martes, 10 de noviembre de 2009

Paseo por la cartelera (2)


(500) Días juntos, de Marc Webb

Al comienzo de esta película —como de tantas otras— se puede leer un rótulo que advierte de que lo que veremos es pura ficción y todo parecido con personas o situaciones reales es mera coincidencia. Pero enseguida aparece un texto adicional rebosante de cachonda ironía que nos deja bien claro cuáles son las intenciones del invento.
Una película sobre el amor no tiene por qué ser una empalagosa sucesión de clichés, ni tampoco un drama desgarrador en el que no exista un término medio entre la boda idealizada y el suicidio por desengaño. La comedia romántica no es precisamente mi género favorito, pero ahí están El apartamento, Annie Hall, Cuando Harry encontró a Sally, Entre copas, El otro lado de la cama o Buscando un beso a medianoche para demostrarnos que las buenas películas no entienden de etiquetas. Esta opera prima de Marc Webb es un oasis, una revelación, la mejor manera de reivindicar un tipo de cine que suele despreciarse por ñoño, autocomplaciente y carente de imaginación.
La historia de base es la de siempre (chico conoce a chica y todo eso), pero la forma de estructurarla, la puesta en escena, el atrevimiento visual, la definición de los protagonistas (por fin personas y no marionetas), la elección musical (donde The Smiths y The Pixies conviven con Carla Brunni y Simon & Garfunkel) y, sobre todo, el punto de vista, que habría que situar entre lo cínico y lo amable, entre el respeto y el sarcasmo, la convierten en una feliz rareza.
Hasta los guiños cinéfilos tienen su toque de sana irreverencia (celebro especialmente la alusión iconoclasta a El séptimo sello, de Bergman).
Gustará tanto a los incondicionales del indie como a los espectadores de fin de semana. Sé que soy pesado, pero no os fiéis del trailer. Ésta sí merece la pena.
Un rotundo notable.





Celda 211, de Daniel Monzón

El trailer de Celda 211 no engaña (¡por fin!). Nos da lo que promete y aún más.
En este espacio siempre serán bienvenidos los directores libres de corsés ideológicos y prejuicios geográficos.
Estamos ante una peli de género sin trampa ni guerra civil. Española, claro, porque la han hecho aquí, un señor de aquí y con gente de aquí. Y también universal, de esas que los norteamericanos llevan haciendo toda la vida y que no nos cansamos de ver (Brubaker, Fuga de Alcatraz, La gran evasión, Cadena perpetua…).
Monzón ya se merecía los halagos desde hacía tiempo, especialmente desde La caja Kovak. Creo que esta vez le tocará pasearse por la fiesta de los Goya y tal vez con más de uno del que presumir (el de Luis Tosar, como mínimo, está cantado).
Todos los géneros tienen convenciones, y el carcelario parece uno de los más trillados. Así pues, mucho mayor es el mérito de esta película, que añade a los elementos ineludibles (la claustrofobia, el submundo mafioso, la tentativa de fuga, la rivalidad interna, la necesidad de redención, el fracaso de la reinserción, etc.) un par de ideas estimulantes que enriquecen la trama (la original utilización del elemento terrorista, por ejemplo) y un concepto narrativo descaradamente clásico, sin florituras ni digresiones morales, el cual contribuye a que las casi dos horas se te pasen como si fueran veinte minutos.
Tosar es el amo indiscutible de la función, pero sería injusto no destacar las aportaciones de Vicente Romero, Manuel Morón, Antonio Resines, Manolo Solo, Luis Zahera y Carlos Bardem, además de las presencias episódicas —aunque siempre agradecidas— de Marta Etura y Jesús Carroza. Un notable sobrado.




After, de Alberto Rodríguez

El nombre de Alberto Rodríguez no es tan popular como el de otros aventajados talentos cinematográficos que acumulan premios y parabienes, revientan taquillas y leen manifiestos cuando toca.
Yo fui uno de los que vio la ingeniosa El factor Pilgrim (dirigida a medias con Santi Amodeo) y quizá uno de los pocos que la disfrutó. Su siguiente obra, 7 vírgenes, es una de las mejores películas del cine español reciente, y ya en ella Rodríguez demostraba que se puede ser realista, contundente, creíble y estremecedor rodando en panorámico y cuidando la estética. Es decir, que ya no cuela eso del feísmo recalcitrante y la pantalla cuadrada para demostrar mayor compromiso de fidelidad con la verdad.
En After se cambian los chavales marginados de los barrios bajos por los treintañeros acomodados de la era del pelotazo, el management y la PDA. Sin llegar a los niveles de 7 vírgenes, la historia funciona a la perfección. Los actores se ganan bien el sueldo, especialmente Tristán Ulloa, que lleva en estado de gracia más de una década.
Una peripecia alevosa y nocturna que muestra, entre otras jugosas cosas, lo patéticos que pueden resultar ciertos excesos a partir de cierta edad.
Te quedas con ganas de más, pero aun así merece un respetuoso notable.
P.D. para cinéfilos: ojo al curioso guiño a Blade Runner que contiene el personaje de Guillermo Toledo.




Millenium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
, de Daniel Alfredson

La primera entrega de la saga era un thriller inquietante con una atmósfera muy lograda. La gelidez nórdica combinada con las tinieblas y turbiedades de la trama criminal dotaban de personalidad a una película que partía con el riesgo de defraudar a los millones de lectores adictos al fenómeno Larsson.
Pero en esta segunda parte se ha bajado el listón alarmantemente. Parece el capítulo intermedio de una serie televisiva de esas que ya tenemos muy vistas. La puesta en escena es anodina y la acción está filmada como si fuera un encargo para Walker Texas Rangers. Una decepción absoluta.
Los creadores del invento parecen haberse dormido en los laureles del éxito asegurado (los fans de Millenium son legión y, por lo que se ve, incondicional).
Noomi Rapace sigue teniendo su aquél, pero aquí pierde morbo y misterio.
Esta vez la depravación y la perversidad se sustituyen por ciertos elementos folletinescos que ablandan el argumento y entibian el clima.
Sin duda la trilogía ha salido perdiendo con el cambio de director. Lo gracioso es que el nuevo, Daniel Alfredson, es el hermano de Thomas Alfredson, el autor de esa terrorífica maravilla llamada Déjame entrar. Desde los hermanos Calatrava no había visto yo semejante paradoja fraternal. Aprobado en cuarentena.




Sin nombre, de Cary Fukunaga

Antes que nada, he de admitir que no he entendido el 40% de los diálogos de esta película. Imagino que ello se debe a esa hipotética necesidad de sacrificar la correcta dicción de los actores en aras de la autenticidad, y de hecho es cierto que la fonética del filme resulta cien por cien veraz, si bien la jerga empleada puede resultar un sufrido galimatías imposible de discernir para un oído ajeno a los parajes y ambientes que se nos muestran (por una vez, casi diría que es mejor esperar a verla en DVD para poder añadir los subtítulos).
Aun así, uno acaba metiéndose en esta historia de inmigración y delincuencia juvenil, impecablemente filmada y con alguna escena de verdadero impacto. Celebro que el director haya optado por un estilo visual muy cuidado a pesar de que nos hable de crimen y marginalidad, en la línea, más o menos, de Ciudad de Dios y 7 vírgenes, y renunciando al feísmo sucio de Frozen river o a la honestidad cuasi culebrónica de La virgen de los sicarios.
Que no vaya de testimonio documental para agitar conciencias es de agradecer. Lo malo es que la tensión se ve debilitada por una cierta previsibilidad, y de este modo la sensación final es la de que todo promete pero sin terminar de estallar. Ni la historia, ni las imágenes ni (supongo) los diálogos son tan contundentes como cabría esperar. En general me ha gustado, aunque las mencionadas carencias auditivas me han hecho sentir incómodo de vez en cuando. Un aprobado intuitivo.



Castillos de cartón, de Salvador García Ruiz

En Mensaka, García Ruiz consiguió contar una historia notable partiendo de una novela con poca chicha. Su estilo es elegante y sencillo, de esos donde la sutileza prima sobre la intensidad manifiesta. Sin embargo, en Castillos de cartón se le ha ido la mano y de lo sencillo nos quedamos casi en lo soso.
Además, creo que la película pierde interés al prescindir del enfoque retrospectivo de la novela y del punto de partida trágico que la motiva (el suicidio de uno de los personajes, algo que en el filme se omite).
Los actores están intermitentemente bien, aunque su aspecto es demasiado adolescente.
Donde García Ruiz sí acierta es, a mi entender, en la forma de contextualizar la época y el escenario de la historia. Una conversación sobre El retorno del Jedi, un par de canciones de los Zombies y Polansky y el ardor, y una imagen televisiva de La bola de cristal son suficientes para meternos en el marco histórico, prescindiendo de la tópica idealización de la Movida.
Por otra parte, es lamentablemente irónico que una película sobre el sexo carezca de clímax. A ésta le pasa. Y te deja frío. Aprobado por los pelos.

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