremo a través de una antología de desgracias encadenadas, las cuales conmueven en un principio pero terminan empachando por acumulación excesiva.
A Iñárritu, para qué negarlo, siempre le ha ido la marcha en este sentido. Su excepcional Amores perros no era precisamente un cuento de abuelitas, y las posteriores 21 gramos y Babel continuaban esa línea de exploración de la tragedia con su correspondiente contrapartida de arrepentimientos y expiaciones.
Pero al margen de la evidente truculencia dramática que rezumaban las mencionadas tres películas, había en ellas historias bien construidas y entrelazadas, que se seguían a pesar de su dureza gracias a unas buenas dosis de intriga, aliñadas con no menos brillantes interpretaciones.
Por supuesto que el sector gourmet de la crítica nunca vio con buenos ojos el cine de Iñárritu por efectista y superficial, algo que a mí me trae sin cuidado si la historia me engancha y está bien narrada, como era el caso. Esta virtud —constato ahora tras el visionado de Biutiful— le correspondía en un porcentaje igual o aun mayor al guionista Guillermo Arriaga, sin el cual Iñárritu conserva los ingredientes, aunque sin ser capaz de encontrarle el punto al guiso.
Biutiful se aguanta fundamentalmente por un inconmensurable Javier Bardem, que huele a enésima nominación al Goya y posiblemente al Oscar. El resto, es como coger un episodio del programa Callejeros y convertirlo en largometraje, quitándole, eso sí, todo atisbo de humor y simpatía.
Además, en ésta su primera aventura europea, el cineasta mejicano se ha contagiado de uno de los vicios más irritantes del cine de autor continental: la manía de poner al límite nuestra capacidad auditiva a base de diálogos que a veces son susurros y a veces difusos sonidos guturales y obviamente indescifrables; a esto, sumémosle los acentos de algunos de los personajes y una tendencia a elevar el sonido ambiental por encima de las voces de los actores, y el resultado es, aparte de una involuntaria apología de la sordera, un galimatías de afectación y un innecesario subrayado de las intenciones del autor, las cuales imagino orientadas a la denuncia social o cualquiera de sus trilladísimos sucedáneos.
Pero insisto: me importa más el resultado que las pretensiones, y en Biutiful la balanza se inclina desgraciadamente (nunca mejor dicho) por las segundas, con el agravante de que, cuando se ve tanto el plumero, lo que deberíamos admirar como un acto de coraje artístico se queda en un bien calculado artificio para satisfacer a aquellos que creen que la culpa de los males del mundo la tienen las películas de tiros.
Menos mal que, para empacharnos como es debido de tragedia, melodrama y truculencia, siempre nos quedarán esas nueve horas irrepetibles del mejor cine, agrupadas bajo el título de El Padrino.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Sonrisas en el desastre

Desde las profundidades de la obtusa ineptitud surge la costumbre de la ira, de la sistemática crispación, del cabreo como norma —no tanto de autodestrucción como de necesidad de reafirmación ante los supuestos defectos y debilidades de los demás—; proliferan legiones exaltadas de agitadores reaccionarios y masoquistas, de insatisfechos crónicos encantados de su tormento interior, de aguafiestas vocingleros, de nostálgicos de la autocracia tenebrosa, de buscadores de amenazas externas y detectores de aberrantes conjuras, de déspotas jactanciosos y necios fantoches que contemplan con mal disimulada delectación los tiempos difíciles, deseando que en el fondo se prolonguen el caos y la decepción popular para justificar sus desfachateces, sus exabruptos, sus hediondos escupitajos contra las libertades y la pestilente retórica de su discurso anacrónico y espeluznante.
Que el panorama exija reflexión (cuándo no) tampoco es para flagelarse pensando en el Armagedón inminente. Espías cibernéticos que destapan miserias imperiales que en el fondo todos sospechábamos; profesionales que se cagan en nuestras sagradas vacaciones (ahora fueron los controladores aéreos como otras veces han sido los pilotos o los maquinistas); airados borregos que apedrean el autobús del equipo rival, cuyos homólogos —no lo dudéis— harán lo propio cuando se juegue el partido de vuelta; el actual gobierno ha perdido el crédito y el aspirante a la poltrona me inspira aún menor confianza… Es decir, los de siempre haciendo lo de siempre.
No es que esté bien, pero que nadie trate de convencernos de que ahora es peor que nunca, tan sólo para concederse el execrable derecho a sacar al vampiro golpista de su ataúd de naftalina.
Ante tal avalancha de estridente pesimismo me alivio revisando y disfrutando por enésima vez de El golpe, Nueve reinas, Misery, Olvídate de París o La noche es nuestra, porque el entretenimiento, en contra de lo que acostumbran a proclamar ciertos pelmazos enfermos de trascendencia, es vitamina para el cerebro. Y rescato asimismo el sonido demoledor del disco La rueda de las armas afiladas, en el que el grupo La Frontera hizo novillos de su identidad country para marcarse un contundente alegato rockero que no sólo perdura, sino que gana con los años; y casi por el carril contrario me llega lo nuevo de Siniestro Total, que se titula precisamente Country & Western, porque los gallegos han aparcado momentáneamente sus reminiscencias punk para decantarse por un repertorio más canónico en lo musical, conservando el ardor contestatario en sus letras, eso sí, y con idéntico acierto al conseguido hace una década en el estimulante —y me da que incomprendido— álbum La historia del blues. Vida y tiempo y de Jack Griffin.
En el televisor me reencuentro con los disparates cotidianos de Seinfeld y Frasier, cuyos poderes analgésicos intuyo semejantes a los de la marihuana (no en vano, cuentan que Spielberg, mientras rodaba La lista de Schindler, pidió que le grabaran la última temporada de Seinfeld para refugiarse en ella cuando sintiera flaquear sus sentimientos, lógicamente agitados por su implicación personal en la historia que estaba filmando). Y a ambos uno ahora el descubrimiento autóctono del año, la serie ¿Qué fue de Jorge Sanz?, de David Trueba, un retrato del reverso tenebroso de la fama y un ejemplo de valentía paródica, en un país donde se lleva más el pataleo que la autocrítica (ingrediente fundamental de eso que se conoce como sentido del humor).
Y están también los libros, por supuesto. A punto de terminar con el último Mendoza (y sin olvidarme de los hombrecillos de Millás), el nuevo Paul Auster me reclama ya desde la estantería, fiel a su cita anual, al igual que otros infalibles antídotos contra el mal rollo que me visitan cada año firmados por esos venerables ancianos llamados Woody Allen y Clint Eastwood.
Será nihilismo en defensa propia o pereza de cuarentón, pero servidor no piensa amargarse; como mínimo, lo intentaré.

Cuando alguien arregle el desastre, me avisen, plis.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Falacias populares 8 - Tengo muchos amigos gays

Existen infinidad de tópicos, dichos, sentencias, refranes, chascarrillos y aforismos sobre la amistad. Que si los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano, que si los amigos son quienes están en los buenos momentos cuando les llamas y en los malos cuando no les llamas, que si los hombres y las mujeres nunca pueden ser realmente amigos por culpa de la interferencia sexual, que si los amigos de mis amigos son mis amigos, etcétera.
Días atrás ya me referí a este tema en términos más o menos generales, al comentar la última película de David Fincher, La red social.
Tener muchos amigos es más una ilusión que una meta alcanzable. Y esto es independiente de la raza, el sexo, la clase social, la nacionalidad o la orientación sexual.
Así pues, quien afirme tener muchos amigos gays está obviamente mintiendo para defenderse o eludir una presunta acusación de homofobia. Ni siquiera los gays tienen muchos amigos gays.
Lo que sorprende sin duda es que haya tantos heterosexuales que presuman de su ingente elenco de amigos homosexuales. Sucede de manera sistemática, lo mismo que cuando alguien estornuda y otro se siente obligado a decir “Jesús”, o cuando alguien nos relata con visible entusiasmo una anécdota referente a un programa de televisión cutre, casposo o friki, e inmediatamente se siente en el deber de añadir que lo vio “haciendo zapping”, o sea, de casualidad.
La jactancia de tener muchos amigos gays suele ir, por tanto, precedida de una declaración que evidencia prejuicio respecto a la condición sexual de una persona. Es un parche, un precario intento de arreglar una metedura de pata o la revelación de una opinión impopular.
Me acuerdo de una chica a quien no correspondí en cierta ocasión, pese a sus intentos ostensibles de seducción. Ella, comprensiblemente ofendida, quiso defenderse no obstante espetándome: “¿Qué pasa? ¿Eres marica o qué?”. Estuve a punto de contestarle que sí para ver qué cara se le quedaba, pero como no tengo tanta mala leche, simplemente le dije algo así como: “Si crees que me insultas con eso, lo único que demuestras es que para ti la homosexualidad es un insulto”. Por supuesto, no tardó ni cinco segundos en aclararme que tenía muchos amigos gays (además lo dijo así, gays, y no maricas, tal como hubiera cabido esperar).
En fin. Yo no puedo decir que tenga amigos gays, pero tampoco le he llamado nunca “lesbiana” a una mujer cuando me ha dado calabazas. Algo es algo.

martes, 23 de noviembre de 2010

Ligera y digestiva

Una pareja cena en un restaurante. Ella es visiblemente más joven que él. Se adivina que llevan un tiempo considerable de novios, y la mujer quiere que se decidan a vivir juntos. Él se muestra reacio, y se da a entender que no es la primera vez que mantienen la misma conversación, y con idénticos resultados.
Entonces ella le pregunta: “¿De qué tienes miedo?”.
Y él responde algo así como: “Ahora vivo solo, pero no me siento solo. Y tengo miedo… no, miedo, no: tengo pánico. Pánico de que vengas a vivir conmigo, y al cabo del tiempo lo nuestro se acabe, y tú te marches. Y volveré a vivir solo. Y entonces sí me sentiré solo”.
La escena pertenece a la película 18 comidas, de Jorge Coira, que acaba de estrenarse en nuestros cines.
Es de suponer que buena parte del público (y en especial la mayoría de las espectadoras) interpretaría este discurso como una apología del egoísmo y la insensibilidad.
A mí, sin embargo, me parece uno de los razonamientos más honestos y coherentes que he escuchado en mucho tiempo. Además, creo que describe una forma de pensar y sentir quizá no demasiado común, pero sí bastante ajustada a la realidad, muy creíble y, bajo mi punto de vista, altamente defendible.
Se puede decir que toda la película respira ese aire de verosimilitud, o, al menos, de limpia naturalidad.
Al contrario de lo que sucede con determinadas obras, asfixiadas por las pretensiones minimalistas de sus autores, la espontaneidad de los personajes aquí no parece forzada, y de hecho hay una explicación lógica para ello. Según Coira, se trabajó la parte interpretativa con un método conceptualmente contradictorio que podría definirse como “improvisación calculada”. Se rodaron más de noventa horas de metraje en las que los actores se explayaron libremente y atendiendo a unas mínimas consignas de caracterización y guión.
No puedo decir que el método sea infalible y vaya a funcionar siempre, pero lo cierto es que en este caso ha sido un notable acierto.
Está claro que los prejuicios del público son aún numerosos respecto a todo lo que huela a cine español. Supongo que las apariencias engañan, y juegan en contra del filme de Coira. A primera vista, todo indica que estamos ante la típica producción ibérica amparada en el tirón de las series televisivas, con reparto coral y tono de comedia costumbrista de andar por casa, con el gancho de un actor en auge (Luis Tosar) y otros rostros conocidos de la pequeña pantalla (Sergio Peris-Mencheta y Esperanza Pedreño), y con el muy manido trasfondo de la cocina o la gastronomía como contexto.
La verdad es bien distinta, y me atrevo a intuir que esta película (estrenada casi pidiendo perdón, en tan sólo dos cines de Barcelona) tendría el beneplácito entusiasta de los espectadores más cinéfilos (los habituales de Verdi, Renoir y similares) si viniera firmada por un cineasta nórdico o centroeuropeo.
No hay nada espectacular, ni excesivamente original. El valor de 18 comidas está en algo tan simple como efectivo: la sensación de que estás ante la vida misma, la que has dejado antes de que la sala se quedara a oscuras y la que te espera al salir del cine. No es una película de atracón de palomitas ni tampoco un sesudo ejercicio con aspiraciones de inmortalidad. De vez en cuando se agradece que el director se guarde la ambición para otro momento. Que se conforme con caernos bien, sin necesidad de enamorarnos o de hacernos morir de admiración.
Como ocurrió el año pasado con la estupenda 25 kilates (¿alguien la vio?), de Patxi Amezcua, seguro que 18 comidas pasará desapercibida. Conste aquí que merecía mejor suerte.

jueves, 18 de noviembre de 2010

¡Manos arriba, esto es un autor!

Una vez más, me permito recoger el testigo de Palimp, quien, en su Cuchitril Literario, vuelve a reflexionar sobre el candente asunto del libro electrónico, en este caso a colación de un artículo de Arturo Pérez-Reverte.
Por resumir mi postura al respecto —más o menos expuesta en la entrada titulada Algunas e-dudas—, diré que reniego de esa cosa tan nuestra del afán por la confrontación. Es decir, quiero creer que la introducción de la tecnología en el ámbito literario es una manera de aumentar posibilidades y prestaciones, una forma de mejorar cuestiones eminentemente prácticas (capacidad de almacenaje, facilidad de transporte, agilidad y simplificación para trabajos de consulta o documentación, etc.), amén de una oportunidad de hacer la lectura más accesible y asequible al bolsillo del lector.
Seguirán existiendo fetichistas del libro y ciberadictos alérgicos al papel, por supuesto. Pero eso no debería desembocar en la consolidación de dos ejércitos enemigos que luchen por aniquilarse mutuamente.
Cuando salimos a comer a un buen restaurante deseamos por regla general que la comida esté elaborada al modo tradicional, que nos la sirvan en platos de cerámica o de porcelana (nunca de papel o plástico), con cubertería metálica; y el vino, claro está, en copa de cristal. Esto no es incompatible con tener en casa un microondas o una cocina de vitrocerámica, vasos de duralex y taperguares. Se trata de una elección personal; cada cual escoge el momento y los medios apropiados. Nada más. Bien sencillo.
Así que me parece erróneo centrar las dudas respecto al libro electrónico en los usuarios lectores. Creo que los lectores (pese a lo que afirma Pérez-Reverte con su acostumbrada y despectiva contundencia) tenemos bastante claro a qué atenernos.
Una vez alguien quiso convencerme de que no leía porque los libros eran muy caros. A semejante excusa chusquera le argumenté que existían unos lugares desde tiempos inmemoriales denominados Bibliotecas Públicas, donde se podía leer gratis. O sea, el que quiere leer, lee.
Mis inquietudes, por tanto, apuntan a otros aspectos alejados de lo romántico y lo estrictamente cultural (están reflejadas, como ya he dicho, en la entrada Algunas e-dudas).
Lo que no podemos negar, me temo, es que este tipo de cambios se producen de forma calculada. No suceden cuando son técnicamente posibles, sino cuando alguien confirma que se va a beneficiar económicamente de los mismos (tenemos un ejemplo diáfano en el sector del automóvil; hasta donde yo sé, los vehículos que se mueven por medio de energías alternativas al petróleo existen desde antes de que muriera Chanquete, pero la pela —o el petrodólar— es la pela).
Aún no tengo del todo claro quién va a ganar dinero con el e-book. Podrían ser los fabricantes de hardware y electrodomésticos (los de software supongo que no, pues imagino que el asunto funcionará igual que en el terreno de la ofimática: ¿alguien conoce a alguien que se haya comprado, con su dinero, el paquete Microsoft Office?).
Imagino que todos los elementos que componen la cadena del negocio editorial en la actualidad (autor, agente, editor, distribuidor, librero) saldrán perdiendo en mayor o menor medida, además de otros empresarios o particulares relacionados (imprentas, transportistas, etc.). Si esto es en aras de facilitar la lectura e incluso —quién sabe— de convertir la literatura en una afición más popular, pues bienvenido sea el sacrificio.
Existe igualmente la amenaza de la piratería. También aquí conviene matizar.
Yo he grabado discos en casetes vírgenes, he fotocopiado fragmentos de libros por necesidades académicas, he grabado (y todavía lo hago) películas de la televisión. No nos engañemos: piratas somos todos, o casi.
Lo que nunca defenderé es esa idea presuntamente progre de la piratería como actitud antisistema o algo por el estilo; una postura que acostumbra a apoyarse en paupérrimos argumentos demagógicos más propios de una arrogante cazurra tipo Belén Esteban que de una persona realmente interesada en la literatura o la cultura en general.
He oído demasiadas veces en los últimos meses frases como “Yo no le voy a pagar el yate a Alejandro Sanz” para justificar la copia ilegal de una obra cualquiera. No os quepa duda de que quien esto afirme jamás ha comprado un disco de Alejandro Sanz. Tampoco ha ido a sus conciertos, y con seguridad que cambiará de emisora cuando suene por la radio un tema cualquiera del cantante famoso por tener el corazón partío.
Lo que estos aguerridos piratas hacen, por tanto, es no comprar los discos de sus cantantes favoritos para evitar que se forren otros cantantes que no les gustan. Un disparate, lo sé. Es lo mismo que esas otras personas (también muchas, lo prometo) que se jactan de haber “vetado”, por ejemplo, a Javier Bardem porque es un borde con la prensa, o por lo del no a la guerra, o porque sólo da exclusivas en el extranjero. Su supuesto veto consiste en no ver películas en las que intervenga el mencionado actor. Una ridiculez. Para empezar, el que decide no ver, pongamos, No es país para viejos, está vetando “artísticamente” a los hermanos Coen, a los actores Josh Brolin y Tommy Lee Jones, entre otros, y a quien está jodiendo de verdad es al dueño del cine donde se proyecta la película, que vende una entrada menos. Eso por no mencionar lo más absurdo de todo: que probablemente se esté haciendo la puñeta a sí mismo al hacer prevalecer la manía personal hacia Bardem sobre sus gustos cinematográficos (si nos limitáramos a ver películas o leer libros de gente buena y ejemplar, apañados iríamos).
Seguro que la SGAE, con su denodado afán recaudatorio, tiene mucha culpa de ello, pero el caso es que parece haberse instaurado en la opinión pública una definición del concepto “autor” injustamente negativa. Miles de ciudadanos cabreados aparentan estar convencidos de que TODOS los autores nos beneficiamos de lo que gana UN SOLO autor, y por ello pretenden castigar a quienes odian pirateando las obras de quienes admiran.
Por decirlo en versión Barrio Sésamo: La forma de fastidiar a Alejandro Sanz es no comprar discos de Alejandro Sanz. La forma de dar por saco a Paulo Coelho es no comprar libros de Paulo Coelho.
Si no pudiera comprarme la nueva novela de Paul Auster, tal vez la piratearía, pero lo haría para no prescindir del placer de leer ese libro en concreto, y no para evitar financiarle un chalet a Jorge Bucay.
No sé si ha quedado claro.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Falacias populares 7 - Pan y circo

Me asombra que todavía nos creamos este latiguillo.
No sé por qué nos gusta presumir de tontos o ineptos, la verdad. Desconocía que el masoquismo estuviera tan extendido.
Cada vez que hay un torneo deportivo o un partido de fútbol importante, o cada vez que un programa de televisión, una película o un espectáculo acapara el interés casi unánime de la ciudadanía, sale el listillo o el tertuliano de turno con aquello del pan y el circo.
O sea, que somos gilipollas, y nos gustan el fútbol, el cine, el teatro, los bares y las discotecas porque nos lo dicen los políticos y los poderosos, para distraernos así de los verdaderos (sic) problemas del país.
Por favor. Seamos serios.
¿Es incompatible la conciencia de la realidad con la necesidad del ocio y el placer? ¿De verdad os lo creéis?
Según este criterio, los pobres desgraciados que sufrimos los efectos de la crisis estaríamos obligados a pasarnos el día rumiando nuestras penurias, hablando de economía y finanzas, crispados, cabreados, amargados, sin evadirnos ni divertirnos, sin beber, fumar ni follar, sin vacaciones. Esto es, ocupados en “las cosas importantes”, como si el hecho de disfrutar del fin de semana o de un momento de asueto significara que damos la espalda a la realidad, que somos insolidarios e inconscientes, temerarios y desaprensivos.
Manda cojones que tengamos que sentirnos culpables por pensar en el derby del domingo o el estreno del viernes, en el reality show del martes o en el cumpleaños del niño. Todos conocemos perfectamente la salud de nuestra cuenta bancaria y los agujeros que hemos tenido que ir sumando a la hebilla del cinturón. Sabemos que el paro, el terrorismo, el acoso escolar o la contaminación medioambiental son problemas más graves que la lesión de un delantero centro o los desamores de Miss España. No hace falta ser Einstein para deducirlo. Lo que tampoco hace falta, digo yo, es renegar tajantemente de lo lúdico para sentirnos más responsables.
¿No será que ocurre lo contrario? ¿No será que los políticos saben que cada vez interesan menos y por eso se empeñan en tratar de convencernos de que lo que ellos hacen y dicen es “lo verdaderamente importante”? ¿No es la política el auténtico pan y circo? (Sobre todo el circo.)
Tenemos un ejemplo a la vuelta de la esquina. El partido de fútbol más esperado de la temporada, el Barça-Real Madrid, se jugará en lunes, el día laborable por excelencia y el menos identificable con el espíritu festivo del hincha futbolero. ¿La razón de esta herejía balompédica?: las elecciones catalanas, que se celebran el domingo 28, la fecha en que estaba programado inicialmente el partido.
Me pregunto qué temen los políticos. Está claro que quien quiera ir a votar lo hará; tiene todo el día, desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche (el partido dura sólo 90 minutos, y probablemente no se empezaría a jugar hasta las 21 h.).
Pero, claro, el problema es otro. La cuestión es de qué se hablará durante ese fin de semana. Qué argumentos nutrirán las conversaciones en los bares y en las sobremesas. Y, sobre todo, a quién querrán más los medios de comunicación. ¿A mamá política o a papá fútbol?
Con el delirante cambio de fecha del encuentro de Liga entre los eternos rivales, si algo están evidenciando nuestros políticos, es su flagrante falta de popularidad. Saben que las elecciones son una garantía de protagonismo y acaparamiento total del territorio informativo, salvo, claro está, que tengan que competir con un enemigo tan poderoso como el fútbol.
Así que, nada de echarnos las culpas a los demás. Si los ilustres candidatos no interesan, que se lo hagan mirar, pero que nadie me quiera convencer de que soy un lerdo con el cerebro lavado porque ese día prefiera estar más atento a Casillas y a Xavi que a Montilla y a Mas.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Conjeturas que dan miedo

Mi elucubración no se basa en datos contrastados ni en argumentos realmente sólidos. Se trata de una de esas cosas que se piensan justo al meterse en la cama, mientras esperamos a que el sueño nos capture, o nada más despertarnos, mientras un locutor de radio cualquiera nos murmura las primeras noticias del día desde la mesilla.
Me entero de que Obama no vive precisamente sus momentos de mayor popularidad en Estados Unidos. El hombre que simbolizó el cambio hacia posturas menos reaccionarias y hacia un clima de mayor tolerancia comienza a perder fans en las urnas, y eso trae como consecuencia un avance de los republicanos, esto es, de los más radicalmente conservadores.
Las causas de que aquel prometedor sueño se haya desvanecido en tan sólo un par de años serán sin duda diversas, aunque parece que existe una fundamental (y común a todo el planeta, de hecho), relacionada con la puñetera y omnipresente crisis económica global.
Al mismo tiempo, todo indica que las próximas elecciones que se celebren en España darán el triunfo al Partido Popular, donde obviamente hay de todo (y lo digo en serio), pero donde, igualmente, militan más o menos ocultos los elementos de la derecha más retrógrada y siniestra.
Hilando este par de hebras me he retrotraído hasta el año 1929, una fecha tristemente histórica por ser la del crack de la bolsa de Nueva York y el inicio de la época conocida como La Gran Depresión.
O sea, hablamos de una gran crisis económica mundial, que se parecerá mucho o poco a la de ahora —sinceramente, no lo alcanzo a saber— pero que podría haber servido de escenario idóneo para que en los años inmediatamente posteriores emergieran triunfales personajes como Hitler en Alemania o Franco en España, además de reforzar a otros que ya se habían adelantado, como Mussolini en Italia.
No lo veo yo tan negro, tampoco nos volvamos locos. No obstante, mi propia asociación de ideas respecto a lo acontecido en aquella gran crisis del siglo pasado me ha provocado, eso sí, una mínima inquietud.
Puedo entender que ante las penurias del hambre nos obliguemos a ser algo más primarios y pragmáticos, que dejemos las utopías para tiempos de futura bonanza. Lo que me preocupa de alguna manera es que nos pasemos de frenada y en nuestro ímpetu por salir del atolladero nos saltemos según qué fronteras.
La alternancia es un imponderable de la democracia, en mi opinión. Unas veces nos tocará circular por el carril izquierdo y otras por el derecho, independientemente de que llueva o no a gusto de nuestras afinidades. El temor aparece cuando empiezas a percibir que la desesperación y la urgencia de los ciudadanos se convierte en la moneda de curso legal para los más oscuramente extremos, y compruebas paulatinamente cómo se van enriqueciendo día a día y van perdiendo el pudor para desnudar su discurso, despojándolo del disfraz retórico que les impuso la democracia y alardeándolo cada vez con mayor impunidad.
Eso es lo que asusta; no que se arremeta contra la inoperancia de un gobierno concreto, de izquierdas o de donde sea, sino que se empiece a cargar contra el sistema democrático en sí, que vuelvan a la lista de grandes éxitos arcaicos y deleznables conceptos como la “mano dura”, que se confunda “autoridad” con “despotismo”, “control” con “prohibición” o “justicia” con “castigo”.
Por si acaso, aquí queda dicho.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Falacias populares 6 - Di que vas de mi parte

Cuando vamos a cualquier sitio de parte de alguien, lo fundamental es estar absolutamente seguros de que ese “alguien” es realmente una persona de confianza.
Sé que es tentador sentirse distinguido o privilegiado. A todos nos fastidian los enchufados, siempre y cuando sean otros, claro. Si es a nosotros a quienes nos hacen el favor, en ningún momento nos paramos a pensar que tal vez estamos perjudicando a un tercero que lleva más tiempo esperando su turno o que necesita mucho más el descuento o la prebenda.
Reconocida esta debilidad del ego, conviene andarse con cuidado, pues la tentación del privilegio nos lleva a veces a convertirnos en el recomendado de personas a las que apenas conocemos y que, probablemente, obren movidas por idéntico influjo de su vanidad: también ellos se sienten importantes diciéndonos “Di que vas de mi parte” o “Di que eres amigo mío”.
En cierta ocasión, alguien me instó a sacar mis billetes de avión en una agencia de viajes donde al parecer lo conocían y la sola mención de su nombre era sinónimo de trato preferencial.
En efecto fui a dicha agencia, convencido de que sacaría alguna ventaja. Nada más aclarar que iba de parte de aquel señor, la cara del hombre de la agencia me reveló ya que lo mismo podría haberle dicho que iba de parte de Harry Potter o de Paquirrín.
No dudo de que mi supuesto mentor y el tipo de la agencia se conocieran, pero lo que era evidente es que su relación no era tan estrecha como para ejercer influencia alguna. Como el agente de viajes era un profesional, se esforzó en sonreír y responderme “Ah, sí” (que era como decir “Ah, sí, es mi cuñado el fantasma” o “Ah, sí, el pesao aquél que estudió conmigo”, o incluso “Ah, sí, el novio de una vecina mía al que, por cierto, todavía no conozco en persona”).
Me aseguró que me había buscado la mejor oferta y yo me sentí obligado a creerle, pese a que, desde luego, no era ninguna ganga (y no afirmo con ello que lo hiciese a mala leche; seguramente no tenía ni capacidad ni poder para ofrecerme nada mejor).
Esto me hace pensar en lo poco que en realidad sabemos acerca de la impresión que causamos en los demás. Tal vez quien me mandó a aquella agencia no lo hizo tan sólo por el deseo de fingir que era un individuo influyente. Quizá creía de verdad que el otro tipo lo apreciaba o aun lo admiraba. Puede que sólo coincidieran en una ocasión, durante una boda o una cena de amigos comunes; a lo mejor se conocían superficialmente por haber trabajado en la misma empresa o compartir escalera de vecinos. Y eso, aunque no sea demasiado, nos basta a menudo para hacernos impresiones sobre otras personas y, al mismo tiempo, deducir lo que éstas pensarán de nosotros; si caemos mal o bien, si entablaríamos una relación más estrecha o no, si le gustamos o le atraemos sexualmente a alguien, si le prestaríamos dinero o no le daríamos ni las buenas tardes, si su amabilidad es genuina o busca algo a cambio, si los encantadores modales ocultan a un futuro gorrón o pelmazo, si tal o cual persona ha tenido un pasado turbio o difícil, si es un homosexual encubierto o si guarda millones debajo de un ladrillo aunque va de humilde por la vida... En fin, parece mentira, pero la de cosas que nos atrevemos a extraer de la gente con sólo intercambiar un par de minutos en un descansillo o compartir un fugaz trayecto en ascensor.

jueves, 28 de octubre de 2010

La bolsa de los insultos

Hará un par de semanas, se supo que un árbitro había suspendido durante tres minutos el partido de la liga italiana entre el Cagliari y el Inter de Milán debido a los insultos “racistas” que un sector de la grada profirió contra el futbolista Samuel Eto’o.
Comparto la sensibilidad del colegiado ante tales injurias, pero no estoy de acuerdo con su decisión, ya que me parece —seamos honestos— un puro gesto para la galería.
Me explicaré antes de que algún internauta empiece a visualizarme ya con el capuchón del Ku Klux Klan sobre mi cabeza.
Sinceramente, no creo que los insultos hacia Eto’o fueran en realidad “racistas”. Infames, deleznables e intolerables, sí, pero también personales, individualizados hacia su persona. El contenido racial de los mismos obedece a la intención de ofender a ese individuo en concreto, y para ello, como mandan los cánones primitivos del insulto, se arremete contra lo más visible y/o más vulnerable.
Por ejemplo, si el jugador que se odia es pelirrojo, seguramente la grada gritará algo como “Zanahorio de mierda”, sin que el colectivo mundial de pelirrojos vaya a sentirse necesariamente aludido (ni, por supuesto, tampoco el de granjeros cultivadores de zanahorias). Lo mismo ocurrirá con calvos (puto pelao), cabezones (cabeza buque), narigones (muerte del loro), orientales (chino de los cojones), bajitos (enano de mierda), feos (cara de culo), etcétera.
Cualquiera que haya ido al fútbol alguna vez sabe que el exabrupto desde la grada es un deporte tanto o más secundado que el que se practica sobre el césped.
El mismo día en que aquel árbitro italiano enarboló la bandera de los derechos humanos para ganarse su espacio en todos los zappings del mundo, mucho más cerca de aquí, en el estadio Vicente Calderón, una multitud clamaba desde la grada la deliciosa estrofa “Michel, Michel, Michel maricón”, dirigida al entrenador del Getafe y ex jugador del Real Madrid.
Nadie hizo nada, por supuesto. Ni siquiera salió a la palestra alguien pensando que tal vez se trataba de insultos homófobos. Y ahí está la trampa. En amparar la protesta en grandilocuencias como la xenofobia, la homofobia, el racismo o el machismo.
Los insultos, insultos son. Si se ha de sancionar al que grita “negro de mierda”, también habrá que hacerlo con quien espete a los futbolistas infectas vulgaridades como “hijo de la gran puta” o “puto maricón”. Parece por ello injusto que exista un mercado de valores para el insulto, en el cual se cobre más caro el negro que el imbécil o el gilipollas.
A lo mejor, quién sabe, es preferible ignorar a los cafres que berrean para no concederles mayor importancia (los futbolistas, de hecho, parecen entenderlo así, excepto el mencionado Eto’o, que ya vivió idéntica situación en la liga española hace algunos años). Será porque los borregos que se dedican a insultar en los estadios son tan lerdos que no parecen darse cuenta de que se contradicen continuamente, y eso, sumado a la bajeza de sus modales, los descalifica por sí mismos.
A los aficionados que se meten con un jugador del equipo rival por ser negro, me gustaría recordarles que es más que probable que el club de sus amores también tenga futbolistas negros en su plantilla. Y esta norma es aplicable a la naturaleza de cualquier insulto.
Por ejemplo, en las gradas del Santiago Bernabéu es frecuente escuchar la consigna “Hijos de puta, vascos no” cuando lo visita el Athletic de Bilbao, todo ello a pesar de que sobre el terreno de juego haya jugadores como Alcorta, Karanka, Lasa o Xabi Alonso (vascos, claro) defendiendo los colores del Real Madrid.
Lo mismo sucede en San Mamés, cuando los merengues devuelven la visita y son calificados como “Hijos del puta, españoles”, como si aquello fuese un partido de la Premier League inglesa, o como si Fernando Llorente y Javi Martínez no hubiesen formado parte de la misma selección española que ganó el Campeonato del Mundo con Casillas o Sergio Ramos.
Quevedo y Góngora se valían de la poesía para descalificarse, y es verdad que de vez en cuando surgen personajes dispuestos a otorgar cierta dignidad retórica al insulto (véase El cansino histórico de Mota, o el antaño emperador de las ondas José María García), pero aquello que se escupe desde el graderío de cualquier estadio, por dañino y abyecto que sea, está más cerca del simple rebuzno que de otros sofisticados mecanismos de misantropía como el apartheid o el nazismo.

domingo, 24 de octubre de 2010

Amigos punto com

La diferencia entre tener un solo amigo y no tener ninguno es, en términos numéricos, obviamente escasa, pero si lo observamos desde el ángulo de lo estrictamente emocional y humano, veremos que entre una y otra opción existe un abismo inconmensurable.
La novela Cuatro amigos, de David Trueba, comienza con la siguiente reflexión: "Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como las carreras universitarias, la muerte y las pollas largas".
Me gusta esta novela, aunque no comparta la sospecha de su narrador. Lo que yo creo, muy al contrario, es que en realidad no valoramos la amistad todo lo que debiéramos, precisamente porque tendemos a considerar como amigos a demasiadas personas que no llegan a serlo.
Nuestra vida está recorrida por numerosas situaciones que requieren la interrelación con el prójimo. Vecinos, colegas de trabajo, compañeros de estudios, familiares sanguíneos y políticos, conocidos ocasionales o "colaterales", amantes y otros affaires; gente, en suma, con la que compartimos momentos, experiencias, aficiones, pasiones y un sinfín de cosas más, sin que por ello se correspondan necesariamente con la etiqueta de "amigo".
Me temo que a fuerza de malgastar y pervertir el término amigo, hemos terminado por devaluarlo y banalizarlo hasta el extremo. Con esto no estoy afirmando que el resto de relaciones sean prescindibles. Familiares, amantes, colegas, compañeros y demás nos enriquecen y nos ayudan a disfrutar de nuestro paso por el mundo. Pero hay un cierto tipo de complicidad y de incondicional dedicación que sólo los verdaderos amigos nos prestan, y es por ello que parece exagerado y gratuito atribuir competencias de amistad a personas con las que nos unen tan sólo unas cuantas copas (o muchas, tanto da) o unos cuantos polvos (ídem).
De esto más que nada habla La red social, último trabajo del brillante David Fincher (Seven, The game, El club de la lucha, La habitación del pánico, Zodiac, El curioso caso de Benjamin Button). Aunque en teoría la película vendría a ser una especie de retrato biográfico del creador de Facebook, al final lo que menos importa es si estamos ante una historia real o ficticia, si el protagonista ha triunfado en la vida o no. De hecho, sí lo hizo, en cierto sentido: es el multimillonario más joven del mundo, según parece. Y digo "en cierto sentido" porque lo más interesante de esta obra es que se centra en el lado oculto e íntimo del personaje, huyendo de hagiografías y biopics al uso, para revelarnos que, detrás de un gran éxito profesional, puede esconderse la más vulgar y primaria de las emociones humanas.
Que un simple ataque de cuernos o de orgullo venéreo pueda ser el origen de una de las mayores hazañas empresariales de nuestro siglo es, como mínimo, curioso. Igual que constatar que el creador de un foro de proporciones universales orientado presuntamente al fomento de la interrelación, es al mismo tiempo el tipo menos dotado del planeta para la sociabilidad.
El guión de Aaron Sorkin es una pieza de máxima precisión, y Fincher lo filma con la eficiencia de siempre y con resultados sorprendentemente eficaces, teniendo en cuenta que es una película de diálogos más que de acciones (aprovecho para rescatar del olvido y de la ignorancia mayoritaria dos filmes recientes del director Billy Ray, El precio de la verdad y El espía, más modestos que el que nos ocupa pero construidos con idénticos mimbres; historias reales sobre la ambición y el fracaso, la lealtad y la traición, rodadas con fluidez y sin aspavientos, con el clasicismo bien entendido como consigna de estilo).
En la primera secuencia de la película, la novia le dice al protagonista: "Creerás que no gustas a las chicas porque eres un friki, pero no les gustas porque eres un gilipollas". Hacia el final, otra mujer le reprocha: "No eres ningún gilipollas, aunque te esfuerces en parecerlo".
Estos dos momentos definen perfectamente al personaje y sus contradicciones. Un carácter paradójico que es probablemente el mejor reflejo de su lucrativo negocio: un espacio virtual donde uno puede sumar millones de amigos cibernéticos sin que ello le convierta en el verdadero amigo de nadie.

jueves, 21 de octubre de 2010

Falacias populares 5 - Sólo quiere jugar

Humanos y animales se han relacionado desde la noche de los tiempos, y aun así no se conoce a un solo veterinario, ganadero, zoólogo o zoófilo que asegure haber visto a un perro acercarse hacia él portando un tablero de parchís o una baraja de cartas entre sus patas.
Los dueños de mascotas, sin embargo, acostumbran a empeñarse en convencernos al resto de ciudadanos de que sus bestias son transparentes a la hora de comunicarse con los desconocidos, lo cual nos obliga a interpretar gestos de cortesía o ternura donde normalmente uno advierte claros signos de amenaza y furia.
A veces me he encontrado paralizado y al borde de la descomposición fecal en medio de un parque o una acera, mientras una fiera canina avanzaba hacia mis trémulos huesos ladrando a un volumen brutal y chorreando un torrente de baba viscosa entre sus afiladas fauces.
Suele darme tiempo a reaccionar, eso sí. Lo normal es que eche a correr despavorido o que busque improvisados burladeros entre el mobiliario urbano.
Detrás de la alimaña histérica aparece siempre su propietario, descojonado de risa, burlándose de mi grotesco alarde de pánico. Una vez amarrado de nuevo el perro a su correa, el dueño, aún ufano —aunque queriendo dar muestras también de que se siente ofendido por mi falta de consideración hacia el pobre animal—, me espeta: “Pero hombre, si sólo quiere jugar”.
Un día de estos saldré de casa con una escopeta de doble cañón, o tal vez con un hacha de hoja gigantesca (¿o qué tal una motosierra?), y abordaré a todos los paseadores de perros blandiendo mi arma y cagándome en sus calaveras a voz en grito, con los ojos desorbitados, rabioso como un babuino con ladillas.
Y el que no quiera entender que sólo quiero jugar es que es tonto, hombre.

domingo, 17 de octubre de 2010

Falacias populares 4 - Piensa mal, y acertarás

Cualquiera que sea más o menos fiel seguidor de esta bitácora, sabrá ya lo poco que a este peatón le agradan los refranes.
Hay uno de ellos que odio especialmente; aquél que afirma eso de “Piensa mal, y acertarás”.
Me consta que mucha gente promulga dicha sentencia como si fuera palabra divina. Allá ellos. A mí, sinceramente, me suena a latiguillo recurrente de amargados, refunfuñones, tocacojones, huraños y misántropos incurables.
Me encajaría como el mantra de la comunidad masoquista internacional, o como la consigna fundamental del libro de estilo de Intereconomía, o como el eslogan del congreso anual de hipocondríacos, o incluso como el as en la manga de los soberbios que nunca están dispuestos a reconocer el tan humano defecto de la equivocación.
Una dosis de escepticismo en la vida viene bien; es sano y recomendable para nuestra inteligencia. Innumerables individuos e instituciones se han ganado a la fuerza nuestra desconfianza crónica, o al menos nuestro derecho a la cautela y también al pataleo; faltaría más.
Pero debe de resultar muy poco práctico ir por la vida desconfiando de todo y de todos, aplicando presunción de culpabilidad a diestro y siniestro, aguando fiestas a discreción y jugando al profeta del Apocalipsis a jornada completa.
Seguro que los múltiples amantes del refranito dichoso se han relamido las bilis al enterarse de que el otrora heroico profesor Neira ha resultado ser, una vez superada su convalecencia, un individuo desagradable, de modales despóticos y conducta poco fiable.
Es posible que todos ellos ya adivinaran (ja, me troncho) la calaña del sujeto cuando permanecía en coma después de haber mediado en una pelea conyugal, con el fin, según parece, de impedir una agresión de esas que ahora se llaman “violencia de género”.
Confieso que yo no. O sea, con los datos de que uno disponía —los facilitados por la prensa y otros medios de comunicación— no había motivo alguno para sospechar que un diablo malencarado e incívico habitaba el alma de aquel señor; bien al contrario, su reacción merecía toda la admiración y el respeto que le fueron concedidos.
Aun cuando, al recibir el alta hospitalaria y reincorporarse al mundo de los vivos, Neira aceptó determinadas prebendas políticas, la censura hacia su persona quedaría limitada a legítimas discrepancias ideológicas. Hilando algo más fino, si acaso podría apelarse también al mal gusto de este hombre para elegir sus amistades, pero ahí quedaría la cosa.
A día de hoy, ya sabemos cómo se las gasta el tipo. A día de hoy —insisto—; pero, lo siento, no creo en los adivinos (menos aún en los agoreros).
Son compatibles, desde mi punto de vista, los defectos de la personalidad con las virtudes de las acciones. Tipos despreciables pueden protagonizar sucesos admirables, del mismo modo que personas intachables se desmarcan a veces con errores imperdonables.
Por supuesto que es más cómodo blindarse pensando mal por defecto. Más cómodo, pero también más aburrido.

jueves, 14 de octubre de 2010

En lista de espera

En la lista de espera del Premio Nobel llevaba Mario Vargas Llosa la tira de años, y en mi lista de espera particular he tenido yo a este autor desde hace casi treinta. Digo “he tenido” porque tal vez haya llegado el momento de concederle por fin su turno, aunque sé que resulta vulgar y poco imaginativo interesarse por un autor justo cuando acaban de premiarlo.
Esta injusta marginación a la que he sometido al escritor peruano se debe a una circunstancia que quizá sea un prejuicio y que se remonta a mi época estudiantil. Por entonces, todos los lectores que conocía se entusiasmaban con los autores del llamado boom latinoamericano. Mis compañeros de clase paseaban bajo sus orgullosos brazos las novelas de Rulfo, García Márquez, Allende y el propio Vargas Llosa, o las antologías de cuentos de Cortázar, Borges y Bioy Casares, entre otros tantos.
Mis favoritos de aquella oleada no eran precisamente (o al menos así lo advertía yo) los más célebres y populares. Disfruté enormemente con El túnel, de Sábato, y La tregua, de Benedetti. Sin embargo, La casa de los espíritus, de Allende, se me hizo eterno y plomizo (no fui capaz de terminarlo), y si llegué a leer completa Cien años de soledad, la obra magna de García Márquez, fue por una especie de amor propio y miedo al qué dirán, pero reconozco (aun sabiendo que incurro en herejía para millones de fans) que no caí rendido ante el barroquismo lírico de su prosa ni ante los misterios sobrenaturales de Macondo, por mucho que siga siendo algo así como La Meca literaria de un sinfín de lectores. Tampoco Pedro Páramo, de Rulfo, me contagió nada más allá de una curiosidad inicial que se fue desinflando a medida que avanzaba en su breve recorrido.
Ya se sabe que no hay nada que dé más rabia que contemplar cómo algo que apasiona a todo el mundo a uno no le deja ni frío ni caliente. Y posiblemente de ahí nazca el prejuicio.
En cuanto al recién galardonado Nobel, recuerdo haber leído un delgado volumen que incluía Los jefes y Los cachorros, además de la novela Pantaleón y las visitadoras, ésta última por obligación académica, que es lo mismo que nada, pues hoy por hoy ni siquiera me acuerdo de un solo detalle de la trama o los personajes.
La clase de autor que más me interesaba en aquella época ya era prácticamente la misma por la que me inclino ahora. Descubrí a gente como Millás, Mendoza, Delibes y Marsé, y también a Salinger, Wilde, Kafka y Nabokov. Sin desviarme demasiado de ese rumbo, llegaron después Cheever y Auster, Marías y Muñoz Molina, Barnes y Lodge, Casariego y Álamo, Roth y Bellow, Landero y Cercas... Cierto es que en ese tren cargado principalmente de mercancía ibérica y anglosajona hay vagones donde viajan los mencionados Sábato y Benedetti, junto a un notable surtido de piezas imprescindibles de los maestros de la brevedad, los también aludidos Borges, Cortázar y Bioy.
Así que, tal vez, en la próxima parada me espere el laureado Vargas Llosa con su ciudad, sus perros, su fiesta, su chivo y todo lo demás, y seguro que no podré resistirme a pedirle que suba al tren.

domingo, 10 de octubre de 2010

Falacias populares 3 - Pequeña, pero juguetona

Sincero, pero patético.
Baste formularse una sencilla pregunta: ¿Alguien ha visto alguna vez en un sex-shop (o en el cajón de la mesilla de su amante, que todo puede ser) un consolador de seis u ocho centímetros?
Pues claro que no. Así son las cosas.
Otra cosa es que nos planteemos seriamente la fiabilidad de aquello que se ha establecido vagamente como “media nacional”. Es más que probable que dicho patrón de medida esté subjetivado a conveniencia según el usuario y propietario genital, y por consiguiente cada cual (salvo flagrantes y microscópicas excepciones) viva convencido de que sus proporciones pertenecen, como mínimo, a la categoría de lo “aceptable”.
En las tiendas de regalos de mi adolescencia podía encontrarse con relativa facilidad un curioso artículo denominado Falómetro. Su diseño era idéntico al del clásico plumier de madera, sólo que en este caso, al retirar la tapa, lo que uno se encontraba en el interior no eran lápices, una goma de borrar y un sacapuntas, sino una singular modalidad de regla de 30 centímetros de longitud, cuya utilidad, aparte de satisfacer la consabida obsesión juvenil (¿juvenil?) por medirse el miembro, era también la de adjudicarle el calificativo correspondiente en virtud de su tamaño.
Así, en el borde superior (30 centímetros), rezaba la leyenda “Inhumano”, en letras bien gruesas y creo recordar que rojas. Sucesivamente, se iban asociando adjetivos a cada medida según la siguiente escala:

22 cm. – Peligroso
19 cm. – Satisfactorio
17 cm. – Pasable
14 cm. – Escaso
12 cm. – Inofensivo
10 cm. – Ridículo

Desde luego que la palabra “juguetona” no figuraba entre las opciones de dicha escala, así pues, que cada cual saque sus conclusiones.
En una noticia aparecida en agosto de 2009 en el tabloide Fuckin’ News, se puede leer que el aspirante a actor porno Osvaldo Norton Velásquez fue descartado entre carcajadas y otros sarcasmos de una prueba de casting debido a su pene minúsculo. Cuando, herido su orgullo masculino, argumentó aquello de “Pequeña, pero juguetona”, la estrella californiana Rocky Sausalito, alias Mr. Constrictor, que formaba parte del equipo de evaluadores, desenfundó su legendario príapo de tres palmos en erección y le espetó: “¿Juguetona? Con ésta he jugado yo al béisbol, chaval”.
Para qué decir más.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Falacias populares 2 - La realidad siempre supera a la ficción

Si pudiera extraerse cualquier sustancia o elemento químico a partir de la energía que gasta un editor en poner cara de asco cuando lee un texto que no le agrada, tendríamos sin duda el arma de destrucción masiva más cruel de la ya de por sí abominable historia de las armas.
El libro que les había enviado era una recopilación de dieciséis cuentos, cada uno de ellos protagonizado por un miembro de una misma familia, y todos ellos interrelacionados por los secretos y trapos sucios que los personajes se iban intercambiando de historia en historia.
Por este motivo, pensaba que para la valoración de la obra era imprescindible leer la totalidad del volumen, algo que el editor en absoluto compartía, y razón por la cual me pidió únicamente el primer cuento de la antología.
Lo leyó delante de mí, desde su privilegiado lado del escritorio (los escritorios delimitan a veces las fronteras con mayor solidez que los muros o las alambradas). Fueron cerca de veinte minutos de muecas, mohines y conatos de arcada. Algún que otro chasquido de lengua, también.
El veredicto se adivinaba inapelable, y no obstante me puse nervioso. Incluso cerré los ojos justo en el instante en que el editor comenzó a hablar, como si ese ínfimo ritual supersticioso pudiera cambiar algo (cerrar los ojos para no oír; menuda idiotez).
“No es creíble”, fue su última frase, con la que remató el discurso (que ahorraré aquí por limitarse a un chorreo de vaguedades y lugares comunes acerca de la ardua tarea editorial para distinguir entre el talento verdadero y el simple ingenio, entre la obra de arte y la ocurrencia brillante).
“¿De veras?”. Tampoco es que yo estuviera precisamente inspirado. Pero eran los nervios. Y la rabia contenida; lo prometo.
“Es inverosímil, y deberías saberlo” (A continuación venía el igualmente común discurso sobre no poner en tela de juicio mis aptitudes ni la calidad literaria del texto. Simplemente, en su opinión, no era creíble. Estaba bien escrito, pero no había quien se lo tragara.)
Entonces la rabia (la mala leche, vamos) se puso de mi lado. ¿Por qué no mentir? Ya que aquel arrogante magnate presumía de ser un detector infalible de la verdad absoluta, ¿por qué no jugársela y devolverle la moneda?
Fingí aceptar sus argumentos y me marché. Desde ese mismo momento empecé a urdir mi estrategia de contraataque. Aguardé unos meses. Mejor ser prudente, aunque lo más seguro era que se hubiera olvidado de mí y de mi libro a los cinco minutos de haber cerrado por fuera la puerta de su despacho.
Seis meses después, remití de nuevo el manuscrito. Idéntico. Sin modificar una palabra ni un signo de puntuación. Me limité a añadir una línea debajo del título; una única frase: “Basado en hechos reales”.
Recibí la llamada de la editorial en menos de una semana.
Es verdad que todavía hoy muchos de mis familiares siguen interrogándome (algunos bajo métodos de coacción sicilianos) acerca de determinados pasajes del libro, pero es un precio que pago a gusto.

viernes, 1 de octubre de 2010

Falacias populares 1 - Una imagen vale más que mil palabras

Por cuarta o quinta vez, un poder incontrolable me había obligado a girar el cuello en dirección a donde estaba aquella desconocida. Yo seguía fingiendo que me interesaba la conversación de mis amigos, aunque mi atención ya tenía una dueña difícil de vencer.
Nunca he creído en los moldes ni en los estereotipos de cuestionario de revista, y aun así la chica tenía todos los números para convertirse en lo más parecido a un patrón de mujer ideal que yo pudiera imaginar.
Un prodigio de compensación. Turgencia y belleza, presencia y dulzura. Incluso desde la distancia (unos quince metros nos separaban; yo, arrimado a la barra junto a mis colegas de bebercio; ella, balanceándose copa en mano al ritmo de la música, a la entrada del exiguo pasillo que daba acceso a los baños).
Idéntica nota para el vestuario. Matrícula de honor. Insinuante, sugerente, calculado con inteligencia para disfrutar tanto de lo que ocultaba como de lo que generosamente dejaba a la vista.
Tener aquella imagen ante los ojos y no hacer nada hubiera sido un crimen imperdonable. Tenía que acercarme, decirle algo, intentarlo.
Dejé a mis amigos con sus bocas repletas de senos y culos quiméricos para embarcarme en la aventura hacia el cuerpo perfecto y real.
Ella parecía absorta en su tímido bailoteo, y sólo cuando me tuvo a un metro reparó en que tenía ante sí a un chorlito hipnotizado.
Llegó el momento. Me tomé unos segundos antes de articular palabra para recrearme en la estampa. En efecto: las palabras sobraban. La imagen, idílica, sublime, hablaba por sí sola. Sabiduría popular.
“¿Cómo te llamas?”, pregunté por fin.
“¿Cualo?”, me contestó, a voz en grito (la música en los bares, ya se sabe).
“Esto... que si quieres que te invite a una copa”.
“Me se ocurre de que sí”, dijo, y volviéndose hacia su izquierda, le espetó a otra chica: “Chochooo, que me abro con éste” (nuevamente a gritos, claro, aunque en realidad la música no estaba tan alta).
No fueron mil palabras, sino trece. Pero ya daba igual. Con la excusa de avisar a mis amigos, di media vuelta y escapé como pude hasta la salida.
Sabiduría popular. Los cojones.

lunes, 27 de septiembre de 2010

H.G. Wells low cost

Esto va del día en que pensé que Iberia había inventado la máquina del tiempo.
No me refiero a las secuelas derivadas de los múltiples y vergonzosos retrasos que sufren los vuelos ya por norma, como si la impuntualidad hubiera pasado de ser una contingencia no deseada a convertirse en una especie de regla de cortesía (porque lo cierto es que los viajeros, a fuerza de soportar la vejación continua y de toparnos sucesivamente con la futilidad de la ventanilla de reclamaciones, hemos terminado sucumbiendo y resignándonos a regalar una media de veinte a treinta minutos, en el mejor de los casos, a las compañías aéreas, así, por la patilla).
Pero no; no van por ahí los tiros.
La experiencia sobrenatural de este verano, que en paz descanse, comenzó a nuestra llegada al hotel de Berlín, cansados del madrugón y del trayecto. A las nueve de la noche, tal como habíamos comprobado antes de partir, Televisión Española retransmitía en directo la final de Supercopa europea entre el Atlético de Madrid y el Inter de Milán. Sonaba a un plan perfecto (y que me disculpen los integristas del turismo cultural y las vacaciones de misionero) para cargar baterías de cara a los días de excesos peatonales que se avecinaban. En la lista de canales del televisor canijo típico de la era pre-perestroika identifiqué TVE Internacional, de lo cual deduje (inepto de mí) que podríamos ver el partido en la habitación, con unas cervezas y unas kartofen friten para picar.
Estábamos en el año 2010, no cabía duda. Descartamos la posibilidad de que nos hubieran embarcado en un vuelo de la NASA por error; sobre todo, atendiendo al precio del billete (uno se imagina que la tarifa por un viaje espacio-temporal debe de estar lejos del low cost y ofertas similares). Pero ahí estaban. El Algarrobo, Curro Jiménez y compañía. También La Barraca de Blasco Ibáñez. El mismísimo Rodríguez de la Fuente narrando con su inconfundible voz pomposa y nasal las peripecias de roedores fluviales y aves de rapiña. El Hombre y la Tierra. Sí, y también esos documentales soporíferos sobre oficios extinguidos y costumbrismos rurales con aroma de NO-DO. De pronto temí por los españoles exiliados. Concretamente, por aquéllos que aún no hubieran descubierto la opción de Internet. ¿Pensarán que Franco aún vive? ¿Y si no han vuelto a España por eso? Si su único vínculo con la patria es el canal internacional de TVE, ¿qué delirante concepto del escenario ibérico contemporáneo habrán albergado? Y aún hubo más: culebrones y telenovelas apolilladas, reportajes de Informe Semanal de hace veinte años (palabra de honor), entre los cuales, eso sí, una joya impagable: el crimen de Puerto Hurraco.
Igual que un Charlton Heston cualquiera arrodillado en la playa y maldiciendo a sus antepasados ante los restos maltrechos de la Estatua de la Libertad, pensé por un instante que mi futuro se había reducido a la angustiosa idea de revivir el pasado reciente. Mis próximos veinte o veinticinco años serían un calco de los últimos veinte o veinticinco vividos. Otra vez la muerte de Chanquete, Naranjito, la Expo de Sevilla, Jesús Gil, Hugo Sánchez, el Dioni, los GAL, Aznar, el efecto 2000, cielo santo…
Un simple zapeo de emergencia sirvió para deshacer mis temores. Aunque envueltas en sonidos guturales indescifrables, las imágenes dejaban constancia de que el mundo no había dado media vuelta para retirarse por la retaguardia. Tan sólo el ente público español parecía haber adoptado aquella incomprensible maniobra retrógrada y anacrónica, quién sabe si poseídos sus responsables por una idea ciertamente errónea de lo que significa la nostalgia y la añoranza (la misma esperpéntica idea que mantiene con vida un espacio como “Cine de Barrio“, por poner sólo un ejemplo).
En fin. De todas formas, merece la pena sufrir este shock inicial si lo que viene después es una ciudad como la capital alemana. Muy recomendable.

domingo, 22 de agosto de 2010

Ahora me toca a mí


Pues sí.

Cuando leáis esto, un servidor estará ya disfrutando de sus vacaciones.

Provisto de los mejores combustibles autóctonos (la cerveza y el chocolate con porras, respectivamente), pasearé durante las próximas semanas por las calles de Berlín y de Madrid.

Hasta la vuelta.

viernes, 6 de agosto de 2010

Vulnerable intimidad inalámbrica

Pongamos que subo al autobús y me siento junto a una chica de unos escasos 20 años. Pongamos, ya puestos (y valga la redundancia), que a los treinta segundos me da por preguntarle a la joven desconocida qué tal está, qué va a hacer esa noche, si va salir con amigas o con su novio, en caso de que lo tenga. O, en caso contrario, es decir, si es soltera y libre, qué hará, ¿ira a una discoteca o a una fiesta vestida de forma provocativa para llamar la atención de posibles pretendientes? ¿Acaso hay alguien ya en el punto de mira (un amigo, un vecino, un simple conocido)? ¿Y un ex novio al que recuperar? ¿Tal vez el ex novio de otra amiga, ahora disponible?
Pongamos que en respuesta a mi arrebato chafardero la chica decide abofetearme los morros, asestarme un codazo en las costillas o patearme la entrepierna. Lo entenderíamos, ¿no es cierto? ¿Quién soy yo para meterme en la vida de los demás, así, por las buenas? Menuda falta de respeto a la intimidad.
Bien. Dejemos a un lado las hipótesis.
Os cuento ahora lo que me sucedió esta misma semana. Voy en el autobús. El asiento de al lado está libre. En una parada sube una chica de escasamente 20 años y se sienta a mi lado. No han pasado ni treinta segundos de trayecto y suena su móvil. La joven contesta y, por sus palabras y el tono de voz empleado, deduzco que habla con una amiga. Mi intuición se confirma cuando la conversación avanza. La chica habla con su amiga como si yo formara también parte de la tertulia, sin asomo de pudor y sin intención alguna de preservar sus confidencias de la curiosidad ajena. Me entero por tanto de que la tarde anterior ha tenido un encuentro fortuito con un chico que le gusta y que según parece había estado saliendo con su hermana. El muchacho iba acompañado de otras dos mujeres, y esto puso nerviosa (celosa, más bien) a mi vecina de asiento, quien confiesa a su amiga que para salir airosa del trance se aventuró a invitar al ex cuñado a salir por ahí un día, los dos solos. Aquella misma noche, la joven recibió una llamada del chico, quien se confesó un tanto violento por la situación vivida horas antes y asimismo insistió en lo mucho que le apetecería concertar la cita propuesta. Ella, por su parte, le revela a su amiga que, aunque se muere de ganas por quedar con el joven, lo hará sufrir un poco, se hará la dura, y, sobre todo, tratará de mantener a su hermana al margen, por si acaso.
En este instante, la amiga al otro lado del teléfono cambia el rumbo de la conversación, que de repente se transforma en un pase de modelos virtual. Ambas intercambian pareceres sobre la ropa que llevarán puesta esa misma noche a una fiesta. Al principio, todo son risas, bromas, banalidades de fondo de armario y latiguillos de consultorio Cosmopolitan sobre estrategias de seducción. Pero —oh, error—, en un momento dado, mi locuaz compañera de viaje comete la osadía de advertirle a su amiga: “A ver qué te vas a poner, ¿eh?, que te conozco”. A partir de aquí, comienza una discusión y un intercambio de reproches del que yo obviamente sólo percibo una parte, pero cuya cara oculta es igualmente fácil de adivinar. Tras dos o tres minutos de tensión (y, recordemos, sin atenuar en ningún momento el volumen de su voz), mi acompañante se esfuerza por dejar claro a la otra que no ha querido insinuar nada, ni mucho menos decirle que era una guarra o una fresca, para después tirar del baúl de los rencores y acusarla de aguafiestas, de que siempre hace igual, de que si no es ella el centro de universo los demás le importan un carajo.
En fin, por desgracia llegaba mi parada y tenía que apearme. Me quedé sin conocer el final del culebrón entre las dos amigas, aunque desde luego sé de ellas más de lo que entiendo que debería saber.
Y me hago la siguiente pregunta: ¿Por qué el móvil se está convirtiendo en el peor enemigo de la intimidad? ¿Qué clase de extraño poder ejerce sobre nosotros para despojarnos de pudores y discreciones? Es ponernos un teléfono móvil en la oreja y volvernos transparentes, despreocupados.
Que yo sepa, la violación de correspondencia ajena sigue siendo un delito. La mayoría de nosotros no va por ahí abriéndole las cartas a los demás. Sin embargo, aumentan día a día los testimonios de personas que declaran abiertamente haberle leído los mensajes del móvil a su pareja para justificar el descubrimiento de una infidelidad, o simplemente para tratar de verificar ciertas sospechas. Yo mismo he visto cómo en un determinado momento, mientras tomábamos una cerveza en un bar, o durante una reunión cualquiera de amigos o compañeros, alguien ha cogido el teléfono de otra persona para curiosear lo que sea (me da igual si iba a mirarle los mensajes SMS o si sólo pretendía navegar por los menús; como mínimo, pedir permiso, digo yo).
La evidente facilidad de acceso que proporcionan los soportes tecnológicos no debería traducirse en la total impunidad para los cotillas. Pero me temo que no todos lo entienden así.

viernes, 30 de julio de 2010

Adéu, toro

Parece evidente que la enorme polémica suscitada por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña proviene en gran medida de factores ajenos a la propia tauromaquia.
Baso mi observación en las diferentes conversaciones que he ido manteniendo con personas de diversa condición, ideología o nacionalidad a lo largo del tiempo, y especialmente en los últimos meses, cuando el tema en cuestión ha avivado las brasas de la hoguera informativa.
Empezaré aclarando que no me gustan los toros, no los entiendo, y por tanto sólo acudo a las plazas a ver conciertos de rock, cuando se tercia.
Sin embargo, sería un conspicuo hipócrita si de repente enarbolara la bandera de la tolerancia y la ecología para reivindicar el derecho a la vida digna de los toros, ya que a diario ingiero la carne de otras especies animales sin pararme a pensar ni un segundo en si su vida ha sido un placer o un infierno, y mucho menos en si les dieron muerte practicando civilizados símiles eutanásicos, o si, por el contrario, les mandaron al otro barrio por la vía salvaje y atroz propia de un asesino en serie del cine o del matarife de un campo de exterminio nazi.
Por eso, aunque no me suponga disgusto alguno la desaparición del susodicho espectáculo (sí me horrorizaría, en cambio, que el Parlamento o quien fuese decidiera acabar con el fútbol, los cines o los bares), tiendo a desconfiar de quienes alardean de su conciencia solidaria con los animales poniendo la lidia taurina en el primer lugar de su lista de aberraciones.
Me explico: sólo concibo como coherente la postura radical antitaurina en el caso de que uno se comporte de manera exactamente igual respecto al resto de especies animales (o, ya puestos, de seres vivos). No he oído arengas de protesta ni me consta que se hayan convocado manifestaciones para prohibir los insecticidas o los venenos para roedores (rectifico: existen protestas, pero se refieren a los riesgos tóxicos que dichos productos suponen para la salud humana o para la capa de ozono; nunca enfocadas a defender el derecho a la vida de una cucaracha o una rata de alcantarilla). Igualmente, jamás he escuchado que para poder presumir de antitaurino riguroso sea imprescindible alimentarse exclusivamente de materias no animales. Tal como yo lo veo, salvo en el caso de que uno sea un vegetariano radical, cualquiera de nosotros debería plantearse seriamente si está capacitado para reprochar a sus semejantes cualquier irregularidad relativa al maltrato animal. Determinadas voces claman asimismo contra el supuesto riesgo que conlleva la visión de una corrida, afirmando que un espectáculo tan cruel y sangriento puede fomentar comportamientos violentos entre los espectadores. Estoy de acuerdo en lo de la crueldad, y siempre he creído que tal vez la única posibilidad de consenso pasaría por prescindir de estoques, banderillas y picadores, reduciendo por tanto el arte del toreo a un enfrentamiento limpio y desarmado entre el temerario torero y el bravo morlaco.
Ahora bien, si queremos poner ejemplos de actividades promotoras de crispación y violencia, ahí tenemos la política, en primer lugar, seguida, por ejemplo, del fútbol (que, insisto, me encanta). Hasta donde yo sé, nunca se ha advertido en las plazas de toros la presencia de grupos ultras de ideología fascista, ni se conocen sucesos trágicos entre espectadores del tipo avalanchas, impactos de botellas, bengalas asesinas o agresiones a toreros desde la grada. Se puede criticar la permisividad (fruto de la mera costumbre, lo mismo que cuando aplastamos un insecto con la suela del zapato o lo rociamos con un spray venenoso sin inmutarnos) o la indolencia de quienes no se escandalizan con la tortura del animal, pero es injusto acusar a dicho público de sanguinario o potencialmente criminal, porque no es cierto.
Tampoco me engañan quienes aprovechan la mínima posibilidad para infectar con chapapote político las tradiciones o costumbres populares. En esto patinan tanto los defensores como los llamados abolicionistas. O sea, que ni esto es el apocalipsis patriótico que los sectores conservadores se empeñan en augurar (en la Comunidad Canaria hace años que se abolieron las corridas, y aquí seguimos), ni tampoco ocurrirá que, de la noche a la mañana, los ciudadanos catalanes se vayan a convertir en los individuos más avanzados, progresistas, caritativos, vanguardistas y civilizados del mundo por el solo hecho de no ir a los toros.
Eso sí, más de un diputado habrá aprovechado el revuelo para cobrarse un par de orejas y algún rabo de sus contrincantes y salir a hombros de su electorado por la puerta grande del hemiciclo.
Todo lo expuesto me lleva a concluir que el sentimiento antitaurino posee una parte más que considerable de ingredientes ajenos a la ecología y herederos por el contrario de cuestiones alusivas a la identidad nacional. No me refiero al nacionalismo como concepto político (eso es lo que harían los políticos de derechas y otros profetas del fin del mundo, pero ya he dicho que no van por ahí mis tiros). Hablo concretamente del deseo de la población catalana de excluirse de determinados clichés que remiten a lo cañí, lo carpetovetónico y lo castizo, algo que por estas tierras suele considerarse invariablemente como sinónimo de “casposo”.
Diría que la mayor parte de los españoles de este siglo huimos casi por norma de tales estereotipos, pero es cierto que el catalán (aludo ahora a mi experiencia de 12 años como peatón barcelonés) reacciona con mayor enjundia y visceral rechazo ante los mismos.
Respetando y compartiendo en gran parte dicha postura, no puedo evitar seguir viendo contradicciones. Conozco a personas que enfermarían de pánico con sólo nombrarles el flamenco, la siesta o la sangría. Curiosamente, esas mismas personas califican de entrañables actos y tradiciones como la sardana, los petardos de San Juan o el pastor que caga en el belén.
Es decir, estamos ante una versión subjetiva de la caspa o la horterada, motivada únicamente por el origen geográfico del folklore o la costumbre. Que me perdonen los más sensibles, pero la diferencia de glamour entre una sardana y una jota se me escapa por completo. Igualmente, no logro entender por qué es más civilizado o menos cutre explotar petardos que hacer chocar unas castañuelas, siendo éste que suscribe alérgico crónico a ambas formas de ruido.
Esta consideración clasista de la conciencia ecológica no es nueva. Pienso lo mismo cuando veo esas manifestaciones tan efectistas contra el uso de abrigos de piel, en las que se corean singulares eslóganes como “Matar focas para vestir zorras”. Más allá de la defensa de los pobres animales que se torturan en aras del progreso de la industria peletera, no puedo evitar reconocer un matiz de crítica social en la protesta. No puede ser baladí el hecho de que los usuarios de pieles sean casi en su totalidad los ricos y los nobles. Me parece perfecto que se censuren estos crímenes cometidos en nombre de la vanidad y el capricho, pero pensemos: ¿Qué pasa con los zapatos, los cinturones o los bolsos que acostumbramos a llevar los individuos de la clase media obrera? ¿De verdad basta con meterse con los ricos para ganarnos el título de amantes de los animales?
Idéntico dilema suele aparecer cuando se contrastan actividades aparentemente tan próximas como la caza y la pesca. Se ve que las cacerías aún conservan reminiscencias de la España profunda de señoritos y sirvientes, mientras que a la pesca se le ha colgado un sambenito de pasatiempo progre que parece haberla blindado contra las diatribas de los naturistas más guerrilleros. Pero no nos engañemos: abatir un pájaro de una perdigonada y sacar un pez del agua hasta que se asfixie son actos que estarían tipificados en el mismo artículo-barra-párrafo de su hipotético código penal.
Por lo que a mí respecta, tan sólo una duda más. ¿Qué va a ocurrir con los artículos de origen taurino en las tiendas de souvenirs? ¿Se debatirá su venta también en el Parlamento?

miércoles, 28 de julio de 2010

Nocturno y desconocido


Me he dado cuenta de que el poder de la costumbre afecta sobre todo a la sensibilidad de nuestros sentidos. Con el tiempo, uno se familiariza con aquellos ruidos que tal vez de inicio lo intrigaban, sobresaltaban o aun asustaban.
Un intempestivo camión de la basura, una riña vecinal subida de tono, música machacona que perfora las paredes, muebles que se arrastran, modestos seísmos domésticos que estremecen las lámparas colgadas del techo. Un cóctel sonoro, en definitiva, que se traduce alternativamente en simples molestias o en irritantes insomnios. Pero pasa el tiempo y las interferencias se integran paulatinamente en el entorno, hasta el punto de que nuestros oídos alcanzan la capacidad de ignorarlas (no me atrevo a decir que no las perciben, ya que seguramente lo hagan, si bien es la mente la que posee la habilidad para hacernos creer que no existen).
Y un día vas y te cambias de casa. En el exterior, la porción de calle es casi idéntica, incluso algo menos bulliciosa. Hay también un patio interior, en este caso más animado (el edifico está más poblado; el número de vecinos se ha multiplicado por diez).
Todo es más confortable, está mejor cuidado, los materiales son más modernos, el cambio ha sido para bien, pero... los sonidos. Mis oídos los extrañan, no los reconocen. Mejor dicho, sí los reconocen, pero no logran atribuirles origen ni autor. Son versiones de las canciones de siempre interpretadas por músicos ignotos que desafinan y pervierten las melodías.
Puertas que se abren o que golpean contra el marco. El ascensor que sube, baja o se detiene. Pasos, martillazos, agua que ebulle o corretea por las tuberías. Una lavadora displicente que baila claqué a las once de la noche. Gritos indescifrables en idiomas que se me resisten, la campana de un microondas que completa el ciclo de calentado, el despertador insolente de alguien que madruga más que yo, el televisor de un paisano teniente o tan sólo despreocupado (por supuesto, el camión de la basura, quizá el mismo de siempre, ahora en un punto diferente de su recorrido).
Nada ha cambiado, en el fondo. Es el mismo entorno, casi idéntico. La misma dosis de decibelios. Me siento más a gusto y, sin embargo, me muerdo las uñas esperando el momento en que por fin mi cerebro asimile todos esos sonidos y pasen por el filtro de lo cotidiano hasta convertirse en una ilusión de silencio.

lunes, 5 de julio de 2010

Mudanzas, conexiones y otros trajines


En estos días me encuentro inmerso en esa vorágine de caos, sudor, cansancio, desorden y chamarilería conocida vulgarmente como mudanza.

Aunque se trata de un traslado convencional, es decir, físico, el ámbito correspondiente a mi existencia virtual se verá inevitablemente afectado, ya que el universo intangible de Internet depende asimismo de elementos materiales (cables, enchufes, aparatos y dispositivos diversos) y de un horror kafkiano que todo ser vivo sufre alguna vez en su vida: la burocracia.

Así pues, y a falta de una ciberchacha que me pueda mantener el chiringuito, durante un período de tiempo indefinido (y que espero sea breve) esta bitácora estará algo desatendida, por lo cual pido disculpas a mis viandantes más fieles.

Gracias por vuestra comprensión, y hasta ahora mismo.


P.D. Como novedad importante para la temporada de verano, os confirmo que estoy en negociaciones con Lampistería e-Ustaquio para conseguir que El último peatón se convierta en el primer blog del mundo con aire acondicionado, así que ya no habrá excusa para no pasarse por aquí...

viernes, 25 de junio de 2010

Sentido del humor y mal humor sin sentido

Nos gusta presumir a los españoles de ser los ciudadanos del mundo con más sentido del humor, y no termino yo de verlo claro.
Una cosa es que seamos los más simpáticos, fiesteros, dicharacheros, juerguistas y cachondos. Eso es casi seguro una verdad incuestionable. Nos gusta divertirnos, apreciamos nuestro tiempo de ocio, consideramos sagradas las vacaciones e imprescindibles los días festivos, tenemos el calendario con los puentes más largos del mundo mundial, nuestras ciudades están repletas de bares, de tiendas, de restaurantes, de discotecas, de parques tomados por las hordas del botellón; nos va la marcha, así, en términos generales. Y es fantástico. Yo no lo cambio por nada.
Sin embargo, creo que el sentido del humor es otra cosa. No tiene que ver tanto con el hecho de ser chistosos como con la forma de encajar según qué chistes. Y quien dice chistes dice cualquier otra cosa: reírnos de nuestro trabajo, nuestra familia, nuestro pueblo o nuestro propio careto.
Ahí creo yo que flaqueamos y que otros países de talante más serio nos llevan ventaja a la hora de aplicar el sentido del humor a la autocrítica (tendré que decir por enésima vez aquello de que divertido no es lo contrario de serio, sino de aburrido).
Para empezar, encajamos fatal que se metan con nuestro pueblo, región o ciudad natal, así como con sus tradiciones más sagradas (el término “sagrado”, ya de entrada, es incompatible con la tolerancia humorística). Uno puede ser la estrella de las sesiones de chistes en el bar de la esquina, pero cuando alguien hace intento de befa respecto a sus paisanos, a lo mejor el gracioso se convierte de repente en un energúmeno vengativo.
Esta especie de bipolaridad extrema es bastante común. Me he topado no pocas veces con personas sin capacidad para el término medio: llevan la voz cantante cuando se trata de hacer bromas, pero se cabrean hasta la agresión cuando algo les sienta mal. Hace tiempo que desconfío de las buenas referencias en este sentido. Cuando alguien me advierte de que un tipo que conoce “es un cachondo” me echo a temblar, porque es muy posible que el individuo en cuestión acabe siendo sencillamente un pesado narcisista o un juerguista desmesurado que confunde el sentido del humor con la guasa pedestre (generalmente soez), y que jamás tolerará que otra persona lo eclipse o le arrebate el título tácito (y absurdo) del más cachondo del lugar.
No digamos ya de aquellos que se coronan a sí mismos, que se autodenominan “cachondos” como si semejante honor les concediera a su vez licencias o permisos prohibidos para el resto de los mortales. Cuando alguien os diga “yo es que soy un cachondo”, lo que estará afirmando realmente es que “va cachondo”, o sea, salido. Este tipo de autodefinición suele emplearse para justificar chistes burdamente sexuales o de mal gusto en general. El autonombrado cachondo se cree con derecho a mentar el coño de tu novia o las tetas de tu hermana, y encima te impone la obligación de reírte, y te reprochará tu presunta mojigatería o ausencia de sentido del humor si no lo celebras igual que él.
Ahora bien, que no se te ocurra a ti insinuarle al cachondo de turno que su novia es promiscua, o que los de su pueblo son tacaños o incultos o racistas, o que él es homosexual (suelen ser bastante machistas, por cierto).
Si éste es el estereotipo de español con sentido del humor que exportamos allende nuestras fronteras, más vale que empecemos a arreglarlo.
Individualidades aparte, no nos olvidemos de ese corporativismo ñoño y quejica tan de moda (y en alza, me temo). Cada día sale un colectivo profesional, regional o social rasgándose las vestiduras por un chiste, un anuncio, un personaje de una serie o película, o un comentario informal en algún medio de comunicación. Dar por sentado que un médico, un bombero, un taxista, un tenista, un riojano o un parado representa a la totalidad de los médicos, los bomberos, los taxistas, los tenistas, los riojanos o los parados (más aún cuando el rol es ficticio, un personaje de película o un figurante de un anuncio) es un síntoma de enfermizo egocentrismo (bueno, policentrismo o colectivocentrismo, si lo preferís), de manía persecutoria gratuita y de profunda inmadurez para la convivencia. De continuar en auge el avance de esta estúpida corriente de susceptibilidad gremial, llegaremos al absurdo de obligar a los guionistas y escritores a omitir por norma la profesión, la nacionalidad o la condición social de los villanos. De este modo, los ladrones, estafadores, asesinos en serie, cobardes, infieles, traidores, violadores, terroristas y pederastas serán todos, sin excepción, vagos apátridas sin oficio ni ocupación aparente, y así nadie se ofenderá por verse representado. Qué ridiculez.