miércoles, 1 de abril de 2009

Leyenda del poeta integral

La leyenda de Arcadio Fontenebros no se forjó precisamente al amparo de una densa y prolija obra literaria. Si por algo su nombre aparece junto a la palabra “poeta” en enciclopedias y libros de texto escolares es debido a su empecinado objetivo de ser reconocido en vida y recordado para la posteridad como un maldito.
El malditismo para Fontenebros no fue nunca una injusticia de la que lamentarse. Para él suponía una declaración de principios, una manera de definir su integridad artística y la única meta digna de aspiración.
Arrogancia e ingenuidad convivían en esta pose que, sin embargo, Fontenebros alardeó como única enseña distintiva de su oficio poético, pues en verdad nadie leyó ni oyó jamás verso alguno salido de su pluma o sus labios.
Y es que su radicalidad respecto al malditismo sobrepasó incluso la más común de las posturas entre el gremio de los rapsodas, la de renegar de esa veleidad burguesa conocida como mundo editorial. Es cierto que nunca publicó poema alguno. Pero es que ni siquiera llegó a escribirlo. Ni una estrofa, ni un simple verso.
Es indudable por ello el mérito contraído por Fontenebros, que fue capaz de ejercer de poeta sin pruebas palpables que lo reivindicaran y obteniendo el reconocimiento —al menos aparente— de sus semejantes.
Quienes lo conocieron afirman que para él la palabra poeta definía una elevada filosofía de vida y no algo tan prosaico como la descripción de una actividad profesional.
Siempre echó pestes de los autores que publicaban libros, ganaban premios, atendían a los medios de comunicación y leían manifiestos a la multitud. Su hábitat, por el contrario, fueron los cafés y las casas en las que era bienvenido para unirse a una tertulia o declamar sus enfáticos monólogos.
Fue capaz de resistir incluso ante quienes le reprocharon su objeción a las letras como si fuese un traidor, pues si la misión del poeta era, como casi todos sostenían, explicar la belleza del universo, el guardarse su talento para sí suponía una clara muestra de insolidaridad y egoísmo.
Fontenebros siempre se defendió alegando que el don de la sensibilidad lírica estaba por encima de cualquier forma material pergeñada por un simple mortal. Él había elegido emplear su don para mirar la vida a través del mismo, y no para tratar de explicarla con emperifolladas metáforas y retóricos adornos.
A nadie le extrañó, pues, la manera drástica con que Arcadio Fontenebros puso fin a su vida. El día de su trigésimo cumpleaños se lanzó completamente desnudo desde el viaducto, estampando así contra el pavimento la rúbrica póstuma anhelada por cualquier maldito. La muerte prematura era un salvoconducto incuestionable para abrazar la maldición eterna, y el suicidio era sin duda la forma más poética de abandonar este mundo. La única.
Antes de fallecer, eso sí, se concedió un ápice de debilidad en deferencia a la que iba a ser su inminente viuda. A ella le dejó escrita una breve nota en la que ordenaba ser enterrado junto a un misterioso tesoro de cuya existencia sólo él tuvo conocimiento hasta entonces. Nada menos que una especie de dietario en el que, años atrás, había manuscrito un par de versos, o, lo que es lo mismo, la prueba de que tal vez su aireado ostracismo no fuese un exilio voluntario sino la consecuencia de un frustrado intento de ser un poeta como los demás.
Su esposa no sucumbió a las tentaciones lucrativas de la gloria postrera, pese a que abundaban golosos antecedentes en la historia de la literatura, y respetó la consigna de su malogrado marido. Sin embargo, casi cuarenta años después, con la mujer merodeando los arrabales de un irreversible declive senil, un avispado reportero fue capaz de sondear su debilidad y extraerle gratuitamente la confesión por la que tantos hubieran pagado millones.
A partir de aquí, es de sobra conocida la batalla legal mantenida entre el ayuntamiento de la ciudad natal del poeta, las instituciones culturales del gobierno, las fundaciones sin ánimo de lucro y los diversos colectivos del entorno literario, todos ellos convertidos súbitamente en paladines de la memoria de Arcadio Fontenebros.
Entre todos los implicados se llegó finalmente al acuerdo de rescatar la misteriosa obra perdida y donarla posteriormente a la Biblioteca Nacional, donde quedaría custodiada y sujeta a un compromiso que permitía su exposición en ocasiones señaladas, tales como efemérides culturales u otras celebraciones populares.
El 23 de abril de 1994, en el Cementerio de La Almudena, se procedió a la exhumación de los restos de Arcadio Fontenebros como momento álgido de un acto donde la pompa intelectual se impuso a la fúnebre gracias a la presencia de un centenar de autoridades del mundo de las letras y el arte en general, así como de cargos políticos de todos los grupos parlamentarios, que hicieron compañía a la compungida y cada vez más desorientada viuda.
El interior del ataúd, como era de esperar, mostró a la circunspecta concurrencia una dantesca amalgama de jirones enmohecidos y polvo orgánico. Uno de los funcionarios tuvo que revolver entre los restos hasta encontrar el dietario. Las tapas de piel se conservaban bastante bien, y aunque las páginas estaban abombadas y se adivinaban más cerca del marrón que del blanco, enseguida se supo que fuera lo que fuese que hubiera allí escrito, la humanidad entera estaba a punto de asistir a su revelación.
El alcalde fue quien tuvo el honor de hojear aquel cuaderno mugriento y cadavérico. El primer repaso despertó al fantasma de la decepción, pero al segundo intento su vista se detuvo por fin en la página dos. La tinta, por fortuna, seguía aferrada con más enjundia que nitidez a aquel papel ultraterreno, y de esta manera, sin más dilación, el excelentísimo amo de la ciudad se acercó al micrófono instalado en su atril y leyó en voz alta los anhelados versos:

Digan lo que digan,
los pelos del culo abrigan


Cuentan los presentes que, tras las palabras del alcalde, se escuchó un “¡Sublime!” y algún que otro “¡Genial!” (tal vez también algún tímido “¡Excelente!”), pero en lo que coinciden unánimemente las crónicas de la época es en señalar que lo que prevaleció fue el silencio, glacial y opresivo; un silencio sarcástico y bochornoso.

4 comentarios:

Palimp dijo...

Bonito y verdadero ¿Se le puede pedir más a un poema?

Grande Fontenebros, ya era hora de que alguien recuperara su memoria.

El último peatón dijo...

Es lo que suele pasar con los genios, que nunca son reconocidos en su tiempo.
Incluso hay quien sospecha que la imprescindible "Tiene nombres mil, el miembro viril", de Leonardo Dantés, podría ser un plagio de otra obra inédita de Fontenebros.

Palimp dijo...

Algo se comenta en los mentideros literarios, aunque yo nunca he estado de acuerdo. Fontenebros nunca hubiera utilizado un esquema de dos hexasilabos. Por mucho que lo defienda Rico, Fontenebros se revolvería en su tumba si lo supiera.

El último peatón dijo...

Hay otro detalle que pone en duda dicha teoría. Si atendemos a la obra de Fontenebros en su conjunto (es decir, el pareado "Digan lo que digan, los pelos del culo abrigan"), vemos que el poeta elude el uso de eufemismos como "pompis", "posaderas" o "trasero".
Así pues, es improbable que utilizara una expresión melindrosa como "miembro viril".
Él hubiera escrito algo como:

"Tiene la polla del hombre
muchos más de mil nombres"