lunes, 1 de junio de 2009

Servicio interrumpido

Sabía que iba a malgastar los siguientes tres minutos de mi vida observando la cuenta atrás del reloj digital que colgaba del techo, sobre el andén. A mi lado, Andrea permanecía en silencio, reponiéndose del exceso emocional derrochado tras su confidencia, o tal vez celebrando interiormente la certeza de poder contar conmigo.
Se suponía que ser amigos significaba eso, aunque a lo largo de estos años tuve mis dudas respecto a la verdadera naturaleza de nuestra amistad. A veces parecía que sólo estábamos unidos por la conveniencia de contar con algo así como un seguro del que echar mano en caso de que nuestras respectivas vidas amorosas fueran declaradas “siniestro total”. Los acontecimientos habían querido que hasta aquel día no tuviéramos la ocasión de comprobar si nuestra mutua fidelidad era espontánea y sincera, o si más bien se trataba de una garantía de indemnización por si acaso ambos nos viéramos un día solos y sin un cuerpo con el que rellenar la mitad de nuestro lecho.
Yo sumaba ya más de dos años enrolado en una suerte de soltería expiatoria y taciturna, mientras que el matrimonio de Andrea —al menos en el marco de nuestras conversaciones— nunca había dado lugar a nada que no fuese una retahíla de lugares comunes sobre lo nostálgico y lo doméstico.
El estruendo del tren emergiendo del túnel despertó a Andrea de su abstracción. Me sonrió sin despegar los labios y me agarró muy suavemente del antebrazo. Después susurró un “Gracias” con tanta ternura que por un instante deseé ser el padre de la criatura que albergaba en sus entrañas.
Las puertas de todos los vagones se abrieron a la vez y una voz artificial y distorsionada anunció desde los altavoces de la estación que el tren no admitía viajeros. Poco a poco el convoy se fue vaciando, mientras un par de empleados del metro corrían, acompañados de un vigilante jurado, hacia el primer vagón.
Los dígitos habían desaparecido del reloj, cediendo su espacio a un escueto mensaje que advertía de la interrupción momentánea del servicio. El rótulo podría haber formado parte de la versión subtitulada de aquella vivencia, pero tanto Andrea como yo somos demasiado terrenales como para andar descifrando señales o jugando a adivinar acertijos del destino.
Apenas una hora antes, ella me había confesado su decisión de interrumpir el embarazo a espaldas de su marido y del resto de su familia. Acudió a mí como cómplice ideal para guardar el secreto y estar a su lado en el momento crucial. Yo había aceptado ser su coartada y su punto de apoyo. Con ello, nuestra amistad había madurado, alejándose orgullosa de la prosaica sospecha del flirteo encubierto.
Uno de los hombres que se había apeado del tren le explicaba a una joven curiosa que aquel revuelo se debía a que una mujer embarazada había roto aguas durante el trayecto. Desde donde yo estaba podía ver perfectamente el interior del vagón, el rostro contraído y pálido de la inminente parturienta, y los esfuerzos de aquellos tres hombres por tranquilizarla hasta que llegara la asistencia sanitaria.
Ahora era yo el que se había quedado ensimismado. Andrea me preguntó si me ocurría algo, temiendo algún remordimiento relacionado con nuestro pacto de complicidad.
“No es nada”, dije al fin. “Es esa mujer”.
“¿La embarazada?”, inquirió Andrea, sabiendo ya la respuesta.
“Sí”, afirmé. “Es mi ex novia”.

4 comentarios:

letras de arena dijo...

Me ha gustado mucho. Me ha llevado de la mano hasta al final, sin parar, de una estación a otra, a toda velocidad.
Un abrazo.

El último peatón dijo...

Me alegro de que hayas llegado hasta el final del trayecto (nunca te tires del vagón en marcha, que me han dicho que no es recomendable...).

Un abrazo.

Desirée dijo...

¡Wau! El colofón final me ha pillado por sorpresa, como a mi me gusta.

El último peatón dijo...

Las sorpresas en los cuentos son como acabar una comida con un buen postre.
¡Que aproveche!