miércoles, 23 de diciembre de 2009

Que San Ildefonso nos proteja

Nada, que no paran. Hasta que no consigan convertir este mundo en el paraíso del eufemismo y la ñoñería no nos dejarán en paz.
Ahora, según leo, ha sido la Organización Impulsora de Discapacitados (OID) la que ha presentado ante el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid una denuncia contra Loterías y Apuestas del Estado por la utilización de menores del colegio de San Ildefonso en los sorteos.
La mencionada asociación cree que se vulneran los derechos de los niños por el simple hecho de hacerles aparecer en público, en este caso, por la tele.
O sea, que, de la misma manera, entiendo que para esta gente no deberían existir niños actores para protagonizar películas, teleseries, anuncios publicitarios, etcétera. De hecho, imagino que ya habrán comenzado los trámites para prohibir las funciones de fin de curso (los padres las graban en vídeo, no lo olvidemos). Asimismo, pedirán pena de cárcel para todos aquellos desaprensivos que luzcan ostentosamente fotografías de sus hijos sobre sus escritorios o mesas de trabajo. O qué decir de quienes imprimen calendarios o felicitaciones de Navidad (crueles infanticidas) para mostrar a sus amigos y familiares lo lustrosos que se crían sus vástagos. Es de suponer igualmente que, en breve, el mero gesto de sacar la cartera en un local público para enseñarle a alguien el retrato de nuestros hijos será castigado con severas condenas.
Vivimos rodeados de asociaciones, federaciones, oenegés y demás colectivos empeñados en acusarnos constantemente de desalmados e insolidarios, y obsesionados con convertir el lenguaje en un arma de destrucción masiva.
Hoy en día podrían tacharnos de fascistas por decir una frase tan simple y aséptica como “Manolo es ciego”. Así es. Porque hoy, si queremos eludir la acusación, deberíamos buscar una fórmula retórica del tipo: “Manuel es un ser humano con una discapacidad visual”.
Por eso me temo que, a este paso, muy pronto hasta la palabra “niño” será considerada peyorativa, y nos obligarán a referirnos a los más pequeños como “humanos en fase de crecimiento”, o cosas aún peores.
Ya no los veremos nunca más ni en la tele, ni en las revistas, ni en el cine. Los crearán por ordenador, o bien sus papeles serán interpretados por enanos (perdón, por personas con una peculiaridad morfológica que les hace tener una estatura por debajo de la media).
¿Qué adultos tendremos en el futuro si obligamos a los niños de hoy a crecer en un entorno tan absurdamente melindroso?
Por si esto no fuera bastante, veo también una grabación de Intereconomía TV (una cadena tan entregada a la gravedad y la crispación que termina por ser la más cómica y grotesca del panorama audiovisual español, y con diferencia), en la cual un reportero presente en una manifestación contra el aborto le acerca el micrófono a una niña de once años (¡¡once años!!) y le dicta lo que debe decir mirando a la cámara, que no es otra cosa que un mensaje para la ministra Bibiana Aido, advirtiéndola de que un feto de tres meses es un ser vivo.
Lo primero que me pregunto es a quién coño se le ocurre llevar a una niña de once años a un fregado semejante. A los niños se les lleva, que yo sepa, al cine, al circo, al fútbol, al teatro, al zoológico, al parque de atracciones. Pero es que el reportero de marras tampoco tiene desperdicio, abordando a la pequeña y convirtiéndola en la voz de su amo Rouco Varela. Pobrecita mía.
En fin. Ya que no nos toca el gordo, que al menos San Ildefonso nos proteja de tanta ñoñería.

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