miércoles, 30 de diciembre de 2009

Cheever

Para mí, como para cualquiera que sea medianamente aficionado a la lectura, es prácticamente imposible elegir un escritor favorito. Es una cuestión que se plantea a menudo —¿cuál es tu escritor/cantante/actor favorito? (o libro, canción, película...)— y cuya respuesta depende muchas veces de aspectos puramente coyunturales.
Es decir, que dependiendo del momento en que nos lo pregunten, nuestra respuesta puede ser una u otra, sin que ello signifique necesariamente que seamos unos veletas o que nos arrepintamos de nuestros gustos pasados.
Desde luego que si hoy mismo tuviera que decidir el nombre de mi escritor favorito, éste sería sin duda el del norteamericano John Cheever.
La obra de Cheever no es tan conocida como la de sus laureados compatriotas Hemingway, Below o Mailer, ni tan controvertida como la de sus también contemporáneos Bukowski, Miller y Burroughs.
A pesar de que su vida estuvo marcada por problemas con el alcohol y la depresión, su figura no parece tan mitificada por el malditismo como la del misántropo y anacoreta Salinger, y tampoco el cine ha venido en ayuda de su reivindicación postrera, como sí ha sucedido recientemente con el estupendo Yates, un autor cuya producción literaria comparte muchas similitudes con la de Cheeever.
Pese a todo, se trata de un escritor de innegable prestigio, ganador del premio Pulitzer y considerado por muchos la versión anglosajona de Chéjov, una analogía que, para cualquier escritor de cuentos, bien podría constituir el mayor de los piropos.
Pero es que, además de ser un brillante autor de relatos, Cheever fue también un gran novelista. Independientemente de la extensión de sus textos, hay algo en su estilo que siempre permanece, una manera elegante y sutil de ser cáustico, un talento especial para airear hasta el último trapo sucio de esa clase media falsamente acomodada (repleta de deudas y prejuicios y vacía de verdaderas esperanzas) sin aspavientos ni violencia, cargando sus párrafos de inteligente compasión y reflexiva condescendencia, demostrando (y contagiándonos) un cariño por sus personajes que supone toda una lección de humanidad y tolerancia.
En definitiva, Cheever es uno de los pocos autores que he leído capaz de potenciar la dimensión humana de sus personajes al mismo tiempo que desmenuza sin piedad todas sus miserias.
Algunos de los escritores actuales que más me gustan (Richard Ford, Tom Perrotta, Lionel Schriver) le deben mucho.
Sus libros no son precisamente fáciles de encontrar. Por suerte, en el año 2003 la editorial Emecé reeditó su obra, si bien la cantidad de ejemplares disponibles en las librerías sigue siendo insuficiente.
Ahora que se acercan días de regalar y a veces ya no sabemos qué comprarle a nuestras parejas, amigos o familiares, tal vez sea una buena ocasión para descubrir a John Cheever.
Para empezar a hincarle el diente, recomiendo la breve antología La geometría del amor, donde se reúnen algunos de sus mejores relatos. Si la experiencia deja buen sabor, animo entonces a devorar los dos volúmenes Relatos 1 y Relatos 2, el compendio que resultó merecedor del Pulitzer en 1979.
A quien prefiera la novela, le invito a adentrarse en Bullet Park (quintaesencia del universo residencial cheeveriano), y después a darse un paseo penitenciario por Falconer.
Y si la sustancia adictiva os termina poseyendo como le ocurrió a un servidor, podréis calmar el mono con La familia Wapshot, El escándalo de los Wapshot y Esto parece el paraíso.
Hasta el año que viene.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Que San Ildefonso nos proteja

Nada, que no paran. Hasta que no consigan convertir este mundo en el paraíso del eufemismo y la ñoñería no nos dejarán en paz.
Ahora, según leo, ha sido la Organización Impulsora de Discapacitados (OID) la que ha presentado ante el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid una denuncia contra Loterías y Apuestas del Estado por la utilización de menores del colegio de San Ildefonso en los sorteos.
La mencionada asociación cree que se vulneran los derechos de los niños por el simple hecho de hacerles aparecer en público, en este caso, por la tele.
O sea, que, de la misma manera, entiendo que para esta gente no deberían existir niños actores para protagonizar películas, teleseries, anuncios publicitarios, etcétera. De hecho, imagino que ya habrán comenzado los trámites para prohibir las funciones de fin de curso (los padres las graban en vídeo, no lo olvidemos). Asimismo, pedirán pena de cárcel para todos aquellos desaprensivos que luzcan ostentosamente fotografías de sus hijos sobre sus escritorios o mesas de trabajo. O qué decir de quienes imprimen calendarios o felicitaciones de Navidad (crueles infanticidas) para mostrar a sus amigos y familiares lo lustrosos que se crían sus vástagos. Es de suponer igualmente que, en breve, el mero gesto de sacar la cartera en un local público para enseñarle a alguien el retrato de nuestros hijos será castigado con severas condenas.
Vivimos rodeados de asociaciones, federaciones, oenegés y demás colectivos empeñados en acusarnos constantemente de desalmados e insolidarios, y obsesionados con convertir el lenguaje en un arma de destrucción masiva.
Hoy en día podrían tacharnos de fascistas por decir una frase tan simple y aséptica como “Manolo es ciego”. Así es. Porque hoy, si queremos eludir la acusación, deberíamos buscar una fórmula retórica del tipo: “Manuel es un ser humano con una discapacidad visual”.
Por eso me temo que, a este paso, muy pronto hasta la palabra “niño” será considerada peyorativa, y nos obligarán a referirnos a los más pequeños como “humanos en fase de crecimiento”, o cosas aún peores.
Ya no los veremos nunca más ni en la tele, ni en las revistas, ni en el cine. Los crearán por ordenador, o bien sus papeles serán interpretados por enanos (perdón, por personas con una peculiaridad morfológica que les hace tener una estatura por debajo de la media).
¿Qué adultos tendremos en el futuro si obligamos a los niños de hoy a crecer en un entorno tan absurdamente melindroso?
Por si esto no fuera bastante, veo también una grabación de Intereconomía TV (una cadena tan entregada a la gravedad y la crispación que termina por ser la más cómica y grotesca del panorama audiovisual español, y con diferencia), en la cual un reportero presente en una manifestación contra el aborto le acerca el micrófono a una niña de once años (¡¡once años!!) y le dicta lo que debe decir mirando a la cámara, que no es otra cosa que un mensaje para la ministra Bibiana Aido, advirtiéndola de que un feto de tres meses es un ser vivo.
Lo primero que me pregunto es a quién coño se le ocurre llevar a una niña de once años a un fregado semejante. A los niños se les lleva, que yo sepa, al cine, al circo, al fútbol, al teatro, al zoológico, al parque de atracciones. Pero es que el reportero de marras tampoco tiene desperdicio, abordando a la pequeña y convirtiéndola en la voz de su amo Rouco Varela. Pobrecita mía.
En fin. Ya que no nos toca el gordo, que al menos San Ildefonso nos proteja de tanta ñoñería.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Soberbios heridos

Por si no había suficiente ya con esos futbolistas que piden absurdamente perdón cuando le marcan un gol a su ex equipo (y que me inspiraron le entrada titulada Perdonen las disculpas), me encuentro ahora con una oleada creciente de profesionales ofendidos en su dignidad que amenazan (sic) con devolver los premios que en su día les fueron concedidos por la simple razón de que se ha reconocido después con el mismo galardón a otros colegas que, por lo que se ve, no son de su agrado.
Esto ha ocurrido durante el último año en dos ámbitos aparentemente tan distintos como el taurino y el periodístico.
Toreros indignados que desprecian hoy la medalla de las bellas artes que a buen seguro tanto celebraron ayer, y todo por culpa del guaperas Francisco Rivera (hijo del célebre y difunto Paquirri y, a la sazón, hermano de Paquirrín), a quien este año le ha tocado recibirla.
Por su parte, algún que otro destacado miembro del entorno de los medios de comunicación ha hecho saber su intención de renegar de su premio Ondas al considerarlo incompatible con el hecho de que ese mismo premio haya recaído ahora en el presentador Jorge J. Vázquez, famoso hace años por conducir el polémico programa “Aquí hay tomate”.
Hace falta ser soberbio, y egocéntrico, y engreído. Hace falta todo eso para estar convencido de que sólo uno mismo (y, como mucho, sus amigos) es merecedor de un determinado premio.
Puedo entender que alguien decida no aceptar de antemano un galardón por la razón que sea y no vaya así a recogerlo (Woody Allen lo hizo con su Oscar).
Incluso comprendo perfectamente que se proteste públicamente o se manifieste en los medios el desacuerdo respecto a la concesión del premio en cuestión. Para eso existen la libertad de expresión y el derecho a discrepar.
Pero ese gesto, por desgracia tan de moda, de advertir o informar de la intención de devolver el premio (que esa es otra; mucho remilgo megalómano y lo que se quiera, pero hasta la fecha, que se sepa, todavía nadie ha devuelto la placa, la medalla, la escultura o lo que sea), tal como yo lo veo, no es más que un gratuito y ridículo artificio, puro teatro.
Es como si a mí me toca esta noche la Primitiva y una persona a la que le caigo muy mal y que ganó la lotería hace tiempo se presenta de repente en la sede de Loterías y Apuestas del Estado para devolver la pasta, herida en lo más hondo de su decencia.
Lo dicho. Una gilipollez.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Felices y odiadas fiestas

Odiar la Navidad se ha convertido en una especie de cliché contracultural más estereotípico aún que las propias tradiciones navideñas, y ya es decir.
Supongo que la ausencia de creencias religiosas contribuye en mi caso a que este periodo inevitable que se repite cada final de año no me produzca ninguna clase de exacerbación, ni en lo bueno ni en lo malo.
En realidad, me aprovecho de que exista y así debo reconocerlo, ya que sería hipócrita por mi parte renegar de algo que me proporciona un buen puñado de días de vacaciones y otros tantos momentos de esparcimiento y exceso, sobre todo en lo referente a banquetes y reuniones con amigos.
Allá cada cual, pero yo recomendaría a los activistas antinavideños, tan aguerridos ellos por estas fechas, que se relajaran, por su bien.
Si de verdad quieren desmarcarse de la presión consumista (que no es poca) basta con que se declaren abiertamente objetores y por tanto aleguen sus razones para declinar invitaciones y regalos. Eso sería lo más sencillo, amén de lo más coherente.
Pero mucho me temo que circula por ahí mucho protestante de boquilla. Porque, seamos sinceros: ¿quién estaría dispuesto a renunciar a sus días festivos por razones de alergia navideña? Seguro que muy pocos.
Así pues, reconozcamos que más allá de nuestras creencias o nuestro fundamentalismo laico, en el fondo nos interesa claudicar y sacarle partido al costumbrismo religioso que permanece incrustado en el calendario y que, aparte de la Navidad, nos obsequia con Semanas Santas y demás festividades en honor a santos, vírgenes y patrones diversos.
Puedo entender que los más beatos o tradicionalistas protesten contra la invasión mercantil que eclipsa los motivos espirituales originales. Lo que ocurre es que suelo comprobar igualmente que quienes más pestes echan contra la parafernalia navideña son también quienes menos comulgan (nunca mejor dicho) con cualquier rito que provenga de las instituciones religiosas, con lo que al final todo se convierte en un sufrimiento continuo y un empeño crónico por estar disconforme. Me canso sólo de pensarlo.
Por ello, mi naturaleza pragmática me dicta adaptarme al entorno y sobrevivir. No tomo uvas, porque no me gustan, ni voy a la misa del gallo ni decoro mi casa con belenes o árboles. Pero recibo con agrado los regalos y procuro disfrutar de los momentos “El Almendro” con mi familia. Tampoco es para tanto, y además se pasa volando.
Lo único que prohibiría si estuviese en mi mano es ese martirio auditivo conocido como villancico, un horror musical que mantiene una encarnizada lucha con la Tuna por el primer puesto en la clasificación de mis fobias melódicas.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Seguridad y socorro

En uno de sus monólogos, el humorista Gila decía que el cinturón de seguridad de los aviones servía para que, en caso de accidente, no se desparramaran los cadáveres.
Nunca el humor negro fue transmisor de una verdad tan grande. Me imagino en un avión que cae sin control desde una altura de miles de metros y a una velocidad de miles de kilómetros por hora, con todos los pasajeros gritando horrorizados a mi alrededor, y yo tan tranquilo mientras me digo: “No pasa nada, hombre. Estoy atado a mi asiento”. Pues eso.
Esto me lleva a otra reflexión aún más disparatada, si cabe. Recuerdo que en los autocares acostumbra a haber una ventanilla que se denomina “De emergencia” o “De socorro”. Junto a ella, suele colocarse también un extraño utensilio conocido como “martillo”, si bien no se parece en nada a los martillos que tenemos en casa, junto a otras herramientas corrientes como destornilladores y alicates. Este artilugio (igualmente común en los trenes) tiene algo de tullido o amorfo. Me refiero a que su diseño es una mezcla de soldador de estaño y empuñadura de manguera de gasolinera, y sin embargo resulta ser una herramienta de lo más convencional y pedestre, sin cable ni tubo que la provea de energía. La fuerza que la hace funcionar es la de la mano que lo acciona.
Y así vuelvo a imaginarme en medio de un accidente. Esta vez es un autobús que se precipita por un barranco tras tomar mal una curva. Todos los pasajeros chillan de pánico y yo me levanto, martillo en mano, para decirles: “Tranquilos, no os preocupéis, que tengo un martillo”. Pues eso.
Pero lo más asombroso, sin duda (y al margen de la inutilidad ostentosa del cachivache), es que la gente los robe. Casi nunca están en el lugar que les correspondería y donde recordamos haberlos visto cuando aún constituían una extraña novedad. Sólo queda su soporte, ridículamente vacío, haciendo absurda la advertencia de que su uso indebido será sancionado económicamente.
¿Para qué demonios los robarán? No me imagino a nadie haciendo bricolaje con ellos, la verdad.
Supongo que lo hacen, sencillamente, para joder. Porque sí. De igual modo que sigue habiendo quien se lleva las toallas de los hoteles, aun siendo éstas de peor calidad que las que guardan en sus maletas o las que tienen colgadas en sus cuartos de baño.
Eso sí, se trata de una modalidad de vandalismo bastante cutre, para qué nos vamos a engañar. Pero quién sabe; a lo mejor los Conde, Roldán, De la Rosa, Millet y compañía empezaron sustrayendo martillos de los transportes públicos.