lunes, 22 de junio de 2009

Yo no soy el novio de la muerte

Siempre que sacamos el tema de la pena de muerte parece que hablemos de buenos y malos, o bien de perdonar, disculpar o relativizar. Yo nunca he tenido esa intención cuando me opongo a esta práctica inmoral y vigente en no pocos países y estados de este mundo supuestamente civilizado.
Creo que la naturaleza humana es constructiva y vitalista por definición. El que existan determinados energúmenos indignos de nuestra especie es algo que por desgracia no podemos controlar y que no siempre seremos capaces de prevenir.
A menudo me enfado con amigos y conocidos porque los veo jactarse con demasiada ligereza de sus presuntas reacciones ante determinadas injusticias. Seguro que muchos de vosotros estáis convencidos de que si un mal nacido se atreviera a hacer daño a vuestros hijos no dudaríais en salir en su busca y cargároslo con vuestras propias manos. Yo me juego lo que sea a que no lo haríais. Sé que es fácil decirlo y aún más sentirlo, desear la muerte a quien no ha demostrado respeto alguno por las vidas ajenas, pero si de verdad todos fuéramos capaces de jugar al peor Charles Bronson con tanta facilidad como lo alardeamos delante de un café o un cubata, menudo infierno que sería nuestra vida cotidiana.
El rechazo a la pena de muerte se asocia normalmente a cuestiones meramente ideológicas o políticas, pero yo creo que hay factores igualmente determinantes, los que tienen que ver, por ejemplo, con la cultura o la educación. Y también, insisto, con nuestra naturaleza (me niego a creer que lo único que nos impide estar todo el santo día matando sea que es “ilegal”).
Para casi todos, la vida es un valor fundamental e inviolable. Por supuesto que si nos ponemos intelectuales y profundos quizá decidamos que existen otros valores más elevados, como la libertad, la dignidad, la honestidad, la integridad, etc., y que sin ellos, el mero hecho de estar vivo no significa apenas nada.
Me refiero a que pertenecemos a una época más terrenal que espiritual, sin que ello implique que seamos más frívolos, superficiales o materialistas. Nos educan para disfrutar de esta vida, la única de la que tenemos conciencia fehaciente, y aun en aquellas comunidades donde predominan los valores religiosos, la idea de “la otra vida” permanece como algo abstracto e inconcreto, como mínimo no lo suficientemente probado como para impulsar a los fieles a suicidarse con tal de acelerar el tránsito al otro barrio.
Hoy hablo de esto porque cada vez que el monstruo del terrorismo nos sacude con un nuevo zarpazo, resurgen también las voces más radicales a favor de la pena capital, y es algo que no debería ocurrir.
Como dije al principio, no se trata de justificar lo injustificable, ni de vestir de corderito a quien se ha comportado como la fiera más desalmada y salvaje. Sólo se me ocurre que, si es a los “buenos” a quienes nos corresponde aplicar la justicia, no deberíamos nunca hacerlo empleando los mismos términos y métodos por los que castigamos a quienes amenazan nuestra existencia pacífica.
Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que, si un ladrón entra en nuestra casa y nos roba algo, la solución no pasa porque vayamos nosotros a la suya y le robemos también cualquier cosa. La réplica exacta al delito sufrido no es la definición de justicia que todos tenemos en mente. O eso espero.
Ya, ya. Ya lo sé. Es muy sencillo para mí porque no he sufrido en mis carnes ni en las de mis seres queridos un crimen, un atentado, una violación o cualquier espanto semejante. Soy plenamente consciente, y precisamente por ello sigo creyendo que los afortunados que aún podemos reflexionar con frialdad y hacer uso de la razón sin interferencias emocionales, tenemos el deber de mantener el equilibrio y no fomentar impulsos vengativos propios del Lejano Oeste. Por eso entiendo que un damnificado, una víctima o un perjudicado directo discrepe hoy conmigo, pero no me pidáis a mí que cambie de opinión, porque no sería justo

2 comentarios:

Poesía Intimista dijo...

Yo creo que la vida es quién decide cuándo nacemos y cuándo moriremos.. Mira, en caliente se pueden decir muchas cosas pero yo me doy por satisfecha si, al menos, se endurecieran las condenas y se cumplieran enteritas a esta gente que hace barbaridades y no salieran a "los cuatro días"
Besos justicieros.

El último peatón dijo...

Es verdad lo que dices. Por eso nuestra labor ciudadana ha de estar enfocada a no confundir la mala administración de la justicia con la justicia misma.

Beso visto para sentencia.