lunes, 28 de septiembre de 2009

El mañana necesario

No termino de comprender la popularidad de esa expresión tan común que recomienda “Vivir cada día como si fuera el último”.
Puede que como eslogan posea unas propiedades contundentes y efectivas, pero si traslado la situación a la vida real, no puedo imaginarme a nadie que, tras revelarle que ese día que vive es el último que conocerá como ser vivo, de repente se sienta invadido por un deseo irrefrenable de disfrutar de los placeres carnales sin mesura ni disciplina.
“Mañana estará usted muerto”. Si os parece que oír semejante sentencia es el acicate idóneo para que se nos activen las ganas de comer como bestias, beber como cosacos, follar como posesos o bailar como descosidos, es que sois engendros de otro planeta, por mucho que la publicidad o las teleseries juveniles defiendan lo contrario.
Saber que uno tiene fecha de caducidad concreta sería la peor de las certezas, según mi opinión. Me atrevería a afirmar que la razón por la que somos capaces de disfrutar de nuestra existencia, aun sabiendo que es irremediablemente finita, es precisamente el hecho de desconocer el momento exacto de su fin.
Prefiero, en todo caso, aplicar la filosofía opuesta. Es decir —y puestos a refugiarnos en el endeble aval de los tópicos— vivir cada día como si fuera el primero. Emulando el título de esa estupenda película que aún se mantiene milagrosamente en las carteleras, hacer que cada día sea el primero del resto de nuestra vida. De este modo, se sustituye la temeridad descerebrada por el optimismo sosegado. Nada que ver.
En lugar de plantearnos cada jornada con el descontrol acelerado de quien lucha contra una cuenta atrás, mejor saludarla con la agradable serenidad de quien todavía puede permitirse el lujo de mirar al futuro.
Saborear, o paladear, en vez de engullir. Es sencillo.
Desde luego que esto no garantiza que el tiempo corra más despacio, pero sí que ayuda a tener una mayor conciencia de cómo o en qué forma transcurre. Por simplificarlo, sería como elegir entre la cadencia narrativa de un largometraje convencional o la fugacidad sincopada de un videoclip. Me quedo con el cine.
Ya que hemos de sobrellevar un presente agitado por culpa de la recesión económica, las enfermedades que se reinventan a sí mismas, las inevitables vueltas al cole, al trabajo o al redil que sea, qué menos que concedernos el derecho a ilusionarnos con los muchos y prósperos días que puedan estar esperándonos más adelante.
Suerte.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Puta

A raíz de ciertos incidentes ocurridos en la ciudad de Barcelona, ha vuelto a la actualidad el eterno (y cansino) debate sobre la conveniencia o no de legalizar la prostitución.
Las posturas consabidas sobre el particular renacen en las noticias y los debates, sin que, una vez más, parezca que haya nadie dispuesto a llegar a un acuerdo.
Están los dos extremos, las corrientes más radicales; los unos, que sostienen la creencia de que las prostitutas son emisarias del mismísimo demonio y deberían ser aniquiladas de la faz de la Tierra, y los otros, los que abogan por la profesionalización absoluta, defendiendo que quien alivia las calenturas venéreas merece los mismos derechos laborales que quien aprieta tuercas, despacha billetes o receta medicamentos.
En medio de ambos polos están los más tibios, moviéndose en el terreno aparentemente más conciliador, y que tal vez tenga tanto de tolerancia como de hipocresía. Son los que aceptan consentir mientras no vean, quienes observan a las putas igual que si fueran meigas (que nadie las vea para que parezca que no existen, aunque luego todo el mundo reconozca que haberlas, haylas); son los defensores de los locales privados (el puticlub de toda la vida, vamos) y de que pierda sentido esa vieja expresión conocida como “hacer la calle”.
El debate en cuestión, como ya he dicho, me aburre soberanamente, así que he preferido centrar mi atención en otro aspecto derivado de esta insistente polémica.
Concretamente, me ha dado por pensar qué ocurriría en el futuro con la palabra puta, en caso de que por fin la prostitución terminara convirtiéndose en una actividad profesional como cualquier otra, con sus nóminas, su seguridad social, su paro obrero, su convenio colectivo, su mobbing, sus trienios, sus vacaciones de verano y sus cenas de empresa.
Si así fuera, no tendría ya ningún sentido llamar “hijo de puta” a nadie para insultarlo. Sería igual de ridículo que decirle “hijo de fontanero” o “hijo de telefonista”.
Perderían su razón de ser ciertos exabruptos como “me cago en la leche puta” (¿cómo sonaría “me cago en la leche taquillera”?; absurdo, sin duda) o “me cago en tu puta calavera” (menudo insulto de mierda, si hubiera que emplear, por ejemplo, “me cago en tu informática calavera”).
Habrá que ir pensando en una profesión de reserva que herede en el futuro el puesto de honor en la dialéctica del insulto, un espacio verbal que el puterío ha ostentado desde el principio de los tiempos.
Dentistas, inspectores fiscales, proctólogos, ministros, cobradores de deudas… temblad.

martes, 15 de septiembre de 2009

Paisajes comprimidos

Si alguien nos preguntara si hemos estado alguna vez en el Gran Cañón del Colorado y le respondiéramos: “No, pero lo he visto en un libro de fotos muy bonito”, con seguridad que esa persona se apiadaría de nuestra ignorancia, o bien se descojonaría directamente en nuestras narices.
Ya se sabe; no hay nada como conocer los lugares in situ, admirarlos en tres dimensiones y con el empleo de los cinco sentidos. No es lo mismo contemplar la belleza de un acantilado en el fondo de escritorio de un ordenador que poder asomarse al precipicio mientras el viento nos sacude la melena (al que la tenga, se entiende) y el olor del mar se nos cuela hasta el fondo de la garganta mientras vemos las olas romper allá abajo y su sonido nos provoca una calma cien por cien ecológica, al tiempo que recordamos (nunca está de más) que la naturaleza sólo usa contra nosotros una parte ínfima del poder que posee para aniquilarnos, si se diera el caso.
Nada que ver; está claro.
Sin embargo, año tras año, cada vez que voy de viaje, compruebo que el número de personas que observan todo cuanto tienen delante a través del espacio limitado y rectangular del visor de su cámara se multiplica con una desmesura que me atrevería a calificar de obscena.
No es broma: he presenciado con estos ojos de peatón que hay por ahí quien se ha pasado el recorrido íntegro por una cueva, un parque natural o una avenida monumental filmando o fotografiando, es decir, mirando un paisaje en miniatura en una pantallita enana. Literalmente.
Esto no ocurría con las cámaras antiguas, las que se cargaban con carretes que luego había que revelar, y pagando por ello, además (un detalle que obligaba a pensarse muy mucho qué era lo que uno retrataba), con lo que los momentos fotográficos venían a ser esporádicas pausas dentro del recorrido turístico.
Tiempo después, la proliferación de cámaras de video portátiles provocó el origen de este fenómeno que las modernas cámaras de foto digital han extendido y consolidado como una epidemia, quizá no tan dañina como la temida Gripe A, pero a la que, no os quepa duda, somos mucho más vulnerables.
La afición a la fotografía me parece sanísima y estupenda, no os vayáis a creer. Admiro a quien es capaz de sacar una buena foto de donde otros sólo obtendríamos un desabrido plagio visual. Pero del mismo modo, desde que existe Internet, no le veo demasiado sentido a la obsesión por tirarse tres cuartos de hora capturando instantáneas de la Torre Eiffel, el Coliseo Romano, la Puerta de Alcalá o el Taj Majal, entre otras cosas porque existen en la Red centenares de imágenes de dichos monumentos infinitamente mejor tomadas que las nuestras.
Sí, vale, esas fotografías, en las que uno sale delante del paisaje o la obra de arte en cuestión sonriendo o forzando una pose que siempre va a parecer artificial, sirven como prueba palpable de que estuvimos allí. Ahora bien, si de verdad necesitamos dichas pruebas para que nos crean, será que nuestra palabra no vale mucho.
Todo esto me lleva a la conclusión de que, en realidad, viajar es como follar: creemos que lo hacemos por el placer de hacerlo, pero en el fondo lo hacemos para poder decir que lo hemos hecho.

martes, 8 de septiembre de 2009

Error de reparto

El estéril salió de la consulta con la cabeza incrustada entre los hombros y la vista clavada en el horrendo suelo hospitalario, tratando de evitar así las posibles miradas que sin duda no tardarían en descifrar las claves de su íntimo bochorno.
Necesitado de aliento, se sentó en la sala de espera, donde un solo hombre parecía aguardar su turno.
—¿Todo bien? —le preguntó el desconocido.
—Me temo que no —respondió el estéril.
—No puede ser peor que lo mío, créame.
—Soy estéril. Me lo acaba de confirmar el doctor. No puedo tener hijos. Hace dos años que lo intentamos. Mi mujer se hizo las pruebas y salió todo correcto. El problema es mío. Mi esperma es más insulso que la Coca Cola Light. El sueño de ser padre se pone cuesta arriba. Tendremos que adoptar, o bien aceptar que otro tipo nos preste un poco de semen para que podamos formar una familia. Bastante tiempo hemos aguantado ya las impertinencias y la insistencia de familiares y amigos. Ya sabe. Cada vez que nos juntamos en las bodas o las celebraciones de cualquier clase. Las típicas preguntas y comentarios maliciosos: “Pero bueno, ¿para cuándo os vais a animar?”; “A ver si es que no vales para eso”; “Que se os va a pasar el arroz”… ese tipo de cosas. No lo soporto. Tendremos que seguir dando evasivas e inventando excusas, quién sabe si para siempre, o al menos hasta que la menopausia imponga la inutilidad de cualquier conjetura. Es terrible. Viviré avergonzado toda mi vida. Puede que hasta me cueste mi relación de pareja.
—No exagere, hombre —apuntó el desconocido, sorprendentemente. Lejos de intentar animarlo, aquel tipo parecía igualmente confabulado contra él—. Yo también me he tenido que sentar para recobrar fuerzas. Y llevo ya una hora aquí. Entré antes que usted, y también el médico me confirmó el peor de mis temores. Yo no soy estéril como usted. O eso creo, vamos. No importa demasiado. Lo que me ha dicho a mí es que soy impotente. En fin, él lo ha llamado "disfunción eréctil", pero ya me entiende. ¿Le parece una tortura tener que pasarse la vida disimulando o mintiendo acerca de su incapacidad biológica para procrear? Perdone, pero no es para tanto. Como bien ha dicho, puede adoptar, pedir unos cuantos espermatozoides prestados, y ya está. Si lo que le quita el sueño es la cuestión genética, basta con que el préstamo de esperma provenga de su hermano, si es que lo tiene, o de un primo hermano; la diferencia sería mínima. Sólo tendrá que hacer frente a ciertas convenciones que, por otra parte, cada vez parecen menos arraigadas. En cambio, piense en mi situación. Lo único que podría pedir prestado es un vibrador para mi novia. O acaso pagarle un prostituto de vez en cuando para que se desahogue. Pero usted y yo sabemos que la cosa no duraría demasiado. No habría forma humana de sostenerlo. Al fin y al cabo, usted es oficialmente un minusválido; un discapacitado, como se dice ahora. Que ésa es otra, ¿no cree? Resulta que hoy ya no hay inválidos, ni sordos, ni enanos. Hay que andarse con cuidado. Hemos convenido en que poniendo una cierta dosis de cursilería y retórica nos ganaremos el respeto de los que sufren y nuestra conciencia quedará inmaculada. Ahora, pobre de aquél que se atreva a hablar de “cojos” o “mancos”; hay que decir “discapacitado”, o incluso “la gente especial” y mamarrachadas por el estilo. Intente contar un chiste sobre un ciego, un sordo, un tullido, un retrasado mental… Las hordas de lo políticamente correcto caerán sobre usted como el ejército de Atila. Pero, ah, mire usted por dónde. Si el chiste es de impotentes o eyaculadores precoces… Ah, coño, pues venga. Todos a descojonarse, mujeres incluidas. No me lo negará. ¿Quién consideraría una falta de respeto una broma a costa de un pichafloja? Ya se lo confirmo yo: nadie. Y mujeres incluidas, insisto. ¿Que no puede meterse con los feos, los tarados o los inválidos? Pues para esos están los pardillos a los que no se les pone dura o que terminan la faena antes de que la chica se haya bajado las bragas. A lo que voy es a que usted tiene un problema, de acuerdo, y es normal que le preocupe o atormente, pero es un problema que, no obstante, los demás van a recibir y aceptar con solidaridad y, en el peor de los casos, con una cierta conmiseración que entiendo que pueda molestarle. Y nada más. Pero, ya digo, le cambio su Coca Cola Light por mi abono para el coitus interruptus.
—Vaya, lo siento —dijo el estéril, con sincero pesar.
—No se preocupe. Si finalmente se deciden a pedir prestado un poco de semen, cuenten conmigo. El onanismo, de momento, no se me resiste.
—Gracias —respondió el estéril sonriendo por primera vez en mucho tiempo.
—Y si lo que le preocupa es la posibilidad de que su mujer se encapriche del donante, bueno… ya sabe, conmigo… en fin… pues eso. Que no hay peligro.
—Qué mal repartido está el mundo, ¿no le parece?
—Ya lo creo.