martes, 8 de septiembre de 2009

Error de reparto

El estéril salió de la consulta con la cabeza incrustada entre los hombros y la vista clavada en el horrendo suelo hospitalario, tratando de evitar así las posibles miradas que sin duda no tardarían en descifrar las claves de su íntimo bochorno.
Necesitado de aliento, se sentó en la sala de espera, donde un solo hombre parecía aguardar su turno.
—¿Todo bien? —le preguntó el desconocido.
—Me temo que no —respondió el estéril.
—No puede ser peor que lo mío, créame.
—Soy estéril. Me lo acaba de confirmar el doctor. No puedo tener hijos. Hace dos años que lo intentamos. Mi mujer se hizo las pruebas y salió todo correcto. El problema es mío. Mi esperma es más insulso que la Coca Cola Light. El sueño de ser padre se pone cuesta arriba. Tendremos que adoptar, o bien aceptar que otro tipo nos preste un poco de semen para que podamos formar una familia. Bastante tiempo hemos aguantado ya las impertinencias y la insistencia de familiares y amigos. Ya sabe. Cada vez que nos juntamos en las bodas o las celebraciones de cualquier clase. Las típicas preguntas y comentarios maliciosos: “Pero bueno, ¿para cuándo os vais a animar?”; “A ver si es que no vales para eso”; “Que se os va a pasar el arroz”… ese tipo de cosas. No lo soporto. Tendremos que seguir dando evasivas e inventando excusas, quién sabe si para siempre, o al menos hasta que la menopausia imponga la inutilidad de cualquier conjetura. Es terrible. Viviré avergonzado toda mi vida. Puede que hasta me cueste mi relación de pareja.
—No exagere, hombre —apuntó el desconocido, sorprendentemente. Lejos de intentar animarlo, aquel tipo parecía igualmente confabulado contra él—. Yo también me he tenido que sentar para recobrar fuerzas. Y llevo ya una hora aquí. Entré antes que usted, y también el médico me confirmó el peor de mis temores. Yo no soy estéril como usted. O eso creo, vamos. No importa demasiado. Lo que me ha dicho a mí es que soy impotente. En fin, él lo ha llamado "disfunción eréctil", pero ya me entiende. ¿Le parece una tortura tener que pasarse la vida disimulando o mintiendo acerca de su incapacidad biológica para procrear? Perdone, pero no es para tanto. Como bien ha dicho, puede adoptar, pedir unos cuantos espermatozoides prestados, y ya está. Si lo que le quita el sueño es la cuestión genética, basta con que el préstamo de esperma provenga de su hermano, si es que lo tiene, o de un primo hermano; la diferencia sería mínima. Sólo tendrá que hacer frente a ciertas convenciones que, por otra parte, cada vez parecen menos arraigadas. En cambio, piense en mi situación. Lo único que podría pedir prestado es un vibrador para mi novia. O acaso pagarle un prostituto de vez en cuando para que se desahogue. Pero usted y yo sabemos que la cosa no duraría demasiado. No habría forma humana de sostenerlo. Al fin y al cabo, usted es oficialmente un minusválido; un discapacitado, como se dice ahora. Que ésa es otra, ¿no cree? Resulta que hoy ya no hay inválidos, ni sordos, ni enanos. Hay que andarse con cuidado. Hemos convenido en que poniendo una cierta dosis de cursilería y retórica nos ganaremos el respeto de los que sufren y nuestra conciencia quedará inmaculada. Ahora, pobre de aquél que se atreva a hablar de “cojos” o “mancos”; hay que decir “discapacitado”, o incluso “la gente especial” y mamarrachadas por el estilo. Intente contar un chiste sobre un ciego, un sordo, un tullido, un retrasado mental… Las hordas de lo políticamente correcto caerán sobre usted como el ejército de Atila. Pero, ah, mire usted por dónde. Si el chiste es de impotentes o eyaculadores precoces… Ah, coño, pues venga. Todos a descojonarse, mujeres incluidas. No me lo negará. ¿Quién consideraría una falta de respeto una broma a costa de un pichafloja? Ya se lo confirmo yo: nadie. Y mujeres incluidas, insisto. ¿Que no puede meterse con los feos, los tarados o los inválidos? Pues para esos están los pardillos a los que no se les pone dura o que terminan la faena antes de que la chica se haya bajado las bragas. A lo que voy es a que usted tiene un problema, de acuerdo, y es normal que le preocupe o atormente, pero es un problema que, no obstante, los demás van a recibir y aceptar con solidaridad y, en el peor de los casos, con una cierta conmiseración que entiendo que pueda molestarle. Y nada más. Pero, ya digo, le cambio su Coca Cola Light por mi abono para el coitus interruptus.
—Vaya, lo siento —dijo el estéril, con sincero pesar.
—No se preocupe. Si finalmente se deciden a pedir prestado un poco de semen, cuenten conmigo. El onanismo, de momento, no se me resiste.
—Gracias —respondió el estéril sonriendo por primera vez en mucho tiempo.
—Y si lo que le preocupa es la posibilidad de que su mujer se encapriche del donante, bueno… ya sabe, conmigo… en fin… pues eso. Que no hay peligro.
—Qué mal repartido está el mundo, ¿no le parece?
—Ya lo creo.

4 comentarios:

El veí de dalt dijo...

Leí ayer en El periodico que esto de los bancos de semen y las clinicas proembarazos es un negocio en alza. Cada vez los tíos tenemos menos espermatozoides y el semen es de mala calidad (ya sé que tu no!) y las mujeres esperan demasiado a ser madres. ¡Yo ya cunplí, pero!

Poesía Intimista dijo...

Yo creo, que en esta vida, el que no se consuela es porque no quiere... Aunque estemos muy jodidos, siempre hay quien está peor. Cada uno tiene, lo que tiene.
Besos repartidos.

El último peatón dijo...

Veí: No te creas. Si por "calidad" se entiende la mayor facilidad para fecundar, casi que prefiero ser un despojo espérmico...

Encarna: El verdadero consuelo no está en saber que hay alguien peor que nosotros, sino en encontrar a alguien a quien no le importe nuestra desgracia.


Gracias a los dos por la visita... y suerte en el reparto.

Poesía Intimista dijo...

Esa frase me la escribo. Me ha llegado mucho. Tienes razón. Igual hago un escrito sobre ello.
Un bes.