domingo, 5 de julio de 2009

Antípodas

Hasta que no estuve en las antípodas no fui consciente de que el antagonismo era una circunstancia que iba más allá de la geografía.
Aquel país extraño resultó ser también el polo opuesto cultural, el padre de todos los antónimos cotidianos, la otra cara de la moneda de los símbolos y las costumbres.
Tendría que haberme dado cuenta por primera vez en el taxi que me trasladó del aeropuerto al hotel. Con mis calzoncillos en alerta DEF CON 2 por culpa del estremecimiento intestinal que me sacudía cada vez que el taxista se saltaba un disco en rojo como si fuera daltónico, decidí bajarme a dos o tres manzanas del destino, temiendo que el amago de colitis pudiera devenir un percance más letal que escatológico.
Ya como peatón, a punto estuve de perecer arrollado por un camión cisterna mientras intentaba cruzar un semáforo. El susto ni siquiera me dejó fuerzas para defecarme en la santa familia del camionero, pero lo que sí que acerté a descubrir —nada más retroceder con dos tímidos pasitos para situarme de nuevo en el bordillo— fue que los hombrecillos luminosos del semáforo parecían haberse entretenido con un extraño juego de transformismo, o más bien de intercambio morfológico. El verde estaba firme, hierático, tieso como un portero de discoteca. El rojo, en cambio, componía el inconfundible gesto del caminante, con los brazos y las piernas desplegados y formando un aspa que creaba una cierta ilusión de movimiento cuando la luz parpadeaba avisando de que pronto cambiaría de color. Ahí fue cuando capté la primera pista. En aquel país del culo del mundo, los símbolos debían interpretarse a la inversa.
Por asegurarme y quedarme tranquilo, usé a un viandante como conejillo de indias. Le pregunté si el nombre de la calle en la que estábamos era justo el mismo que yo acababa de leer con disimulo en la placa colocada en una esquina. El hombre meneó la cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, del mismo modo en que un paisano mío lo hubiera hecho para negar. A continuación, añadió: “Sí, es esta calle”. Prueba conseguida.
A partir de entonces me concentré en ser capaz de integrarme en el entorno, confiando en que mis neuronas soportarían el duro entrenamiento de urgencia al que iba a someterlas para que gozaran de la cualidad de ser reversibles.
De camino al hotel, pasé junto a un corrillo de curiosos que abucheaba con vehemencia a un guitarrista callejero, el cual, obviamente, les había regalado una sublime interpretación de algunos clásicos del blues.
También me crucé con una pareja de novios que se repartían bofetones y los acompañaban de airados insultos, de lo cual deduje que su idilio estaba en esa fase de exaltación romántica tan empalagosa y típica de los recién enamorados.
Hombres y mujeres se saludaban intercambiando cortes de mangas o enseñando un puño del que tan sólo sobresalía un dedo corazón enhiesto como una estalagmita. Bajo aquel teatro de burdos manierismos que en mi tierra hubiesen supuesto el anuncio del caos, reinaban sin embargo la cordialidad y el buen rollo. Ya en el hotel, deshice la maleta y me duché, regulando el agua fría con el grifo bordeado en rojo y la caliente con el bordeado en azul. Aunque estaba cansado, me animé a bajar a cenar a algún restaurante cercano. Mientras salía y cerraba la puerta de la habitación me di cuenta de que más tarde, al volver para acostarme, debería colgar en el pomo el letrero correspondiente por el lado que decía “Pasen”, y no por el que rezaba “No molestar”.
Entré en el único bar en cuya puerta leí “Cerrado”. Antes de pedir la cena me apetecía tomar una cerveza. Supuse que si le hacía cualquier seña al camarero, éste pasaría de mí como si fuera invisible, así que me quedé acodado a la barra y en silencio, igual que una marioneta abandonada por su ventrílocuo.
Mi intuición no falló. En pocos segundos, el barman se acercó y tomó nota de mi consumición. Aquel fue el primer trámite regido por la lógica contradictoria de mi universo nativo. No me arriesgué a pagarle menos dinero del que ponía en la cuenta, aunque deduje que aquello sería el equivalente antípodo a las propinas que yo conocía.
Después de dos tragos de cerveza en solitario, noté que alguien tiraba de la tela de mi camisa con un pellizco más bien delicado que no obstante se llevó una pequeña porción de mi carne consigo. Me volví y lo que encontré fue el rostro agraciado de una mujer de una edad que calculé pareja a la mía.
Mi estado de alerta alcanzó el máximo grado posible de concentración. Si había un momento adecuado para no cagarla con la interpretación de las señales era ese que estaba viviendo. Mi mente procesó un galimatías atropellado a modo de diccionario de emergencia: ¿Qué significaría un guiño? ¿Y un beso al aire? ¿Y una caricia cualquiera? ¿Tendría que esperar a que ella me abofeteara, o tal vez allí, por mucho lado opuesto del mapa que fuese, eran también los caballeros quienes debían llevar la iniciativa?
Todos los indicios que se habían manifestado hasta entonces (los semáforos, los saludos de los transeúntes, los abucheos al músico callejero) parecían dejar clara la única forma de proceder. Me armé pues de valor, engolé la voz para sonar más seductor y le susurré a la desconocida: “Mira, cacho puta, si fueras más fea no te querrían ni para desvirgar a un burro ciego”.
Apreté los dientes esperando su respuesta. Tal como esperaba, aquellas facciones inicialmente hermosas se tornaron un pegote de piel arrugada por la furia: “¿Pero tú qué te has creído”, me espetó; y añadió después: “Vas a insultar a tu puta madre, cabrón”.
Vista la efectividad del plan, me dispuse a continuar con el ritual, pero antes de abrir la boca me encontré con un rodillazo en los genitales y un posterior codazo en el cogote que me hicieron desplomarme entre alaridos. Desde el suelo, contemplé la marcialidad de sus pantorrillas al alejarse y perderse finalmente de mi vista borrosa. Allí tirado, tratando de recuperar la respiración perdida y de espantar el dolor a base de muecas y gemidos patéticos, me surgió aquella duda que aún hoy perdura en el purgatorio de mi mollera: ¿Me la ligué o no?

2 comentarios:

Poesía Intimista dijo...

Jajaja. Muy bueno. Esto me sirve para saber cómo arreglarmelas por allí, ya que desde bien jovencita, mi ilusión es viajar a Australia. Todo llegará!
Besos invertidos.

El último peatón dijo...

De momento, si no puedes viajar a Australia, te recomiendo que pruebes la carne de canguro. En serio, está muy buena.