viernes, 24 de abril de 2009

La sangre de los púberes

Qué pocas veces pasa y qué bien sienta cuando una película se te revela por encima de las expectativas, aun siendo éstas ya de por sí optimistas.
Y qué pena que algunas de estas obras tengan que sufrir el estigma de su origen (nórdico, en este caso) y se vean condenadas a una distribución rácana y casi clandestina.
Puede que me equivoque, no obstante, y asistamos a un fenómeno ya repetido en ocasiones anteriores con filmes como Tesis o REC. Porque de lo que no me cabe ninguna duda es de que Déjame entrar posee el carisma de las películas que terminan haciéndose acreedoras de los típicos calificativos (de culto, imprescindible, paradigmática, rompedora) que tanto gustan a los críticos y cinéfilos, y que suelen asegurar un hueco en las futuras listas de clásicos.
Hoy en día, el género de terror está enfermo de remakes pasteurizados, culebrones juveniles y refritos orientales. Parece existir un empeño excesivo en la búsqueda de una estética de lo terrorífico basada en la acumulación embarullada y vertiginosa de estampas ligeramente oníricas y tremendamente ruidosas. Un recurso éste que, más que miedo, me produce la agotadora sensación de estar ante una versión comprimida de un festival publicitario de anuncios de colonia.
Aquí es donde Déjame entrar empieza a desmarcarse de la mediocridad reinante. Estamos ante una película perfectamente filmada, narrada, montada e interpretada. La calidad de estos aspectos trasciende el propio género (me refiero a que no sólo está bien hecha “para ser una de terror”), condenado por sistema e injustamente a un estamento inferior de la jerarquía cinematográfica.
Tomas Alfredson demuestra que para crear una obra genial no es estrictamente necesario basarse en hechos reales, denunciar las injusticias del mundo globalizado o reproducir las vidas de personajes históricos. El cine de autor también puede ser de género, por si alguien todavía lo dudaba.
La premisa de la que parte Déjame entrar es, dato curioso, prácticamente calcada a la de Cobardes, de Corbacho y Cruz. Pero allí donde el dúo de Hospiwood optaba por la fábula costumbrista, el sueco apuesta valientemente por el cuento macabro. Aquí está el primer punto de originalidad. El excelente partido que el director saca de una historia tan sencilla y manida como la del adolescente inadaptado al que todos sus compañeros de clase putean y amedrentan. No voy a contar mucho más sobre la trama porque el factor sorpresa en fundamental para disfrutar de la película como se merece. Sólo diré que pocas veces he visto un sentido de la proporción tan justamente aplicado, y esto se nota tanto en el clima de tensión permanente como en los puntuales golpes de efecto.
Alfredson tiene la habilidad de mantener viva una historia de terror sobrenatural sin que el espectador abandone nunca el contexto de la realidad más cotidiana. Sabemos que lo que pasa no es posible, pero al mismo tiempo resulta milagrosamente verosímil, y por eso el resultado es tan eficaz como espeluznante.
Déjame entrar contiene al menos cuatro o cinco imágenes de esas que se quedan grabadas como cromos virtuales en la memoria: el primer ataque desde el puente, la escena de la mujer en la habitación de hospital, el último encuentro entre el padre y la hija, las consecuencias de entrar en la habitación sin permiso, y, por supuesto, la secuencia final de la piscina, ejemplo perfecto de la fórmula clásica de los maestros del género, donde lo sugerido y lo explícito conviven en sus respectivas óptimas medidas (por nombrar dos antecedentes de peso, ahí están Tiburón y La semilla del diablo; en la primera, no hay ni una sola escena en la que veamos al escualo de cuerpo entero, y en la segunda jamás se nos muestra el rostro de la criatura maligna, pero ambas están rodadas con tanto acierto que al final el espectador se va a casa con el lote completo de imágenes, incluidas las que nunca ha visto).
Así pues, estamos ante un espectáculo de gran poderío visual. No es cine gore, ni tampoco la clásica historia de vampiros y brujas. Hay algo de cuento moderno a lo Hard candy (David Slade), pero diría que el estilo de Alfredson se asemeja más al de otros nuevos valores del cine europeo, como el rumano Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas, 2 días) o el italiano Paolo Sorrentino (Las consecuencias del amor, Il divo), capaces de mantener las constantes cualitativas del cine de autor sin menoscabo de provocar una atracción irresistible hacia lo que se plasma en la pantalla.
En cuanto al tratamiento de la violencia y el horror explícito, me ha recordado a la reivindicable Henry, retrato de un asesino (John McNaughton), donde los estragos criminales se presentaban de forma desnuda y sin artificios, con un realismo casi documental, y en este punto es inevitable también la referencia al austriaco Michael Haneke, quien revolucionó el género en su primera versión de Funny Games, olvidándose de monstruos o fantasmas y trayéndonos el infierno al salón de nuestra propia casa.
De Haneke, asimismo, Alfredson parece haber heredado la habilidad para explotar las posibilidades narrativas del plano fijo (atentos a la parte derecha de la pantalla en la secuencia de la fachada del hospital, cuando la enfermera sale en busca de la niña), un hecho éste que pone de manifiesto la diferencia tan grande que puede haber entre ver una película en la gran pantalla o hacerlo directamente por la televisión.
Todo funciona. Todo encaja. Seguro que no tardaré en volver a verla.

4 comentarios:

On the road dijo...

Hola. Yo la vi ayer y me encantó. Sin duda es mucho más que "una de terror". Como tú explicas, es genial lo verosímil que resulta, y la manera tan poco estilizada en que muestra la violencia (a mí también me recordó a "Henry"). Impresiona la tristeza que la niña transmite. Y qué bueno cuando el padre dice: "¿Qué otra cosa puedo hacer?".

malditas musas dijo...

La apunto.

;)
bss!

El último peatón dijo...

Entre tanta crisis financiara, gripe del puerco y demás desgracias y pandemias, da gusto pasar un poco de miedo cinematográfico de vez en cuando, ¿eh?

Abrazos a los dos.

NeverMore dijo...

Me gustaría volver a verla otra vez en el cine. Bocado exquisito en el que hay alguna escena que permanece indeleble en mi memoria como la del primer asesinato en el bosque helado. Lo dicho: he de volver a verla en EL CINE.
On the road, creo que no es el padre, sino un protector/seducido como lo que llegará a ser en el futuro el chico.