miércoles, 29 de abril de 2009

Que gane el mejor

Parece que el partido ya ha terminado, pero no es así. Estamos todos en el vestuario, en pelota viva, berreando como puercos borrachos y haciéndonos bromas de colegio mayor, echándonos agua y usando las camisetas como banderas y también como improvisados látigos que azotan nuestros culos y genitales.
Así son normalmente las celebraciones, es verdad, lo que ocurre es que nosotros aún no hemos ganado matemáticamente nada. Todo este jolgorio lo estamos montando en el descanso, así que aún nos resta jugar el segundo tiempo.
Pero cómo no enloquecer con la primera parte de ensueño que le hemos regalado a la afición. En el minuto 23 ya íbamos cuatro a cero. El quinto ha llegado a falta de un minuto para el final, como una puntilla torera.
Quedan 45 minutos más, y el partido de vuelta en nuestro estadio. Quizá no deberíamos estar festejando la victoria tan prematuramente, por eso del respeto al rival y todo ese falso código de honor de los deportistas, del que sólo nos acordamos cuando perdemos.
El entrenador acaba de aparecer en el vestuario. Nos disponemos a alzarlo entre todos sobre nuestros hombros y darle una especie de paseíllo triunfal. Observamos su rostro y entonces la algarabía cesa. Nos quedamos parados y mudos. Hay algo en su cara que demanda prudencia. Disgusto, diría yo.
Creemos que nos va a decir algo, pero no es él quien abre la boca. A su espalda, un hombre al que no hemos visto nunca, un intruso con un traje de tres mil euros en un lugar donde huele a sudor y el chándal es la prenda más elegante, un tipo inquietante y agorero, se dirige a nosotros con un aire de paternal superioridad para fastidiarnos la juerga:
“Muy bien, chicos, os felicito. En serio. Hacía años que no veía nada igual. Desde los tiempos… qué sé yo… de Maradona, por lo menos. Eso lo primero. Vaya por delante mi felicitación”.
Desvío la vista con disimulo hacia el míster. Tiene la mirada sumergida en la inmensidad cósmica. El hombre del traje continúa su discurso:
“Veréis, muchachos. Me llamo Conrado Torrecilla. Sé que mi nombre no os dice nada, pero gracias a mí y a mi equipo vosotros, vuestras familias y medio país disfruta a diario de sus programas de televisión favoritos. Nuestro grupo de comunicación posee los derechos de retransmisión del campeonato nacional y de la máxima competición europea, ésta que estáis a punto de conquistar, porque es evidente que el partido de vuelta será un mero trámite y llegaréis a la final sin problemas. Bien, aquí es donde quería llegar. Veréis. Si ahora salís al campo y volvéis dar un recital como el del primer tiempo, ya sabéis qué ocurrirá, ¿verdad? Claro que sí. ¿No? Os lo diré. Ocurrirá que el partido de vuelta no lo verán ni los pordioseros que se amorran a los escaparates de las tiendas de electrodomésticos. Eso pasará. Evidentemente, no os voy a pedir que os dejéis ganar. Por favor. Eso nunca. Pero, mirad. Basta con que hoy os marquen un par de goles. Ya está. Un cinco a dos es un resultado más que holgado como para que la semana que viene saltéis al terreno de juego confiados y tranquilos. Si por mí fuera, incluso os pediría que os dejaseis marcar un tercero, pero entiendo que no queráis tensar tanto la cuerda. Un cinco a dos está bien. Es suficiente para que el encuentro de vuelta tenga la audiencia suficiente y todos salgamos ganando. He dicho bien. Todos. Y no me refiero sólo a ganar en términos deportivos. Conozco bien a vuestro presidente y sé que es un hombre cercano y transparente. Estoy convencido de que os ha hablado más de una vez de la importancia que tienen los derechos de televisión en vuestras fichas y contratos. Por no hablar de las primas, esas que seguro recibiréis en breve, porque sois unos auténticos campeones”.
Nadie dijo nada. El entrenador parecía haber vuelto a esta dimensión, aunque sus ojos eran ahora un poema de vulgaridad lacrimógena.“Pues nada más, chicos”, añadió Conrado Torrecilla. “¡A por ellos!”

viernes, 24 de abril de 2009

La sangre de los púberes

Qué pocas veces pasa y qué bien sienta cuando una película se te revela por encima de las expectativas, aun siendo éstas ya de por sí optimistas.
Y qué pena que algunas de estas obras tengan que sufrir el estigma de su origen (nórdico, en este caso) y se vean condenadas a una distribución rácana y casi clandestina.
Puede que me equivoque, no obstante, y asistamos a un fenómeno ya repetido en ocasiones anteriores con filmes como Tesis o REC. Porque de lo que no me cabe ninguna duda es de que Déjame entrar posee el carisma de las películas que terminan haciéndose acreedoras de los típicos calificativos (de culto, imprescindible, paradigmática, rompedora) que tanto gustan a los críticos y cinéfilos, y que suelen asegurar un hueco en las futuras listas de clásicos.
Hoy en día, el género de terror está enfermo de remakes pasteurizados, culebrones juveniles y refritos orientales. Parece existir un empeño excesivo en la búsqueda de una estética de lo terrorífico basada en la acumulación embarullada y vertiginosa de estampas ligeramente oníricas y tremendamente ruidosas. Un recurso éste que, más que miedo, me produce la agotadora sensación de estar ante una versión comprimida de un festival publicitario de anuncios de colonia.
Aquí es donde Déjame entrar empieza a desmarcarse de la mediocridad reinante. Estamos ante una película perfectamente filmada, narrada, montada e interpretada. La calidad de estos aspectos trasciende el propio género (me refiero a que no sólo está bien hecha “para ser una de terror”), condenado por sistema e injustamente a un estamento inferior de la jerarquía cinematográfica.
Tomas Alfredson demuestra que para crear una obra genial no es estrictamente necesario basarse en hechos reales, denunciar las injusticias del mundo globalizado o reproducir las vidas de personajes históricos. El cine de autor también puede ser de género, por si alguien todavía lo dudaba.
La premisa de la que parte Déjame entrar es, dato curioso, prácticamente calcada a la de Cobardes, de Corbacho y Cruz. Pero allí donde el dúo de Hospiwood optaba por la fábula costumbrista, el sueco apuesta valientemente por el cuento macabro. Aquí está el primer punto de originalidad. El excelente partido que el director saca de una historia tan sencilla y manida como la del adolescente inadaptado al que todos sus compañeros de clase putean y amedrentan. No voy a contar mucho más sobre la trama porque el factor sorpresa en fundamental para disfrutar de la película como se merece. Sólo diré que pocas veces he visto un sentido de la proporción tan justamente aplicado, y esto se nota tanto en el clima de tensión permanente como en los puntuales golpes de efecto.
Alfredson tiene la habilidad de mantener viva una historia de terror sobrenatural sin que el espectador abandone nunca el contexto de la realidad más cotidiana. Sabemos que lo que pasa no es posible, pero al mismo tiempo resulta milagrosamente verosímil, y por eso el resultado es tan eficaz como espeluznante.
Déjame entrar contiene al menos cuatro o cinco imágenes de esas que se quedan grabadas como cromos virtuales en la memoria: el primer ataque desde el puente, la escena de la mujer en la habitación de hospital, el último encuentro entre el padre y la hija, las consecuencias de entrar en la habitación sin permiso, y, por supuesto, la secuencia final de la piscina, ejemplo perfecto de la fórmula clásica de los maestros del género, donde lo sugerido y lo explícito conviven en sus respectivas óptimas medidas (por nombrar dos antecedentes de peso, ahí están Tiburón y La semilla del diablo; en la primera, no hay ni una sola escena en la que veamos al escualo de cuerpo entero, y en la segunda jamás se nos muestra el rostro de la criatura maligna, pero ambas están rodadas con tanto acierto que al final el espectador se va a casa con el lote completo de imágenes, incluidas las que nunca ha visto).
Así pues, estamos ante un espectáculo de gran poderío visual. No es cine gore, ni tampoco la clásica historia de vampiros y brujas. Hay algo de cuento moderno a lo Hard candy (David Slade), pero diría que el estilo de Alfredson se asemeja más al de otros nuevos valores del cine europeo, como el rumano Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas, 2 días) o el italiano Paolo Sorrentino (Las consecuencias del amor, Il divo), capaces de mantener las constantes cualitativas del cine de autor sin menoscabo de provocar una atracción irresistible hacia lo que se plasma en la pantalla.
En cuanto al tratamiento de la violencia y el horror explícito, me ha recordado a la reivindicable Henry, retrato de un asesino (John McNaughton), donde los estragos criminales se presentaban de forma desnuda y sin artificios, con un realismo casi documental, y en este punto es inevitable también la referencia al austriaco Michael Haneke, quien revolucionó el género en su primera versión de Funny Games, olvidándose de monstruos o fantasmas y trayéndonos el infierno al salón de nuestra propia casa.
De Haneke, asimismo, Alfredson parece haber heredado la habilidad para explotar las posibilidades narrativas del plano fijo (atentos a la parte derecha de la pantalla en la secuencia de la fachada del hospital, cuando la enfermera sale en busca de la niña), un hecho éste que pone de manifiesto la diferencia tan grande que puede haber entre ver una película en la gran pantalla o hacerlo directamente por la televisión.
Todo funciona. Todo encaja. Seguro que no tardaré en volver a verla.

lunes, 20 de abril de 2009

Evocación

Me suena haber escrito por ahí alguna vez que, en mi opinión, la música es, de todas las artes, la que mejor conecta con nuestros sentimientos.
Por supuesto que hay infinidad de películas y libros que me emocionan (he oído decir a algunas personas que se han emocionado con la contemplación de un cuadro; me temo que mi sensibilidad no alcanza para tanto), pero para que un cineasta o un escritor consiga ponerme el vello de punta, la piel de gallina o llegar a empañar mis ojos, necesariamente su obra debe pasar antes por un filtro racional que, por muy automático y espontáneo que sea, establece una correspondencia directa entre la calidad de lo que leo o contemplo y los sentimientos provocados.
Dicho de otra manera: una obra que considere objetivamente mala nunca poseerá la capacidad suficiente para emocionarme.
Con la música no sucede así, en mi caso. Para empezar, porque soy un auténtico lerdo en lo que se refiere a solfeo, partituras y composición en general. Aunque lo más importante es que, independientemente del grado de cultura sinfónica que uno atesore, el milagro de la música está al alcance de cualquiera, ya que su poder de seducción no depende (no tanto, al menos) de su nivel de elaboración o genialidad.
Admito que yo sí podría emocionarme con una canción que, en términos de crítico musical especializado, pudiera considerarse “mala”. Una melodía simple posee la misma capacidad potencial de provocar el nudo en la garganta que una sublime composición, ya que, tal como yo lo veo, nuestra respuesta sentimental a la música es instintiva e irracional, es el reflejo improvisado a un estímulo abstracto.
Vale que esto no es exactamente así si hablamos de canciones interpretadas en un idioma que conozcamos, ya que en ese caso el contenido de la letra influirá sin duda en la percepción global de lo escuchado. Sin embargo, para mí sigue siendo mucho más importante el elemento musical propiamente dicho. No sólo se emociona en la ópera el que entiende lo que cantan los tenores, sopranos o barítonos, por no hablar de los clásicos (Mozart, Bach, Haendel, Beethoven, etc.), las bandas sonoras cinematográficas y demás piezas totalmente instrumentales. Y, cómo no, la cantidad de música cantada en inglés que nos hemos hartado de oír los ibéricos de mi generación cuando no teníamos ni pajolera idea de la lengua de Shakespeare (me da la impresión de que los jóvenes de hoy están más preparados en esta materia).
Otro factor que refuerza el legendario poderío de la música para conmovernos y estimularnos es su probada eficacia en el terreno de la evocación. La asociación de melodías con momentos o recuerdos de nuestra vida es algo tan sencillo como inevitable. La memoria de la música no requiere el más mínimo esfuerzo; basta a veces con escuchar un par de compases para que reaparezca súbitamente una vivencia, una persona, un sentimiento, una época o toda una existencia.
Hoy os hablo sobre esto porque, como tantos de mis coetáneos, me encuentro en plena etapa de reciclaje y conversión de mi querida colección discográfica (en vinilos y casetes, la mayor parte), con el fin de poder seguir disfrutándola en los nuevos soportes de reproducción.
Ahora mismo estoy con una banda de los 70, Supertramp, cuyos años dorados quedan muy atrás y que tal vez haya salido a colación últimamente en algún medio debido a que, según parece, es el grupo favorito del presidente Zapatero.
Supertramp nació en el auge de aquella tendencia hoy trasnochada que se denominó rock sinfónico. Puede que sea una música que a día de hoy suene anacrónica e ingenuamente pomposa en más de una ocasión. Da igual.
Después de algún tiempo, ayer he vuelto a escuchar el tema Give a little bit y me ha dejado blandito y empalagoso como un sobao pasiego mojado en chocolate caliente. Nunca me he molestado en intentar traducir la letra de la canción. Puede que no sea más que una trova convencional o una simpleza inconmensurable. ¿Y qué? Para mí es un temazo porque, ha sido reencontrarme con aquellos primeros compases de guitarra acústica acompañados de los aullidos quejumbrosos de Roger Hodgson, y trasladarme automáticamente a una tarde cualquiera de un día laborable, con mis dos hermanos, los tres encerrados en una habitación y alrededor de la radio, poniéndonos al día de los éxitos musicales del momentos poco antes de que empezara la retransmisión de algún partido de la Copa de Europa. Por sobado y sensiblero que suene, se trata de un recuerdo entrañable, y el hecho de que esa canción me lo haya rescatado ya vale una fortuna.
Give a little bit pertenece al álbum Even in the quietest moments, de 1977. Poco después iría descubriendo los trabajos anteriores de la banda (Crime of the century, de 1974; Crisis, what crisis?, de 1975, más otros dos primeros discos menos interesantes), hasta que en 1979, con Breakfast en America, alcanzaron la cima de su éxito.
Sé que cuando llegue a Paris, el disco grabado en vivo de 1980, me tocará lidiar con episodios de la agitada adolescencia y algunos de mis primeros flirteos escolares. Espero salir ileso del trance.

viernes, 17 de abril de 2009

El peatón en el cuchitril


La vida real de un libro es, por norma, incalculablemente extensa, alcanzando incluso la eternidad en el caso de los más grandes.

Sin embargo, la vida pública, por así decirlo, de una obra literaria cualquiera (incluidas algunas escritas por los autores más consagrados) es normalmente efímera. Cosas del negocio.

Por ello, para los autores más modestos es siempre gratificante que existan impagables aliados capaces de prolongar la esperanza de vida pública de un libro destinado, en principio, a envejecer prematuramente.

Bolero envenenado cumplió hace poco un año y medio, una edad más que justificada en estos tiempos de consumo fastuoso para haber sido ya borrada del mapa mediático. Y, bueno, ahí seguimos.

A la conquista de mi territorio talaverano natal, he de unirle ahora el placer de que mi novela haya sido reseñada en Cuchitril Literario, bitácora señera e insaciablemente bibliófila, que acaba de cumplir un ciberlustro y mantiene una salud de hierro.

Si tenéis cualquier tipo de duda, curiosidad o necesidad relacionada con un libro, os invito a haceros asiduos visitantes del cuchitril particular del amigo Palimp, a quien desde aquí agradezco el detalle de haber leído el libro y comentarlo para su público internauta, el cual me consta que es ciertamente numeroso.

martes, 14 de abril de 2009

Letras grandes para hombres pequeños

Vamos a hacer un ejercicio de análisis periodístico a raíz de una noticia que conservo en mi galería de recortes curiosos.
El titular reza como sigue: “Un artista enano ingresa con el pene pegado a una aspiradora”.
Semejante encabezamiento provoca que uno no tenga más remedio que seguir leyendo. Bueno, al menos a mí me ocurrió.
De entrada, si lo pensamos fríamente, el suceso no es exactamente cómico (menuda putada, con perdón, que se le quede a uno el miembro atrapado de esa guisa), pero contiene un par de elementos que le otorgan ese aire, como mínimo, esperpéntico.
Os resumo el contenido de la historia.
El rocambolesco accidente se produjo en Edimburgo, mientras Daniel Blackner, conocido como “Capitán Dan, el enano demoníaco”, artista del Circo del Horror (las credenciales no tienen desperdicio, como veis), preparaba un espectáculo en el que debía atravesar el escenario con su pene dentro de un tubo de aspiradora.
El dispositivo que unía el aparato con el órgano sexual se soltó y a este individuo no se le ocurrió mejor idea que intentar repararlo con un pegamento extra fuerte. Blackner dejó secar el pegamento durante 20 segundos, en lugar de los 20 minutos recomendados. Como el pegamento aún no se había secado cuando salió al escenario, su pene, como ya sabemos, se adhirió al aparato.
El artista enano tuvo que ser llevado de urgencia a un hospital de Edimburgo, donde pudieron liberar su órgano sexual después de una hora de cirugía circense de emergencia.
Tras el embrollo, el “enano demoníaco” declaró: "Me encontré pegado a una aspiradora, sobre una silla de ruedas", y añadió: “Ha sido el momento más molesto de mi vida. Habría querido que se me tragara la tierra. Felizmente, se ocuparon de mí rápidamente y la molestia fue de corta duración”.
Lo primero que yo me pregunto es si era realmente necesario especificar en el titular que el señor es enano. Lo digo porque, en este caso, nos aporta lo mismo que si nos dijeran que era rubio, judío, remolcador de grúas o asmático.
Pero, claro, si lo que buscamos con la noticia no es informar, sino más bien estimular el cachondeo del lector, por descontado que el detalle del enanismo le da el toque grotesco indispensable.
Tampoco es que haya que ocultarlo, más aún cuando uno deduce que el excéntrico oficio con el que este hombre se gana la vida probablemente sea una consecuencia de su malformación orgánica.
Ahora bien, no veo la necesidad de incluirlo en el titular, entre otras cosas porque escribiendo simplemente que un tipo ha ingresado en un hospital con el pene pegado a una aspiradora nuestra curiosidad morbosa estaría más que ganada.
Supongo que en las escuelas y facultades de periodismo siguen explicando aquello de que “Perro muerde a hombre no es noticia, pero hombre muerde a perro sí lo es”.
A lo mejor lo que pasa ahora es que han cambiado el aforismo, y lo han adaptado a los nuevos tiempos como “Hombre tarado muerde a perro sarnoso”, o algo todavía peor.

jueves, 9 de abril de 2009

Los tres peores inventos de la Historia de la Humanidad

Revolviendo entre viejos cuadernos y papeles me he reencontrado con una encuesta casera que hice en mis años de estudiante de periodismo, y cuya premisa era elegir los tres peores inventos de la Historia de la Humanidad. Me ha sorprendido mucho volver a reparar en el resultado, y no sólo por la clasificación resultante, sino por lo singular de las sugerencias recibidas.
De entrada, no todo el mundo pareció entender el significado de la palabra “invento”. Así, en las votaciones aparecen desde elevados conceptos como la política (una de las más votadas, por cierto), la religión (otro de los favoritos del público) o el racismo (cómo no), hasta nimiedades como los secadores de manos de los lavabos públicos o la primera rebanada del pan de molde.
No les faltaba razón a estos últimos, si bien el objetivo de la encuesta iba por otros derroteros. O eso creo.
Tampoco quedaba muy claro si el calificativo “peor” se aplicaba por inútil o por nefasto, si por fracasado o por perjudicial.
De esta manera, el podio lo formaban, en orden ascendente, la televisión, las armas y el despertador.
En la victoria del despertador hay un cierto atisbo de poesía libertaria, de rebelión contra la esclavitud del trabajo, un canto al libre albedrío. No vale para nada, ya, pero es bonito pensarlo de vez en cuando.
En cuanto a la elección de la televisión como uno de los tres finalistas, sinceramente, siempre me parecerá pura pose. El televisor, como aparato, y la televisión, como medio de comunicación, son dos inventos geniales y utilísimos. Si no nos gusta la programación que emiten o si alguien los usa sólo para enriquecerse sin dar nada a cambio, la culpa no la tiene el inventor.
Lo de las armas estaría a caballo entre la pose para quedar bien de quienes eligieron la televisión y la utópica sensibilidad de quienes apostaron por denostar el despertador.
Lo que de verdad me asombra es que nadie mencionara el dinero como invento culpable de todos los males de este mundo. De hecho, el vil metal está detrás del perfeccionamiento inhumano de las armas y de la execrable justificación de su uso, y también de la degradación a la que se han visto sometidos los medios de comunicación, y no digamos ya de la necesidad de madrugar cada mañana para ganarnos el pan y sufragarnos los vicios.
Ya puestos, si yo hubiera tenido que elegir mi favorito, es decir, el peor para mí, el más inútil de todos los inventos, sin duda hubiera dicho el carnet de manipulador de alimentos.
Este carnet posee la misma utilidad que si lleváramos en el bolsillo una tarjeta con un mensaje escrito que dijera: “Recuerda lavarte las manos antes de comer”. Así de simple.
Ser manipulador reconocido no garantiza que si te restriegas los dedos por el paquete o te sacas un moco a golpe de uña antes de tocar los alimentos, éstos vayan a quedar libres de bacterias, gérmenes o porquerías diversas.
Dicho esto, ¿para qué coño sirve el carnet de marras? Ya os lo digo yo: para nada. Para lo mismo que serviría el carnet de estar contento, o el de dormir ocho horas, o el de no poner los cuernos, o el de acertar la quiniela, o el de no mojarse bajo la lluvia, o —qué se yo— el de ganar a la petanca.
Ahora que, para invento bueno, el semáforo. Si no, de qué iba a estar yo aquí, sano y salvo.

lunes, 6 de abril de 2009

Prison Chévere

Vamos a imaginar que un guionista habitual de culebrones decide hacer un remake de algún clásico drama carcelario como La gran evasión, Cadena perpetua o Brubaker.
Pues bien, el engendro resultante estaría aún lejos del esperpento protagonizado hace apenas dos semanas por la venezolana Dayana Mendoza, actual Miss Universo.
Se ve que una organización denominada United Service Organizations (USO), y dedicada a ofrecer servicios de apoyo al ejército estadounidense, organizó una especie de visita turística a la prisión de Guantánamo para la mencionada Miss Universo y su colega de pasarelas Crystle Stewart, Miss Estados Unidos, para más datos.
Días después de la experiencia, Mendoza escribía en su blog cosas como éstas:

“¡Fue muuuy divertido!”

“Visitamos los campos de los detenidos y vimos las celdas, las duchas, cómo se entretienen con películas, clases de arte, libros. Fue todo muy interesante”.

“También conocimos a los perros militares, y nos hicieron una muy buena demostración de sus habilidades. Todos los chicos del Ejército fueron increíbles con nosotras”.

“No quería irme, fue un lugar tan relajante, tan tranquilo y hermoso”.

La USO, por su parte, anunció que Mendoza y Stewart habían sido enviadas a Guantánamo en una gira de entretenimiento para levantar los ánimos de la tropa (lo que no aclararon fue si el bajón anímico de los soldados provenía de practicar el ejercicio continuado de la tortura, o bien si sencillamente andaban los mozos con una calentura proporcional al “efecto invernadero” y necesitaban por tanto una suculenta ración de chicha que echarse a los ojos).
Visto lo visto, ¿qué será lo siguiente? ¿Las mandarán a Auschwitz diciéndoles que es un parque temático sobre las razas humanas?
No tengo nada en contra de los concursos de belleza, pese a que me parezcan una versión eufemística y casposa de las tradicionales ferias de ganado. Lo que parece mentira es que los jerifaltes del embrollo no hayan escarmentado todavía y sigan fomentando las terroríficas consecuencias que suele acarrear la temeraria costumbre de hacer hablar a una Miss (y que me perdonen las listas, que seguro que haberlas, haylas).
En fin. Ya que se trata de un certamen de belleza, estaría bien que la próxima vez se aplicaran el dicho ese de “calladita estás más guapa”.

miércoles, 1 de abril de 2009

Leyenda del poeta integral

La leyenda de Arcadio Fontenebros no se forjó precisamente al amparo de una densa y prolija obra literaria. Si por algo su nombre aparece junto a la palabra “poeta” en enciclopedias y libros de texto escolares es debido a su empecinado objetivo de ser reconocido en vida y recordado para la posteridad como un maldito.
El malditismo para Fontenebros no fue nunca una injusticia de la que lamentarse. Para él suponía una declaración de principios, una manera de definir su integridad artística y la única meta digna de aspiración.
Arrogancia e ingenuidad convivían en esta pose que, sin embargo, Fontenebros alardeó como única enseña distintiva de su oficio poético, pues en verdad nadie leyó ni oyó jamás verso alguno salido de su pluma o sus labios.
Y es que su radicalidad respecto al malditismo sobrepasó incluso la más común de las posturas entre el gremio de los rapsodas, la de renegar de esa veleidad burguesa conocida como mundo editorial. Es cierto que nunca publicó poema alguno. Pero es que ni siquiera llegó a escribirlo. Ni una estrofa, ni un simple verso.
Es indudable por ello el mérito contraído por Fontenebros, que fue capaz de ejercer de poeta sin pruebas palpables que lo reivindicaran y obteniendo el reconocimiento —al menos aparente— de sus semejantes.
Quienes lo conocieron afirman que para él la palabra poeta definía una elevada filosofía de vida y no algo tan prosaico como la descripción de una actividad profesional.
Siempre echó pestes de los autores que publicaban libros, ganaban premios, atendían a los medios de comunicación y leían manifiestos a la multitud. Su hábitat, por el contrario, fueron los cafés y las casas en las que era bienvenido para unirse a una tertulia o declamar sus enfáticos monólogos.
Fue capaz de resistir incluso ante quienes le reprocharon su objeción a las letras como si fuese un traidor, pues si la misión del poeta era, como casi todos sostenían, explicar la belleza del universo, el guardarse su talento para sí suponía una clara muestra de insolidaridad y egoísmo.
Fontenebros siempre se defendió alegando que el don de la sensibilidad lírica estaba por encima de cualquier forma material pergeñada por un simple mortal. Él había elegido emplear su don para mirar la vida a través del mismo, y no para tratar de explicarla con emperifolladas metáforas y retóricos adornos.
A nadie le extrañó, pues, la manera drástica con que Arcadio Fontenebros puso fin a su vida. El día de su trigésimo cumpleaños se lanzó completamente desnudo desde el viaducto, estampando así contra el pavimento la rúbrica póstuma anhelada por cualquier maldito. La muerte prematura era un salvoconducto incuestionable para abrazar la maldición eterna, y el suicidio era sin duda la forma más poética de abandonar este mundo. La única.
Antes de fallecer, eso sí, se concedió un ápice de debilidad en deferencia a la que iba a ser su inminente viuda. A ella le dejó escrita una breve nota en la que ordenaba ser enterrado junto a un misterioso tesoro de cuya existencia sólo él tuvo conocimiento hasta entonces. Nada menos que una especie de dietario en el que, años atrás, había manuscrito un par de versos, o, lo que es lo mismo, la prueba de que tal vez su aireado ostracismo no fuese un exilio voluntario sino la consecuencia de un frustrado intento de ser un poeta como los demás.
Su esposa no sucumbió a las tentaciones lucrativas de la gloria postrera, pese a que abundaban golosos antecedentes en la historia de la literatura, y respetó la consigna de su malogrado marido. Sin embargo, casi cuarenta años después, con la mujer merodeando los arrabales de un irreversible declive senil, un avispado reportero fue capaz de sondear su debilidad y extraerle gratuitamente la confesión por la que tantos hubieran pagado millones.
A partir de aquí, es de sobra conocida la batalla legal mantenida entre el ayuntamiento de la ciudad natal del poeta, las instituciones culturales del gobierno, las fundaciones sin ánimo de lucro y los diversos colectivos del entorno literario, todos ellos convertidos súbitamente en paladines de la memoria de Arcadio Fontenebros.
Entre todos los implicados se llegó finalmente al acuerdo de rescatar la misteriosa obra perdida y donarla posteriormente a la Biblioteca Nacional, donde quedaría custodiada y sujeta a un compromiso que permitía su exposición en ocasiones señaladas, tales como efemérides culturales u otras celebraciones populares.
El 23 de abril de 1994, en el Cementerio de La Almudena, se procedió a la exhumación de los restos de Arcadio Fontenebros como momento álgido de un acto donde la pompa intelectual se impuso a la fúnebre gracias a la presencia de un centenar de autoridades del mundo de las letras y el arte en general, así como de cargos políticos de todos los grupos parlamentarios, que hicieron compañía a la compungida y cada vez más desorientada viuda.
El interior del ataúd, como era de esperar, mostró a la circunspecta concurrencia una dantesca amalgama de jirones enmohecidos y polvo orgánico. Uno de los funcionarios tuvo que revolver entre los restos hasta encontrar el dietario. Las tapas de piel se conservaban bastante bien, y aunque las páginas estaban abombadas y se adivinaban más cerca del marrón que del blanco, enseguida se supo que fuera lo que fuese que hubiera allí escrito, la humanidad entera estaba a punto de asistir a su revelación.
El alcalde fue quien tuvo el honor de hojear aquel cuaderno mugriento y cadavérico. El primer repaso despertó al fantasma de la decepción, pero al segundo intento su vista se detuvo por fin en la página dos. La tinta, por fortuna, seguía aferrada con más enjundia que nitidez a aquel papel ultraterreno, y de esta manera, sin más dilación, el excelentísimo amo de la ciudad se acercó al micrófono instalado en su atril y leyó en voz alta los anhelados versos:

Digan lo que digan,
los pelos del culo abrigan


Cuentan los presentes que, tras las palabras del alcalde, se escuchó un “¡Sublime!” y algún que otro “¡Genial!” (tal vez también algún tímido “¡Excelente!”), pero en lo que coinciden unánimemente las crónicas de la época es en señalar que lo que prevaleció fue el silencio, glacial y opresivo; un silencio sarcástico y bochornoso.