miércoles, 29 de abril de 2009

Que gane el mejor

Parece que el partido ya ha terminado, pero no es así. Estamos todos en el vestuario, en pelota viva, berreando como puercos borrachos y haciéndonos bromas de colegio mayor, echándonos agua y usando las camisetas como banderas y también como improvisados látigos que azotan nuestros culos y genitales.
Así son normalmente las celebraciones, es verdad, lo que ocurre es que nosotros aún no hemos ganado matemáticamente nada. Todo este jolgorio lo estamos montando en el descanso, así que aún nos resta jugar el segundo tiempo.
Pero cómo no enloquecer con la primera parte de ensueño que le hemos regalado a la afición. En el minuto 23 ya íbamos cuatro a cero. El quinto ha llegado a falta de un minuto para el final, como una puntilla torera.
Quedan 45 minutos más, y el partido de vuelta en nuestro estadio. Quizá no deberíamos estar festejando la victoria tan prematuramente, por eso del respeto al rival y todo ese falso código de honor de los deportistas, del que sólo nos acordamos cuando perdemos.
El entrenador acaba de aparecer en el vestuario. Nos disponemos a alzarlo entre todos sobre nuestros hombros y darle una especie de paseíllo triunfal. Observamos su rostro y entonces la algarabía cesa. Nos quedamos parados y mudos. Hay algo en su cara que demanda prudencia. Disgusto, diría yo.
Creemos que nos va a decir algo, pero no es él quien abre la boca. A su espalda, un hombre al que no hemos visto nunca, un intruso con un traje de tres mil euros en un lugar donde huele a sudor y el chándal es la prenda más elegante, un tipo inquietante y agorero, se dirige a nosotros con un aire de paternal superioridad para fastidiarnos la juerga:
“Muy bien, chicos, os felicito. En serio. Hacía años que no veía nada igual. Desde los tiempos… qué sé yo… de Maradona, por lo menos. Eso lo primero. Vaya por delante mi felicitación”.
Desvío la vista con disimulo hacia el míster. Tiene la mirada sumergida en la inmensidad cósmica. El hombre del traje continúa su discurso:
“Veréis, muchachos. Me llamo Conrado Torrecilla. Sé que mi nombre no os dice nada, pero gracias a mí y a mi equipo vosotros, vuestras familias y medio país disfruta a diario de sus programas de televisión favoritos. Nuestro grupo de comunicación posee los derechos de retransmisión del campeonato nacional y de la máxima competición europea, ésta que estáis a punto de conquistar, porque es evidente que el partido de vuelta será un mero trámite y llegaréis a la final sin problemas. Bien, aquí es donde quería llegar. Veréis. Si ahora salís al campo y volvéis dar un recital como el del primer tiempo, ya sabéis qué ocurrirá, ¿verdad? Claro que sí. ¿No? Os lo diré. Ocurrirá que el partido de vuelta no lo verán ni los pordioseros que se amorran a los escaparates de las tiendas de electrodomésticos. Eso pasará. Evidentemente, no os voy a pedir que os dejéis ganar. Por favor. Eso nunca. Pero, mirad. Basta con que hoy os marquen un par de goles. Ya está. Un cinco a dos es un resultado más que holgado como para que la semana que viene saltéis al terreno de juego confiados y tranquilos. Si por mí fuera, incluso os pediría que os dejaseis marcar un tercero, pero entiendo que no queráis tensar tanto la cuerda. Un cinco a dos está bien. Es suficiente para que el encuentro de vuelta tenga la audiencia suficiente y todos salgamos ganando. He dicho bien. Todos. Y no me refiero sólo a ganar en términos deportivos. Conozco bien a vuestro presidente y sé que es un hombre cercano y transparente. Estoy convencido de que os ha hablado más de una vez de la importancia que tienen los derechos de televisión en vuestras fichas y contratos. Por no hablar de las primas, esas que seguro recibiréis en breve, porque sois unos auténticos campeones”.
Nadie dijo nada. El entrenador parecía haber vuelto a esta dimensión, aunque sus ojos eran ahora un poema de vulgaridad lacrimógena.“Pues nada más, chicos”, añadió Conrado Torrecilla. “¡A por ellos!”

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Vale me quedo más tranquila, así que el Barça al final ganará no????
el empate a 0 de ayer fue una estrategia.....uffff, qué alivio, ja,ja,ja. Muy bueno.
saludos.
A.

On the road dijo...

No sé por qué me da en la nariz que si voy a una casa de apuestas y me la juego a un 5-2 me voy a sacar una pasta. Así es la vida, imprevisible :)

El último peatón dijo...

Ya lo sabéis, amigos. Antes de hacer la quiniela o jugar a la porra de la oficina, pensad en los que realmente hacen caja con el asunto...

Abrazos.