miércoles, 18 de marzo de 2009

Perversa fortuna

El relato de hoy es cierto. Ocurrió de verdad, según me han contado, hace unos treinta años.
Una pareja fue invitada a la boda de unos amigos en el peor momento para ello, ya que no atravesaban una buena racha económica. Ante el dilema de acudir al evento y asumir la consecuente ruina, o bien declinar la invitación poniendo cualquier excusa, los protagonistas optaron por la decisión más valiente y sincera: confesar a sus amigos que no tenían un duro.
Una vez sacado de encima el peso de la vergüenza —pues ya sabéis que en nuestra cultura uno debe sentirse culpable por el simple hecho de no llegar a fin de mes, sea esto consecuencia de lo que sea, mala suerte o despilfarro, precariedad heredada o dispendio voluntario—, pasado dicho trago, como digo, la pareja anunció a sus amigos que asistiría a la ceremonia y al banquete nupcial, aunque no podrían permitirse el detalle de hacerles un regalo.
Nada de esto importó a los anfitriones, quienes volvieron a insistir en que su satisfacción dependería de la presencia de los seres queridos en tan señalado momento, y no de la recaudación de bienes u obsequios propia de cualquier casorio al uso.
Así pues, la boda se celebró, y también el ágape subsiguiente. Precisamente mientras los convidados se ponían las botas a costa de los recién casados, entró en el restaurante un hombre vendiendo lotería.
Como prueba de que la generosidad es una virtud al alcance de cualquiera, incluidos aquellos que nada tienen (o en realidad mucho más propia de éstos), y como fuera que la conciencia de aquella pareja en bancarrota no terminaba de estar tranquila, lo que hicieron fue comprarle a aquel señor cuatro décimos de lotería y entregar los mismos como regalo de bodas.
Días después se celebró el sorteo, y seguro que algunos ya habéis adivinado lo que ocurrió.
Aquellos cuatro décimos pertenecían al número agraciado con el primer premio, circunstancia que convirtió a los recién casados en millonarios. La macabra ironía de todo el asunto está en que los pobres amigos que regalaron los afortunados billetes no compraron siquiera uno para ellos mismos, ya que el presupuesto sólo les alcanzaba para quedar bien con sus anfitriones. Eso sí, recibieron de éstos la cantidad de medio millón de pesetas en concepto de agradecimiento por aquel regalo que, inicialmente, había sido el más modesto, y que terminó revelándose como el más valioso de todos, tanto si atendemos a su cuantía material como a la naturaleza de su intención.
Recuerdo un antiguo eslogan publicitario de la Lotería de Navidad que decía “La suerte es de todos”. Tiene gracia. Que la suerte sea de todos no quiere decir que con todos sea buena (ni justa).
No digo que esté mal poseer la facultad de transmitir la suerte al prójimo, pero, en caso de poder elegir, me parece a mí que aquella pareja con penurias económicas no habría escogido ser un talismán, sino estar en el otro bando, el que atrae la fortuna para sí.

3 comentarios:

malditas musas dijo...

querido peatón, qué gusto pasar a saludar. he estado ausente y desconectada, te agradezco cada una de tus visitas a las nmalditas musas.

la fortuna, uno de los dioses de la edad media, desterrada por el humanismo en pos de la razón, nos sigue dando guerra. Siempre me pregunto qué ocurre en las historias después del billete ganador, no lo puedo evitar.

un abrazo.
musa

El último peatón dijo...

Lo mismo digo, amiga musa. Un placer verte de nuevo merodeando por aquí.

Y también creo que, desde el punto de vista narrativo, lo más interesante de los finales felices es justo lo que viene después...

Besos afortunados.

El veí de dalt dijo...

Por eso ni juego a la loteria ni regalo décimos!