viernes, 26 de junio de 2009

Parientes universales

Las dos mejores películas que he visto en el último mes tienen como argumento principal las relaciones familiares.
Ambas son certeras y emotivas, críticas y sentimentales, y con ese punto de ironía añadida que este espectador peatonal siempre agradece. Lo más interesante es que son dos obras que pertenecen a países muy distanciados y a culturas bien distintas.
Una es Still walking, del japonés Hirokazu Koreeda, y la otra El primer día del resto de tu vida, del francés Remi Bezançon.
No es la primera vez (ni la segunda, ni la tercera, ya lo sé) que expreso aquí mi reticencia hacia ciertas posturas que determinados individuos esgrimen creyéndose los mejores cinéfilos del mundo, y que establecen patrones de calidad basándose en algo tan superficial como la nacionalidad de las películas.
Todavía, por mucho que sorprenda, existe gente que cree más digno aburrirse con un filme coreano que divertirse con uno norteamericano. Sostienen erróneamente que lo occidental es menos creativo que lo oriental y se convencen (anegados en el légamo de su espesa ignorancia) de que Hollywood es sólo la patria de engendros al estilo Viaje de pirados o Alto, o mi madre dispara, olvidando que la historia del séptimo arte sería paupérrima si la priváramos de nombres como Chaplin, Hitchcock, Ford, Capra, Lang, Wilder, Lubistch, Hawks, Welles, Ray, Huston, Peckimpah, Coppola, Polanski, Spielberg, Eastwood, Scorsese, Tarantino o los hermanos Coen, todos ellos con amplia carrera hollywoodiense, independientemente de que su origen sea europeo o genuinamente americano.
Si una gran virtud poseen Still walking y El primer día del resto de tu vida es que trascienden cualquier prejuicio relativo a su procedencia geográfica. Son historias universales donde los sentimientos y las reacciones humanas son perfectamente reconocibles, más allá de que en una los personajes cenen con palillos y en la otra se nos deleite con una banda sonora a base de leyendas del rock.
Porque, del mismo modo que proliferan los fatuos aspirantes a sibarita fílmico, no es menos cierto que abundan en igual o tal vez mayor proporción los fanáticos anti versión original y los cineperegrinos de piloto automático que prefieren engullir una horrible nadería protagonizada por su cantante pop favorita antes que arriesgarse a descubrir nuevos talentos en rostros y voces desconocidas.
Lo siento por todos ellos, ya que a buen seguro se perderán este par de atinados dramas familiares (algunos ni siquiera se enterarán de que existen).
Still walking posee el tono reposado del cine de autor canónico. Es contemplativa y minuciosa, pero al mismo tiempo discurre incansable (no confundir el tempo lento con el tiempo muerto). Rica en detalles, en la utilización dramática de los gestos y hasta de los objetos, lo mejor de todo es que, aunque transita por esa peligrosa frontera que linda con los artificios de la austeridad pretenciosa, nunca abandona el relato propiamente dicho, la maraña de reproches taimados, dolores ancestrales, rencores silenciosos y tediosos imperativos que rigen el mecanismo de una familia tan averiada o tan corriente como cualquier otra de cualquier otro pueblo del planeta. El filme de Koreeda no sólo remite a Ozu o Kurosawa; no es descabellado imaginar esta misma historia con un Mike Leigh, un Olivier Assayas o un Cesc Gay tras la cámara. Una película amarga y crepuscular que aborda, entre otros muchos, un tema peliagudo: la tortura de tener que querer a alguien por obligación. Japonesa, sí. Pero, sobre todo, universal.
En El primer día del resto de tu vida, Bezançon adopta un carácter más amable, incluyendo momentos de genuina comedia. Esto no supone traba alguna para que su disección familiar esté exenta de la habitual complacencia telefílmica que a menudo encontramos en trabajos similares.
Si algo caracteriza a esta película es el equilibrio. En la onda de títulos como C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005) o El último beso (Gabrielle Muccino, 2001), tragedia y comedia conviven sin arrastrarse la una a la otra hacia sus vicios más convencionales, lo que otorga personalidad propia a la historia y nos regala una galería de personajes creíbles, que respiran vida por todos sus poros.
Afortunadamente, no es el melodrama lacrimógeno ni la ñoña comedia romántica que algunos habrían perpetrado con el mismo material. Como en el filme de Koreeda, aquí también se mantienen las proporciones justas y se evitan las rendiciones facilonas para cobrarse sonrisas o lágrimas tirando del manual básico de la autocomplacencia emocional. Quizá no es tan “autoral” en el sentido elitista de la expresión, pero no nos equivoquemos: su mayor accesibilidad para el público medio no la exime de sus virtudes más profundas.
Baste decir que algunos episodios cómicos (la revelación de los ingredientes de una infusión o la embarazosa situación después de practicar sexo oral), aparentemente propios de una película de los hermanos Farrelly, están rodados con tanta efectividad como elegancia, ahorrándonos zafiedades innecesarias que habrían destruido el clima de equilibrio general antes reseñado.
Lo mismo sucede cuando entramos en el terreno de los sentimientos. La melancolía, el desengaño, la frustración, el perdón, la fidelidad, la rebeldía, la complicidad... Todo cabe y siempre en las medidas adecuadas. Ayudan mucho los actores, muy naturales y alejados del tópico. Igualmente, Bezançon demuestra que lo poético no siempre ha de ir hermanado con lo críptico, y que la sutileza no es patrimonio exclusivo de autores encantados de ser incomprendidos. La estupenda secuencia del cojín inflable es una rotunda prueba de ello.

lunes, 22 de junio de 2009

Yo no soy el novio de la muerte

Siempre que sacamos el tema de la pena de muerte parece que hablemos de buenos y malos, o bien de perdonar, disculpar o relativizar. Yo nunca he tenido esa intención cuando me opongo a esta práctica inmoral y vigente en no pocos países y estados de este mundo supuestamente civilizado.
Creo que la naturaleza humana es constructiva y vitalista por definición. El que existan determinados energúmenos indignos de nuestra especie es algo que por desgracia no podemos controlar y que no siempre seremos capaces de prevenir.
A menudo me enfado con amigos y conocidos porque los veo jactarse con demasiada ligereza de sus presuntas reacciones ante determinadas injusticias. Seguro que muchos de vosotros estáis convencidos de que si un mal nacido se atreviera a hacer daño a vuestros hijos no dudaríais en salir en su busca y cargároslo con vuestras propias manos. Yo me juego lo que sea a que no lo haríais. Sé que es fácil decirlo y aún más sentirlo, desear la muerte a quien no ha demostrado respeto alguno por las vidas ajenas, pero si de verdad todos fuéramos capaces de jugar al peor Charles Bronson con tanta facilidad como lo alardeamos delante de un café o un cubata, menudo infierno que sería nuestra vida cotidiana.
El rechazo a la pena de muerte se asocia normalmente a cuestiones meramente ideológicas o políticas, pero yo creo que hay factores igualmente determinantes, los que tienen que ver, por ejemplo, con la cultura o la educación. Y también, insisto, con nuestra naturaleza (me niego a creer que lo único que nos impide estar todo el santo día matando sea que es “ilegal”).
Para casi todos, la vida es un valor fundamental e inviolable. Por supuesto que si nos ponemos intelectuales y profundos quizá decidamos que existen otros valores más elevados, como la libertad, la dignidad, la honestidad, la integridad, etc., y que sin ellos, el mero hecho de estar vivo no significa apenas nada.
Me refiero a que pertenecemos a una época más terrenal que espiritual, sin que ello implique que seamos más frívolos, superficiales o materialistas. Nos educan para disfrutar de esta vida, la única de la que tenemos conciencia fehaciente, y aun en aquellas comunidades donde predominan los valores religiosos, la idea de “la otra vida” permanece como algo abstracto e inconcreto, como mínimo no lo suficientemente probado como para impulsar a los fieles a suicidarse con tal de acelerar el tránsito al otro barrio.
Hoy hablo de esto porque cada vez que el monstruo del terrorismo nos sacude con un nuevo zarpazo, resurgen también las voces más radicales a favor de la pena capital, y es algo que no debería ocurrir.
Como dije al principio, no se trata de justificar lo injustificable, ni de vestir de corderito a quien se ha comportado como la fiera más desalmada y salvaje. Sólo se me ocurre que, si es a los “buenos” a quienes nos corresponde aplicar la justicia, no deberíamos nunca hacerlo empleando los mismos términos y métodos por los que castigamos a quienes amenazan nuestra existencia pacífica.
Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que, si un ladrón entra en nuestra casa y nos roba algo, la solución no pasa porque vayamos nosotros a la suya y le robemos también cualquier cosa. La réplica exacta al delito sufrido no es la definición de justicia que todos tenemos en mente. O eso espero.
Ya, ya. Ya lo sé. Es muy sencillo para mí porque no he sufrido en mis carnes ni en las de mis seres queridos un crimen, un atentado, una violación o cualquier espanto semejante. Soy plenamente consciente, y precisamente por ello sigo creyendo que los afortunados que aún podemos reflexionar con frialdad y hacer uso de la razón sin interferencias emocionales, tenemos el deber de mantener el equilibrio y no fomentar impulsos vengativos propios del Lejano Oeste. Por eso entiendo que un damnificado, una víctima o un perjudicado directo discrepe hoy conmigo, pero no me pidáis a mí que cambie de opinión, porque no sería justo

miércoles, 17 de junio de 2009

El huevo de Franco

Parece ser que las novelas que más gustan hoy en día son aquellas que giran en torno a un suceso o elemento histórico (popular, cuanto menos). Puede ser la Guerra Civil, un cuadro de Leonardo Da Vinci, el Santo Grial, la catedral de no sé dónde, la costilla de Adán, el pelo de Sansón o el brazo incorrupto de Santa Teresa. El repertorio sería inabarcable.
Por ello, me estoy planteando seriamente la posibilidad de escribir un best seller sobre algo de lo que he tenido conocimiento esta semana y que me ha dejado totalmente intrigado:
Leo que un descendiente de Franco —un nieto, creo— afirma que el dictador sólo tenía un testículo.
Es decir, que Franco era lo que se conoce como un ciclán, un tullido genital.
Con esta revelación, el liderazgo de Cristóbal Colón como poseedor del huevo más famoso de la historia de España peligra. No sería extraño que el huevo elíptico o el no-huevo de Franco pasara a ocupar de repente un protagonismo inesperado.
Para empezar, no deja de tener su coña que precisamente un dictador —que suelen caracterizarse por aludir a sus cojones para justificar las atrocidades que perpetran— careciera del elemento anatómico más venerado por los reaccionarios.
Soy bastante reticente con el refranero, pero no cabe duda de que en este caso se cumple aquello de “Dime de qué presumes y te diré de lo que careces”.
Así que ya sabemos que el caudillo, por mucho que lo deseara, nunca pudo hacer nada “con un par”, como suele decirse coloquialmente (bueno, con un par sí, pero de neuronas, no de huevos).
Ahora podemos deducir también que ese grimoso tono de voz que el dictador lucía en sus soflamas rojigualdas y carpetovetónicas era producto sin duda de su cualidad de semi castrado (a lo mejor por eso era aficionado al “género chico”, o sea, la zarzuela; porque le faltaban cojones para atreverse con la ópera).
Lo que no se sabe es si el susodicho cojón ausente era una carencia de nacimiento, la consecuencia de un accidente o si quizá lo perdió en combate. Sea como fuere, en mi hipotético bombazo editorial el cataplín de marras adquiriría el rango de reliquia sagrada, tesoro momificado o hallazgo arqueológico por el que pugnarían organizaciones e individuos de toda índole pero siempre afines a los más altos (y corruptos) poderes.
Siguiendo con las conjeturas narrativas, podría plantear una lucha encarnizada por la posesión del testículo, atribuyéndole a éste propiedades mágicas o sobrenaturales. Imaginad a Fraga, a Blas Piñar, a Jesús Gil, a Aznar, incluso al mismísimo Hitler, implicados en una trama de crímenes y traiciones en pos de la conquista del huevo que concede la vida eterna, el poder infinito, la aniquilación de la masonería y el comunismo, o que devuelve a la patria rancios (y crípticos) títulos como el de Unidad de destino en lo universal o Reserva espiritual de Occidente.
Os lo podéis tomar a broma si queréis, pero tened en cuenta que hace nada se ha estrenado una película de terror (insisto, de terror) en la que el No-Do ejerce un papel similar al de las snuff movies en Tesis o al de las cintas de VHS en La señal.
Editores del mundo, espero vuestras ofertas.

viernes, 12 de junio de 2009

Bucle temporal

A medida que pasan los años, la posibilidad de volver a reunirse con los amigos de siempre disminuye, así que hay que aprovechar cualquier ocasión, por poco atractiva que pueda resultar de entrada.
Reconozco que juntarse a rememorar batallitas noctámbulo-etílicas tiene algo ya de por sí grotesco, pero he aprendido a comprender que la constancia de un pasado glorioso supone para muchos el mejor de los placebos.
Algunos de mis amigos con hijos creen que añoran esas juergas de juventud que hoy ya no pueden permitirse, y yo prefiero no arruinarles la fantasía, aunque sé sobradamente que se trata de un anhelo apócrifo. Quiero decir que si de verdad fueran unos solteros cuarentones sin obligaciones paternales y con la mentalidad acorde a su edad adulta, lo último en lo que pensarían sería en beberse una garrafa de calimocho o un copón tamaño familiar de leche de pantera o de cualquier brebaje emparentado con semejante mejunje revientahígados.
Supongo que la última vez que recuerdan haber tenido tiempo libre se remonta a aquellos años de litronas y paroxismo botellero, y es por ello que su memoria lúdica debe de haberse quedado estancada en algún punto lejano y obsoleto.
No obstante, y como ya he dicho, prefiero ser condescendiente y disfrutar de verlos alegres y motivados, sobre todo teniendo en cuenta que nunca se sabe cuándo será la próxima (si es que acaso hay realmente próxima vez).
Quedé con Homer y Bart (utilizo seudónimos por deseo expreso de los interesados) en uno de aquellos garitos que frecuentamos años ha y que milagrosamente aún permanecía abierto (para nuestra desgracia, una vez allí comprobamos que el pinchadiscos de toda la vida sí que se había jubilado; de hecho, ya no había pinchadiscos, sino diyéi). Nada más vernos y darnos los abrazos y cachetes de rigor, ambos proclamaron con entusiasmo que la liaríamos por ahí hasta que se hiciera de día. Yo sabía que poco después de la medianoche los tendría a ambos dando cabezazos como dos delanteros rematando corners en la Premier League, así que me limité a asentir como si me lo creyera.
Mi sorpresa fue que no se mostraron especialmente interesados en comentar episodios del pasado. Muy al contrario, a medida que avanzó nuestra conversación se empezó también a establecer una rara conexión entre mis dos amigos, y fui yo el que se quedó un tanto despistado o fuera de juego.
Lo que ocurrió fue que hablaban en una especie de dialecto que yo no alcanzaba a comprender. Se suponía que nuestra conversación giraba en torno a la vida cotidiana de las personas mayores. Imaginaba que sacaríamos a flote rencillas del trabajo o de la escalera de vecinos, pero no. Homer y Bart intercambiaban preocupaciones acerca del insomnio y de la limpieza y el orden del hogar.
En un par de ocasiones utilizaron extraños vocablos como Dalsy o Apiretal, que sonaban inequívocamente a barbitúricos. No es que yo tuviera especial empeño en hablar de sentadas porreras universitarias, de marihuana y rock and roll o de tripis dentro de una cerveza de litro (si hubieran hablado de prozac, o incluso de viagra, lo habría considerado normal), pero semejante sofisticación respecto a las drogas estableció un primer amago de abismo entre nosotros.
También me fijé en que ambos repetían sistemáticamente el gesto de mirar el reloj. Yo sabía que ese día en concreto no tenían prisa, y deduje que sufrían aquel tic desde hacía tiempo y que probablemente ni siquiera serían conscientes ya de ello. Una de las veces que Bart consultó su reloj observé que tenía una calcomanía en el dorso de su mano. No pude distinguir la figura; parecía un bicho de dibujo animado japonés, pero no estoy seguro. No me imaginaba a Bart (ni tampoco a Homer, ciertamente) luciendo tatuajes o piercings. Pero de ahí a colocarse una calcomanía, como cuando teníamos doce años… En fin.
Igualmente patéticos se mostraron cada vez que pretendían maldecir. Sus tacos y exabruptos parecían haber sufrido los estragos de una censura reaccionaria. Decían cosas como gilipichis, jopelines y carambolas (¿dónde se habían quedado aquellos juramentos castizos y rotundos, aquellos “coño”, “cojones” y “mecagüendios” como mandan los cánones de la maledicencia adulta?).
Intenté en vano sacar un tema de conversación que no me hiciera sentir un marginado. A los tres nos había gustado desde siempre el cine, y antaño habíamos pasado grandes momentos en salas de estreno o de sesión continua, frente a un televisor o recorriendo videoclubes. Para mi espanto, Bart y Homer sólo parecían haber visto películas infantiles en los últimos cinco años. Yo les preguntaba sobre asesinos en serie, policías corruptos, tórridos romances, dramas carcelarios, y ellos sólo estaban al día acerca de animales parlanchines y juguetes con vida propia.
De pronto sonó el móvil de Homer. La música recordaba a la sintonía de los Lunnis, o tal vez de los Teletubbies, tanto daba. Bart, entusiasmado y con una sonrisa que casi le devoraba sus propias orejas, sacó su teléfono e hizo sonar el tono que tenía grabado, la melodía repelente de una canción perteneciente al musical La bella y la bestia.
Me di por vencido. Pedí otro cubata y continué escuchando a mis amigos como quien oía llover. Aguanté hasta las tres de la madrugada, lo cual no carece de mérito.
O dejo de usar condón o me convertiré en un paria incapacitado para relacionarse con sus semejantes (al menos con los de mi generación).

domingo, 7 de junio de 2009

La falta táctica

El comentario de hoy no trata sobre fútbol, pero para ilustrarlo voy a utilizar una figura balompédica que viene muy al caso.
En el argot de dicho deporte se acuña a menudo la expresión “falta táctica”, la cual tiene tanto de especificación técnica como de eufemismo, y alude a un tipo de falta que se suele cometer en la zona del centro del campo o las inmediaciones del área rival, cuyo objetivo es, en la mayoría de los casos, frenar un contraataque.
Esta clase de infracción se caracteriza porque no es violenta. Suele consistir en un simple agarrón, un empujón o una zancadilla de patio de colegio, sin saña ni alevosía. De hecho, rara vez el jugador que comete la falta protesta, aunque le enseñen tarjeta amarilla, lo cual explica la razón por la que una acción ilegal se puede considerar asimismo como parte de la táctica deportiva.
El único problema es que los aficionados, aun aceptando tales criterios, acostumbramos a no ver con demasiada claridad el carácter “táctico” de las faltas cuando las comete el equipo contrario. Es decir, que la infracción es evidentemente táctica cuando su autor es uno de los nuestros, pero cuando el agarrón o la zancadilla provienen de un jugador que viste una camiseta distinta a la de nuestros amores, de pronto gritamos al árbitro para que lo expulse, y lo llamamos asesino o hijo de la gran puta.
Ahora vamos al grano.
Hace unos cinco años, casi todos los españoles se manifestaban en contra de apoyar una guerra, la de Iraq, provocada a raíz de un delirio paranoico y torticero del ex presidente de los Estados Unidos, George W. Bush. Más allá de las simpatías o militancias partidistas, casi nadie quería formar parte de un conflicto bélico (algo totalmente lógico); se vive mejor en paz, poniendo a parir al vecino o al partido oponente, pero lejos de las bombas y los disparos.
Sin embargo, y aunque estoy convencido de que el Partido Popular perdió a muchos de sus votantes a causa del empeño de Aznar por salir en la foto de marras, no fueron pocos los que se sumaron posteriormente a las absurdas teorías de sus líderes políticos (echadas por tierra años después, con el reconocimiento del error por parte de los propios protagonistas, ya fuera con la boca grande o chica) y de las aún más retorcidas y grotescas tramas conspiratorias promovidas por determinados medios de comunicación afines, más que al conservadurismo ideológico, a la pura crispación.
Me asombra que siga habiendo gente capaz de creer que el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid no guarda una relación evidente con la intervención de España en la guerra de Iraq y con el acto de soberbia narcisista de Aznar y sus colegas de retrato.
Pero me asombra todavía más que, personas convencidas de que quieren vivir en paz, hombres y mujeres de buen corazón, tolerantes, generosos, solidarios (en serio, conozco gente de todas las ideologías y partidos), puedan continuar defendiendo incluso a quienes han terminado reconociendo que se equivocaron (reconocen el error, claro, no la culpa, pero algo es algo).
Imagino que dichos simpatizantes del PP interpretaron el patinazo de su ex presidente (afirmar que en Iraq había armas de destrucción masiva) como una “falta táctica” y no como una “agresión”. Está claro que si ese mismo error lo hubiese cometido el líder del partido contrario la cosa cambiaría radicalmente.
De ello deduzco, una vez más, que el hincha de la política es exactamente igual que el del fútbol; que lo mismo que unos son “Der Beti manque pierda”, otros son del PP (o del PSOE, o de CiU, o del PNV, o de IU) porque “sienten los colores” de manera incondicional. Lo de sentir los colores está bien cuando hablamos de un juego, pero si nos referimos a las ideas que sirven para gobernar un país la cosa cambia, creo yo.
Se supone que hoy los ciudadanos votan pensando en Europa. Una patraña. Hoy se va al colegio electoral (los que vayan, que no serán legión) lo mismo que un domingo cualquiera se acude al estadio con la bufanda y la bandera, con el bocata y la trompeta, a jalear a los futbolistas propios y a cagarse en los muertos de los ajenos. Hoy no se vota pensando en el bien o el futuro del viejo continente, sino a expensas del diario que se compre o la emisora que se escuche. Los españoles visitan hoy las urnas con un sobre en cuyo interior se deciden asuntos de política internacional, pero con un cerebro que alberga filias y fobias arraigadas y localistas (o directamente provincianas). Unos llevarán en mente Iraq, otros la ETA; unos la crisis económica, otros la ley del aborto; unos la enseñanza bilingüe, otros la violencia de género.
Que os sea leve.

jueves, 4 de junio de 2009

Incógnita

Imaginad que las fotocopias se hicieran en las farmacias, o que los sellos de correos se vendieran en las fruterías, o que para comprar condones tuviéramos que llamar a Telepizza.

Suena extraño, ¿verdad?

Bien. Entonces que alguien me aclare por qué las copias de las llaves se hacen siempre en los mismos sitios donde se arreglan los zapatos.
¿A qué se debe esta rara conexión? ¿Qué coño tiene que ver una cosa con la otra?

Espero ansioso vuestras respuestas.

lunes, 1 de junio de 2009

Servicio interrumpido

Sabía que iba a malgastar los siguientes tres minutos de mi vida observando la cuenta atrás del reloj digital que colgaba del techo, sobre el andén. A mi lado, Andrea permanecía en silencio, reponiéndose del exceso emocional derrochado tras su confidencia, o tal vez celebrando interiormente la certeza de poder contar conmigo.
Se suponía que ser amigos significaba eso, aunque a lo largo de estos años tuve mis dudas respecto a la verdadera naturaleza de nuestra amistad. A veces parecía que sólo estábamos unidos por la conveniencia de contar con algo así como un seguro del que echar mano en caso de que nuestras respectivas vidas amorosas fueran declaradas “siniestro total”. Los acontecimientos habían querido que hasta aquel día no tuviéramos la ocasión de comprobar si nuestra mutua fidelidad era espontánea y sincera, o si más bien se trataba de una garantía de indemnización por si acaso ambos nos viéramos un día solos y sin un cuerpo con el que rellenar la mitad de nuestro lecho.
Yo sumaba ya más de dos años enrolado en una suerte de soltería expiatoria y taciturna, mientras que el matrimonio de Andrea —al menos en el marco de nuestras conversaciones— nunca había dado lugar a nada que no fuese una retahíla de lugares comunes sobre lo nostálgico y lo doméstico.
El estruendo del tren emergiendo del túnel despertó a Andrea de su abstracción. Me sonrió sin despegar los labios y me agarró muy suavemente del antebrazo. Después susurró un “Gracias” con tanta ternura que por un instante deseé ser el padre de la criatura que albergaba en sus entrañas.
Las puertas de todos los vagones se abrieron a la vez y una voz artificial y distorsionada anunció desde los altavoces de la estación que el tren no admitía viajeros. Poco a poco el convoy se fue vaciando, mientras un par de empleados del metro corrían, acompañados de un vigilante jurado, hacia el primer vagón.
Los dígitos habían desaparecido del reloj, cediendo su espacio a un escueto mensaje que advertía de la interrupción momentánea del servicio. El rótulo podría haber formado parte de la versión subtitulada de aquella vivencia, pero tanto Andrea como yo somos demasiado terrenales como para andar descifrando señales o jugando a adivinar acertijos del destino.
Apenas una hora antes, ella me había confesado su decisión de interrumpir el embarazo a espaldas de su marido y del resto de su familia. Acudió a mí como cómplice ideal para guardar el secreto y estar a su lado en el momento crucial. Yo había aceptado ser su coartada y su punto de apoyo. Con ello, nuestra amistad había madurado, alejándose orgullosa de la prosaica sospecha del flirteo encubierto.
Uno de los hombres que se había apeado del tren le explicaba a una joven curiosa que aquel revuelo se debía a que una mujer embarazada había roto aguas durante el trayecto. Desde donde yo estaba podía ver perfectamente el interior del vagón, el rostro contraído y pálido de la inminente parturienta, y los esfuerzos de aquellos tres hombres por tranquilizarla hasta que llegara la asistencia sanitaria.
Ahora era yo el que se había quedado ensimismado. Andrea me preguntó si me ocurría algo, temiendo algún remordimiento relacionado con nuestro pacto de complicidad.
“No es nada”, dije al fin. “Es esa mujer”.
“¿La embarazada?”, inquirió Andrea, sabiendo ya la respuesta.
“Sí”, afirmé. “Es mi ex novia”.