jueves, 29 de octubre de 2009

Amistades triangulares

Hoy quiero formular una pregunta que me he planteado recientemente y que encontraréis más adelante, hacia el último tercio de esta entrada.
Pero antes, para situarnos mejor, quisiera invitaros a repasar conmigo de forma breve y fugaz unas cuantas películas que comparten las razones por las que he llegado a plantearme la mencionada cuestión.
El tema del trío sexual y el triángulo amoroso no es nuevo. Hay un título paradigmático, Jules et Jim (Françios Truffaut), al que casi obligadamente se cita cuando el séptimo arte aborda el asunto que nos ocupa. Personalmente, me parece un filme apreciable, aunque no comparto la veneración que se le rinde entre la cinefilia más señera. También es verdad que hay que comprender la época en que se realizó (los años sesenta, la nouvelle vague y todo eso); a veces lo que hoy observamos con rutinaria naturalidad, en otros tiempos ha sido motivo de escándalo o signo de vanguardia.
Después de Truffaut se han sucedido no pocas aproximaciones y algún que otro descarado remedo. Este mismo año vimos Dieta mediterránea (Joaquín Oristrell), en breve se estrenará Castillos de cartón (Salvador García Ruiz), y ahora mismo se proyecta en salas After (Alberto Rodríguez), sobre la que no me extenderé hoy pero a la que ya volveré en el próximo paseo por la cartelera.
Partiendo de aquí, no faltan ejemplos que aportan cierta originalidad. En La buena estrella (Ricardo Franco) se da lo que podríamos denominar el triángulo de la compensación (o incluso el triángulo necesario), ya que la plenitud de Maribel Verdú pasaba por alternar la ternura del manso Resines con la potencia del enérgico Mollá. La dualidad conyugal se hacía obligada, pues sexo y cariño no podían ir en el mismo envase.
Por otra parte, en Tres formas de amar (Andrew Fleming), el trío viene derivado de un cierto galimatías en lo que a orientación sexual se refiere, unido ello a la irrefrenable pulsión de promiscuidad que todo joven universitario que se precie debe alardear en una película, más aún si es una comedia (en la universidad de verdad la cosa cambia; no hace falta que os lo recuerde).
Los peores años de nuestra vida (Emilio Martínez-Lázaro) situaba a la chica de la discordia (Ariadna Gil) en medio de dos hermanos (Jorge Sanz y Gabino Diego), en una historia escrita por David Trueba que tiene tanto de romántica como de iconoclasta, y que aprovecho para reivindicar.
También me interesa la visión mordaz y despiadada que mostraba Neil LaBute en la cínica En compañía de hombres, donde el machismo se critica de una forma inteligente y alejada de los absurdos fundamentalismos actuales (ya sabéis, eso de las “miembras” y demás barrabasadas lingüísticas).
En todas estas películas el planteamiento se repite de manera casi idéntica. Es decir, hay una mujer que comparte sus atenciones, deseos, cariños y encantos con dos hombres que a su vez la desean, unos con fijación venérea, otros pensando en un altar y una familia futura, y otros tan sólo interesados en la emoción de probar nuevas experiencias o movidos por la necesidad de provocar. Da lo mismo. La fórmula siempre responde al mismo enunciado: hombre + mujer + hombre.
No hablamos de infidelidades, claro. Se trata de un juego a tres bandas donde todos saben y consienten.
Y ahora viene mi pregunta, que en realidad son dos, aunque la primera de ellas pura retórica: ¿Por qué nunca se plantea el triángulo en los términos inversos, es decir: mujer + hombre + mujer?
Y he aquí la segunda pregunta: ¿Cuál sería el tratamiento que se daría a la historia en caso de invertir la fórmula?
Me atrevo a afirmar que el enfoque sería radicalmente distinto. Supongo que aún mantenemos la creencia de que el hombre, en lo referente al sexo, es un animal cartesiano (por no decir unidireccional). De este modo, la opción del trío para el sexo masculino parece estar relacionada exclusivamente con la fantasía imposible, con el exceso, con la orgía que ilustrará nuestras conversaciones futuras, con la reafirmación viril y con ese anhelo primitivo de ser el jefe de la tribu o el semental de la manada.
Por ello, el planteamiento que se propone cuando es una mujer la que está en medio no sirve en teoría para el caso contrario.
Las mujeres de las películas citadas no son un calco las unas de las otras, pero al menos comparten perfiles en los que se potencian elementos emotivos e intelectuales ajenos a los mandatos carnales. Las hay inteligentes y las hay cándidas, las hay interesadas y las hay entregadas, las hay fogosas y las hay mimosas.
Trato de imaginar cómo se nos mostraría a un hombre como centro del triángulo y temo encontrarme invariablemente con un jeta, un cachondo, un canalla, un desaprensivo, un crápula, un fantasma...
No nos engañemos. Un tipo que se planteara dilemas por el hecho de tener que compartir a dos amantes se vería como una excentricidad digna de mofa. E insisto en que no me refiero a un casado que tiene un lío. Hablamos de tres amantes en igualdad de condiciones; de un trío consentido por todos sus miembros.
Estadísticamente, la posibilidad del ménage à trois es la fantasía preferida por la mayoría de los hombres (no olvidemos que la estadística suele reflejar lo que nos gusta que los demás piensen de nosotros y no lo que realmente pensamos). Intuyo que aquí radica la dificultad de componer un personaje masculino que enfoque el asunto desde una perspectiva más civilizada que salvaje.
Y no quisiera abundar en más tópicos, pero tal vez influya igualmente el hecho de que las mujeres suelan ser más envidiosas entre ellas y también más radicalmente competitivas en el terreno de la conquista.
En cualquier caso, las mujeres de estos tríos cinematográficos que hemos repasado contemplan sus relaciones como amistades sofisticadas o como un síntoma de progresismo. Sin embargo, me inclino a creer que, en las mismas circunstancias, al hombre nos lo venderían siempre como un ingenuo glotón que valora su relación múltiple en ramplones términos matemáticos, esto es: cuatro tetas, un par de coños, dos bocas, etc.
No sé; habrá que ir pensando en evolucionar, digo yo.

sábado, 24 de octubre de 2009

Paseo por la cartelera

El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella

De lo mejor que se ha visto en este año. A la altura de Gran Torino, Déjame entrar y los grandes estrenos de la temporada. Clasicismo narrativo y generosidad inmensa. Gracias, Campanella. Gracias por pensar en el espectador que paga una entrada. Gracias por una historia emocionante, entretenida, misteriosa y sorprendente. Gracias por sacar lo mejor de cada intérprete. Ricardo Darín y Soledad Villamil están geniales, pero ojo a los secundarios, que no desmerecen en absoluto. Gracias por dejar de lado la sensiblería de tus últimos trabajos y gracias, sobre todo, por no ser un autor comprometido, ni trascendente, ni alternativo, ni rompedor. A muchos nos basta con que nos cuenten una buena historia y no nos falten al respeto. Sobresaliente.


Malditos bastardos, de Quentin Tarantino

Tarantino ha vuelto. Afortunadamente (¡uf!) lo de Death proof se quedó en un caprichoso patinazo. Estos bastardos llegan cargados de diálogos intrincados, eternos y brillantes. No faltan tampoco los inevitables destellos de humor gamberro. Y los personajes, claro, con inconfundible denominación de origen tarantiniana. Mención especial para el nazi interpretado por Christoph Waltz, hoy por hoy el mejor posicionado para hacerse con el Oscar al secundario del año. Que no os engañe el trailer. Malditos bastardos no es una de acción trepidante (ninguna de Tarantino lo es, de hecho; salvo, en todo caso, Kill Bill vol. 1). Ya sabemos que este director carga con el sambenito de la violencia, pero la película dura dos horas y media y las escenas de violencia escasamente pasan de los 5 ó 6 minutos. Palabra. El toque Tarantino está en la creación de tensión a través de la palabra, para después —eso sí, y como colofón— dejarnos helados con un borbotón de sangre o un estacazo en toda la mollera. Sólo por la habilidad de encajar su universo en otra época y por el atrevimiento de pasarse el rigor histórico por el forro ya merece la pena. Notable alto.


Ágora, de Alejandro Amenábar

Por si acaso, aclaro que no es obligatorio ver Ágora. Ya sé que lo parece. Es algo así como un Real Madrid-Barça. Un acontecimiento tan sumamente popular y publicitado que hasta los no aficionados suelen sentirse obligados a tener una opinión sobre el mismo. Hasta ahora, el nombre de Amenábar era una garantía de cine de género intachable. En los anuncios, Ágora aspira a ser pariente de Espartaco, de Troya o de Gladiator. Pero no (y dale con los trailers engañosos). Esta vez todo se ha quedado a medio camino. Una película tibia y sin garra. Parece un telefilme de presupuesto generoso, y poco más. El clímax llega a la media hora y, a partir de ahí, se estanca. Grandiosidad, sí, pero sin espectáculo. No hay drama, ni aventura. Los temas que plantea son interesantes, pero se defienden con poca enjundia. Los actores no transmiten nada. Se salva Rachel Weisz, que es una profesional estupenda, pero aquí parece desganada (da la sensación de saber que está participando en un proyecto muy importante para alguien, aunque para ella sea sólo un compromiso más). Lo lamento por Amenábar. Espero que se recupere, como Tarantino. Alejandro, por favor, vuelve al thriller. Te pongo un aprobado justito porque aún me dura la alegría que me diste con Tesis.


La huérfana, de Jaume Collet-Serra

¿Otra de miedo con niño endemoniado? Pues no, so listos. Aunque lo parezca, no vamos por la senda de las clásicas El exorcista y La profecía, ni tampoco por la de las flojas El orfanato y Expediente 39. Ni siquiera tiene que ver con el amigo Chucky y demás engendros diabólicos. Si a alguna película se asemeja, es a la casi olvidada El buen hijo, de Joseph Ruben, con guión de —nada menos— Ian McEwan, música de —nada menos— Elmer Bernstein y protagonizada por —nada menos— Elijah Wood y Macaulay Culkin. Así que hablamos básicamente de suspense, no tanto de terror truculento. Es verdad que Collet-Serra le añade unos cuantos elementos típicos (y tópicos) del género, pero ojito con pasarse de enterados y creerse que nos lo sabemos todo. La sorpresa, en este caso, es real. No inventa nada, pero da lo que promete, que no es poco, y además sorprende, algo inusual en un género saturado de remakes ochenteros y de galimatías oníricos de reminiscencia oriental. Voto por Isabelle Fuhrman como candidata al Oscar a la mejor actriz secundaria. Impresionante. Un merecido notable.


Moon, de Duncan Jones

Ya he dicho alguna vez que 2001: una odisea del espacio me parece la película más sobrevalorada de la historia del cine. Es tediosa y pretenciosa, dos de las cosas que menos soporto (y eso que el resto de la obra de Kubrick me gusta bastante). Por tanto, el hecho de que el filme-fetiche de la ciencia ficción intelectual fuera la referencia más citada en las promociones de Moon, no sumaba precisamente a favor de mi predisposición a verla. Aun así, mi instinto filmófilo (más los ecos del festival de Sitges) me dictaba que debía darle una oportunidad al estreno del hijo de David Bowie como director. No me arrepiento. Puede que la estética y el tono parsimonioso y contemplativo recuerden a veces a mi odiada 2001, pero se nota que Duncan Jones se ha fijado en títulos más suculentos, como Alien, Blade Runner o Atmósfera cero. Porque en Moon, felizmente, prima el suspense sobre la alegoría. Y funciona. No es para todos los públicos, eso sí. Pero tampoco es la sofisticada estafa de Anticristo. Ah, y a Sam Rockwell, que lo añadan a la lista de candidatos al mejor actor. Está que se sale. Notable.


Si la cosa funciona, de Woody Allen

Otro que resucita. El gran Woody Allen regresa a Nueva York para hacer lo de siempre, de acuerdo, pero en el escenario adecuado y con los ingredientes idóneos (sus admiradores solemos conformarnos con eso). Larry David cumple como alter ego del alter ego (rol que ya probaron John Cusack, Kenneth Branagh, Jason Biggs y, en cierto modo, Will Ferrell), los diálogos recuperan la legendaria ironía y la sensación general es la de estar de vuelta en casa (y esto lo digo por mí, no por Woody). En cuanto a ingenio y ácida reflexión quizá no esté a la altura de Desmontando a Harry, ni tampoco es tan divertida como Granujas de medio pelo. Por supuesto que no llega (ni aspira a ello) a la envergadura de Annie Hall, Delitos y faltas o Hannah y sus hermanas. Me da igual. Celebro sobre todo que Allen aparente haber vuelto a hacer la película que él deseaba, libre de compromisos y sin tener que devolverle favores a nadie por su hospitalidad. Sólo para fans, desde luego, lo cual no es poco, teniendo en cuenta la que se lió después de Vicky Cristina Barcelona. Me debato entre el aprobado alto de rigor o el notable nostálgico que me imploran mis vísceras.

martes, 20 de octubre de 2009

Manías con denominación de origen

La nacionalidad de una película es un dato que me suele importar relativamente poco. La referencia principal que tengo en cuenta a la hora de escoger o rechazar un título es casi siempre el nombre del director, ya que las obras maestras y los bodrios no entienden de geografía y poseen por tanto la facultad de reproducirse al margen de idiomas o pasaportes.
En mayor o menor cantidad abundan en el mundo tanto los genios como los incompetentes. Es un hecho indiscutible.
No obstante, es cierto que la expresión “Cine Español” arrastra, diría que prácticamente desde su nacimiento, un estigma de impopularidad evidente. Y aunque soy el primero que reconoce las limitaciones que las producciones autóctonas sufren respecto a otras filmografías, no entiendo del todo la animadversión extrema que una gran mayoría del público parece sentir hacia actores y directores españoles, sobre todo (y esto no deja de ser curioso) hacia aquellos que mayores éxitos cosechan fuera de nuestras fronteras (léase Almodóvar, Bardem, Penélope y compañía).
Bueno, especifico: lo que no termino de comprender es la magnitud de dicha animadversión, porque en lo referente a las razones que la motivan creo tener una ligera idea.
En este sentido, estoy totalmente de acuerdo con lo que el director Jaime Rosales declaraba hace unos días en un artículo titulado “Despoliticemos el cine”, publicado en el diario El País:

“¿Por qué esa especial negatividad con el cine? ¿Por qué siempre tanta polémica? Me aventuro a dar una explicación. Aunque no sea una explicación del agrado de muchos. El motivo por el que el cine español es tan polémico es porque una parte importante del colectivo que lo representa se ha significado políticamente en exceso. En un país tradicionalmente muy dividido ideológicamente, por los motivos que de sobra nos son conocidos, eso equivale a perder la mitad del público potencial y la mitad de la opinión favorable dentro de los medios de comunicación”.

Yo también estoy convencido de que las simpatías y antipatías políticas tienen mucho que ver en la percepción que buena parte del público tiene acerca del oficio cinematográfico. Es verdad que ellos mismos, los profesionales del séptimo arte, son a menudo quienes deciden alardear con estridencia sus compromisos ideológicos o directamente partidistas, pero sinceramente pienso que eso, a quienes nos sentamos ante la pantalla en nuestra butaca, debería resbalarnos (de hecho, no medimos por el mismo rasero cuando se trata de estrellas extranjeras, a quienes conocemos manías, escándalos y oscuros secretos, que sin embargo pasamos por alto a la hora de enfrentarnos a sus películas).
Rosales añade, además, una reflexión que me parece muy interesante:

“¿Qué pasaría si Zara o El Corte Inglés o Seat se significaran políticamente apoyando un partido? Lo mismo: perderían al 50% de su clientela potencial”.

Así somos. Qué pena.
Será por culpa de los propios políticos o de los medios de comunicación que los amparan; lo mismo da. El caso es que yo también tengo la sensación de que aún mantenemos vivos —implícitos o explícitos— un sinfín de rancios preceptos del estilo: “Si te gustan Abba o Queen eres maricón”; “Si te gustan los toros eres un facha”; “Si ves la tele eres un cazurro”, etc., a los que habría que unir sin duda el que asegura que “Si ves cine español eres un titiritero de Zapatero (o sea, un rojo de mierda)”. Preguntadle a Jiménez Losantos, si no me creéis.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Farsantes

Raro es el día que no me topo con alguien que, de una u otra manera, termina echando pestes de la televisión. De todas las modalidades posibles, la que más me revienta es sin duda la de quienes utilizan dicho argumento como airada consigna para reivindicar su supuesta dignidad intelectual.
La última que recuerdo fue una persona que, al preguntarle yo si había visto el primer capítulo de una nueva serie, me respondió: “Yo prefiero leer”.
Desde luego que mi primera tentación fue la de aclararle que tal vez a mí me gustara leer todavía más que a ella, si bien aquello hubiera sido lo mismo que rebajarme a su patético nivel de soberbia.
Imaginad que le preguntáis a alguien: “¿Has probado la sangría?”, y os contesta: “Yo es que prefiero follar”.
Claro. Estáis pensando lo mismo que yo. ¿Qué diantre tiene que ver una cosa con la otra? ¿Acaso el que te guste la sangría es incompatible con la posibilidad de disfrutar del sexo? ¿Sólo follan los abstemios?
Pues así parece ocurrirle a no poca gente cuando, en teoría, se encuentran diariamente con el enorme dilema de elegir entre la tele o un libro (me río yo del dilema).
No sé a vosotros, pero a mí el día me da para un surtido variado de actividades que, no por ser de naturalezas y objetivos a veces radicalmente opuestos, son incompatibles si se saben repartir bien. Y, en todo caso, cuando el tiempo apremia, se elige lo poco que se puede, pero no tanto en detrimento de otras cosas como movidos por lo que realmente nos apetece. Vamos, sería lo más lógico.
Pero la gracia verdadera de todo está en que, según mi experiencia, por regla general este tipo de personas suelen caracterizarse (aparte de por ofenderse cada vez que les nombras la televisión) por una serie de contradicciones e incongruencias que delatan su fatuo y a la vez ingenuo disfraz:

- En primer lugar, suelen ser personas con una idea —a mi parecer— demasiado cursi de la literatura y la lectura. Digamos que el oficio de escribir o el placer de leer suele evocarles invariablemente estampas como las de un señor fumando en pipa sentado en una mecedora, o un butacón de orejas frente a una chimenea crepitante, o un grupo de excursionistas narrando cuentos infantiles alrededor de un fuego en mitad del campo y de la noche; cosas así, creo que se me entiende. No es que tenga nada en contra de ello, pero me parece que es reducir la literatura a un estereotipo arcaico y un tanto ñoño.

- Asimismo, los susodichos acostumbran a ser lectores de eso que podríamos denominar “literatura de gran consumo”, por emplear la terminología típica del marketing, ya puestos. Vaya por delante que tampoco tengo nada en contra de este tipo de lecturas (ni de ninguna otra, a priori). Siempre he defendido que cada cual lea lo que le venga en gana y, sobre todo, que no es recomendable juzgar intelectualmente al prójimo por cosas tan superficiales como determinados gustos y aficiones. Ahora bien, si recalco esto ahora es porque me estoy refiriendo precisamente a personas que sí me juzgan a mí cuando digo haber visto algo en la tele, o incluso que se atreven a juzgar severamente a toda la humanidad telespectadora, tildando así de borregos, catetos, pollinos y otras lindezas a la mayoría de sus vecinos, amigos, compañeros o familiares.
Personas —insisto— que hablan de Bucay, Jodorowsky o Coelho (sí, Palimp, Coelho) como si fueran los sucesores de Aristóteles, Platón y Cervantes. Y que nadie se confunda: yo soy el primero que no ha vuelto a ojear un libro de filosofía desde que tuve que engullirlos por obligación en la escuela, pero, en cambio, intento ser lo suficientemente cabal como para no confundir a un gurú de la autoayuda con un filósofo clásico.

- Por otra parte, no creo que Ken Follet, Dan Brown y compañía respondan al estereotipo rancio antes citado. Más bien creo que representan un tipo de escritor (mejor o peor, más o menos “culto”) moderno, en el sentido más neutro y menos elevado de la expresión. O, por decirlo de otro modo: seguro que son conscientes de ser autores de la era de la televisión, de los videojuegos y de Internet, y diría que escriben sabiendo perfectamente que hoy por hoy todo hijo de vecino ve la tele y que no son tiempos en que se acostumbre a leer a Dante o a Proust o a Faulkner frente al fuego. Así que no sería de extrañar que alguno de estos remilgados anticatódicos a los que hoy me refiero sufriera el disgusto de su vida al descubrir que quienes considera los grandes nombres de la literatura universal, digna e incorrupta (aunque superventas, en su mayoría) tienen televisión y —oh, horror— la encienden cuando llegan a casa y, peor todavía, la ven.

- Finalmente, su motivo preferido para demostrar que la tele es un artefacto exclusivo para tontos es que “sólo hay programas de cotilleo”.
De aquí deduzco que, obviamente, son ellos los que sólo ven programas de cotilleo (aunque lo oculten por razones obvias, si bien ridículas). Que en la televisión de nuestros días hay de todo es un hecho tan flagrante que hasta da pudor mencionarlo. Bastaría con observar las cadenas llamadas generalistas, por mucho que haya quien siga empeñado en que sólo se emite basura (sic), pero es que entre las parabólicas y la TDT el repertorio se multiplica hasta el empacho. Huelga aclarar que cuando digo que hay “de todo” no estoy afirmando que “todo sea bueno” (ni siquiera que la mayoría sea mínimamente potable; eso que lo decida cada cual). Lo que intento recalcar es la estupidez de un argumento como “sólo hay programas de cotilleo”, especialmente cuando es esgrimido por personas que alcanzan el éxtasis místico o, en su defecto, accesos de incontinencia urinaria, cuando te dicen, por ejemplo, que han leído un volumen que recopila las cartas del novelista Fulano a la poeta Mengana, o los diarios de tal o cual escritor.
¿O es que interesarse por la vida privada de un hombre culto no es cotillear, y sí lo es, en cambio, hacerlo por la intimidad de un tipo del montón? Y aquí no me vale lo del posible interés artístico o cultural, porque no me estoy refiriendo a textos literarios inéditos, sino a cartas de amor, confesiones, secretos familiares, etc.
Que el legado cultural de Sartre sea en principio más valioso que el de Paquirrín no implica que sea menos cotilla quien se interese por saber si el escritor francés se drogaba, se masturbaba pensando en un caballo, ponía lo cuernos a su enamorada o leía en el váter (recuerdo haber leído hace tiempo un artículo estupendo de Javier Marías sobre todo este asunto de traicionar la voluntad de los autores muertos y la profanación de sus obras y legados).

En resumen, si cuando le pregunto a alguien sobre un episodio cualquiera de Frasier, Seinfeld o Los Simpson (excelentes las tres, por cierto), me dice “No me gustan las telecomedias”, o tal vez “No me gusta ver la tele”, o aun “No tengo tele” (ciertamente exótica esta última opción; que recuerde, sólo conozco a tres personas que no tienen televisor, y ya me parecen muchas), no os quepa duda de que me daría por bien respondido.
Sin embargo, cuando me sacan a relucir lo de la lectura, tiendo a sospechar que esa pomposa excusa no es sino la máscara de un farsante.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Que no


En la última entrada os hablaba sobre mi escepticismo respecto a las supuestas preferencias de las mujeres a la hora de decidir qué tipo de hombre consideran más atractivo, si el modelo tradicional y un tanto primitivo basado en el código de la testosterona, o bien el prototipo supuestamente más moderno del varón que no esconde su lado más tierno y se esfuerza por ser comprensivo con el sexo opuesto.
Algunos amigos viandantes, como Letras de arena y Palimp, suscribían mi incredulidad, mientras que T.M. aportaba una opinión que me ha inspirado el texto que ahora leéis.
Lo que T.M. dijo fue: “Pienso que es cuestión de saber seducir. Un jeta pone morro, porque es lo único que tiene, quizá es lo que les falta a los hombres inteligentes y sensibles, más decisión y aprender a seducir con sus armas. Que una cosa no quita la otra”.
Es aquí precisamente donde creo que radica la más peligrosa de las trampas. ¿Por qué habría uno de diseñar una estrategia o poner en práctica un plan magistral? ¿Por qué enrollarse con alguien que nos gusta debe ser el resultado óptimo de una táctica? Es decir, ¿por qué hay que currárselo?
Entendedme bien. No hablo de cuidar las formas o buscar la mejor manera de entrar en contacto con alguien. Eso se presupone necesario, y no sólo en el terreno de la seducción, sino en cualquier situación que implique la relación con los demás.
Mi censura se dirige hacia ese concepto de la seducción como si fuera una competición deportiva o un proyecto empresarial. Y aquí insisto de nuevo: ¿Por qué si sabemos que alguien nos gusta debemos someterlo a examen? ¿Por qué una persona que se siente atraída por otra debe sentirse obligada a ser brillante, a destacar sobre el resto, a sacar la mejor nota?
En mi opinión, enrollarse con alguien debería ser algo que uno hace porque le apetece (porque les apetece a ambos, se entiende). Y nada más.
Es ridículo que nos creamos merecedores de tamaño esfuerzo a cambio de algo tan natural como el magreo o la coyunda; pero es que es aún más ridículo supeditarlo a los méritos ajenos cuando nosotros lo deseamos tanto o más que la otra parte interesada.
De hecho, si la excusa de una mujer para negarme sus encantos fuera “Es que no te lo has trabajado”, pensaría que me estaba tomando por gilipollas. No cuela.
Comprendo lo que T.M. quería decir en su comentario, pero da la impresión de que uno puede perder la oportunidad de liarse con alguien que le gusta sólo por fallar en el proceso de selección, del mismo modo que podemos perder un trabajo por cagarla en la entrevista, por mucho que nuestro currículum sea infinitamente más nutrido que el del resto de aspirantes. (Ya tengo mis reservas respecto a estos procesos selectivos en las empresas, como para encima aplicar la misma filosofía a las relaciones humanas.)
No me trago que una mujer de hoy prefiera estar con un hombre que no la satisface sexualmente sólo porque es inteligente. Más bien la imagino planteándose cosas como: “Bueno, no es ninguna lumbrera, pero sólo con pensar en él me pongo como Chernóbil”.
No nos engañemos. La alusión a las virtudes sentimentales e intelectuales no es más que la manera civilizada y eufemística de expresar el rechazo o la negación sexual al prójimo.
Por resumirlo claramente (y volviendo al origen; la encuesta aludida en la entrada anterior): me cuesta admitir que los hombres más rudos y elementales (zafios y hasta machistas, en no pocos casos) liguen más que los delicados y sensibles sólo porque se lo curran más o porque dedican más horas a ensayar el teatrillo de los rituales seductores.
Que no.

domingo, 4 de octubre de 2009

No me lo creo

He leído que una encuesta realizada en el Reino Unido reveló que las mujeres prefieren como pareja a los hombres con rasgos afeminados. Al parecer, consideran las encuestadas que dichos hombres son más fieles y mejores padres, además de mostrar una mayor implicación sentimental en la relación.
Qué queréis que os diga. No me creo una palabra.
Hace algún tiempo ya comenté aquí la enorme decepción que para mí supuso el comprobar que la anhelada liberación de la mujer respecto a determinados prejuicios (con el consiguiente aumento de su saludable protagonismo en nuestra sociedad) parecía haberse traducido en una burda “guerra de poder”, en lugar de en una lucha por la igualdad de condiciones.
Yo fui uno de los “primos” que creyeron en el mito del hombre sensible, pero la experiencia me ha ido convenciendo de que las leyes de la seducción siguen estancadas en los modelos ancestrales que pregonan y practican, precisamente, aquellos hombres que ahora parecen ser despreciados por las mujeres objeto de la encuesta que nos ocupa.
A mí me parece que estas buenas señoras han contestado eso por lo mismo que otros afirman no ver la tele, no votar a un partido determinado o no consumir comida rápida cuando son preguntados para un estudio cualquiera. Nuestro afán por quedar bien y salir bien retratados nos mantiene fieles a ciertos tópicos cuyo evidente desgaste empieza ya a hacer brotar su genuina inutilidad.
Del mismo modo que me parece ridículo dar por sentado que el hombre afeminado debe ser por fuerza más comprometido y cariñoso, igualmente creo injusto desconfiar de la virilidad como si ésta fuera sinónimo de infidelidad o brutalidad.
Me parece que llevamos demasiados años jugando con estereotipos de esta calaña como para decidirnos de una vez por todas a dejarlos aparcados, junto a los madelman y las barbies.
¿O es que en el fondo nos interesa conservarlos porque, al fin y al cabo, son ideales a la hora de proporcionarnos excusas? Supongo que si nuestra pareja (sea hombre o mujer) es sensible y comprensiva, siempre nos resultará más fácil justificar los pasos en falso o argumentar las decisiones traumáticas.
Célebres frases de ruptura como “No es por ti, sino por mí”, “Lo hago por tu bien, para no hacerte más daño”, “Eres una gran persona y nunca te faltará alguien que te quiera”, “No te merezco lo suficiente”, “Me duele a mí más que a ti”, “Entiendo que me odies”, “Siempre me tendrás para lo que necesites”, etcétera, existen y se siguen usando gracias a que todavía circula por ahí la idea de que el sentimiento es más importante que el deseo en las relaciones de pareja.
En fin, no sé. A lo mejor pruebo y me doy una vuelta por la Gran Bretaña en plan osito de peluche. Nunca se sabe.