jueves, 26 de noviembre de 2009

La dignidad del naipe

Acabo de enterarme de que el póquer es un deporte. He visto una especie de vídeo promocional o publirreportaje en el que se afirmaba que “el póquer es el juego de cartas más popular en todo el mundo y es considerado tan deporte como el ajedrez”.
Imagino que la intención de quienes han realizado este vídeo es la de lavar en cierto modo la imagen un tanto marginal o de trastienda que puede tener el póquer y vendérnoslo como un juego más de andar por casa, al estilo de los bingos para el Inserso guiri que montan en ciertos hoteles de la costa.
Sinceramente, a mí me seduce más la imagen canalla y romántica de la timba de toda la vida, la del cuarto trasero del bar o del taller mecánico, con una camarilla de rufianes remangados, en tirantes o descamisados alrededor de una mesa redonda y repleta de vasos y botellas, al tiempo que se ahogan envueltos en una niebla espesa y tabaquera.
Esa otra cara del póquer, la más verbenera y hortera de los campeonatos mundiales y los casinos de Las Vegas me da incluso grima.
Pero lo que me ha llamado más la atención es el uso claramente reivindicativo de la palabra tan, antes de deporte, que hace la voz en off del mencionado reportaje.
Ya sé que pretenden decirnos que el póquer no es un pasatiempo exclusivo de delincuentes y ludópatas, y que, por tanto, un buen jugador de cartas tiene derecho a presumir de su destreza igual que los prestigiosos ajedrecistas se pasean por el mundo impartiendo conferencias y desafiando a las computadoras.
Lo que ocurre es que yo nunca aceptaré que el ajedrez sea un deporte. Me da igual si lo llamamos pasatiempo o juego de estrategia, si es educativo o intelectual. Perfecto y admirable, sí. Pero deporte, lo que se dice deporte, pues no, porque no puede haber deporte cuando no hay ejercicio físico, por mucho que exista diversión, placer o competición.
Así pues, que el póquer sea tan deporte como el ajedrez importa poco. No debería renegar este tradicional juego de naipes de su propia casta, la del tute, el bridge, el mus o la pocha; ni siquiera de otros primos y parientes allegados como el dominó, la ruleta, el bingo o las carreras de galgos.
Que yo sepa, el único ajedrecista que practicaba deporte de verdad era Kasparov, a quien las autoridades de su país detuvieron en su día por enfrentarse a la policía en Moscú, durante una manifestación en contra del presidente ruso.
¿A qué jugaría Kasparov para entretenerse durante los cinco días que pasó en el trullo? Se
admiten apuestas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El dilema de después

Como ninguno de los dos fuma, para nosotros no existe la manida tesitura conocida como “el cigarrito de después”.
Lo que acostumbramos a hacer, mientras recobramos el aliento y tratamos de volver a domar el galope de la respiración, es mantener una charla postcoital que suele pecar de pueril grandilocuencia, algo que quiero entender disculpable, ya que es producto de un estado previo de excitación sublime que desemboca a su vez en un delirio de euforia cósmica, al estilo Leire Pajín, pero en guarro.
Concretamente, nos solemos interrogar acerca de cuestiones vagamente filosóficas, o bien departimos en un registro existencialista que no dista mucho del que adoptarían dos incondicionales del exceso etílico. Cosas de la debilidad de la carne humana (o, como diría el tertuliano televisivo de turno, del Eros y el Thanatos).
En algunos casos llegamos a ponernos a prueba. No intencionadamente, claro, o eso quiero creer. Simplemente ocurre que nuestras palabras son demasiado espontáneas, poco o nada calculadas, y que, asimismo, nos sentimos demasiado vulnerables como para blindarnos ante posibles preguntas con trampa.
Ayer mismo ella me sorprendió con la siguiente perla inquisitiva:
“Oye, ¿tú que preferirías —me soltó—, ¿parecer tonto y en realidad ser listo o parecer listo y en realidad ser tonto?”
La respuesta parecía facilísima si no se meditaba bien. Es evidente que a todos nos puede el deseo de ser auténticos, honestos, íntegros y todo eso. Lo primero que me vino a la lengua (y casi a la punta de los labios) fue afirmar rotundamente que es preferible ser listo, y luego que cada cual opine de uno lo que le venga en gana.
Pero no era tan sencillo. Por una vez no me precipité y no abrí la boca en seguida.
A efectos prácticos, qué carajo, ¿no es acaso mejor parecer más listo de lo que uno es en realidad? ¿No nos abrirá eso más puertas (y posiblemente también más piernas)? Si soy capaz de guardarme mi ineptitud sólo para mi intimidad, si logro engañar al resto de mis semejantes para que me consideren un tipo inteligente y respetable, ¿no me asegura eso una existencia más feliz y exitosa?
Poniéndome en el supuesto contrario, es decir, considerando que yo sea una lumbrera encubierta, ¿qué podría esperar? Si todo el que me rodea está convencido de que soy un inútil, un lerdo, un zote, un pringado... ¿verdaderamente encontraría consuelo tan sólo en mi erudita y solitaria privacidad?
En resumidas cuentas, como no lo tenía claro, decidí contraatacar:
“¿Y tú? —le dije— ¿Qué preferirías?”.
“Yo he preguntado primero” —me contestó, con toda la razón del mundo.
De pronto me di cuenta de que era otra cuestión la que realmente me preocupaba:
“Por cierto, ¿a qué ha venido esa pregunta?”.
Ella no dijo nada. Me miró achinando un poco los ojos y estirando sus labios apretados hasta componer una sonrisa cargada de compasión.
“Qué tonto eres” —dijo al fin, y me besó con ímpetu festivo.
Me había llamado tonto. Sí, en sentido cariñoso, vale. Ya no pude dormirme, claro.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Una incógnita sobre el culo

A la pregunta “¿En qué se fija primero cuando conoce a una mujer?”, la mayoría de los hombres responden: “En el culo”.
Esta respuesta suele ir debidamente subrayada con una sonrisa picaruela o con una carcajada jactanciosa y socarrona.
Hasta cierto punto es normal que nadie se atreva a decir los ojos o los labios, aunque fuese su opinión sincera, ya que en los tiempos que corren sonaría a argumento eufemístico, cuando no mojigato.
Nombrar las piernas tendría toda la lógica del mundo, si bien tal vez parecería una respuesta propia de otra época menos generosa en el aireo de las carnes y menos entregada al culto de lo explícito.
Asimismo, referirse a las tetas dejaría a cualquiera por un ordinario, ya que estaría rebasando el límite oficioso entre lo verde o picante (calificativos inocentes) y lo descaradamente pornográfico, ante lo cual todavía hay demasiada gente que se escandaliza.
Por supuesto que del coño —o la vulva, el chocho, el chichi, el chumino— mejor no hablar. Sólo un grosero crónico o acaso un mutante con visión de rayos X aludiría a dicha parte como la primera en la que fija la vista cuando mira a una mujer.
Que el culo sea el líder de este ranking peculiar no deja de sorprenderme. Para psicólogos y feministas supongo que el motivo sería evidente y estaría relacionado con su diagnóstico favorito: la inmadurez ancestral e incurable del género masculino (no en vano el culo es la parte de nuestro organismo que mejor concentra las dos cosas que más gracia les hacen a los niños y adolescentes: el sexo y la mierda).
Pero lo que a mí me extraña en realidad es que entendamos como normal que los ojos de un hombre viajen hacia el culo antes que hacia cualquier otro destino anatómico, cuando, que yo sepa, el 99% por ciento de las veces que conocemos a una mujer, ésta se encuentra DE FRENTE a nosotros.
Lo advierto para la próxima vez que os hagan una encuesta.

martes, 10 de noviembre de 2009

Paseo por la cartelera (2)


(500) Días juntos, de Marc Webb

Al comienzo de esta película —como de tantas otras— se puede leer un rótulo que advierte de que lo que veremos es pura ficción y todo parecido con personas o situaciones reales es mera coincidencia. Pero enseguida aparece un texto adicional rebosante de cachonda ironía que nos deja bien claro cuáles son las intenciones del invento.
Una película sobre el amor no tiene por qué ser una empalagosa sucesión de clichés, ni tampoco un drama desgarrador en el que no exista un término medio entre la boda idealizada y el suicidio por desengaño. La comedia romántica no es precisamente mi género favorito, pero ahí están El apartamento, Annie Hall, Cuando Harry encontró a Sally, Entre copas, El otro lado de la cama o Buscando un beso a medianoche para demostrarnos que las buenas películas no entienden de etiquetas. Esta opera prima de Marc Webb es un oasis, una revelación, la mejor manera de reivindicar un tipo de cine que suele despreciarse por ñoño, autocomplaciente y carente de imaginación.
La historia de base es la de siempre (chico conoce a chica y todo eso), pero la forma de estructurarla, la puesta en escena, el atrevimiento visual, la definición de los protagonistas (por fin personas y no marionetas), la elección musical (donde The Smiths y The Pixies conviven con Carla Brunni y Simon & Garfunkel) y, sobre todo, el punto de vista, que habría que situar entre lo cínico y lo amable, entre el respeto y el sarcasmo, la convierten en una feliz rareza.
Hasta los guiños cinéfilos tienen su toque de sana irreverencia (celebro especialmente la alusión iconoclasta a El séptimo sello, de Bergman).
Gustará tanto a los incondicionales del indie como a los espectadores de fin de semana. Sé que soy pesado, pero no os fiéis del trailer. Ésta sí merece la pena.
Un rotundo notable.





Celda 211, de Daniel Monzón

El trailer de Celda 211 no engaña (¡por fin!). Nos da lo que promete y aún más.
En este espacio siempre serán bienvenidos los directores libres de corsés ideológicos y prejuicios geográficos.
Estamos ante una peli de género sin trampa ni guerra civil. Española, claro, porque la han hecho aquí, un señor de aquí y con gente de aquí. Y también universal, de esas que los norteamericanos llevan haciendo toda la vida y que no nos cansamos de ver (Brubaker, Fuga de Alcatraz, La gran evasión, Cadena perpetua…).
Monzón ya se merecía los halagos desde hacía tiempo, especialmente desde La caja Kovak. Creo que esta vez le tocará pasearse por la fiesta de los Goya y tal vez con más de uno del que presumir (el de Luis Tosar, como mínimo, está cantado).
Todos los géneros tienen convenciones, y el carcelario parece uno de los más trillados. Así pues, mucho mayor es el mérito de esta película, que añade a los elementos ineludibles (la claustrofobia, el submundo mafioso, la tentativa de fuga, la rivalidad interna, la necesidad de redención, el fracaso de la reinserción, etc.) un par de ideas estimulantes que enriquecen la trama (la original utilización del elemento terrorista, por ejemplo) y un concepto narrativo descaradamente clásico, sin florituras ni digresiones morales, el cual contribuye a que las casi dos horas se te pasen como si fueran veinte minutos.
Tosar es el amo indiscutible de la función, pero sería injusto no destacar las aportaciones de Vicente Romero, Manuel Morón, Antonio Resines, Manolo Solo, Luis Zahera y Carlos Bardem, además de las presencias episódicas —aunque siempre agradecidas— de Marta Etura y Jesús Carroza. Un notable sobrado.




After, de Alberto Rodríguez

El nombre de Alberto Rodríguez no es tan popular como el de otros aventajados talentos cinematográficos que acumulan premios y parabienes, revientan taquillas y leen manifiestos cuando toca.
Yo fui uno de los que vio la ingeniosa El factor Pilgrim (dirigida a medias con Santi Amodeo) y quizá uno de los pocos que la disfrutó. Su siguiente obra, 7 vírgenes, es una de las mejores películas del cine español reciente, y ya en ella Rodríguez demostraba que se puede ser realista, contundente, creíble y estremecedor rodando en panorámico y cuidando la estética. Es decir, que ya no cuela eso del feísmo recalcitrante y la pantalla cuadrada para demostrar mayor compromiso de fidelidad con la verdad.
En After se cambian los chavales marginados de los barrios bajos por los treintañeros acomodados de la era del pelotazo, el management y la PDA. Sin llegar a los niveles de 7 vírgenes, la historia funciona a la perfección. Los actores se ganan bien el sueldo, especialmente Tristán Ulloa, que lleva en estado de gracia más de una década.
Una peripecia alevosa y nocturna que muestra, entre otras jugosas cosas, lo patéticos que pueden resultar ciertos excesos a partir de cierta edad.
Te quedas con ganas de más, pero aun así merece un respetuoso notable.
P.D. para cinéfilos: ojo al curioso guiño a Blade Runner que contiene el personaje de Guillermo Toledo.




Millenium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
, de Daniel Alfredson

La primera entrega de la saga era un thriller inquietante con una atmósfera muy lograda. La gelidez nórdica combinada con las tinieblas y turbiedades de la trama criminal dotaban de personalidad a una película que partía con el riesgo de defraudar a los millones de lectores adictos al fenómeno Larsson.
Pero en esta segunda parte se ha bajado el listón alarmantemente. Parece el capítulo intermedio de una serie televisiva de esas que ya tenemos muy vistas. La puesta en escena es anodina y la acción está filmada como si fuera un encargo para Walker Texas Rangers. Una decepción absoluta.
Los creadores del invento parecen haberse dormido en los laureles del éxito asegurado (los fans de Millenium son legión y, por lo que se ve, incondicional).
Noomi Rapace sigue teniendo su aquél, pero aquí pierde morbo y misterio.
Esta vez la depravación y la perversidad se sustituyen por ciertos elementos folletinescos que ablandan el argumento y entibian el clima.
Sin duda la trilogía ha salido perdiendo con el cambio de director. Lo gracioso es que el nuevo, Daniel Alfredson, es el hermano de Thomas Alfredson, el autor de esa terrorífica maravilla llamada Déjame entrar. Desde los hermanos Calatrava no había visto yo semejante paradoja fraternal. Aprobado en cuarentena.




Sin nombre, de Cary Fukunaga

Antes que nada, he de admitir que no he entendido el 40% de los diálogos de esta película. Imagino que ello se debe a esa hipotética necesidad de sacrificar la correcta dicción de los actores en aras de la autenticidad, y de hecho es cierto que la fonética del filme resulta cien por cien veraz, si bien la jerga empleada puede resultar un sufrido galimatías imposible de discernir para un oído ajeno a los parajes y ambientes que se nos muestran (por una vez, casi diría que es mejor esperar a verla en DVD para poder añadir los subtítulos).
Aun así, uno acaba metiéndose en esta historia de inmigración y delincuencia juvenil, impecablemente filmada y con alguna escena de verdadero impacto. Celebro que el director haya optado por un estilo visual muy cuidado a pesar de que nos hable de crimen y marginalidad, en la línea, más o menos, de Ciudad de Dios y 7 vírgenes, y renunciando al feísmo sucio de Frozen river o a la honestidad cuasi culebrónica de La virgen de los sicarios.
Que no vaya de testimonio documental para agitar conciencias es de agradecer. Lo malo es que la tensión se ve debilitada por una cierta previsibilidad, y de este modo la sensación final es la de que todo promete pero sin terminar de estallar. Ni la historia, ni las imágenes ni (supongo) los diálogos son tan contundentes como cabría esperar. En general me ha gustado, aunque las mencionadas carencias auditivas me han hecho sentir incómodo de vez en cuando. Un aprobado intuitivo.



Castillos de cartón, de Salvador García Ruiz

En Mensaka, García Ruiz consiguió contar una historia notable partiendo de una novela con poca chicha. Su estilo es elegante y sencillo, de esos donde la sutileza prima sobre la intensidad manifiesta. Sin embargo, en Castillos de cartón se le ha ido la mano y de lo sencillo nos quedamos casi en lo soso.
Además, creo que la película pierde interés al prescindir del enfoque retrospectivo de la novela y del punto de partida trágico que la motiva (el suicidio de uno de los personajes, algo que en el filme se omite).
Los actores están intermitentemente bien, aunque su aspecto es demasiado adolescente.
Donde García Ruiz sí acierta es, a mi entender, en la forma de contextualizar la época y el escenario de la historia. Una conversación sobre El retorno del Jedi, un par de canciones de los Zombies y Polansky y el ardor, y una imagen televisiva de La bola de cristal son suficientes para meternos en el marco histórico, prescindiendo de la tópica idealización de la Movida.
Por otra parte, es lamentablemente irónico que una película sobre el sexo carezca de clímax. A ésta le pasa. Y te deja frío. Aprobado por los pelos.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Indigesto

Fui al médico por mis problemas digestivos. Le conté la verdad, aunque no fuera agradable rememorarla y no me dejara precisamente en muy buen lugar.
“No se preocupe”, me animó el doctor. “Le hará bien”.
Y le conté lo que pasó.
Pasó que, después de incontables días de tensión acumulada y contenida hasta límites sobrehumanos, por fin exploté, no pude más; le escupí a mi suegro a la jeta todo lo que se merecía y aún más. Le dije que ya estaba bien de malmeter y cotillear, que se metiera en sus asuntos y nos dejara en paz, que ser suegro no es una misión de estado sino un parentesco postizo que viene impuesto y no elegido, que su hija era feliz conmigo y que por mucho que se esforzara para infectar nuestra relación jamás lograría romperla.
Me quedé a gusto, para qué negarlo. Lo peor fue que a los cinco minutos ya me estaba arrepintiendo. Liberada la furia de mi organismo, volví a mi natural talante reflexivo, aunque ya era demasiado tarde.
Mi suegro, sin perder la compostura y sin que ello significase que no pudiera dar miedo, se limitó a responderme: “Te vas a tragar tus palabras”.
Desde entonces sufro de vómitos y diarreas. Apenas pruebo bocado, y lo que como me sienta fatal. Tampoco duermo.
“¿Hizo lo que le dijo?”, me preguntó entonces el médico.
“¿Cómo?”, apunté yo absurdamente.
“Sí, que si le hizo caso. O sea, que si se tragó sus palabras”.
“Pues... ahora que lo dice. Sí, eso hice”.
“Claro”, diagnosticó, muy seguro de sí mismo. “Eso es lo que le provoca esos trastornos digestivos. Se ha tragado usted una ristra de improperios equivalente a un kilo y medio de fritanga rociada con tabasco”.
Cogió entonces un bloc de notas y comenzó a escribir algo en él. Yo pensé que sería una receta convencional. Sin embargo, al terminar me mostró lo que había escrito y eran seis o siete palabras sueltas.
“Lea esto para sí, en silencio y con la boca cerrada”, me indicó, con esa voz inconfundible de sabio galeno que tanta tranquilidad me produce. “Una vez lo lea, trágueselo”.
Le hice caso, si bien no noté efecto alguno.
“Si esta noche continúa con las molestias o se repiten los cuadros que me ha descrito antes, vuelva a escribir estas palabras y léalas dos o tres veces al día, después de cada comida”. Aclaradas mis dudas, añadió: “No es necesario que las trague todas enteras. Puede hacer una pausa entre sílaba y sílaba”.
Le di las gracias con sincera efusividad y me marché a casa contento, aunque todavía con algún que otro retortijón.
Ya. Queréis saber qué palabras son.
Pues lamento comunicaros que no puedo revelarlas. Secreto profesional.
Pero seguro que se os ocurren seis, siete o cincuenta palabras para aliviar la mala digestión. Ánimo, que no es tan difícil.