viernes, 12 de junio de 2009

Bucle temporal

A medida que pasan los años, la posibilidad de volver a reunirse con los amigos de siempre disminuye, así que hay que aprovechar cualquier ocasión, por poco atractiva que pueda resultar de entrada.
Reconozco que juntarse a rememorar batallitas noctámbulo-etílicas tiene algo ya de por sí grotesco, pero he aprendido a comprender que la constancia de un pasado glorioso supone para muchos el mejor de los placebos.
Algunos de mis amigos con hijos creen que añoran esas juergas de juventud que hoy ya no pueden permitirse, y yo prefiero no arruinarles la fantasía, aunque sé sobradamente que se trata de un anhelo apócrifo. Quiero decir que si de verdad fueran unos solteros cuarentones sin obligaciones paternales y con la mentalidad acorde a su edad adulta, lo último en lo que pensarían sería en beberse una garrafa de calimocho o un copón tamaño familiar de leche de pantera o de cualquier brebaje emparentado con semejante mejunje revientahígados.
Supongo que la última vez que recuerdan haber tenido tiempo libre se remonta a aquellos años de litronas y paroxismo botellero, y es por ello que su memoria lúdica debe de haberse quedado estancada en algún punto lejano y obsoleto.
No obstante, y como ya he dicho, prefiero ser condescendiente y disfrutar de verlos alegres y motivados, sobre todo teniendo en cuenta que nunca se sabe cuándo será la próxima (si es que acaso hay realmente próxima vez).
Quedé con Homer y Bart (utilizo seudónimos por deseo expreso de los interesados) en uno de aquellos garitos que frecuentamos años ha y que milagrosamente aún permanecía abierto (para nuestra desgracia, una vez allí comprobamos que el pinchadiscos de toda la vida sí que se había jubilado; de hecho, ya no había pinchadiscos, sino diyéi). Nada más vernos y darnos los abrazos y cachetes de rigor, ambos proclamaron con entusiasmo que la liaríamos por ahí hasta que se hiciera de día. Yo sabía que poco después de la medianoche los tendría a ambos dando cabezazos como dos delanteros rematando corners en la Premier League, así que me limité a asentir como si me lo creyera.
Mi sorpresa fue que no se mostraron especialmente interesados en comentar episodios del pasado. Muy al contrario, a medida que avanzó nuestra conversación se empezó también a establecer una rara conexión entre mis dos amigos, y fui yo el que se quedó un tanto despistado o fuera de juego.
Lo que ocurrió fue que hablaban en una especie de dialecto que yo no alcanzaba a comprender. Se suponía que nuestra conversación giraba en torno a la vida cotidiana de las personas mayores. Imaginaba que sacaríamos a flote rencillas del trabajo o de la escalera de vecinos, pero no. Homer y Bart intercambiaban preocupaciones acerca del insomnio y de la limpieza y el orden del hogar.
En un par de ocasiones utilizaron extraños vocablos como Dalsy o Apiretal, que sonaban inequívocamente a barbitúricos. No es que yo tuviera especial empeño en hablar de sentadas porreras universitarias, de marihuana y rock and roll o de tripis dentro de una cerveza de litro (si hubieran hablado de prozac, o incluso de viagra, lo habría considerado normal), pero semejante sofisticación respecto a las drogas estableció un primer amago de abismo entre nosotros.
También me fijé en que ambos repetían sistemáticamente el gesto de mirar el reloj. Yo sabía que ese día en concreto no tenían prisa, y deduje que sufrían aquel tic desde hacía tiempo y que probablemente ni siquiera serían conscientes ya de ello. Una de las veces que Bart consultó su reloj observé que tenía una calcomanía en el dorso de su mano. No pude distinguir la figura; parecía un bicho de dibujo animado japonés, pero no estoy seguro. No me imaginaba a Bart (ni tampoco a Homer, ciertamente) luciendo tatuajes o piercings. Pero de ahí a colocarse una calcomanía, como cuando teníamos doce años… En fin.
Igualmente patéticos se mostraron cada vez que pretendían maldecir. Sus tacos y exabruptos parecían haber sufrido los estragos de una censura reaccionaria. Decían cosas como gilipichis, jopelines y carambolas (¿dónde se habían quedado aquellos juramentos castizos y rotundos, aquellos “coño”, “cojones” y “mecagüendios” como mandan los cánones de la maledicencia adulta?).
Intenté en vano sacar un tema de conversación que no me hiciera sentir un marginado. A los tres nos había gustado desde siempre el cine, y antaño habíamos pasado grandes momentos en salas de estreno o de sesión continua, frente a un televisor o recorriendo videoclubes. Para mi espanto, Bart y Homer sólo parecían haber visto películas infantiles en los últimos cinco años. Yo les preguntaba sobre asesinos en serie, policías corruptos, tórridos romances, dramas carcelarios, y ellos sólo estaban al día acerca de animales parlanchines y juguetes con vida propia.
De pronto sonó el móvil de Homer. La música recordaba a la sintonía de los Lunnis, o tal vez de los Teletubbies, tanto daba. Bart, entusiasmado y con una sonrisa que casi le devoraba sus propias orejas, sacó su teléfono e hizo sonar el tono que tenía grabado, la melodía repelente de una canción perteneciente al musical La bella y la bestia.
Me di por vencido. Pedí otro cubata y continué escuchando a mis amigos como quien oía llover. Aguanté hasta las tres de la madrugada, lo cual no carece de mérito.
O dejo de usar condón o me convertiré en un paria incapacitado para relacionarse con sus semejantes (al menos con los de mi generación).

6 comentarios:

T.M. dijo...

Hola peatón! Me he sentido identificada, ja,ja,ja. Lo mejor es que sigas utilizando el condón pero que cambies de amigos...
Un saludo.

Poesía Intimista dijo...

A mí qué me vas a contar que ya no sepa! Por qué te crees que cada vez paso más de ir a esas reuniones ñoñas?
Igual es que pertenecemos a otra especie, no?
Besos.

Palimp dijo...

Yo entiendo ese dialecto a la perfección pero ¡ojo! sólo lo hablo con los de mi nueva especie :)

Disfruta la vida que son cuatro días y mantén el condón.

Anónimo dijo...

Jajajajajaja...es genial el artículo, lo describes y parece que os veo a los tres (y eso que no conozco a ninguno). Debió ser una noche larga para ti.
No creo que sea una cuestión de ñoñería, tampoco de pertenecer a otra especie, es...otra fase de la vida, ni más ni menos.
Un saludo. ;)

C. Martín dijo...

Estoy con Palimp, sólo temas de conversación afines, cualquier intento de explicar a los no iniciados te acaba marginando de reuniones sociales ajenas a ese mundo. Cabe, eso sí, alguna pinceladita, pero muy dosificada.

En cuanto al condón, nadie mejor que uno mismo, yo de hecho sigo usándolo :-P

El último peatón dijo...

Ya veis que un servidor, para no haber contribuido a la procreación de la especie, está bastante familiarizado con la jerga.

Si es que el saber no ocupa lugar y hoy en día sin idiomas no se va a ninguna parte...

Gracias a todos por la visita.