martes, 15 de septiembre de 2009

Paisajes comprimidos

Si alguien nos preguntara si hemos estado alguna vez en el Gran Cañón del Colorado y le respondiéramos: “No, pero lo he visto en un libro de fotos muy bonito”, con seguridad que esa persona se apiadaría de nuestra ignorancia, o bien se descojonaría directamente en nuestras narices.
Ya se sabe; no hay nada como conocer los lugares in situ, admirarlos en tres dimensiones y con el empleo de los cinco sentidos. No es lo mismo contemplar la belleza de un acantilado en el fondo de escritorio de un ordenador que poder asomarse al precipicio mientras el viento nos sacude la melena (al que la tenga, se entiende) y el olor del mar se nos cuela hasta el fondo de la garganta mientras vemos las olas romper allá abajo y su sonido nos provoca una calma cien por cien ecológica, al tiempo que recordamos (nunca está de más) que la naturaleza sólo usa contra nosotros una parte ínfima del poder que posee para aniquilarnos, si se diera el caso.
Nada que ver; está claro.
Sin embargo, año tras año, cada vez que voy de viaje, compruebo que el número de personas que observan todo cuanto tienen delante a través del espacio limitado y rectangular del visor de su cámara se multiplica con una desmesura que me atrevería a calificar de obscena.
No es broma: he presenciado con estos ojos de peatón que hay por ahí quien se ha pasado el recorrido íntegro por una cueva, un parque natural o una avenida monumental filmando o fotografiando, es decir, mirando un paisaje en miniatura en una pantallita enana. Literalmente.
Esto no ocurría con las cámaras antiguas, las que se cargaban con carretes que luego había que revelar, y pagando por ello, además (un detalle que obligaba a pensarse muy mucho qué era lo que uno retrataba), con lo que los momentos fotográficos venían a ser esporádicas pausas dentro del recorrido turístico.
Tiempo después, la proliferación de cámaras de video portátiles provocó el origen de este fenómeno que las modernas cámaras de foto digital han extendido y consolidado como una epidemia, quizá no tan dañina como la temida Gripe A, pero a la que, no os quepa duda, somos mucho más vulnerables.
La afición a la fotografía me parece sanísima y estupenda, no os vayáis a creer. Admiro a quien es capaz de sacar una buena foto de donde otros sólo obtendríamos un desabrido plagio visual. Pero del mismo modo, desde que existe Internet, no le veo demasiado sentido a la obsesión por tirarse tres cuartos de hora capturando instantáneas de la Torre Eiffel, el Coliseo Romano, la Puerta de Alcalá o el Taj Majal, entre otras cosas porque existen en la Red centenares de imágenes de dichos monumentos infinitamente mejor tomadas que las nuestras.
Sí, vale, esas fotografías, en las que uno sale delante del paisaje o la obra de arte en cuestión sonriendo o forzando una pose que siempre va a parecer artificial, sirven como prueba palpable de que estuvimos allí. Ahora bien, si de verdad necesitamos dichas pruebas para que nos crean, será que nuestra palabra no vale mucho.
Todo esto me lleva a la conclusión de que, en realidad, viajar es como follar: creemos que lo hacemos por el placer de hacerlo, pero en el fondo lo hacemos para poder decir que lo hemos hecho.

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