martes, 20 de octubre de 2009

Manías con denominación de origen

La nacionalidad de una película es un dato que me suele importar relativamente poco. La referencia principal que tengo en cuenta a la hora de escoger o rechazar un título es casi siempre el nombre del director, ya que las obras maestras y los bodrios no entienden de geografía y poseen por tanto la facultad de reproducirse al margen de idiomas o pasaportes.
En mayor o menor cantidad abundan en el mundo tanto los genios como los incompetentes. Es un hecho indiscutible.
No obstante, es cierto que la expresión “Cine Español” arrastra, diría que prácticamente desde su nacimiento, un estigma de impopularidad evidente. Y aunque soy el primero que reconoce las limitaciones que las producciones autóctonas sufren respecto a otras filmografías, no entiendo del todo la animadversión extrema que una gran mayoría del público parece sentir hacia actores y directores españoles, sobre todo (y esto no deja de ser curioso) hacia aquellos que mayores éxitos cosechan fuera de nuestras fronteras (léase Almodóvar, Bardem, Penélope y compañía).
Bueno, especifico: lo que no termino de comprender es la magnitud de dicha animadversión, porque en lo referente a las razones que la motivan creo tener una ligera idea.
En este sentido, estoy totalmente de acuerdo con lo que el director Jaime Rosales declaraba hace unos días en un artículo titulado “Despoliticemos el cine”, publicado en el diario El País:

“¿Por qué esa especial negatividad con el cine? ¿Por qué siempre tanta polémica? Me aventuro a dar una explicación. Aunque no sea una explicación del agrado de muchos. El motivo por el que el cine español es tan polémico es porque una parte importante del colectivo que lo representa se ha significado políticamente en exceso. En un país tradicionalmente muy dividido ideológicamente, por los motivos que de sobra nos son conocidos, eso equivale a perder la mitad del público potencial y la mitad de la opinión favorable dentro de los medios de comunicación”.

Yo también estoy convencido de que las simpatías y antipatías políticas tienen mucho que ver en la percepción que buena parte del público tiene acerca del oficio cinematográfico. Es verdad que ellos mismos, los profesionales del séptimo arte, son a menudo quienes deciden alardear con estridencia sus compromisos ideológicos o directamente partidistas, pero sinceramente pienso que eso, a quienes nos sentamos ante la pantalla en nuestra butaca, debería resbalarnos (de hecho, no medimos por el mismo rasero cuando se trata de estrellas extranjeras, a quienes conocemos manías, escándalos y oscuros secretos, que sin embargo pasamos por alto a la hora de enfrentarnos a sus películas).
Rosales añade, además, una reflexión que me parece muy interesante:

“¿Qué pasaría si Zara o El Corte Inglés o Seat se significaran políticamente apoyando un partido? Lo mismo: perderían al 50% de su clientela potencial”.

Así somos. Qué pena.
Será por culpa de los propios políticos o de los medios de comunicación que los amparan; lo mismo da. El caso es que yo también tengo la sensación de que aún mantenemos vivos —implícitos o explícitos— un sinfín de rancios preceptos del estilo: “Si te gustan Abba o Queen eres maricón”; “Si te gustan los toros eres un facha”; “Si ves la tele eres un cazurro”, etc., a los que habría que unir sin duda el que asegura que “Si ves cine español eres un titiritero de Zapatero (o sea, un rojo de mierda)”. Preguntadle a Jiménez Losantos, si no me creéis.

4 comentarios:

Palimp dijo...

Que te voy a contar: me gusta la zarzuela. Algo que he tenido que ocultar en según que entornos hasta que no se crea la suficiente confianza.

T.M. dijo...

Tienes razón peatón está todo demasiado politizado.
Admiro a las personas que tienen el carácter suficiente para decir sin esconderse lo que les gusta o lo que piensan, a sabiendas que van a ser etiquetadas.
Y es que es parecido a lo que hablabas el otro día, hay momentos para todo, y no todo tiene que ser blanco o negro.
Me encanta el cine español, y no entiendo como hay gente que prefiere tragarse un bodrio americano a una normalita española.
Palimp, no estás solo, a mí no me desagrada la zarzuela, tiene su punto, jajaja como la copla.

Poesía Intimista dijo...

Me gustan los toros y no soy facha - ni roja de mierda- . A eso me refería yo en la anterior entrada, no me gusta que etiqueten a las personas a la ligera por lo que lean, o hagan...
Palimp, si te sirve de consuelo, me gusta la copla pero chitón que me llamarán cateta y vieja.

El último peatón dijo...

La zarzuela, la copla y en general todo el folklore del universo me produce depresión. Aquí incluyo lo mismo la sardana, la jota, la muñeira, las sevillanas y el aurresku que esas otras manifestaciones folklóricas que algunos etiquetan como "música étnica" para tirarse el rollo cultureta (con especial aversión hacia los llamados "ritmos latinos", que me provocan cólicos, espasmos y crisis neuronales severas).

Gracias a todos por confesar vuestros oscuros secretos...