sábado, 28 de marzo de 2009

Una de miedo

Imaginemos a un par de fulanos, hermanos para más señas, de apellido Garzone, porque la condición fraternal o familiar unida a la fonética italiana siempre da credibilidad a cualquier historia criminal.
Vamos a añadirles un socio, en este caso con un nombre que suene a otro país, para que nadie nos acuse de tópicos o de tener algo en contra de Italia. Alguien de origen irlandés, por ejemplo. O escocés, tanto da. Llamémosle James McCafferty, para no complicarnos más la vida.
Ahora démosle un toque siniestro definitivo, inventando un negocio para semejantes villanos que esté a la altura de nuestras macabras expectativas. Digamos que entre los tres, los Garzone y el McCafferty, poseen una empresa funeraria y de hornos crematorios.
Una industria como la de las pompas fúnebres da para vivir (por paradójico que suene) holgadamente, pero la naturaleza corrupta de nuestros personajes les induce a aprovecharse de las ventajas de su trabajo para enriquecerse aún más a base de violar todos los códigos éticos, morales y profesionales que uno pueda imaginar.
Hace falta la ayuda de un contacto externo (un amigo de la familia, ya me entendéis), alguien que podría llamarse Michael Mastromarino, el típico italoamericano que sabe simular accidentes. Pongamos que es dentista de profesión, que ya sólo con eso pone los pelos de punta.
Pues bien, el sacamuelas Mastromarino reclutará a un grupo de secuaces con los que formará un equipo de “cortadores”, cuya misión será la de desmembrar cadáveres proporcionados por los Garzone y compañía, y retirarles huesos, piel y tendones en una de las salas de embalsamamiento de la funeraria.
El objetivo de la atrocidad será vender las partes cercenadas a médicos para que éstos realicen a su vez implantes a sus pacientes.
Para darle más emoción a la trama, en un momento dado descubriremos que algunos de los cadáveres correspondían a personas fallecidas por sida o enfermedades contagiosas graves, con lo que es posible que varios pacientes hayan sido infectados de VIH, hepatitis o septicemia.
Bien. Me paro aquí porque la historia es ya lo suficientemente truculenta. Si leyerais esto en una novela o lo vierais en una película tal vez acusaríais al autor de retorcido o sádico (puede que algunos ya lo estéis pensado de mí).
Por si acaso, os aclaro que el suceso es verídico, ocurrió realmente en Filadelfia, y que incluso los nombres que he utilizado (incluidos los italianos) son los de los verdaderos protagonistas.
Durante un año y medio, el trío calavera dirigió la trama mencionada, que se saldó con más de 1.000 cadáveres desmembrados y vendidos por piezas a médicos que las implantaron en pacientes a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Lo que no ha quedado claro, al parecer, es si los receptores de las partes cayeron enfermos o no a resultas de posteriores contagios.
Los Garzone terminaron cerrando sus funerarias y entregando sus licencias. Ellos, por supuesto, nunca admitieron haber participado en el delito. Lo que sí se sabe es que cinco hospitales de Filadelfia y más de cuarenta de todo el estado de Pennsylvania implantaron tejidos proporcionados por Biomedical Tissue Services, la empresa dirigida por Mastromarino.
Esto sí que da miedo, y no el Iker Jiménez.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Polisemia e informática

Esta mañana me equivoqué al teclear la contraseña de entrada en la página web de mi sucursal bancaria y me salió un mensaje que decía: “Lo sentimos. No es seguro que usted sea El último peatón”.
Lo cierto es que uno se espera indicaciones más asépticas y menos solemnes en estos casos; no sé, algo del estilo “Contraseña incorrecta; inténtelo de nuevo” o “Error en contraseña”, a secas.
El significado de la advertencia es claro. Adivino con facilidad que lo que argumenta mi banco es que los datos consignados no son suficientes como para demostrar que yo soy yo, o sea, el titular de la cuenta.
Lo que ocurre es que esa forma tan rara de expresarlo, empleando la frase No es seguro que usted sea El último peatón, provoca un dilema interpretativo derivado de la polisemia aplicable a la palabra seguro.
De esta manera, a la versión en la que mi banco no ve demasiado claro que yo sea yo, tendríamos que añadirle la posibilidad de que lo que se me está indicando es que ser yo es peligroso para mí, es decir, que ser quien soy no es bueno para mi seguridad, cualquiera sabe por qué.
Paranoias imposibles aparte, no me cabe duda de que la explicación a semejante galimatías semántico proviene de perezas o aun negligencias a la hora de traducir el pertinente programa informático que gestiona las consultas de los usuarios.
Partiendo de la base de que cualquier idioma posee diversas versiones en función de la región o el país en que se hable, creo que deberíamos empezar a considerar ya una nueva vertiente de nuestra lengua que no procede de estados, pueblos o naciones identificables en cualquier mapa, sino que ha nacido como resultado de la evolución global de las herramientas de comunicación.
Si atendemos a su omnipresencia y continua propagación, cabría vaticinar que el idioma del futuro será ese simulacro empobrecido de castellano que solemos encontrar en páginas web, aplicaciones informáticas y soportes cibernéticos diversos (incluiría también los manuales de instrucciones de los electrodomésticos, aunque la peripecia peatonal de hoy se refiere concretamente al ámbito de los ordenadores).
Cada día, además de asomarme a mis sufridos movimientos bancarios, accedo a otros ciberespacios como mi cuenta de correo electrónico o el sistema de gestión de la empresa, y ello me obliga a seguir una serie de indicaciones redactadas con un estilo tan rudimentario que termina siendo confuso. (Si sois capaces de imaginar cómo hablaría la versión Spanglish de Tarzán, me entenderéis perfectamente.)
Claro que esto no sucede por un problema de redacción, propiamente dicho. Supongo que la clave del despropósito está en que la persona que traduce el texto del inglés al castellano es también un anglófono con unos conocimientos demasiado elementales de la lengua de Cervantes, los cuales le permitirán sin duda disfrutar de unas estupendas vacaciones en Mallorca o la Costa del Sol, pero que son insuficientes para elaborar un texto que suene mínimamente coherente a oídos de un español.
No quisiera pensar —aunque realmente me tienta— que dichas traducciones se llevan a cabo directamente por un programa informático a tal efecto y no por una persona; es decir, un programa desarrollado en inglés por gente que habla inglés y que traduce automáticamente basándose en ciertos parámetros predeterminados, lo mismo que si un servidor, que no tiene puñetera idea de alemán, agarra un diccionario hispano-teutón y se dedica a cambiar palabra por palabra de un idioma a otro, creyendo que con eso está efectivamente traduciendo el significado del original.
La traducción, como actividad asociada a los idiomas, no es una simple conversión automática como la que algunos seguimos haciendo cuando nos enfrentamos a un precio marcado en euros. Más allá de la búsqueda e intercambio de signos y sonidos, creo yo que la labor del buen traductor implica la capacidad de no ser tan sólo la voz que recita o la tecla que redacta, sino también el oído del que escuchará o los ojos de quien leerá.

domingo, 22 de marzo de 2009

¿Qué hace un hombre como yo con un libro como éste?


Se titula Una mujer como tú.
Su autora es una mujer.
Si uno toma el libro y lo ojea someramente, lo primero que salta a la vista es su diseño inequívocamente filofemenino, una estética fácilmente reconocible para el merodeador habitual de librerías y que establece asimismo un patrón visual capaz de segmentar al público potencial por sí solo. Nos decimos: “Es un libro sobre mujeres, escrito por una mujer y dirigido a las mujeres”.
¿Qué hace un hombre como yo con un libro como éste?
La respuesta es sencilla. Lo firma Neus Arqués, estimada colega de letras y bolos diversos, de quien ya leí su novela anterior, Un hombre de pago, la cual presentaba una alternativa francamente original sobre algo tan trillado como el triángulo amoroso o sentimental, y contaba con una galería de personajes femeninos que reinterpretaban hábilmente los estereotipos con los que nos suelen martirizar tanto los machistas más ancestrales como las feministas adictas al opio de la demagogia.
En Una mujer como tú seguimos encontrando los referentes propios de una clase de narrativa que abunda y gana enteros en los tiempos modernos, un proyecto de universo ficticio perfectamente moldeado para encajar en cualquier medio o canal de expresión (literatura, cine, televisión), y en el que la voz femenina se impone más por naturaleza que por reivindicación. Las mujeres son las protagonistas de la historia y del punto de vista, sin necesidad de alardear el eterno papel de heroínas en la guerra secular de los estrógenos rebeldes contra el imperio de la testosterona.
A esta categoría pertenecen todas esas novelas, películas y series que mis amigas y conocidas consumen y adoran. De El diario de Bridget Jones a Mujeres desesperadas, y de Sexo en Nueva York a El diablo viste de Prada. Cada cual a su manera, con sus admiradoras y detractoras, todas ellas aparentan ser el símbolo del creciente protagonismo de la mujer en la sociedad.
Lo que más destacaría de Una mujer como tú es su desenfado y sencillez, su ausencia de sermones morales y apologías de la castración, tan comunes (por desgracia) en determinados textos de autoría femenina presuntamente progresista.
Era evidente que mis expectativas no estaban basadas en la premisa ortodoxa (y falaz) que recomienda la identificación del lector con la personalidad o la peripecia de los protagonistas. Lo que más me atraía de esta novela era, por el contrario, la posibilidad de contraponer mis ideas sobre determinados aspectos de la naturaleza femenina a la visión que de las mismas me ofrecería la autora. Y así ha sido. Esta circunstancia, unida a la fluidez narrativa que Neus consigue yendo siempre al grano y eludiendo adornos retóricos, ha convertido la lectura de Una mujer como tú en un entretenido y liviano juego de espías, como si por un día le hubieran concedido a uno el privilegio de interpretar ciertos pensamientos o ser testigo de determinadas conversaciones, normalmente vetadas a todo individuo portador de testículos.
En el apartado de aspectos a mejorar, señalaría la tendencia a emplear términos anglófonos como single, smoke free, ok, clubbers, remember, tattoos, off limits, low cost o crack, los cuales intuyo incardinados en el ADN lingüístico de Neus, como no podría ser de otra manera tratándose de una profesional del marketing.
Conste que no me molesta que los personajes se expresen en los diálogos tal como lo harían si fueran de carne y hueso. En un momento dado, prefiero leer frases como “Perdona, que tengo que llamar a la parienta”, en lugar de cursilerías como “Dispense, he de telefonear a mi esposa”. Sin embargo, opino que el narrador (más aún si es un narrador en tercera persona) debe evitar ciertos vicios y coloquialismos, por mucho que a veces ayuden a contextualizar la historia o a pesar de que —como tal vez suceda en el caso de este libro— constituyan un guiño de cercanía o un elemento orientado a fortalecer la complicidad con el lector.
Destacaría también la manera natural y nada forzada con que Neus nos pasea por su ciudad, Barcelona, dosificando las pistas urbanas y monumentales en su justa medida para evitarnos el efecto secundario verbal conocido como “Lugar común de folleto turístico”.
Desconozco si es o no aficionada al cine de Woody Allen, pero esta manera de concederle a la Ciudad Condal un papel relevante en sus historias recuerda en cierto modo al homenaje continuo que el cineasta neoyorquino le rinde habitualmente al Manhattan de sus entretelas. O puede que sencillamente haya establecido dicha correspondencia inducido por el judaísmo de Ruth y por el hecho de que, ambientes como el de las galerías de arte o situaciones como las cenas de matrimonios en las que se esconde más de lo que se enseña —tan presentes en las películas de Allen—, salpiquen continuamente la trama de la novela.
El caso es que Barcelona está ahí, latiendo y reconocible, y no sólo por medio de coordenadas geográficas literales o detalles arquitectónicos obvios, sino también a través de algunos de sus rasgos más domésticos y cotidianos: la coca de San Juan, la humedad relativa del aire, la costumbre de ir en moto (no tengo más remedio que destacar aquí una cita que sería digna de este blog: “Una bicicleta estuvo a punto de golpearla y fulminó a la ciclista. Vale ya de tanta ciudad sostenible y tanta bici a costa de los peatones”. Teniendo en cuenta que estas palabras aparecen en la página 69, dan ganas de pensar que se trata de un guiño erótico a esta bitácora urbana…).
Y esa escena, hacia el final de la novela, con las parejas de amigos reunidas en la terraza para celebrar la noche más corta del año, desprende igualmente el aroma de la última secuencia de En la ciudad, de Cesc Gay, que también tiene algo del binomio Woody Allen/Nueva York en versión autóctona, y que describe muy acertadamente el perfil del cuarentón del siglo XXI.
He de decir que, terminado el libro, sigue sin quedarme clara la respuesta a la pregunta que se me lanza desde la contracubierta: “¿De verdad somos amigas las amigas?”. Pero tranquilos, porque lo que sí me ha estimulado es una reflexión al respecto que podréis leer próximamente en este espacio.
En resumidas cuentas, cabe reconocer que de vez en cuando está bien dejarse caer por territorios a priori ajenos pero que al fin y al cabo están llamados a ser complementarios. Saber qué leen o qué les gusta leer a las mujeres con quienes convivimos puede llegar a ser algo más que un simple alivio de nuestros instintos chafarderos; tal vez nos sirva también como ejercicio para aprender eso tan manido de “ponerse en el lugar del otro”, pilar básico donde los haya para consolidar el no menos quimérico sueño de la igualdad.
Y si no, pensemos que todos tenemos amigas, compañeras, novias, amantes, esposas, hermanas, vecinas, madres, cuñadas, hijas, nueras, jefas, suegras, sobrinas, maestras, nietas, tías, mancebas, caseras, abogadas o niñeras, y en estos tiempos de crisis no está la cosa como para regalar perfumes caros o diamantes. Así que ya lo sabéis: probad a regalarles Una mujer como tú.

Para más información, os animo a visitar la página web de la autora

miércoles, 18 de marzo de 2009

Perversa fortuna

El relato de hoy es cierto. Ocurrió de verdad, según me han contado, hace unos treinta años.
Una pareja fue invitada a la boda de unos amigos en el peor momento para ello, ya que no atravesaban una buena racha económica. Ante el dilema de acudir al evento y asumir la consecuente ruina, o bien declinar la invitación poniendo cualquier excusa, los protagonistas optaron por la decisión más valiente y sincera: confesar a sus amigos que no tenían un duro.
Una vez sacado de encima el peso de la vergüenza —pues ya sabéis que en nuestra cultura uno debe sentirse culpable por el simple hecho de no llegar a fin de mes, sea esto consecuencia de lo que sea, mala suerte o despilfarro, precariedad heredada o dispendio voluntario—, pasado dicho trago, como digo, la pareja anunció a sus amigos que asistiría a la ceremonia y al banquete nupcial, aunque no podrían permitirse el detalle de hacerles un regalo.
Nada de esto importó a los anfitriones, quienes volvieron a insistir en que su satisfacción dependería de la presencia de los seres queridos en tan señalado momento, y no de la recaudación de bienes u obsequios propia de cualquier casorio al uso.
Así pues, la boda se celebró, y también el ágape subsiguiente. Precisamente mientras los convidados se ponían las botas a costa de los recién casados, entró en el restaurante un hombre vendiendo lotería.
Como prueba de que la generosidad es una virtud al alcance de cualquiera, incluidos aquellos que nada tienen (o en realidad mucho más propia de éstos), y como fuera que la conciencia de aquella pareja en bancarrota no terminaba de estar tranquila, lo que hicieron fue comprarle a aquel señor cuatro décimos de lotería y entregar los mismos como regalo de bodas.
Días después se celebró el sorteo, y seguro que algunos ya habéis adivinado lo que ocurrió.
Aquellos cuatro décimos pertenecían al número agraciado con el primer premio, circunstancia que convirtió a los recién casados en millonarios. La macabra ironía de todo el asunto está en que los pobres amigos que regalaron los afortunados billetes no compraron siquiera uno para ellos mismos, ya que el presupuesto sólo les alcanzaba para quedar bien con sus anfitriones. Eso sí, recibieron de éstos la cantidad de medio millón de pesetas en concepto de agradecimiento por aquel regalo que, inicialmente, había sido el más modesto, y que terminó revelándose como el más valioso de todos, tanto si atendemos a su cuantía material como a la naturaleza de su intención.
Recuerdo un antiguo eslogan publicitario de la Lotería de Navidad que decía “La suerte es de todos”. Tiene gracia. Que la suerte sea de todos no quiere decir que con todos sea buena (ni justa).
No digo que esté mal poseer la facultad de transmitir la suerte al prójimo, pero, en caso de poder elegir, me parece a mí que aquella pareja con penurias económicas no habría escogido ser un talismán, sino estar en el otro bando, el que atrae la fortuna para sí.

lunes, 16 de marzo de 2009

Enorme (continuación)

Clint Eastwood se ha ganado con los años la condición de icono; su físico es sinónimo de séptimo arte, y su planta de tipo duro figurará para siempre en la misma galería antológica que ya ocupan con merecimiento individuos como Humphrey Bogart o John Wayne.
No es un actor precisamente versátil, pero sí muy inteligente. Ha demostrado históricamente conocer tan bien su carisma como sus limitaciones, y por ello nunca ha patinado a la hora de escoger los personajes a interpretar.
Pero, sin duda, donde ha desplegado sus mayores virtudes ha sido en el campo de la dirección. Su obra inicial (Escalofrío en la noche, 1971) era un interesante acercamiento al universo de Hitchcock desde la perspectiva setentera de su maestro Don Siegel, y aunque después acusó en exceso su devoción por el subgénero patentado por otro de sus maestros (el spaguetti western de Sergio Leone) y su tirón popular como paradigma del madero implacable, a partir de El jinete pálido (1985) su carrera fue felizmente en ascenso hasta alcanzar la cumbre de Sin perdón (1992), de la cual no ha vuelto a bajar, pese a que ha alternado obras más ambiciosas con otras aparentemente transitorias, si bien todas ellas, como mínimo, interesantes y a la altura de las expectativas.
Su obra posee asimismo una coherencia temática y conceptual (e incluso estética) que no siempre parece ser advertida. Este rasgo suele reconocerse abiertamente en otros directores (Woody Allen, David Lynch o Pedro Almodóvar, por ejemplo), pero tal vez su concepción clásica del oficio y la ausencia de ínfulas autorales mantienen a Eastwood aún, a los ojos de algunos, como un simple ejecutor eficaz de encargos, sin caer en la cuenta de que su cine posee una impronta inconfundible. El concepto de autor en Europa está invariablemente ligado a la idea del director polifacético que necesita ser también el responsable del guión, mientras que los grandes directores del cine norteamericano imponen su personalidad aun trabajando a menudo con guiones escritos por otras personas. Cuando observamos la filmografía de John Ford, o de Alfred Hitchcock, o de Martin Scorsese, es fácil reconocer la identidad y el estilo del cineasta, aunque fueran cambiando de guionista en cada película.
Clint Eastwood pertenece a esta estirpe. Sabe contar una historia como nadie, con calma pero sin freno, con un sentido del ritmo admirable que no necesita trucos de montaje ni síncopes videocliperos. Además, como creo haber resaltado aquí ya alguna vez, admiro su impecable manera de abordar temas profundos y polémicos sin caer ni en el melodrama empalagoso ni en el panfleto tendencioso: el adulterio en Los puentes de Madison, la pena de muerte en Ejecución Inminente, la eutanasia en Million Dollar Baby, la pederastia en Mystic River, o el racismo y la xenofobia en Gran Torino.
Por si todo lo anterior fuera poco, la figura de Clint Eastwood tiene en mi caso un componente sentimental añadido. Es el actor preferido de mi padre, y, en consecuencia, mis hermanos y yo hemos crecido imitando sus gestos de pistolero frente al televisor y regocijándonos con el recuerdo de algunas de sus frases antológicas: “Alégrame el día”; “No hay nada como un buen pedazo de nogal”; “Quién es el dueño de esta pocilga”; “Debe de haber un millón de razones para no volarte la cabeza, pero ahora mismo no se me ocurre ninguna”…
Larga vida.

sábado, 14 de marzo de 2009

Enorme

De los millones de fotogramas que durante el año pasado desfilaron ante mis ojos, se me quedó especialmente grabada la imagen de Viggo Mortensen apagando un cigarrillo con la lengua en Promesas del este (David Cronenberg, 2007).
Apenas hemos estrenado el 2009, pero casi me atrevo a afirmar rotundamente que ya tengo mi estampa cinematográfica del año: Clint Eastwood apuntando con los dedos en forma de pistola a los gamberros de su barrio en Gran Torino.
Y es que Gran Torino no es sólo una película más de su autor. Podría pasar perfectamente por un tratado comprimido sobre el cine de este hombre, sobre su persona y su personaje, sobre sus momentos estelares delante y detrás de la cámara, sobre su genuino e impagable estilo dialéctico, sobre su capacidad para inventar lacónicas frases lapidarias que figurarán siempre en el diccionario del tipo duro universal, sobre su elegante manera de filmar y su sabia sobriedad a la hora de mostrar las emociones humanas, sobre su facilidad magistral para combinar los géneros, sobre su inconfundible sentido intimista de la épica, y sobre tantas otras virtudes y detalles que, con toda justicia, elevan al director californiano a la categoría de inmortal.
Para empezar, el protagonista se llama Kowalski, un apellido polaco que recuerda al del detective Pulovski de El principiante. Como éste, y también como Harry el Sucio o el Sargento de Hierro, es un cascarrabias, refunfuñón, racista, xenófobo, misántropo y chapado a la antigua, aunque también con un reverso sensible que le une con el inolvidable William Munny, el pistolero retirado de Sin Perdón, que comparte con el Kowalski de Gran Torino su amarga viudedad y la íntima aunque pesada carga de haber matado a hombres inocentes en el pasado. Es asimismo un escéptico de Dios y de la fe, como el entrenador decadente de Million Dollar Baby y el periodista vividor de Ejecución inminente. También aparece en Gran Torino uno de los asuntos que ha abordado a menudo en algunos de sus filmes como Medianoche en el jardín del bien y del mal y Bird, o en las más recientes Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima: la cultura multiétnica de su país, los problemas de integración que ello conlleva y los prejuicios raciales de sus paisanos.
Pero el festival de referencias no termina aquí. Los hijos y nietos de Kowalski componen ese retrato de la familia carroñera y vampírica que ya perfilara con igual contundencia en Million Dollar Baby, y tampoco podía faltar el tratamiento irónico de los achaques de la vejez, presente en tantas otras de sus películas y en la piel (o el pellejo, más bien) de individuos como los astronautas reumáticos de Space Cowboys, la vieja gloria del hampa de Poder absoluto, el policía con corazón prestado de Deuda de sangre o los amantes otoñales de Los puentes de Madison.
Finalmente, encontramos de nuevo una historia en la que Eastwood reflexiona sobre el sufrimiento de los niños, los débiles y los inocentes, un argumento que era también la columna vertebral narrativa de Un mundo perfecto, El intercambio y Mystic River (por cierto, y hablando de esta última, el gesto de la mano en forma de pistola se lo hace Kevin Bacon a Sean Penn al final de la película, así que sumemos otra referencia más).
Según parece, Clint Eastwood ha declarado que éste será su último trabajo como actor, y que a partir de ahora limitará sus funciones al otro lado de la cámara. No es que esté mal, teniendo en cuenta que el señor tiene ya 78 tacos y que rueda a un ritmo de película por año, pero este anuncio de mutis añade un elemento emocional más al visionado de Gran Torino, una sensación de elegía o póstumo autohomenaje que nos pone los pelos de punta a sus admiradores.
Esperemos que mantenga su buena forma y pase a formar parte del club de los octogenarios gloriosos, como Sidney Lumet o Claude Chabrol.


(Continuará...)

miércoles, 11 de marzo de 2009

Paranoia


Paranoia. Eso me ha dicho el psicoanalista. Quién sabe. Quizá sólo esté en mi imaginación ese hombre que me persigue para matarme por la espald...

sábado, 7 de marzo de 2009

Hombre muerto

Perdonarte no es lo más difícil. Tú sabes igual que yo que lo que se destruye con la infidelidad no es el amor, sino la confianza.
La herida en la espalda de tu puñalada cicatrizará. Durante meses ocuparé mis sueños y mis tiempos muertos con la imagen de un tipo fornicando contigo.
Pero eso no evitará que te siga queriendo. Y tal vez, como ya he dicho, hasta podría llegar a autoprovocarme una suerte de amnesia redentora que borrara la peor versión de ti, esa que ahora acarreo y que me hace sentir como la víctima de un timador cualquiera.
Contra lo que no puedo luchar es contra la desconfianza. Aceptaría tus disculpas, sí, y te abrazaría otra vez, sin duda, pero ¿qué pasará entonces cada vez que salgas por la puerta, cada vez que no estés al alcance de mi vista?
Los amigos se convertirán en tapaderas y los viajes en coartadas. Me duele saberme ahora capaz de albergar los recelos más vulgares y elementales. Saber que sufriría cuando te retrasaras a la vuelta del trabajo o cuando salieras con uno de esos viejos amigos que nunca me he empeñado en conocer por respeto a tu pasado y por miedo a comportarme como un esposo entrometido y caduco.
Tampoco me habría enfadado especialmente al saber que, una vez terminado aquel maldito congreso, decidiste sacarte el anillo del dedo y dejarlo en la habitación del hotel para salir con tus compañeros a cenar por ahí y relajaros después de una larga jornada de trabajo.
Puede que hasta me hubiera hecho gracia descubrir ese prurito de coquetería en ti. Con la confianza intacta, llegaría a creerme que lo hiciste sólo para divertirte y encajar en el ambiente, para volver a experimentar el placer egocéntrico de quitarse de encima a una legión de babosos que, cubata en mano, te adulan torpemente y exprimen el repertorio trillado del conquistador ibérico.
Y si, al acercarse a ti cualquiera de aquellos trovadores etílicos y preguntarte si estabas sola, tú hubieras respondido afirmativamente, quizá la cuerda se habría tensado más de lo debido, para qué negarlo, pero jamás tanto como para romperse del todo, tal como está ahora.
No fue eso lo que ocurrió. En efecto, alguien se te acercó con intención de seducirte. Antes de lanzarse, quiso saber si eras una mujer libre. Tú no te limitaste a asentir. No dijiste “Estoy sola”, sin más. Ni siquiera te declaraste una mujer soltera, lo cual, aun fastidiándome, estaría todavía lejos de la dolorosa realidad.
El tipo te abordó y te preguntó si estabas casada o tenías novio. Entonces, tú le respondiste: “Soy viuda”.
Viuda.
Tengo un centenar de llamadas tuyas registradas en la memoria de mi teléfono móvil. No pienso cogerlo. Tampoco voy a decirte dónde estoy. En cuatro días no habré dormido más de un par de horas. A veces me siento flotando por algún extraño paraje ajeno a la dimensión que conocemos. Hasta yo mismo me creo estar muerto.
Algunas mentiras son tan cabronas que acaban convertidas en verdades. Sólo para joder, supongo.

martes, 3 de marzo de 2009

Dormir para vivir

La esperanza media de vida de un ser humano debe de rondar actualmente los setenta y muchos años.
Me da igual si soy el único que lo piensa, pero estoy convencido de que dicha esperanza de vida se situaría por encima de los noventa años con el simple hecho de eliminar drásticamente de nuestro manual de costumbres el indigno suplicio de madrugar.
La culpa de que no abunden los centenarios no la tienen, por tanto, ni el colesterol, ni el tabaco, ni el sida, sino el despertador.
Otras necesidades fisiológicas, como el hambre o las ganas de defecar, se respetan durante su ejecución, cosa que no ocurre a la hora de dejarnos dormir. A nadie le quitamos de golpe el plato a las dos cucharadas, ni le obligamos a levantarse del retrete en mitad de su evacuación (por no mencionar el inefable coitus interruptus). Sin embargo, nuestro mundo está organizado de modo que cuando más a gusto está uno en la cama es justo cuando debe levantarse, haga frío o calor, esté el sol a medias de salir o sea directamente noche cerrada. ¿Por qué?
No es saludable, ni tampoco bueno para nuestras neuronas.
Que nadie saque ahora a pasear obsoletos prejuicios acerca de la pereza o la holgazanería, esa rancia tradición que aún perdura y que eleva la costumbre de levantarse temprano a la categoría de mandato divino.
La cuestión no es estipular cuánto tiempo debe permanecer un individuo en la cama (cada cual tendrá sus propias necesidades), sino dejar a libre elección la hora de abandonarla.
Dicho de otro modo: si lo recomendable es dormir entre siete y ocho horas, que cada cual las encaje en su agenda como desee. Ésta es para mí la idea que más se aproxima al concepto de paraíso terrenal.
A todos nos ha pasado que, un día cualquiera, cuando se nos ha ido la mano con el mojito o el cubata, nos ha dado por soñar e imaginar qué haríamos si de repente nos llovieran un montón de millones de euros.
“Viajaría por todo el mundo”, dirían algunos. “Me compraría un cochazo, o un chalet con vistas al mar”, afirmarían otros. Os prometo que lo primero que pensaría este peatón sería: “No volveré a madrugar en mi puta vida”.
Si el verbo madrugar desapareciera del diccionario, los niveles de mala leche de la atmósfera se verían notablemente rebajados. También desaparecería esa horrible patología denominada “depresión dominical vespertina”, y, lo que es más importante: no existiría el programa de Jiménez Losantos.
Acordaos de esos días en que os despertáis arropados hasta la barbilla, afuera aún está oscuro y se oye el repicar de las gotas de lluvia contra los cristales o las persianas. Y ahora elegid: la chicharra insolente del despertador o afianzar la postura en el catre, volver a cerrar los ojos y dejarse llevar…
Dulces sueños.