martes, 3 de marzo de 2009

Dormir para vivir

La esperanza media de vida de un ser humano debe de rondar actualmente los setenta y muchos años.
Me da igual si soy el único que lo piensa, pero estoy convencido de que dicha esperanza de vida se situaría por encima de los noventa años con el simple hecho de eliminar drásticamente de nuestro manual de costumbres el indigno suplicio de madrugar.
La culpa de que no abunden los centenarios no la tienen, por tanto, ni el colesterol, ni el tabaco, ni el sida, sino el despertador.
Otras necesidades fisiológicas, como el hambre o las ganas de defecar, se respetan durante su ejecución, cosa que no ocurre a la hora de dejarnos dormir. A nadie le quitamos de golpe el plato a las dos cucharadas, ni le obligamos a levantarse del retrete en mitad de su evacuación (por no mencionar el inefable coitus interruptus). Sin embargo, nuestro mundo está organizado de modo que cuando más a gusto está uno en la cama es justo cuando debe levantarse, haga frío o calor, esté el sol a medias de salir o sea directamente noche cerrada. ¿Por qué?
No es saludable, ni tampoco bueno para nuestras neuronas.
Que nadie saque ahora a pasear obsoletos prejuicios acerca de la pereza o la holgazanería, esa rancia tradición que aún perdura y que eleva la costumbre de levantarse temprano a la categoría de mandato divino.
La cuestión no es estipular cuánto tiempo debe permanecer un individuo en la cama (cada cual tendrá sus propias necesidades), sino dejar a libre elección la hora de abandonarla.
Dicho de otro modo: si lo recomendable es dormir entre siete y ocho horas, que cada cual las encaje en su agenda como desee. Ésta es para mí la idea que más se aproxima al concepto de paraíso terrenal.
A todos nos ha pasado que, un día cualquiera, cuando se nos ha ido la mano con el mojito o el cubata, nos ha dado por soñar e imaginar qué haríamos si de repente nos llovieran un montón de millones de euros.
“Viajaría por todo el mundo”, dirían algunos. “Me compraría un cochazo, o un chalet con vistas al mar”, afirmarían otros. Os prometo que lo primero que pensaría este peatón sería: “No volveré a madrugar en mi puta vida”.
Si el verbo madrugar desapareciera del diccionario, los niveles de mala leche de la atmósfera se verían notablemente rebajados. También desaparecería esa horrible patología denominada “depresión dominical vespertina”, y, lo que es más importante: no existiría el programa de Jiménez Losantos.
Acordaos de esos días en que os despertáis arropados hasta la barbilla, afuera aún está oscuro y se oye el repicar de las gotas de lluvia contra los cristales o las persianas. Y ahora elegid: la chicharra insolente del despertador o afianzar la postura en el catre, volver a cerrar los ojos y dejarse llevar…
Dulces sueños.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy contigo en que cada uno se demore en el catre lo que le plazca; pero que hay del olor a fesco después de que riegen mu,mu temprano las calles en verano o ¿como vas a desayunar porras si se te pegan las sábanas? o lo divertido que es ver a la peña en el metro cuando vas a currar sobándose en el asiento...
El madrugón esta infravalorado

El último peatón dijo...

Pues ahora que lo dices... a ver si la culpa de los madrugones la van a tener los churreros...

Anónimo dijo...

Pues "Los Pepita", una lejendaria saga de churreros, siguieron madrugando despues de que les tocase la quiniela... Yo solo odio madrugar si es para ir al trabajo. Las porras, tempranito.
J.Diego