lunes, 27 de julio de 2009

¿Te gusta conducir?... ¿O correr?

Mi condición de viandante crónico me impide llegar a entender muchas veces la idiosincrasia propia de los conductores (la mayoría de vosotros).
No obstante, entiendo las protestas hacia las multas de aparcamiento y hacia determinados radares sibilinos, cuyo verdadero objetivo no tiene que ver con la seguridad vial sino con la prosperidad económica de los ayuntamientos o gobiernos.
Lo que no alcanzo a comprender es ese empeño sistemático en culpar a las instituciones de los accidentes. Yo creo que los causantes de los accidentes de circulación son, en la mayoría de los casos, los conductores. O sea, nosotros (hasta yo mismo me incluyo, por pura cortesía).
Descartemos para empezar circunstancias azarosas imposibles de predecir, fallos técnicos no provocados ni por negligencias del fabricante ni por desidia de los automovilistas, cruces inesperados de animales en mitad de una carretera comarcal, etc.
Por otro lado, el mal estado de las carreteras es una competencia que las instituciones están obligadas a subsanar, pero la responsabilidad derivada de poner el coche a 180 por un camino de cabras es toda nuestra. Que nadie lo olvide.
Además, creo que hay un excesivo afán por convertir al alcohol en el chivo expiatorio de todo esto. Está claro que ir bebido al volante entraña un riesgo evidente, pero da la impresión de que en un país de abstemios no habría accidentes de tráfico, y eso no es cierto. La culpable de que la carretera se pelee todos los días con el cáncer por el primer puesto en el macabro ranking de la mortalidad humana no se llama Cogorza, sino Velocidad.
Así es. La velocidad sigue siendo hoy por hoy el principal reclamo publicitario de cualquier marca de coches. Ya sé que algunas presumen de velar por la seguridad, y otras más cursis y elitistas apelan al placer de la conducción con spots de arte y ensayo, pero no os engañéis.
En el universo automovilístico, la potencia está ligada a la rapidez (al contrario que en el sexo, mire usted por dónde), y eso es lo que vende. Se fabrican utilitarios enanos con motores de reactor supersónico, ataúdes sobre ruedas para hacer carreras en circuito urbano los fines de semana o para zigzaguear en las caravanas de operación salida o retorno, porque siempre hay uno que es más chulo que nadie y conduce de fábula y él no se ha comprado un cochazo para ir parado como en una procesión, y bla, bla, bla…
Ser prudente no vende. Lo de “precaución, amigo conductor” sigue sonando a Perlita de Huelva, es decir, a carca. No mola tener cuidado al volante, no es guay, ni enrollado. La prudencia es de pringados, de mojigatos… Pues allá cada cual.
Nos vamos a hartar en breve de leer estadísticas sobre accidentes de tráfico. Serán recuentos fríos y rutinarios, y asociados, según convenga, a la política del gobierno, al carnet por puntos, al consumo de bebidas alcohólicas, al uso del teléfono móvil en ruta o al estado de las infraestructuras. Por mí se las podrían ahorrar.
Yo que vosotros, me pensaría mucho lo de correr. Palabra de peatón.

2 comentarios:

letras de arena dijo...

Totalmente de acuerdo contigo. Ya es hora que aceptemos nuestra responsabilidad en las cosas y no sólo a la hora de conducir.
Un abrazo veraniego.

El último peatón dijo...

Otro abrazo estival para ti.