jueves, 29 de octubre de 2009

Amistades triangulares

Hoy quiero formular una pregunta que me he planteado recientemente y que encontraréis más adelante, hacia el último tercio de esta entrada.
Pero antes, para situarnos mejor, quisiera invitaros a repasar conmigo de forma breve y fugaz unas cuantas películas que comparten las razones por las que he llegado a plantearme la mencionada cuestión.
El tema del trío sexual y el triángulo amoroso no es nuevo. Hay un título paradigmático, Jules et Jim (Françios Truffaut), al que casi obligadamente se cita cuando el séptimo arte aborda el asunto que nos ocupa. Personalmente, me parece un filme apreciable, aunque no comparto la veneración que se le rinde entre la cinefilia más señera. También es verdad que hay que comprender la época en que se realizó (los años sesenta, la nouvelle vague y todo eso); a veces lo que hoy observamos con rutinaria naturalidad, en otros tiempos ha sido motivo de escándalo o signo de vanguardia.
Después de Truffaut se han sucedido no pocas aproximaciones y algún que otro descarado remedo. Este mismo año vimos Dieta mediterránea (Joaquín Oristrell), en breve se estrenará Castillos de cartón (Salvador García Ruiz), y ahora mismo se proyecta en salas After (Alberto Rodríguez), sobre la que no me extenderé hoy pero a la que ya volveré en el próximo paseo por la cartelera.
Partiendo de aquí, no faltan ejemplos que aportan cierta originalidad. En La buena estrella (Ricardo Franco) se da lo que podríamos denominar el triángulo de la compensación (o incluso el triángulo necesario), ya que la plenitud de Maribel Verdú pasaba por alternar la ternura del manso Resines con la potencia del enérgico Mollá. La dualidad conyugal se hacía obligada, pues sexo y cariño no podían ir en el mismo envase.
Por otra parte, en Tres formas de amar (Andrew Fleming), el trío viene derivado de un cierto galimatías en lo que a orientación sexual se refiere, unido ello a la irrefrenable pulsión de promiscuidad que todo joven universitario que se precie debe alardear en una película, más aún si es una comedia (en la universidad de verdad la cosa cambia; no hace falta que os lo recuerde).
Los peores años de nuestra vida (Emilio Martínez-Lázaro) situaba a la chica de la discordia (Ariadna Gil) en medio de dos hermanos (Jorge Sanz y Gabino Diego), en una historia escrita por David Trueba que tiene tanto de romántica como de iconoclasta, y que aprovecho para reivindicar.
También me interesa la visión mordaz y despiadada que mostraba Neil LaBute en la cínica En compañía de hombres, donde el machismo se critica de una forma inteligente y alejada de los absurdos fundamentalismos actuales (ya sabéis, eso de las “miembras” y demás barrabasadas lingüísticas).
En todas estas películas el planteamiento se repite de manera casi idéntica. Es decir, hay una mujer que comparte sus atenciones, deseos, cariños y encantos con dos hombres que a su vez la desean, unos con fijación venérea, otros pensando en un altar y una familia futura, y otros tan sólo interesados en la emoción de probar nuevas experiencias o movidos por la necesidad de provocar. Da lo mismo. La fórmula siempre responde al mismo enunciado: hombre + mujer + hombre.
No hablamos de infidelidades, claro. Se trata de un juego a tres bandas donde todos saben y consienten.
Y ahora viene mi pregunta, que en realidad son dos, aunque la primera de ellas pura retórica: ¿Por qué nunca se plantea el triángulo en los términos inversos, es decir: mujer + hombre + mujer?
Y he aquí la segunda pregunta: ¿Cuál sería el tratamiento que se daría a la historia en caso de invertir la fórmula?
Me atrevo a afirmar que el enfoque sería radicalmente distinto. Supongo que aún mantenemos la creencia de que el hombre, en lo referente al sexo, es un animal cartesiano (por no decir unidireccional). De este modo, la opción del trío para el sexo masculino parece estar relacionada exclusivamente con la fantasía imposible, con el exceso, con la orgía que ilustrará nuestras conversaciones futuras, con la reafirmación viril y con ese anhelo primitivo de ser el jefe de la tribu o el semental de la manada.
Por ello, el planteamiento que se propone cuando es una mujer la que está en medio no sirve en teoría para el caso contrario.
Las mujeres de las películas citadas no son un calco las unas de las otras, pero al menos comparten perfiles en los que se potencian elementos emotivos e intelectuales ajenos a los mandatos carnales. Las hay inteligentes y las hay cándidas, las hay interesadas y las hay entregadas, las hay fogosas y las hay mimosas.
Trato de imaginar cómo se nos mostraría a un hombre como centro del triángulo y temo encontrarme invariablemente con un jeta, un cachondo, un canalla, un desaprensivo, un crápula, un fantasma...
No nos engañemos. Un tipo que se planteara dilemas por el hecho de tener que compartir a dos amantes se vería como una excentricidad digna de mofa. E insisto en que no me refiero a un casado que tiene un lío. Hablamos de tres amantes en igualdad de condiciones; de un trío consentido por todos sus miembros.
Estadísticamente, la posibilidad del ménage à trois es la fantasía preferida por la mayoría de los hombres (no olvidemos que la estadística suele reflejar lo que nos gusta que los demás piensen de nosotros y no lo que realmente pensamos). Intuyo que aquí radica la dificultad de componer un personaje masculino que enfoque el asunto desde una perspectiva más civilizada que salvaje.
Y no quisiera abundar en más tópicos, pero tal vez influya igualmente el hecho de que las mujeres suelan ser más envidiosas entre ellas y también más radicalmente competitivas en el terreno de la conquista.
En cualquier caso, las mujeres de estos tríos cinematográficos que hemos repasado contemplan sus relaciones como amistades sofisticadas o como un síntoma de progresismo. Sin embargo, me inclino a creer que, en las mismas circunstancias, al hombre nos lo venderían siempre como un ingenuo glotón que valora su relación múltiple en ramplones términos matemáticos, esto es: cuatro tetas, un par de coños, dos bocas, etc.
No sé; habrá que ir pensando en evolucionar, digo yo.

3 comentarios:

T.M. dijo...

Uffff qué complicado este tema.....yo no estoy preparada todavía para compartir a mi hombre...pero respeto que haya personas que sí, y ésto les haga felices.

Clara dijo...

La verdad es que estoy de acuerdo contigo. La última película que vi donde se daba un trío: mujer + hombre + mujer era Huevos de oro de Bigas Luna. Y el retrato del personaje de Javier Bardem era un chulazo ibérico con todas las de la ley.

También es verdad, que a lo largo de la Historia, los hombres han compartido a muchas mujeres, ya no sólo en la pantalla sino en la vida misma. Todavía recuerdo los harenes de los pachás de la Marruecos dónde convivían todas las esposas juntas, una para cada día del año o los que tienen varias esposas.

Pero si hablamos de una relación seria y consentida, es obvio que pueden darse y pueden existir muchos tríos de esas características que no tengan ningún problema. Pero desgraciadamente el hombre nunca podrá compararse en igual de condiciones con una mujer respecto al asunto sexual.

Es cierto que hay mujeres muy promiscuas, pero la generalidad es que la mujer no suele buscar sólo sexo siempre busca más allá y el hombre tiene necesidades sexuales más primarias que necesita suplir, simplemente por el nivel hormonal. Por eso en la mayoría de los casos, se le verá a un hombre con dos mujeres como un machito y un caradura... que puede que le gusten las dos (o le gusten todas)y sí es un prejuicio, pero es así. También es cierto que las mujeres somos más competitivas entre nosotras.

Y por último, señalo que, si os fijáis, casi todas estas historias no suelen terminar bien... Los tríos tiene los días contados.

Saludos me ha encantado leer tu entrada.

El último peatón dijo...

T.M.: Lo que hoy no quieres compartir, tal vez mañana lo quieras regalar...
Espero que no te ocurra, pero, ¿a quién no le ha pasado alguna vez?


Clara: Es cierto que el trío con final feliz sigue siendo una asignatura pendiente.
Gracias por la visita y espero que se repita.
Por cierto, me pasé por tu blog cinematográfico. Seguro que volveré.