sábado, 28 de marzo de 2009

Una de miedo

Imaginemos a un par de fulanos, hermanos para más señas, de apellido Garzone, porque la condición fraternal o familiar unida a la fonética italiana siempre da credibilidad a cualquier historia criminal.
Vamos a añadirles un socio, en este caso con un nombre que suene a otro país, para que nadie nos acuse de tópicos o de tener algo en contra de Italia. Alguien de origen irlandés, por ejemplo. O escocés, tanto da. Llamémosle James McCafferty, para no complicarnos más la vida.
Ahora démosle un toque siniestro definitivo, inventando un negocio para semejantes villanos que esté a la altura de nuestras macabras expectativas. Digamos que entre los tres, los Garzone y el McCafferty, poseen una empresa funeraria y de hornos crematorios.
Una industria como la de las pompas fúnebres da para vivir (por paradójico que suene) holgadamente, pero la naturaleza corrupta de nuestros personajes les induce a aprovecharse de las ventajas de su trabajo para enriquecerse aún más a base de violar todos los códigos éticos, morales y profesionales que uno pueda imaginar.
Hace falta la ayuda de un contacto externo (un amigo de la familia, ya me entendéis), alguien que podría llamarse Michael Mastromarino, el típico italoamericano que sabe simular accidentes. Pongamos que es dentista de profesión, que ya sólo con eso pone los pelos de punta.
Pues bien, el sacamuelas Mastromarino reclutará a un grupo de secuaces con los que formará un equipo de “cortadores”, cuya misión será la de desmembrar cadáveres proporcionados por los Garzone y compañía, y retirarles huesos, piel y tendones en una de las salas de embalsamamiento de la funeraria.
El objetivo de la atrocidad será vender las partes cercenadas a médicos para que éstos realicen a su vez implantes a sus pacientes.
Para darle más emoción a la trama, en un momento dado descubriremos que algunos de los cadáveres correspondían a personas fallecidas por sida o enfermedades contagiosas graves, con lo que es posible que varios pacientes hayan sido infectados de VIH, hepatitis o septicemia.
Bien. Me paro aquí porque la historia es ya lo suficientemente truculenta. Si leyerais esto en una novela o lo vierais en una película tal vez acusaríais al autor de retorcido o sádico (puede que algunos ya lo estéis pensado de mí).
Por si acaso, os aclaro que el suceso es verídico, ocurrió realmente en Filadelfia, y que incluso los nombres que he utilizado (incluidos los italianos) son los de los verdaderos protagonistas.
Durante un año y medio, el trío calavera dirigió la trama mencionada, que se saldó con más de 1.000 cadáveres desmembrados y vendidos por piezas a médicos que las implantaron en pacientes a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Lo que no ha quedado claro, al parecer, es si los receptores de las partes cayeron enfermos o no a resultas de posteriores contagios.
Los Garzone terminaron cerrando sus funerarias y entregando sus licencias. Ellos, por supuesto, nunca admitieron haber participado en el delito. Lo que sí se sabe es que cinco hospitales de Filadelfia y más de cuarenta de todo el estado de Pennsylvania implantaron tejidos proporcionados por Biomedical Tissue Services, la empresa dirigida por Mastromarino.
Esto sí que da miedo, y no el Iker Jiménez.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

joder.......lo dicho, la realidad supera la ficción.
Saludos,
Antonia

Poesía Intimista dijo...

Miedo me das con tanto descuartizar a personas, peatón.
Mil besos.
Encarna.

letras de arena dijo...

Cada vez tengo más claro que vivimos metidos dentro de una película, ahora... ¿Quién es el director? Eso ni Dios lo sabe.
Un abrazo

El último peatón dijo...

Pues si esto os da miedo, probad a ver un telediario de Pedro Piqueras...

Gracias y besos a las tres.

Mon dijo...

Pues, al principio pensaba que hablabas de un capítulo de la serie Bones donde se relata lo mismo punto por punto... no sabía que tenía una inspiración real aunque mucho más limitada en impacto en la serie... el tópico se cumple la realidad supera la ficción... siempre.

Saludos.