jueves, 17 de diciembre de 2009

Soberbios heridos

Por si no había suficiente ya con esos futbolistas que piden absurdamente perdón cuando le marcan un gol a su ex equipo (y que me inspiraron le entrada titulada Perdonen las disculpas), me encuentro ahora con una oleada creciente de profesionales ofendidos en su dignidad que amenazan (sic) con devolver los premios que en su día les fueron concedidos por la simple razón de que se ha reconocido después con el mismo galardón a otros colegas que, por lo que se ve, no son de su agrado.
Esto ha ocurrido durante el último año en dos ámbitos aparentemente tan distintos como el taurino y el periodístico.
Toreros indignados que desprecian hoy la medalla de las bellas artes que a buen seguro tanto celebraron ayer, y todo por culpa del guaperas Francisco Rivera (hijo del célebre y difunto Paquirri y, a la sazón, hermano de Paquirrín), a quien este año le ha tocado recibirla.
Por su parte, algún que otro destacado miembro del entorno de los medios de comunicación ha hecho saber su intención de renegar de su premio Ondas al considerarlo incompatible con el hecho de que ese mismo premio haya recaído ahora en el presentador Jorge J. Vázquez, famoso hace años por conducir el polémico programa “Aquí hay tomate”.
Hace falta ser soberbio, y egocéntrico, y engreído. Hace falta todo eso para estar convencido de que sólo uno mismo (y, como mucho, sus amigos) es merecedor de un determinado premio.
Puedo entender que alguien decida no aceptar de antemano un galardón por la razón que sea y no vaya así a recogerlo (Woody Allen lo hizo con su Oscar).
Incluso comprendo perfectamente que se proteste públicamente o se manifieste en los medios el desacuerdo respecto a la concesión del premio en cuestión. Para eso existen la libertad de expresión y el derecho a discrepar.
Pero ese gesto, por desgracia tan de moda, de advertir o informar de la intención de devolver el premio (que esa es otra; mucho remilgo megalómano y lo que se quiera, pero hasta la fecha, que se sepa, todavía nadie ha devuelto la placa, la medalla, la escultura o lo que sea), tal como yo lo veo, no es más que un gratuito y ridículo artificio, puro teatro.
Es como si a mí me toca esta noche la Primitiva y una persona a la que le caigo muy mal y que ganó la lotería hace tiempo se presenta de repente en la sede de Loterías y Apuestas del Estado para devolver la pasta, herida en lo más hondo de su decencia.
Lo dicho. Una gilipollez.

1 comentario:

T.M. dijo...

Bon Nadal peatón, te gusten o no te gusten las Navidades, jejeje.
Saludos