miércoles, 4 de noviembre de 2009

Indigesto

Fui al médico por mis problemas digestivos. Le conté la verdad, aunque no fuera agradable rememorarla y no me dejara precisamente en muy buen lugar.
“No se preocupe”, me animó el doctor. “Le hará bien”.
Y le conté lo que pasó.
Pasó que, después de incontables días de tensión acumulada y contenida hasta límites sobrehumanos, por fin exploté, no pude más; le escupí a mi suegro a la jeta todo lo que se merecía y aún más. Le dije que ya estaba bien de malmeter y cotillear, que se metiera en sus asuntos y nos dejara en paz, que ser suegro no es una misión de estado sino un parentesco postizo que viene impuesto y no elegido, que su hija era feliz conmigo y que por mucho que se esforzara para infectar nuestra relación jamás lograría romperla.
Me quedé a gusto, para qué negarlo. Lo peor fue que a los cinco minutos ya me estaba arrepintiendo. Liberada la furia de mi organismo, volví a mi natural talante reflexivo, aunque ya era demasiado tarde.
Mi suegro, sin perder la compostura y sin que ello significase que no pudiera dar miedo, se limitó a responderme: “Te vas a tragar tus palabras”.
Desde entonces sufro de vómitos y diarreas. Apenas pruebo bocado, y lo que como me sienta fatal. Tampoco duermo.
“¿Hizo lo que le dijo?”, me preguntó entonces el médico.
“¿Cómo?”, apunté yo absurdamente.
“Sí, que si le hizo caso. O sea, que si se tragó sus palabras”.
“Pues... ahora que lo dice. Sí, eso hice”.
“Claro”, diagnosticó, muy seguro de sí mismo. “Eso es lo que le provoca esos trastornos digestivos. Se ha tragado usted una ristra de improperios equivalente a un kilo y medio de fritanga rociada con tabasco”.
Cogió entonces un bloc de notas y comenzó a escribir algo en él. Yo pensé que sería una receta convencional. Sin embargo, al terminar me mostró lo que había escrito y eran seis o siete palabras sueltas.
“Lea esto para sí, en silencio y con la boca cerrada”, me indicó, con esa voz inconfundible de sabio galeno que tanta tranquilidad me produce. “Una vez lo lea, trágueselo”.
Le hice caso, si bien no noté efecto alguno.
“Si esta noche continúa con las molestias o se repiten los cuadros que me ha descrito antes, vuelva a escribir estas palabras y léalas dos o tres veces al día, después de cada comida”. Aclaradas mis dudas, añadió: “No es necesario que las trague todas enteras. Puede hacer una pausa entre sílaba y sílaba”.
Le di las gracias con sincera efusividad y me marché a casa contento, aunque todavía con algún que otro retortijón.
Ya. Queréis saber qué palabras son.
Pues lamento comunicaros que no puedo revelarlas. Secreto profesional.
Pero seguro que se os ocurren seis, siete o cincuenta palabras para aliviar la mala digestión. Ánimo, que no es tan difícil.

3 comentarios:

T.M. dijo...

Las palabras mágicas podrían ser:
"El rey de la selva soy yo, collons"
Qué mal nos sentimos después, pero como alivia dar un puñetazo encima de la mesa, cuando ya no aguantamos más......
Me divierten las cosas que escribes peatón, jajajaja.

Poesía Intimista dijo...

Uyy, esto me ha parecido como, y perdón por si ofendo, un cuento de Jorge Bucay... que te invita a reflexionar, a mirar las cosas desde otro punto de vista, a sacar lo que llevamos dentro, a no reprimirse, a buscar consuelo en lo más nimio. Vale, ya no sigo.
La palabras prodían ser "Dije lo que pensaba y por fin me liberé de ti" por ejemplo. Ea, se nos volvió psicoanalista el peatón.

El último peatón dijo...

T.M. : Encantado de divertirte. No se me ocurre mejor manera de liberar las tensiones (mejor incluso que lo del puñetazo en la mesa, que tampoco viene mal de vez en cuando, ¿eh?...).

Poesía intimista: Una de dos: o bien mientes y nunca has leído un cuento de Bucay (afortunada serías), o bien has leído este pequeño relato bajo los efectos de alguna innombrable sustancia.

Habría bastantes diferencias a reseñar, pero destacaré una que evidencia claramente por qué este cuento está libre de toda sospecha de parentesco con los del susodicho gurú de la autoayuda: el amigo Bucay SÍ HABRÍA ESPECIFICADO cuáles eran las palabras; y no sólo eso, sino que también habría añadido la moraleja pertinente, anulando así la libre capacidad de interpretación del lector.

Puestos a citar referencias, diría (o así me gustaría) que esta modesta pieza aspira a ser heredera de las historias de surrealismo cotidiano que tan bien inventa tu paisano Millás y que tanto le gustan a este peatón.