sábado, 7 de marzo de 2009

Hombre muerto

Perdonarte no es lo más difícil. Tú sabes igual que yo que lo que se destruye con la infidelidad no es el amor, sino la confianza.
La herida en la espalda de tu puñalada cicatrizará. Durante meses ocuparé mis sueños y mis tiempos muertos con la imagen de un tipo fornicando contigo.
Pero eso no evitará que te siga queriendo. Y tal vez, como ya he dicho, hasta podría llegar a autoprovocarme una suerte de amnesia redentora que borrara la peor versión de ti, esa que ahora acarreo y que me hace sentir como la víctima de un timador cualquiera.
Contra lo que no puedo luchar es contra la desconfianza. Aceptaría tus disculpas, sí, y te abrazaría otra vez, sin duda, pero ¿qué pasará entonces cada vez que salgas por la puerta, cada vez que no estés al alcance de mi vista?
Los amigos se convertirán en tapaderas y los viajes en coartadas. Me duele saberme ahora capaz de albergar los recelos más vulgares y elementales. Saber que sufriría cuando te retrasaras a la vuelta del trabajo o cuando salieras con uno de esos viejos amigos que nunca me he empeñado en conocer por respeto a tu pasado y por miedo a comportarme como un esposo entrometido y caduco.
Tampoco me habría enfadado especialmente al saber que, una vez terminado aquel maldito congreso, decidiste sacarte el anillo del dedo y dejarlo en la habitación del hotel para salir con tus compañeros a cenar por ahí y relajaros después de una larga jornada de trabajo.
Puede que hasta me hubiera hecho gracia descubrir ese prurito de coquetería en ti. Con la confianza intacta, llegaría a creerme que lo hiciste sólo para divertirte y encajar en el ambiente, para volver a experimentar el placer egocéntrico de quitarse de encima a una legión de babosos que, cubata en mano, te adulan torpemente y exprimen el repertorio trillado del conquistador ibérico.
Y si, al acercarse a ti cualquiera de aquellos trovadores etílicos y preguntarte si estabas sola, tú hubieras respondido afirmativamente, quizá la cuerda se habría tensado más de lo debido, para qué negarlo, pero jamás tanto como para romperse del todo, tal como está ahora.
No fue eso lo que ocurrió. En efecto, alguien se te acercó con intención de seducirte. Antes de lanzarse, quiso saber si eras una mujer libre. Tú no te limitaste a asentir. No dijiste “Estoy sola”, sin más. Ni siquiera te declaraste una mujer soltera, lo cual, aun fastidiándome, estaría todavía lejos de la dolorosa realidad.
El tipo te abordó y te preguntó si estabas casada o tenías novio. Entonces, tú le respondiste: “Soy viuda”.
Viuda.
Tengo un centenar de llamadas tuyas registradas en la memoria de mi teléfono móvil. No pienso cogerlo. Tampoco voy a decirte dónde estoy. En cuatro días no habré dormido más de un par de horas. A veces me siento flotando por algún extraño paraje ajeno a la dimensión que conocemos. Hasta yo mismo me creo estar muerto.
Algunas mentiras son tan cabronas que acaban convertidas en verdades. Sólo para joder, supongo.

3 comentarios:

iliamehoy dijo...

Lúcido y doloroso a la vez. Negarle hasta la invisibilidad, catapultarlo al olvido sin posibilidad de retorno.Hay palabras que matan.
Un placer, como siempre.

El último peatón dijo...

Un placer tu visita y tus palabras (que matan, pero de placer también).

Anónimo dijo...

Queridísimo Pascual,
Acabo de leer el comentario que me ha aclarado los datos de una historia que ayer sólo me insinuaste: " me dijo que se iba con un amigo y yo no se lo impedí". Bien, por ti, Pascual. Ya te lo dije. Tu mujer no te pertenece, nadie nos pertenece, no debes coartarla. Pero la próxima vez que te diga que se va con un amigo, pregúntale con una sonrisa si va a llevar puestas las bragas que le regalaste. Posiblemente acudirá a su cita, pero la vuelta a tus brazos estará asegurada, porque tiene un hombre que la espera y la desea con intensidad. Créeme, hazle saber que la deseas y la imaginas durante su ausencia y será tuya.
Contesta sus llamadas, no la culpes de algo en lo que, posiblemente, tu también tienes tu parte de responsabilidad. LLámala y demuestra que tu eres el ave fénix que renace de sus cenizas por deseo y amor. No te dejes morir, resucita con lo aprendido. Si te quisiera enterrar de verdad no te llamaría. Ponte en su lugar y piensa en cuántas ocasiones no te dejarías llevar por tus instintos... la diferencia es que un hombre se callaría. Pero ella quiere herir tu amor para devolverle la visceralidad y la pasión que tal vez se había apagado. Dale la vuelta a la situación. No eres el humillado, eres el ganador. Porque tu teléfono no para de sonar... ¡Quieres acaso más pruebas!. Invítale a tu casa para que te cuente lo que siente y cállale la boca con un beso cuando no quieras oir más. Despúes, ve directo al dormitorio.

Pascual: escribe, pero sobre todo, VIVE!!!!

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