lunes, 17 de agosto de 2009

Comer con los ojos

Si hay un colectivo especialmente vulnerable ante el poder seductor de la publicidad, ése es el de los niños. Un experimento llevado a cabo en Estados Unidos sirvió, según parece, para corroborar la influencia que las marcas comerciales tienen sobre los gustos infantiles en un terreno tan importante y delicado como el de la alimentación.
Se seleccionó a un grupo de tiernos infantes, los cuales debían probar dos productos que eran en realidad el mismo (aunque ellos lo desconocían, obviamente), con la particularidad de que uno iba etiquetado con la marca McDonald’s y el otro no.
Una vez efectuadas las pruebas de degustación, los pequeños eligieron mayoritariamente el sabor del producto etiquetado. Conviene aclarar también que, en este caso, ninguno de los alimentos iba acompañado de regalos, juguetes, cromos o reclamos similares, muy habituales en las cadenas de comida rápida.
Aun así, quedó claro que la identificación de un logotipo concreto era lo suficientemente sugestiva como para alterar la percepción real de los sabores e inclinar la balanza de un lado determinado.
Esto no es nuevo. Ya lo hizo en los años veinte el cineasta ruso Lev Kulechov. En su caso, proyectó tres fotogramas exactamente idénticos con el rostro inexpresivo del mismo actor, con la salvedad de que cada uno de ellos iba acompañado de una imagen distinta (un plato de comida, una mujer desnuda y un bebé). El resultado del experimento, como podéis imaginar, fue que los espectadores reconocieron gestos de gula, lujuria y ternura en el rostro cara-palo de aquel actor, cuando —insisto— el fotograma mostrado era siempre el mismo.
Pero no echemos la culpa a los inocentes, los más pequeños. Ellos no hacen sino copiarnos, y somos nosotros quienes compramos bolsos, relojes o prendas de vestir que sabemos de pega, con la única intención de poder fardar luciendo una marca elitista o distinguida.
Lo malo es que las víctimas de este modelo de canibalismo mercantil no son sólo los incondicionales de la llamada “comida basura”. De un tiempo a esta parte, todos estamos advirtiendo la creciente publicidad acerca de alimentos concentrados supuestamente sanos. Yogures del tamaño de un dedal en los que, según dicen, caben quince o veinte piezas de fruta; o botellines rellenos de un mejunje espeso y verdoso que al parecer equivale a la ingesta de un potaje de garbanzos y espinacas, más el correspondiente postre (y con café, copa y puro si hace falta). No os dejéis engañar por el reclamo de la salubridad, pues el objetivo es el mismo. Comprar, consumir dicha marca, hacernos adictos a un logotipo.
Cuando yo era niño, los astronautas de los tebeos se alimentaban a base de píldoras. Por entonces, pensar que en una simple pastilla cabía un pollo asado o un plato de macarrones me parecía un alarde de modernidad y progreso. Ahora, por fortuna, opino lo contrario.
También es verdad que, como suele decirse, si no puedes con el enemigo, lo mejor es que te unas a él. Así que tal vez la solución pase porque le pongamos pegatinas de McDonald’s a la sopa de ajo... y se acabaron las peleas con los niños por culpa de la comida.

5 comentarios:

Robërto Loigar dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Robërto Loigar dijo...

Allí radica el poder de la publicidad, crear necesidad de lo que estamos hartos.

letras de arena dijo...

Es alucinante el poder de la publicidad y lo penoso es que todos caemos en ella. Tal vez tengas razón y deba de poner la maldita pegatina en la verdura para mi hijo.
Saludos sin interrupción publicitaria.

malditas musas dijo...

Cuando leí "como suele decirse, si no puedes con el enemigo, lo mejor es que te unas a él" me asusté, pensé que ibas de voluntario a que te hicieran hamburguesa... No lo hagas peatón, NOOOO!

:@
Besos sin mac
musa

El último peatón dijo...

Robërto: entonces, nunca más diré que estoy harto de la publicidad, no sea que me vuelva un yonqui de los anuncios... Bienvenido a la vía peatonal.

Letras de arena: seguro que si le pones la etiqueta de PSP o PS3 en la ensalada, se come hasta los huesos de las aceitunas.

Musa: me diste una idea. En vez de donar mi cuerpo a la ciencia, se lo donaré a la carnicería de mi barrio, que con la crisis seguro que agradecen materia prima gratis... O mejor, no. Tienes razón. Este cuerpo, que se lo coman los gusanos cuando toque.

Abrazos a los tres.