lunes, 16 de marzo de 2009

Enorme (continuación)

Clint Eastwood se ha ganado con los años la condición de icono; su físico es sinónimo de séptimo arte, y su planta de tipo duro figurará para siempre en la misma galería antológica que ya ocupan con merecimiento individuos como Humphrey Bogart o John Wayne.
No es un actor precisamente versátil, pero sí muy inteligente. Ha demostrado históricamente conocer tan bien su carisma como sus limitaciones, y por ello nunca ha patinado a la hora de escoger los personajes a interpretar.
Pero, sin duda, donde ha desplegado sus mayores virtudes ha sido en el campo de la dirección. Su obra inicial (Escalofrío en la noche, 1971) era un interesante acercamiento al universo de Hitchcock desde la perspectiva setentera de su maestro Don Siegel, y aunque después acusó en exceso su devoción por el subgénero patentado por otro de sus maestros (el spaguetti western de Sergio Leone) y su tirón popular como paradigma del madero implacable, a partir de El jinete pálido (1985) su carrera fue felizmente en ascenso hasta alcanzar la cumbre de Sin perdón (1992), de la cual no ha vuelto a bajar, pese a que ha alternado obras más ambiciosas con otras aparentemente transitorias, si bien todas ellas, como mínimo, interesantes y a la altura de las expectativas.
Su obra posee asimismo una coherencia temática y conceptual (e incluso estética) que no siempre parece ser advertida. Este rasgo suele reconocerse abiertamente en otros directores (Woody Allen, David Lynch o Pedro Almodóvar, por ejemplo), pero tal vez su concepción clásica del oficio y la ausencia de ínfulas autorales mantienen a Eastwood aún, a los ojos de algunos, como un simple ejecutor eficaz de encargos, sin caer en la cuenta de que su cine posee una impronta inconfundible. El concepto de autor en Europa está invariablemente ligado a la idea del director polifacético que necesita ser también el responsable del guión, mientras que los grandes directores del cine norteamericano imponen su personalidad aun trabajando a menudo con guiones escritos por otras personas. Cuando observamos la filmografía de John Ford, o de Alfred Hitchcock, o de Martin Scorsese, es fácil reconocer la identidad y el estilo del cineasta, aunque fueran cambiando de guionista en cada película.
Clint Eastwood pertenece a esta estirpe. Sabe contar una historia como nadie, con calma pero sin freno, con un sentido del ritmo admirable que no necesita trucos de montaje ni síncopes videocliperos. Además, como creo haber resaltado aquí ya alguna vez, admiro su impecable manera de abordar temas profundos y polémicos sin caer ni en el melodrama empalagoso ni en el panfleto tendencioso: el adulterio en Los puentes de Madison, la pena de muerte en Ejecución Inminente, la eutanasia en Million Dollar Baby, la pederastia en Mystic River, o el racismo y la xenofobia en Gran Torino.
Por si todo lo anterior fuera poco, la figura de Clint Eastwood tiene en mi caso un componente sentimental añadido. Es el actor preferido de mi padre, y, en consecuencia, mis hermanos y yo hemos crecido imitando sus gestos de pistolero frente al televisor y regocijándonos con el recuerdo de algunas de sus frases antológicas: “Alégrame el día”; “No hay nada como un buen pedazo de nogal”; “Quién es el dueño de esta pocilga”; “Debe de haber un millón de razones para no volarte la cabeza, pero ahora mismo no se me ocurre ninguna”…
Larga vida.

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