lunes, 27 de julio de 2009

¿Te gusta conducir?... ¿O correr?

Mi condición de viandante crónico me impide llegar a entender muchas veces la idiosincrasia propia de los conductores (la mayoría de vosotros).
No obstante, entiendo las protestas hacia las multas de aparcamiento y hacia determinados radares sibilinos, cuyo verdadero objetivo no tiene que ver con la seguridad vial sino con la prosperidad económica de los ayuntamientos o gobiernos.
Lo que no alcanzo a comprender es ese empeño sistemático en culpar a las instituciones de los accidentes. Yo creo que los causantes de los accidentes de circulación son, en la mayoría de los casos, los conductores. O sea, nosotros (hasta yo mismo me incluyo, por pura cortesía).
Descartemos para empezar circunstancias azarosas imposibles de predecir, fallos técnicos no provocados ni por negligencias del fabricante ni por desidia de los automovilistas, cruces inesperados de animales en mitad de una carretera comarcal, etc.
Por otro lado, el mal estado de las carreteras es una competencia que las instituciones están obligadas a subsanar, pero la responsabilidad derivada de poner el coche a 180 por un camino de cabras es toda nuestra. Que nadie lo olvide.
Además, creo que hay un excesivo afán por convertir al alcohol en el chivo expiatorio de todo esto. Está claro que ir bebido al volante entraña un riesgo evidente, pero da la impresión de que en un país de abstemios no habría accidentes de tráfico, y eso no es cierto. La culpable de que la carretera se pelee todos los días con el cáncer por el primer puesto en el macabro ranking de la mortalidad humana no se llama Cogorza, sino Velocidad.
Así es. La velocidad sigue siendo hoy por hoy el principal reclamo publicitario de cualquier marca de coches. Ya sé que algunas presumen de velar por la seguridad, y otras más cursis y elitistas apelan al placer de la conducción con spots de arte y ensayo, pero no os engañéis.
En el universo automovilístico, la potencia está ligada a la rapidez (al contrario que en el sexo, mire usted por dónde), y eso es lo que vende. Se fabrican utilitarios enanos con motores de reactor supersónico, ataúdes sobre ruedas para hacer carreras en circuito urbano los fines de semana o para zigzaguear en las caravanas de operación salida o retorno, porque siempre hay uno que es más chulo que nadie y conduce de fábula y él no se ha comprado un cochazo para ir parado como en una procesión, y bla, bla, bla…
Ser prudente no vende. Lo de “precaución, amigo conductor” sigue sonando a Perlita de Huelva, es decir, a carca. No mola tener cuidado al volante, no es guay, ni enrollado. La prudencia es de pringados, de mojigatos… Pues allá cada cual.
Nos vamos a hartar en breve de leer estadísticas sobre accidentes de tráfico. Serán recuentos fríos y rutinarios, y asociados, según convenga, a la política del gobierno, al carnet por puntos, al consumo de bebidas alcohólicas, al uso del teléfono móvil en ruta o al estado de las infraestructuras. Por mí se las podrían ahorrar.
Yo que vosotros, me pensaría mucho lo de correr. Palabra de peatón.

viernes, 24 de julio de 2009

Pasiones compartidas

Todo aquel que sienta una pasión incondicional hacia cualquier cosa correrá siempre el riesgo de pecar de pelmazo, o de pedante, o de empalagoso. Es inevitable, me temo.
Pero del mismo modo, uno agradece encontrar de vez en cuando indicios o pruebas concluyentes de que existen otros muchos “enfermos” que padecen su misma patología.
En mi caso, la pasión por las películas podría clasificarse perfectamente dentro de la mencionada categoría, y por eso he disfrutado leyendo un artículo de Carlos Boyero en El País, donde el crítico explica su amor hacia los cines de barrio y evidencia su nostalgia y temor por lo que parece el augurio de una muerte segura.

Como sé que no soy el único aquejado de filmosis aguda galopante, me permito recomendaros dicho artículo

viernes, 17 de julio de 2009

Versión e inversión

No hace ni un año que le rendía mi modesto homenaje a la película Más allá de la duda, una obra genial de Fritz Lang que el caprichoso discurrir selectivo del tiempo había condenado inexplicablemente al olvido general.
También expresaba entonces mi sorpresa (unida a mi temor) por el hecho de que a nadie se le hubiera ocurrido filmar una versión actualizada de dicha película, a sabiendas de la adicción a los remakes que parece afectar a una buena parte de los productores contemporáneos.
Bueno, pues ya ocurrió. Mis temores se materializaron. Y no lo digo porque la nueva versión de Más allá de la duda, filmada por Peter Hyams, sea una película despreciable. Hyams ya demostró su respeto hacia el cine clásico de género con dos filmes estupendos como Atmósfera cero y Testigo accidental. En ambas, aplicó una fórmula que también repite en su revisión de la cinta de Lang: cine de género puro y duro, para deleite de todo tipo de público, con un buen manejo de la intriga y el crescendo, y con el gancho añadido de una estrella con carisma como protagonista (Sean Connery en Atmósfera cero, Gene Hackman en Testigo accidental y Michael Douglas en Más allá de la duda).
Hyams ha variado muy poco respecto al original. Conserva los golpes de efecto del guión de Douglas Morrow, lo cual está bien. Asimismo, añade espectacularidad a la escena clave de acción automovilística, y le suma además otra no menos inquietante, haciendo uso de una lógica licencia de actualización (si algo ha cambiado del cine de los años 50 al de nuestros días, es precisamente el tratamiento de la acción).
Sin embargo, patina clamorosamente en una variante innecesaria respecto al planteamiento argumental (me huelo presiones por parte de un sector de la industria demasiado conservador; quizá este remake debería haber caído en manos de Soderberg, Clooney, Robbins o cualquier otro integrante de lobby progresista hollywoodiense).
En la película de Fritz Lang, Dana Andrews interpretaba a un periodista que manipulaba las pruebas de un crimen para demostrar la ineficacia de la pena de muerte y los riesgos fatales que podía conllevar la aplicación de una sentencia a partir de pruebas circunstanciales. Es decir, era una historia de trasfondo crítico, que ponía en evidencia al sistema jurídico y que tiraba por tierra las teorías más reaccionarias sobre la ley.
El guión de 2009, en cambio, elude cualquier asomo de crítica institucional al individualizar los objetivos justicieros del protagonista. Aquí, también un periodista, aunque de televisión (una actualización perfectamente razonable), no pretende otra cosa que echar por tierra los planes de ascenso a los altares políticos de un fiscal narcisista, corrupto y sin escrúpulos, magníficamente retratado en la piel de Michael Douglas (una especie de Garzón a la americana).
Parece un cambio mínimo, pero es suficiente como para que aquello que en la obra de Lang era David contra Goliath, aquí se quede en un simple duelo de buenos contra malos, y la tensión del suspense se resiente, por mucho que los giros de la trama sigan siendo efectivos.
Es más: con ello, no sólo traiciona el espíritu del texto original, sino que lo invierte radicalmente, pasando del desafío al sistema de Lang a una defensa del mismo en el caso de Hyams; de cuestionar la infalibilidad de los jueces a redimirla supeditándola a la corrupción de los abogados.
Ya que estamos, aprovecharé para decir que Michael Douglas me parece un gran actor, especialmente cuando le tocan papeles de sujetos con lagunas morales (Jóvenes prodigiosos, Traffic, Black Rain) o directamente villanos y cabronazos (ahí lo tenemos en The game, Un crimen perfecto o Wall street). Su presencia en la nueva Más allá de la duda ennoblece de alguna manera un producto que a veces tantea peligrosamente las pantanosas aguas telefílmicas.
La mejor noticia de todo esto es que, más que probablemente, el estreno de este remake traiga consigo en unos pocos meses la edición (¡por fin!) en DVD del clásico de 1956.

martes, 14 de julio de 2009

Con un par (o tres)

Últimamente oigo con demasiada frecuencia la expresión “Un par o tres de”. No sé si es que yo me fijo más ahora por el motivo que sea, o bien si es que el mencionado vicio lingüístico se está poniendo realmente de moda.
Es más que probable que a la mayoría de vosotros ni siquiera os chirríe esta forma gramatical incorrecta cuando la escucháis o incluso la utilizáis (ni yo mismo estoy seguro de no haberla empleado en más de una ocasión).
Fijaos que cuando alguien dice “Un par o tres de días” o “Un par o tres de veces”, lo que quiere expresar es “Dos o tres días”, o bien “Dos o tres veces”. Sin embargo, al escoger la palabra “par” para sustituirla por “dos”, está condicionando el significado posterior de la frase, pues hace necesario incluir la preposición “de”, y allá donde quería decir “Dos o tres”, termina diciendo “Dos o seis”.
Porque “Un par o tres de veces” significa “Un par o tres pares de veces”, y tres pares, si mi escaso talento matemático no me falla, siempre suman seis unidades.
Dicho esto, la forma correcta sería “Un par de veces o tres” (que viene a significar “Un par de veces o tres veces”). Es tan fácil como cambiar dos palabras (un par de palabras) de sitio, y de esta manera estaremos especificando correctamente la intención real de aclarar que son dos o tres las veces, o los días, o los cigarros, o los euros, o los besos, o los años, o los hijos, o las hostias, o lo que sea.
Por si esto fuera poco, para mí la fórmula “tres pares” siempre ha estado asociada a cierta expresión enfática, coloquial y castiza (y también soez) que sirve más o menos como calificativo para referirnos a lo excesivo o superlativo, o sea, “Hace un frío de tres pares de cojones”, o “Se va a montar un lío de tres pares de cojones”.
La consolidación de este vulgarismo en el habla cotidiana es tal, que a estas alturas admite incluso ya la construcción elíptica, y basta con decir “Tengo un sueño de tres pares”, para que nuestros interlocutores se hagan cargo de la envergadura de nuestro cansancio sin necesidad de tener que nombrar explícitamente los genitales masculinos.
De hecho, no siempre hacen falta los tres pares. A veces, aludiendo simplemente al par de rigor que le viene de fábrica a cualquier espécimen masculino, se consigue igualmente el efecto pretendido. Si decimos “Con un par”, cualquiera sabe lo que viene después y lo que ello significa (valentía, arrojo, atrevimiento).
Los niños solían tener la costumbre de echar a suerte las cosas por medio del sencillo juego conocido como “pares o nones”. Siempre me intrigó el porqué del éxito de esta fórmula, en lugar de la que por lógica y por inercia nos saldría a cualquiera: “pares o impares”. ¿Será porque nones rima con cojones? Visto todo lo anterior, yo diría que tal vez…
Bueno, me estoy desviando. Hoy tan sólo quería advertir sobre este desliz verbal tan corriente, más que nada por si algún día os encontráis con alguien que lo entiende en sentido literal, y cuando le prometáis tener un par o tres de hijos se imagine que aspiráis a fabricar una réplica de la familia Ruiz-Mateos.

viernes, 10 de julio de 2009

Descubriendo a Gregorio Jebluss

Disfruté hace poco más de un mes de la presentación en sociedad del primer libro de Franco Chiaravalloti, Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente, en el acogedor y estimulante espacio de La Casa de los Cuentos, en el barrio de Gracia.
Fue aquél un primer asomo público de este interesante libro de relatos, que ayer recibió una segunda y más multitudinaria puesta de largo barcelonesa en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés.
En un contexto lector en el que el género del relato parece seguir sufriendo un injustificado ninguneo, y en un entorno literario que aguarda expectante e inquieto a partes iguales la llegada de nuevos soportes tecnológicos, debemos valorar como se merece la valentía de autores como Franco, que siguen apostando por la narrativa pura al margen de extensiones o tamaños, y que se atreven a proponer ejercicios formales que demuestran que el libro impreso puede ofrecer las mismas posibilidades interactivas que un ordenador portátil.
Dicho lo anterior, es obvio que no estamos ante el prototipo mercantil de libro más vendido, que se correspondería más bien con los siguientes requisitos:

- Género: Novela.
- De 500 a 800 páginas.
- De un autor cuyo nombre sea conocido (ya sea por éxitos literarios o por cualquier otro tipo de popularidad).
- Histórica o con elementos “de época”.
- Sin experimentos narrativos.
- A ser posible, premiada.

¿Por qué elegir entonces un libro que incumple todos los requisitos anteriores? (Un volumen de menos de 200 páginas compuesto de relatos breves escritos por un autor novel, ambientados mayoritariamente en la época contemporánea, integrados en un formato que propone un coqueteo constante con el metalenguaje y el experimento gráfico, todo ello sin el aval del prestigioso premio de turno).
Os daré mis razones.
La variedad de historias que componen Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente representan a la vez un universo común. Esta unidad conceptual está conseguida de una forma muy sutil, sin forzarse y sin atentar contra la independencia de cada relato.
Aunque cada cuento posee entidad propia, al leerlos seguidos se percibe en todo momento un contexto homogéneo, una especie de campo semántico común que hace mención a la sangre y las vísceras, al semen y el sudor, y que asimismo juega con elementos dispares que se convierten ingeniosamente en sinónimos (palabras/balas/disparos/letras...).
Y que nadie se espante con tanto matiz estructural y hermenéutico. Las ciento y pico páginas están escritas de una manera que facilita una lectura ágil, continuada, del tirón, que es como mejor se disfrutan los libros. Además, se puede transportar cómodamente y leer en cualquier parte (quizá algunos estéis pensando ya en qué libros llevaros este año a la playa).
Franco es un autor novel en tanto que se estrena como autor publicado. Pero no debemos confundir lo primero que se publica con lo primero que se escribe. Leyendo las historias que nos narra ese tal Gregorio Jebluss (autor verdadero y la vez apócrifo de esta obra) no es difícil advertir que hay años de lecturas y de peleas conra el papel (o la pantalla) en blanco.
Se nota también que Franco ha escrito lo que realmente quería, sin ningún tipo de condicionante extraliterario, y eso aporta a la obra frescura y capacidad de sorpresa.
Por otra parte, hace un uso del surrealismo y la ironía aplicados a lo cotidiano que me recuerda a escritores como mi admirado Juan José Millás. Es decir, no utiliza el surrealismo para evadirnos de la realidad, sino para explicárnosla mejor. En este sentido, la mayoría de los relatos me han hecho disfrutar, algunos de ellos sonreír, y otros muchos me han provocado esa sensación de complicidad que, en mi opinión, es quizá lo mejor que puede transmitirnos un libro.
En cuanto al carácter experimental de la propuesta, creo que queda justificado en cuanto llevamos unas cuantas páginas leídas.
Personalmente, soy contrario a los experimentos gratuitos o fatuos, a los que responden a la intención del autor de distanciarse o situarse por encima de la presunta vulgaridad del lector medio. Esto provoca que a menudo identifiquemos “experimento” con “críptico” y que de entrada lo interpretemos como una barrera entre autor y lector.
Lo experimental no es sólo un rasgo de modernidad. Es algo que está en la literatura desde hace siglos. Obras antiguas como el Tristram Shandy, de Sterne (1767), o contemporáneas como Si una noche de invierno un viajero, de Calvino (1979), han experimentado con formas y técnicas, adelantándose a lo que ahora conocemos como interactividad.
Por supuesto, también está siempre presente la idea de lo infinito, de la transformación de la materia, de la dualidad no sólo como confrontación o antagonismo, sino más bien como cualidad de lo reversible, lo cual explica la conexión entre la forma estilística del libro y sus contenidos. Podría decir que el diseño narrativo del libro entronca con términos como capicúa, palíndromo o epanadiplosis (fíjate, Palimp, creí que nunca utilizaría esta palabra), pero para que nadie se asuste, me limitaré a simplificar la idea afirmando que estamos posiblemente ante el primer libro siamés de la historia.
Y al margen ya de cuestiones metaliterarias o filoliterarias, destacaría especialmente que, al igual que un buen postre es el mejor epílogo para una comida de órdago, me encanta que un cuento deje un buen sabor de boca al final. El giro sorpresa en el desenlace es un recurso generalmente agradecido y que facilita la fidelidad de un determinado número de lectores, entre los que me incluyo.
Cuando un libro fomenta la expectativa del final inesperado, casi asegura al cien por cien que el lector no abandonará ninguna historia, por farragosas o anodinas que pudieran resultarle sus primeras líneas.
Encontraréis más información sobre el libro en la página web de Hijos del Hule.

domingo, 5 de julio de 2009

Antípodas

Hasta que no estuve en las antípodas no fui consciente de que el antagonismo era una circunstancia que iba más allá de la geografía.
Aquel país extraño resultó ser también el polo opuesto cultural, el padre de todos los antónimos cotidianos, la otra cara de la moneda de los símbolos y las costumbres.
Tendría que haberme dado cuenta por primera vez en el taxi que me trasladó del aeropuerto al hotel. Con mis calzoncillos en alerta DEF CON 2 por culpa del estremecimiento intestinal que me sacudía cada vez que el taxista se saltaba un disco en rojo como si fuera daltónico, decidí bajarme a dos o tres manzanas del destino, temiendo que el amago de colitis pudiera devenir un percance más letal que escatológico.
Ya como peatón, a punto estuve de perecer arrollado por un camión cisterna mientras intentaba cruzar un semáforo. El susto ni siquiera me dejó fuerzas para defecarme en la santa familia del camionero, pero lo que sí que acerté a descubrir —nada más retroceder con dos tímidos pasitos para situarme de nuevo en el bordillo— fue que los hombrecillos luminosos del semáforo parecían haberse entretenido con un extraño juego de transformismo, o más bien de intercambio morfológico. El verde estaba firme, hierático, tieso como un portero de discoteca. El rojo, en cambio, componía el inconfundible gesto del caminante, con los brazos y las piernas desplegados y formando un aspa que creaba una cierta ilusión de movimiento cuando la luz parpadeaba avisando de que pronto cambiaría de color. Ahí fue cuando capté la primera pista. En aquel país del culo del mundo, los símbolos debían interpretarse a la inversa.
Por asegurarme y quedarme tranquilo, usé a un viandante como conejillo de indias. Le pregunté si el nombre de la calle en la que estábamos era justo el mismo que yo acababa de leer con disimulo en la placa colocada en una esquina. El hombre meneó la cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, del mismo modo en que un paisano mío lo hubiera hecho para negar. A continuación, añadió: “Sí, es esta calle”. Prueba conseguida.
A partir de entonces me concentré en ser capaz de integrarme en el entorno, confiando en que mis neuronas soportarían el duro entrenamiento de urgencia al que iba a someterlas para que gozaran de la cualidad de ser reversibles.
De camino al hotel, pasé junto a un corrillo de curiosos que abucheaba con vehemencia a un guitarrista callejero, el cual, obviamente, les había regalado una sublime interpretación de algunos clásicos del blues.
También me crucé con una pareja de novios que se repartían bofetones y los acompañaban de airados insultos, de lo cual deduje que su idilio estaba en esa fase de exaltación romántica tan empalagosa y típica de los recién enamorados.
Hombres y mujeres se saludaban intercambiando cortes de mangas o enseñando un puño del que tan sólo sobresalía un dedo corazón enhiesto como una estalagmita. Bajo aquel teatro de burdos manierismos que en mi tierra hubiesen supuesto el anuncio del caos, reinaban sin embargo la cordialidad y el buen rollo. Ya en el hotel, deshice la maleta y me duché, regulando el agua fría con el grifo bordeado en rojo y la caliente con el bordeado en azul. Aunque estaba cansado, me animé a bajar a cenar a algún restaurante cercano. Mientras salía y cerraba la puerta de la habitación me di cuenta de que más tarde, al volver para acostarme, debería colgar en el pomo el letrero correspondiente por el lado que decía “Pasen”, y no por el que rezaba “No molestar”.
Entré en el único bar en cuya puerta leí “Cerrado”. Antes de pedir la cena me apetecía tomar una cerveza. Supuse que si le hacía cualquier seña al camarero, éste pasaría de mí como si fuera invisible, así que me quedé acodado a la barra y en silencio, igual que una marioneta abandonada por su ventrílocuo.
Mi intuición no falló. En pocos segundos, el barman se acercó y tomó nota de mi consumición. Aquel fue el primer trámite regido por la lógica contradictoria de mi universo nativo. No me arriesgué a pagarle menos dinero del que ponía en la cuenta, aunque deduje que aquello sería el equivalente antípodo a las propinas que yo conocía.
Después de dos tragos de cerveza en solitario, noté que alguien tiraba de la tela de mi camisa con un pellizco más bien delicado que no obstante se llevó una pequeña porción de mi carne consigo. Me volví y lo que encontré fue el rostro agraciado de una mujer de una edad que calculé pareja a la mía.
Mi estado de alerta alcanzó el máximo grado posible de concentración. Si había un momento adecuado para no cagarla con la interpretación de las señales era ese que estaba viviendo. Mi mente procesó un galimatías atropellado a modo de diccionario de emergencia: ¿Qué significaría un guiño? ¿Y un beso al aire? ¿Y una caricia cualquiera? ¿Tendría que esperar a que ella me abofeteara, o tal vez allí, por mucho lado opuesto del mapa que fuese, eran también los caballeros quienes debían llevar la iniciativa?
Todos los indicios que se habían manifestado hasta entonces (los semáforos, los saludos de los transeúntes, los abucheos al músico callejero) parecían dejar clara la única forma de proceder. Me armé pues de valor, engolé la voz para sonar más seductor y le susurré a la desconocida: “Mira, cacho puta, si fueras más fea no te querrían ni para desvirgar a un burro ciego”.
Apreté los dientes esperando su respuesta. Tal como esperaba, aquellas facciones inicialmente hermosas se tornaron un pegote de piel arrugada por la furia: “¿Pero tú qué te has creído”, me espetó; y añadió después: “Vas a insultar a tu puta madre, cabrón”.
Vista la efectividad del plan, me dispuse a continuar con el ritual, pero antes de abrir la boca me encontré con un rodillazo en los genitales y un posterior codazo en el cogote que me hicieron desplomarme entre alaridos. Desde el suelo, contemplé la marcialidad de sus pantorrillas al alejarse y perderse finalmente de mi vista borrosa. Allí tirado, tratando de recuperar la respiración perdida y de espantar el dolor a base de muecas y gemidos patéticos, me surgió aquella duda que aún hoy perdura en el purgatorio de mi mollera: ¿Me la ligué o no?

miércoles, 1 de julio de 2009

El fuego de los imberbes

Cuando una persona afirma ser republicana, no veo la necesidad de que tenga que especificar también que es “anti monárquica”, pues dicha contradicción u oposición de conceptos está ya implícita en la semántica de la propia palabra, y además de un modo tan elegante como poco conflictivo.
No es que una cosa sea compatible con la otra, claro está, pero me parece que, en el caso mencionado y en la época actual, bastaría con ser “no monárquico”, sin recurrir al tan agresivo prefijo “anti”.
Si mañana se convocara un referéndum para elegir el modelo de estado que preferimos los ciudadanos, yo votaría por la república. Es una cuestión que tiene que ver con mi mentalidad, con mi razonamiento subjetivo y con mi forma de entender la labor de un gobernante. Y desde luego que esa idea siempre estará influida por el momento histórico que me haya tocado vivir, algo que a menudo parecen olvidar quienes promueven fanáticos debates sobre la cuestión.
Me parece a mí que este tipo de cosas siempre deben contextualizarse. Si nos quedamos en los conceptos genéricos, todos tendríamos algo que callar (Berlusconi, por poner un ejemplo cercano, es un presidente de república que no querría yo ni regalado). Además, no deberíamos olvidarnos de una cuestión sumamente importante: por qué ahora tenemos rey y no otra cosa.
Cuando pienso que lo inmediatamente anterior era una dictadura fascista, lo de la monarquía parlamentaria me parece Disneylandia, la verdad.
He visto que la mayoría de los que se han aficionado en los últimos tiempos a quemar banderas, retratos de la familia real o pantallas destinadas a retransmitir partidos de fútbol, son jóvenes, chavales, universitarios o estudiantes de instituto; adolescentes imberbes.
Cómo se nota que nunca han tenido toques de queda, que siempre han podido ver tetas en el cine, que pueden viajar adonde quieran, vestir como quieran, leer lo que les dé la gana, insultar al político que quieran, ver la tele hasta las tantas, y además no tienen que perder un año de su vida en el ejército por obligación legal.
Tal vez, si fueran realmente conscientes de lo que hubo aquí antes de ese modelo de estado que ahora pasan por la hoguera, entenderían que esa forma de protesta tan radicalmente incívica es, amén de cobarde, una manera burda y gratuita de tocar los cojones, sin más, por mucha pompa seudo revolucionaria que nos quiera vender la camarilla pirómana de turno.
Supongo que muchos de esos chavales que hoy se divierten haciendo fogatas fundamentalistas eran todavía un minúsculo espermatozoide cuando un señor con tricornio y muy mala leche se coló en el Congreso de los Diputados para amargarnos los candores recién estrenados de la Transición. Pues a ellos les digo que, por increíble que les pueda parecer, y por muy republicano que sea uno, nunca en la vida he visto a un país alegrarse tanto al contemplar a un rey en la pantalla del televisor.
De ahí, como he dicho antes, la importancia del contexto, por encima de otros fundamentos teóricos.
Tenemos miles de razones para quejarnos de chapuzas políticas, ministeriales o institucionales, para reclamar derechos y hacer valer nuestra libertad de expresión. Tenemos la suerte de poder discrepar sin que sea delito, de poder utilizar, por ejemplo, este espacio para decir lo que nos salga de las narices sin profanar imágenes ni destruir mobiliario urbano.
Que cada cual opine o airee su ideología, en voz alta, en susurros o por escrito. No entiendo a los melindrosos y reaccionarios que piensan que la corona o la bandera son intocables, si bien tampoco sé por qué hay tantos otros empeñados en que vivimos bajo la maldición de un régimen opresor y absolutista. Que me lo expliquen, de verdad, porque no lo veo por ningún lado.
Hay una diferencia sustancial entre promover un modelo de estado alternativo y querer imponerlo a sangre y fuego. Aquí hace mucho que no gobierna un tirano, así que tengamos la fiesta en paz.