viernes, 10 de julio de 2009

Descubriendo a Gregorio Jebluss

Disfruté hace poco más de un mes de la presentación en sociedad del primer libro de Franco Chiaravalloti, Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente, en el acogedor y estimulante espacio de La Casa de los Cuentos, en el barrio de Gracia.
Fue aquél un primer asomo público de este interesante libro de relatos, que ayer recibió una segunda y más multitudinaria puesta de largo barcelonesa en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés.
En un contexto lector en el que el género del relato parece seguir sufriendo un injustificado ninguneo, y en un entorno literario que aguarda expectante e inquieto a partes iguales la llegada de nuevos soportes tecnológicos, debemos valorar como se merece la valentía de autores como Franco, que siguen apostando por la narrativa pura al margen de extensiones o tamaños, y que se atreven a proponer ejercicios formales que demuestran que el libro impreso puede ofrecer las mismas posibilidades interactivas que un ordenador portátil.
Dicho lo anterior, es obvio que no estamos ante el prototipo mercantil de libro más vendido, que se correspondería más bien con los siguientes requisitos:

- Género: Novela.
- De 500 a 800 páginas.
- De un autor cuyo nombre sea conocido (ya sea por éxitos literarios o por cualquier otro tipo de popularidad).
- Histórica o con elementos “de época”.
- Sin experimentos narrativos.
- A ser posible, premiada.

¿Por qué elegir entonces un libro que incumple todos los requisitos anteriores? (Un volumen de menos de 200 páginas compuesto de relatos breves escritos por un autor novel, ambientados mayoritariamente en la época contemporánea, integrados en un formato que propone un coqueteo constante con el metalenguaje y el experimento gráfico, todo ello sin el aval del prestigioso premio de turno).
Os daré mis razones.
La variedad de historias que componen Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente representan a la vez un universo común. Esta unidad conceptual está conseguida de una forma muy sutil, sin forzarse y sin atentar contra la independencia de cada relato.
Aunque cada cuento posee entidad propia, al leerlos seguidos se percibe en todo momento un contexto homogéneo, una especie de campo semántico común que hace mención a la sangre y las vísceras, al semen y el sudor, y que asimismo juega con elementos dispares que se convierten ingeniosamente en sinónimos (palabras/balas/disparos/letras...).
Y que nadie se espante con tanto matiz estructural y hermenéutico. Las ciento y pico páginas están escritas de una manera que facilita una lectura ágil, continuada, del tirón, que es como mejor se disfrutan los libros. Además, se puede transportar cómodamente y leer en cualquier parte (quizá algunos estéis pensando ya en qué libros llevaros este año a la playa).
Franco es un autor novel en tanto que se estrena como autor publicado. Pero no debemos confundir lo primero que se publica con lo primero que se escribe. Leyendo las historias que nos narra ese tal Gregorio Jebluss (autor verdadero y la vez apócrifo de esta obra) no es difícil advertir que hay años de lecturas y de peleas conra el papel (o la pantalla) en blanco.
Se nota también que Franco ha escrito lo que realmente quería, sin ningún tipo de condicionante extraliterario, y eso aporta a la obra frescura y capacidad de sorpresa.
Por otra parte, hace un uso del surrealismo y la ironía aplicados a lo cotidiano que me recuerda a escritores como mi admirado Juan José Millás. Es decir, no utiliza el surrealismo para evadirnos de la realidad, sino para explicárnosla mejor. En este sentido, la mayoría de los relatos me han hecho disfrutar, algunos de ellos sonreír, y otros muchos me han provocado esa sensación de complicidad que, en mi opinión, es quizá lo mejor que puede transmitirnos un libro.
En cuanto al carácter experimental de la propuesta, creo que queda justificado en cuanto llevamos unas cuantas páginas leídas.
Personalmente, soy contrario a los experimentos gratuitos o fatuos, a los que responden a la intención del autor de distanciarse o situarse por encima de la presunta vulgaridad del lector medio. Esto provoca que a menudo identifiquemos “experimento” con “críptico” y que de entrada lo interpretemos como una barrera entre autor y lector.
Lo experimental no es sólo un rasgo de modernidad. Es algo que está en la literatura desde hace siglos. Obras antiguas como el Tristram Shandy, de Sterne (1767), o contemporáneas como Si una noche de invierno un viajero, de Calvino (1979), han experimentado con formas y técnicas, adelantándose a lo que ahora conocemos como interactividad.
Por supuesto, también está siempre presente la idea de lo infinito, de la transformación de la materia, de la dualidad no sólo como confrontación o antagonismo, sino más bien como cualidad de lo reversible, lo cual explica la conexión entre la forma estilística del libro y sus contenidos. Podría decir que el diseño narrativo del libro entronca con términos como capicúa, palíndromo o epanadiplosis (fíjate, Palimp, creí que nunca utilizaría esta palabra), pero para que nadie se asuste, me limitaré a simplificar la idea afirmando que estamos posiblemente ante el primer libro siamés de la historia.
Y al margen ya de cuestiones metaliterarias o filoliterarias, destacaría especialmente que, al igual que un buen postre es el mejor epílogo para una comida de órdago, me encanta que un cuento deje un buen sabor de boca al final. El giro sorpresa en el desenlace es un recurso generalmente agradecido y que facilita la fidelidad de un determinado número de lectores, entre los que me incluyo.
Cuando un libro fomenta la expectativa del final inesperado, casi asegura al cien por cien que el lector no abandonará ninguna historia, por farragosas o anodinas que pudieran resultarle sus primeras líneas.
Encontraréis más información sobre el libro en la página web de Hijos del Hule.

2 comentarios:

Franco Chiaravalloti dijo...

¡Peatón!
Parece interesante este libro, voy a ver si lo consigo...
¡Un abrazo y gracias por este "marketing viral virtual"!

El último peatón dijo...

Te recomiendo que lo leas. El chico promete...

Y si encuentras algún parecido con la realidad (tu realidad), no te preocupes; seguro que es pura coincidencia.

¡Suerte!