viernes, 26 de junio de 2009

Parientes universales

Las dos mejores películas que he visto en el último mes tienen como argumento principal las relaciones familiares.
Ambas son certeras y emotivas, críticas y sentimentales, y con ese punto de ironía añadida que este espectador peatonal siempre agradece. Lo más interesante es que son dos obras que pertenecen a países muy distanciados y a culturas bien distintas.
Una es Still walking, del japonés Hirokazu Koreeda, y la otra El primer día del resto de tu vida, del francés Remi Bezançon.
No es la primera vez (ni la segunda, ni la tercera, ya lo sé) que expreso aquí mi reticencia hacia ciertas posturas que determinados individuos esgrimen creyéndose los mejores cinéfilos del mundo, y que establecen patrones de calidad basándose en algo tan superficial como la nacionalidad de las películas.
Todavía, por mucho que sorprenda, existe gente que cree más digno aburrirse con un filme coreano que divertirse con uno norteamericano. Sostienen erróneamente que lo occidental es menos creativo que lo oriental y se convencen (anegados en el légamo de su espesa ignorancia) de que Hollywood es sólo la patria de engendros al estilo Viaje de pirados o Alto, o mi madre dispara, olvidando que la historia del séptimo arte sería paupérrima si la priváramos de nombres como Chaplin, Hitchcock, Ford, Capra, Lang, Wilder, Lubistch, Hawks, Welles, Ray, Huston, Peckimpah, Coppola, Polanski, Spielberg, Eastwood, Scorsese, Tarantino o los hermanos Coen, todos ellos con amplia carrera hollywoodiense, independientemente de que su origen sea europeo o genuinamente americano.
Si una gran virtud poseen Still walking y El primer día del resto de tu vida es que trascienden cualquier prejuicio relativo a su procedencia geográfica. Son historias universales donde los sentimientos y las reacciones humanas son perfectamente reconocibles, más allá de que en una los personajes cenen con palillos y en la otra se nos deleite con una banda sonora a base de leyendas del rock.
Porque, del mismo modo que proliferan los fatuos aspirantes a sibarita fílmico, no es menos cierto que abundan en igual o tal vez mayor proporción los fanáticos anti versión original y los cineperegrinos de piloto automático que prefieren engullir una horrible nadería protagonizada por su cantante pop favorita antes que arriesgarse a descubrir nuevos talentos en rostros y voces desconocidas.
Lo siento por todos ellos, ya que a buen seguro se perderán este par de atinados dramas familiares (algunos ni siquiera se enterarán de que existen).
Still walking posee el tono reposado del cine de autor canónico. Es contemplativa y minuciosa, pero al mismo tiempo discurre incansable (no confundir el tempo lento con el tiempo muerto). Rica en detalles, en la utilización dramática de los gestos y hasta de los objetos, lo mejor de todo es que, aunque transita por esa peligrosa frontera que linda con los artificios de la austeridad pretenciosa, nunca abandona el relato propiamente dicho, la maraña de reproches taimados, dolores ancestrales, rencores silenciosos y tediosos imperativos que rigen el mecanismo de una familia tan averiada o tan corriente como cualquier otra de cualquier otro pueblo del planeta. El filme de Koreeda no sólo remite a Ozu o Kurosawa; no es descabellado imaginar esta misma historia con un Mike Leigh, un Olivier Assayas o un Cesc Gay tras la cámara. Una película amarga y crepuscular que aborda, entre otros muchos, un tema peliagudo: la tortura de tener que querer a alguien por obligación. Japonesa, sí. Pero, sobre todo, universal.
En El primer día del resto de tu vida, Bezançon adopta un carácter más amable, incluyendo momentos de genuina comedia. Esto no supone traba alguna para que su disección familiar esté exenta de la habitual complacencia telefílmica que a menudo encontramos en trabajos similares.
Si algo caracteriza a esta película es el equilibrio. En la onda de títulos como C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005) o El último beso (Gabrielle Muccino, 2001), tragedia y comedia conviven sin arrastrarse la una a la otra hacia sus vicios más convencionales, lo que otorga personalidad propia a la historia y nos regala una galería de personajes creíbles, que respiran vida por todos sus poros.
Afortunadamente, no es el melodrama lacrimógeno ni la ñoña comedia romántica que algunos habrían perpetrado con el mismo material. Como en el filme de Koreeda, aquí también se mantienen las proporciones justas y se evitan las rendiciones facilonas para cobrarse sonrisas o lágrimas tirando del manual básico de la autocomplacencia emocional. Quizá no es tan “autoral” en el sentido elitista de la expresión, pero no nos equivoquemos: su mayor accesibilidad para el público medio no la exime de sus virtudes más profundas.
Baste decir que algunos episodios cómicos (la revelación de los ingredientes de una infusión o la embarazosa situación después de practicar sexo oral), aparentemente propios de una película de los hermanos Farrelly, están rodados con tanta efectividad como elegancia, ahorrándonos zafiedades innecesarias que habrían destruido el clima de equilibrio general antes reseñado.
Lo mismo sucede cuando entramos en el terreno de los sentimientos. La melancolía, el desengaño, la frustración, el perdón, la fidelidad, la rebeldía, la complicidad... Todo cabe y siempre en las medidas adecuadas. Ayudan mucho los actores, muy naturales y alejados del tópico. Igualmente, Bezançon demuestra que lo poético no siempre ha de ir hermanado con lo críptico, y que la sutileza no es patrimonio exclusivo de autores encantados de ser incomprendidos. La estupenda secuencia del cojín inflable es una rotunda prueba de ello.

3 comentarios:

Poesía Intimista dijo...

Me las apunto. Ahora que pronto estaré de vacaciones y tendré más tiempo.:D
Un bes de pel.lícula.

Cristina dijo...

La familia es un contínuo drama y comedia... lo importante es al menos tener un 50% de cada.
Me gustó la anécdota de los pelillos... jeje

El último peatón dijo...

Familias las hay para todos los gustos, desde Los Simpson hasta los de La casa de la pradera, sin olvidarnos de los Corleone, los Ruiz-Mateos o los Jackson, que ahora están de actualidad...

Cuidaos y procurad no ser las ovejas negras de vuestas respectivas familias.