miércoles, 27 de mayo de 2009

Atracón librero


El próximo viernes, 29 de mayo, tendré el placer de participar en la presentación del libro Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente, de Franco Chiaravalloti.

Conocí a Franco hace algunos años, cuando coincidimos en otra de las heroicas aventuras promovidas por la editorial Hijos del Hule, la antología Sobras Completas.

Ahora se estrena en solitario con esta colección de relatos independientes y a la vez encerrados en un universo común, una sucesión de historias que pueden entenderse por separado pero que, una vez leídas y asimiladas, trasmiten una unidad de conjunto que se queda flotando en nuestro inconsciente.

Ironía, surrealismo y cotidianeidad conviven en este libro con destellos filoliterarios y algún que otro experimento formal realmente sabroso.

La presentación tendrá lugar a las 21 horas en La casa de los cuentos (C/ Ramón y Cajal, 35), en el barcelonés barrio de Gracia. Al finalizar, la cuentista Numancia Rojas escenificará uno de los relatos del libro. La cosa promete.




Al día siguiente, el sábado 30, me reencontraré con mis queridos colegas bloggeros en la novena edición de Bitácoras y Libros en Barcelona, una iniciativa del cuchitrilero Palimp que demuestra que el amor a la lectura y el sentido del humor no son un matrimonio imposible.

Toda la información sobre el evento, en la web Cuchtril Literario

viernes, 22 de mayo de 2009

Aproximaciones

Parece ser que existen forenses o expertos capaces de adivinar el sexo, la edad, la altura y hasta la hora en que falleció una persona con sólo analizar un cabello, un fragmento de hueso machacado o una gota de cualquier sustancia orgánica.
También hay peritos y especialistas que pueden determinar el momento preciso en que se produjo un incendio o una explosión, si el siniestro se originó en una u otra dependencia, si fue provocado o accidental, o si intervinieron agentes químicos o eléctricos, todo ello con la sola ayuda de una montaña de escombros o de ruinas chamuscadas.
A nadie le extrañará tampoco que un arqueólogo sepa calcular la época en que se realizó un grabado, se embalsamó un cadáver o se construyó una columna, aunque dicho momento histórico se remonte a miles de años antes de Cristo.
La ciencia lleva siglos resolviendo enigmas relacionados con el tiempo y el espacio. Hoy en día podemos conocer la distancia que nos separa de planetas a los que no ha viajado nadie y a los que nunca podremos viajar, estamos más o menos familiarizados con teorías sobre agujeros negros, estallidos de materia y universos paralelos, con conceptos como “año luz” o “barrera del sonido”; aspiramos, en definitiva, a la tan presuntuosa como fútil tarea de medir lo inabarcable, de ponerle límites al universo y fronteras al infinito.
Claro que, desde que la informática pasó a ser el organismo que rige el funcionamiento de la vida cotidiana, da la impresión de que sólo existe aquello que puede medirse, calcularse, cronometrarse, delimitarse, programarse.
Somos burocracia y estadística, contabilidad y aritmética.
¿Cabe la imperfección en un mundo tan controlado y exacto? Cabe; doy fe de ello.
Os invito a que os acerquéis a cualquier tienda en la que vendan películas en DVD. Tomad una cualquiera y echadle un vistazo a la carátula posterior del estuche, allí donde suelen figurar los datos técnicos del filme. Concretamente, debéis prestar atención al texto que indica la duración de la película. Sí, así es. Parece increíble, pero normalmente os encontraréis con que pone “Duración aproximada: 95 (o 108, o 124) minutos”. ¿Aproximada?
Es cierto que hay otra variante, que viene a ser la misma, no obstante: “Duración: 95 (o 108, o 124) minutos aprox. ¿Aprox.?
¿Cómo que aprox.? ¿Cómo que aproximada?
Pero bueno, ¿tan difícil es calcular lo que dura una película? Mi reproductor de DVD, que no es de los más caros ni de los más modernos, tiene incorporado un reloj digital que va contando los segundos, minutos y horas mientras reproduce la película.
En algunas competiciones deportivas, como el atletismo, el ciclismo o el baloncesto, se pueden decidir los resultados por una centésima de segundo. Hay personas encargadas de medir dichas marcas, y cuentan para ello con la tecnología adecuada.
Eso por no hablar de la factura del teléfono. Cada mes me llega un listado en el que se detallan de forma exhaustiva todas las llamadas que he realizado, los números marcados y el tiempo exacto que estuve hablando o escuchando, con minutos y segundos.
Vamos, que no hay quien se trague que no exista un ser humano capaz de decirnos lo que dura una película, aunque ésta sea de Theo Angelopoulos (individuo que acostumbra a rodar solemnes pedanterías de más de tres horas, tan tediosas que acaban haciéndose más largas que una noche en Urgencias).
Ahora entiendo por qué me llaman “raro” cuando voy al cine y quiero quedarme a leer los títulos de crédito hasta el final. Hay que joderse.

lunes, 18 de mayo de 2009

Generosos y egocéntricos

Me hago eco del comentario publicado por Neus Arqués en su blog, en el que se pregunta por qué alguien nos recomienda un libro determinado y qué podría estar buscando dicha persona con semejante gesto.
Trasladaré la reflexión al terreno de los regalos en general. ¿Regalamos para agradar o para reafirmarnos? Al elegir un presente, ¿perseguimos la satisfacción de quien lo recibirá o sencillamente hacemos méritos para que nuestro presunto buen gusto sea reconocido?
Alguien que quería hacerme un regalo me preguntó en cierta ocasión acerca de mis gustos musicales. Se iba de viaje a Londres, en aquella época en que el comercio nacional aún no ofrecía todo lo que sí podía encontrarse en las tiendas y mercadillos de la capital británica. Creo recordar que le pedí un disco de The Smiths, a lo que me respondió con airada aspereza que ni hablar del peluquín, como si mi inocente solicitud hubiera sido un intolerable desagravio, un ataque frontal contra sus subjetivos principios sobre la calidad y el buen gusto. Me dejó tan cortado que ya no se me ocurrió qué pedirle. No me trajo nada, de hecho.
Yo he regalado discos de Bustamante y libros de Bucay, productos que no adquiriría para mí ni sometido a la más sofisticada de las torturas de la Inquisición.
Entiendo que regalar no es un vehículo para el lucimiento personal, sino una muestra de generosidad y una manera de agradar a alguien que nos importa o con quien deseamos tener un detalle especial. Es verdad que los regalos son a veces la consecuencia de un compromiso ineludible, pero ni con eso veo razón alguna para no tener en cuenta los gustos del destinatario.
Nadie es infalible, por supuesto. Todos podemos equivocarnos y regalar algo que no agrade. No obstante, creo que se distingue muy bien cuándo la intención de ese regalo fallido es noble y cuándo es un acto narcisista, o un intento de proselitismo, o de soborno, o de coacción intelectual.
Volviendo a los libros, confiesa también Neus que ella no es lectora de Paul Auster, y que eso le hace sentir como una extraterrestre o una pecadora imperdonable, dada la enorme popularidad que avala al escritor norteamericano. Es curioso, porque yo, que prácticamente soy un incondicional de Auster, he llegado a sentirme de forma parecida, es decir, como si fuera culpable de algún delito, aunque en mi caso por el hecho de tener un gusto tan vulgar, corriente y extendido.
Lo que nunca haría, sabiendo lo que ya sé, sería regalarle a Neus Arqués un libro de Paul Auster, por mucho que a mí me apasione y por muchos argumentos que pudiera esgrimir para defender la que es, a mi parecer, una de las prosas más hipnóticas y adictivas de la literatura contemporánea.
Del mismo modo, tampoco le perdonaría a Neus (ni a nadie) que, llegado el caso, se negara a regalarme una novela de Auster porque fuera supuestamente “en contra de sus principios”.
Digo todo esto sabiendo (porque lo experimento a menudo) lo difícil que es reprimir el impulso de querer compartir lo que nos encanta o emociona con nuestros seres queridos y cercanos. Cada vez que descubro una novela o una película de esas que dejan marca, siento asimismo la necesidad de que algún amigo o conocido las descubra para poder hablar sobre ellas y recrearnos en sus virtudes. Dicho impulso es lógico y humano, pero en el momento de elegir un regalo el que manda siempre es el otro, por mucho que sus gustos pudieran parecernos a veces dignos de una terapia de choque al estilo La naranja mecánica.

domingo, 17 de mayo de 2009

Soñar con dinero es gratis

La ONCE tiene su cupón diario, además del Cuponazo de los viernes y uno nuevo que llaman Supercuponazo del fin de semana, o algo parecido. Asimismo, hace no mucho sacaron El combo, una especie de primitiva en modesto, pero capaz de arreglarte un puente de cuatro días o un final de mes apurado por los números rojos.
Por su parte, está la Lotería Nacional, la de toda la vida, que se juega los sábados y también los jueves, aparte de los sorteos extraordinarios como el de Navidad, El niño, o el del oro de la Cruz Roja.
Ésta posee la desventaja de que la cantidad cobrada en caso de premio es directamente proporcional a la pasta que uno se gaste en décimos o billetes, con lo cual, partiendo del hecho de que la mayoría jugamos a la lotería porque somos pobres, no aparenta ser una apuesta muy rentable.
Si algún día me toca, probablemente cambie de opinión y las vocecillas de los niños de San Ildefonso me acaben sonando a cantos de gloria celestial, pero hasta la fecha, cada vez que escucho su agudo soniquete siento como si un enano repelente me estuviera taladrando el tímpano con la letanía “Eres pobre, te jodes; Eres pobre, te jodes; Eres pobre, te jodes…”.
Por tanto, si apuntamos más alto, si lo que queremos es vivir sin jefes y sin depender de una nómina, mejor que probemos con la Primitiva, que nos da dos opciones semanales (jueves y sábado), o bien con los Euromillones del viernes, que nos tientan con cantidades colosales y obscenamente expuestas en las administraciones y puntos de venta.
A diario contamos igualmente con la Bono Loto, y donde yo vivo existe algo llamado Loto Catalunya, a lo que no me he atrevido a jugar nunca porque me da la impresión de que no mueve demasiado parné (ya que apostamos, que sea a lo grande).
Ah, me olvidaba del domingo, territorio conquistado también por el Gordo de la Primitiva, con cuantías nada desdeñables, de ésas que le permiten a uno pedir el finiquito y planear la vuelta al mundo.
Nos queda también la quiniela de fútbol, un tanto devaluada pero aún interesante si se consigue un pleno al quince, y la resucitada quiniela hípica, de la que me confieso absolutamente ignorante.
Agotadas las posibilidades mencionadas, sólo nos restaría arriesgarnos al bingo, a apostar en las carreras, a probar suerte en la ruleta, el póquer, las tragaperras o el julepe, aunque no me va demasiado el juego con mayúsculas; me puede la precaución ante el riesgo de adicción.
Pues eso. Que mañana es lunes y, qué queréis, con algo hay que consolarse.

sábado, 9 de mayo de 2009

Pandemia apestosa

Ya sé que medio mundo anda en estos días preocupado por la gripe porcina, la nueva gripe, la gripe A o B o como queramos que termine llamándose, pero yo me detendré hoy a hablar de otro tipo de virus que no afecta al aparato respiratorio sino al sistema nervioso y —todavía peor— a la salud de nuestras mentes.
Cada día, a la hora de la comida, suelo ver el espacio “La teletulia”, que presenta Alfonso Arús en la cadena local 8tv. Mezclando la ironía, el análisis periodístico y el gusto por el entretenimiento, Arús y sus colaboradores seleccionan los contenidos más destacados (ya sea por brillantes, por cruciales, por esperpénticos o por infames) de la actualidad televisiva y los someten a un debate crítico que resulta tan interesante como ameno.
Basándose en unos criterios que comparto totalmente, los tertulianos de 8tv censuraban el otro día la actitud de la aguerrida periodista María Antonia Iglesias (un extraño caso de persona supuestamente izquierdista y liberal, que no obstante acostumbra a tratar de imponer sus ideales presuntamente progresistas a golpe de puñetazo sobre la mesa), concretamente en relación al caso del profesor Jesús Neira, quien, como seguramente todos sabréis, permaneció en coma durante varios meses como consecuencia de la agresión sufrida al intentar socorrer a una mujer que parecía estar siendo maltratada por su pareja.
La cuestión es que durante esos meses de agonía de Neira, cuando su muerte parecía inevitable, Iglesias, al igual que cualquier otro ser humano con un mínimo de corazón y conciencia solidaria, se había sumado a la legión de defensores de la causa del profesor, erigido en paladina de la lucha contra la violencia de género y autonombrado verdugo dialéctico de la tal Violeta Santander, la mujer maltratada que, sorprendentemente, se había posicionado a favor de su agresor y no de su salvador.
Pues bien, mirad por dónde, resulta que Jesús Neira consiguió despertar del coma, y a partir de aquí, como es lógico, los medios de comunicación, los políticos y las instituciones se lo empezaron a disputar. Ejerciendo su libre derecho de elección, el hombre accedió a conceder una entrevista en exclusiva a la revista ¡Hola!, por la que es de suponer que se ha embolsado un considerable pastón. Y he aquí el primer síntoma del virus.
Resulta que María Antonia Iglesias se exalta como un pitbull con hemorroides cuando menciona este asunto en un debate televisivo en el que interviene. Pone el grito en el cielo y le reprocha ahora a Neira su afán de notoriedad. Curiosa acusación, si tenemos en cuenta que proviene de una señora que ha participado (cobrando, obviamente) en entrevistas obscenamente remuneradas a personajes como Julián Muñoz o (ojo al dato) ¡la propia Violeta Santander!
Todo suena realmente raro, pero a continuación el equipo de “La teletulia” nos muestra otro corte que aclara por fin las cosas: además de la entrevista en ¡Hola!, parece ser que Neira ha aceptado dirigir un observatorio contra la violencia de género en la Comunidad de Madrid, y eso significa —ay— que le ha dicho que sí a una oferta de… sí, amigos… Esperanza Aguirre, o, lo que es lo mismo, el Partido Popular.
Aclaro, para quien no lo sepa, que María Antonia Iglesias fue directora de los servicios informativos de RTVE durante el mandato de Felipe González, y es, por consiguiente (que diría su ex jefe), acérrima enemiga ideológica de Aguirre y los suyos. Nada que objetar a este respecto, por cierto. Entiendo perfectamente la rivalidad política. Faltaría más.
De hecho, aunque jamás he votado a ningún partido, prefiero que gobierne la izquierda antes que la derecha, sin que esto signifique que decida mis relaciones sociales o valore las cualidades humanas en función de un maniqueísmo pueril basado en el partido al que vote cada cual.
Pero, según parece, Iglesias no comparte mi postura. Ella, que tanto presume de tolerante y defensora de las libertades, vierte afirmaciones como “Todo el que dice que es independiente es de derechas”, que es lo mismo que decir “Todo el que no pertenezca a mi pandilla es mi enemigo”. Un aforismo precioso, lúcido y sutil que Napoleón o Mussolini no hubieran dudado en tatuarse en el pecho si en su época los tatuajes hubieran estado tan de moda como hoy en día.
Así que, por resumir, el héroe se convierte en villano por el simple hecho de aceptar una oferta del partido político rival. Oferta que, dicho sea de paso, parece responder a un proyecto de nobles intenciones, exentas, al menos a priori, de cualquier matiz partidista. ¿O es que la prevención y erradicación de la violencia conyugal es una preocupación exclusiva de la derecha?
(Luego, María Antonia, hija mía, te extrañarás de que los jóvenes pasen cada vez más de la política y no vayan a votar.)
Pues me temo que así será, e irá aún a peor, mientras los supuestos portavoces de las ideas menos radicales demuestren actitudes tan incoherentes con los principios que deberían defender y sigan propagando el virus de la intransigencia y el mal perder, impropio de mentalidades democráticas, y el cual, aunque no sea de origen porcino, consigue otorgarle al debate político el mismo aroma hediondo de una pocilga.

lunes, 4 de mayo de 2009

Que en fax descanse

Hoy voy a rendirle homenaje a uno de los inventos más tristes y menos longevos de la historia, uno de esos aparatos que nacieron con aires de revolución tecnológica y que, en poco tiempo, se vieron relegados a un papel segundón que poco a poco les va conduciendo hacia el absoluto olvido.
El fax apareció un día como alternativa a los medios de comunicación tradicionales, y nosotros, anonadados oficinistas, lo saludamos como si fuera el Mesías.
Traía bajo el brazo la solución a las principales carencias de los sistemas habituales: la inmediatez que no garantizaba el correo postal tradicional, y la posibilidad de cerrar acuerdos o hacer gestiones a distancia aportando evidencias materiales, algo que el teléfono era incapaz de proveer.
Su maquinaria y modo de empleo pueden parecernos rústicos a día de hoy, y eso que, aun en su corta vida, el artilugio ha conocido ciertas mejoras. Porque ahora el fax funciona con folios normales y corrientes, pero los primeros ejemplares se cargaban con unos rollos de papel satinado que emborronaban la tinta si escribías algo encima, y cuyo texto impreso se terminaba difuminando, borrándose por sí solo al cabo del tiempo, como si hubiera sido diseñado por la CIA o por el ayudante científico del agente 007.
Así que, imaginaos; si recibías un fax de catorce o quince páginas, aquello parecía un rollo para empapelar el dormitorio (otro invento que pasó a mejor vida, por cierto, el papel pintado).
La tragedia existencial del fax era fácil de prever, no obstante. Cuando se inventó ya había impresoras para los ordenadores, y aunque el e-mail no era de uso común, ya le echaba su aliento virtual en el cogote.
Ahora existe eso que llaman el burofax, pero es un camelo, porque no deja de ser una forma de correo electrónico (es como decirle a alguien que le mandas una carta por teléfono).
Hay que rendirse a la evidencia. La utilidad del fax ha sido absorbida por la informática. Con una cuenta de e-mail y un escáner o una impresora disponemos ya de todo lo necesario para efectuar cualquier transacción de forma rápida y desde cualquier lugar del planeta.
Es un caso parecido al del contestador automático. También los recordáis, ¿verdad? Aquellos cacharros que eran como un radiocasete de lolailo playero, con una cinta para grabar los mensajes.
Ahora ya vienen incorporados en el teléfono, sea fijo, inalámbrico o portátil. Ya no necesitamos un aparato anexo al que haya que reponerle las cintas o los discos. Es un avance, sin duda. Un progreso para nuestra comodidad, aunque siga habiendo por ahí quien no se entere, a tenor de las musiquillas tocanarices que no dejan de oírse en cines, teatros y demás lugares impropios para la telefonía.
Y nada más. Simplemente se me ha ocurrido escribir esta especie de obituario porque esta mañana, al pasar delante del fax que tenemos en la oficina, he comprobado que el montón de papeles acumulados se acerca peligrosamente al grosor de la guía telefónica. Y así como el correo físico es cada vez más un monográfico de facturas y publicidad, me temo que las noticias escupidas por el fax ya no nos interesan nada, y cualquier día no veremos ni siquiera el propio aparato, sepultado bajo una pila de documentos hijos de nuestra indiferencia y posterior olvido.
Descanse en paz.