sábado, 14 de marzo de 2009

Enorme

De los millones de fotogramas que durante el año pasado desfilaron ante mis ojos, se me quedó especialmente grabada la imagen de Viggo Mortensen apagando un cigarrillo con la lengua en Promesas del este (David Cronenberg, 2007).
Apenas hemos estrenado el 2009, pero casi me atrevo a afirmar rotundamente que ya tengo mi estampa cinematográfica del año: Clint Eastwood apuntando con los dedos en forma de pistola a los gamberros de su barrio en Gran Torino.
Y es que Gran Torino no es sólo una película más de su autor. Podría pasar perfectamente por un tratado comprimido sobre el cine de este hombre, sobre su persona y su personaje, sobre sus momentos estelares delante y detrás de la cámara, sobre su genuino e impagable estilo dialéctico, sobre su capacidad para inventar lacónicas frases lapidarias que figurarán siempre en el diccionario del tipo duro universal, sobre su elegante manera de filmar y su sabia sobriedad a la hora de mostrar las emociones humanas, sobre su facilidad magistral para combinar los géneros, sobre su inconfundible sentido intimista de la épica, y sobre tantas otras virtudes y detalles que, con toda justicia, elevan al director californiano a la categoría de inmortal.
Para empezar, el protagonista se llama Kowalski, un apellido polaco que recuerda al del detective Pulovski de El principiante. Como éste, y también como Harry el Sucio o el Sargento de Hierro, es un cascarrabias, refunfuñón, racista, xenófobo, misántropo y chapado a la antigua, aunque también con un reverso sensible que le une con el inolvidable William Munny, el pistolero retirado de Sin Perdón, que comparte con el Kowalski de Gran Torino su amarga viudedad y la íntima aunque pesada carga de haber matado a hombres inocentes en el pasado. Es asimismo un escéptico de Dios y de la fe, como el entrenador decadente de Million Dollar Baby y el periodista vividor de Ejecución inminente. También aparece en Gran Torino uno de los asuntos que ha abordado a menudo en algunos de sus filmes como Medianoche en el jardín del bien y del mal y Bird, o en las más recientes Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima: la cultura multiétnica de su país, los problemas de integración que ello conlleva y los prejuicios raciales de sus paisanos.
Pero el festival de referencias no termina aquí. Los hijos y nietos de Kowalski componen ese retrato de la familia carroñera y vampírica que ya perfilara con igual contundencia en Million Dollar Baby, y tampoco podía faltar el tratamiento irónico de los achaques de la vejez, presente en tantas otras de sus películas y en la piel (o el pellejo, más bien) de individuos como los astronautas reumáticos de Space Cowboys, la vieja gloria del hampa de Poder absoluto, el policía con corazón prestado de Deuda de sangre o los amantes otoñales de Los puentes de Madison.
Finalmente, encontramos de nuevo una historia en la que Eastwood reflexiona sobre el sufrimiento de los niños, los débiles y los inocentes, un argumento que era también la columna vertebral narrativa de Un mundo perfecto, El intercambio y Mystic River (por cierto, y hablando de esta última, el gesto de la mano en forma de pistola se lo hace Kevin Bacon a Sean Penn al final de la película, así que sumemos otra referencia más).
Según parece, Clint Eastwood ha declarado que éste será su último trabajo como actor, y que a partir de ahora limitará sus funciones al otro lado de la cámara. No es que esté mal, teniendo en cuenta que el señor tiene ya 78 tacos y que rueda a un ritmo de película por año, pero este anuncio de mutis añade un elemento emocional más al visionado de Gran Torino, una sensación de elegía o póstumo autohomenaje que nos pone los pelos de punta a sus admiradores.
Esperemos que mantenga su buena forma y pase a formar parte del club de los octogenarios gloriosos, como Sidney Lumet o Claude Chabrol.


(Continuará...)

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