domingo, 15 de febrero de 2009

La revolución es un callejón sin salida

Hay una clase de historias que me interesa especialmente, tanto en la literatura como en el teatro o el cine. En contra quizá de las tendencias actuales, me siento más atraído por lo cotidiano y contemporáneo que por lo exótico, lo fantástico o lo histórico.
Las historias a las que me refiero suelen abordar asuntos tan comunes como la incomunicación de las parejas, la falsa felicidad construida a base de pomposas apariencias, el poder de los prejuicios y las convenciones sociales, la importancia de encontrar la verdadera identidad, los peligros del individuo frente a las presiones colectivas, la confusión entre la estabilidad conyugal y el síndrome de Estocolmo...
Escritores norteamericanos como John Cheever, Philip Roth, John Updike, Richard Ford, Saul Below, Tom Perrotta, J.D. Salinger, Norman Mailer, y otros británicos como Julian Barnes, David Lodge, Martin Amis, Ian McEwan o Nick Hornby, se han ocupado —en mayor o menor medida y cada uno a su manera— de estas preocupaciones inherentes a la condición humana y que, si bien rara vez nos regalan épicas aventuras o espectaculares peripecias, constituyen para mí una de las materias primas más sabrosas a la hora de hincarle el diente a una narración o un personaje.
Richard Yates fue uno de los máximos exponentes de este tipo de literatura, como así lo confirman sus novelas Vía Revolucionaria y Las hermanas Grimes, rescatadas por fin del olvido gracias al cine.
Sam Mendes ha sido el director encargado de adaptar la primera de ellas (estrenada aquí como Revolutionary Road, en una nueva demostración de ineptitud por parte de los distribuidores, ya que de este modo se le priva al espectador no iniciado en el idioma inglés de la posibilidad de advertir el doble sentido del título).
Mendes irrumpió a lo grande hace una década con la incisiva American Beauty, una película hermanada con la que aquí nos ocupa y también con otros filmes de temática e intención similar (La tormenta de hielo, El turista accidental, Juegos secretos, Reencuentro, En la habitación, Lejos del cielo, Magnolia) y pariente al mismo tiempo de las novelas y relatos de los autores mencionados anteriormente.
Como soy de los que aún sostiene que la crítica, aparte de un ejercicio masturbatorio de su autor, es un género con voluntad de serle útil al público, os dejo aquí algunas pistas.
En primer lugar, debo poneros en alerta respecto a ciertos reclamos promocionales que pueden resultar engañosos. Concretamente, os recomiendo que no hagáis caso a la publicidad que pretende vender Revolutionary Road como una especie de remedo o continuación del idilio “titánico” Winslet-Di Caprio, ya que la cinta de Mendes se sitúa justo en el polo opuesto de la epopeya romántica que exaltaba la grandilocuente Titanic. Una década después del naufragio filmado más famoso de la historia, nos reencontramos con los mismos actores, pero esta vez embarcados en una odisea mucho más gris e íntimamente corrosiva. Aprovecho para añadir que Kate Winslet es una de mis actrices preferidas, y que Leonardo Di Caprio me parece cada vez mejor actor (pertenece a la estirpe de los Edward Norton, Philip Seymour Hoffmann, Christian Bale, Ethan Hawke, Matt Damon, etc., que poco a poco van tomando el relevo de los Pacino, De Niro y compañía, perdidos a día de hoy entre la autoparodia y la autocomplacencia).
Supongo igualmente que la siempre insidiosa cinefilia vegetariana pondrá múltiples pegas a esta acerada crónica sobre esa veleidad almibarada conocida como “el sueño americano”. Sabido es que hay quien cree que una película es más “profunda” por el simple hecho de abusar de los silencios, o que es más “auténtica” porque demuestra un absoluto desprecio por todo lo relacionado con la estética.
En Revolutionary Road los aspectos formales están cuidados al máximo (la ambientación, el vestuario, la fotografía), se habla mucho y se discute todavía más. Aun así no es la típica cinta frenética y videoclipera tan en boga en el Hollywood actual. Muy al contrario, su ritmo es calculadamente pausado y la estridencia sonora sólo aparece cuando los personajes airean sus trifulcas. No obstante, si sois de los que os alimentáis exclusivamente de cine alternativo, experimental y documentales minimalistas, es muy probable que no la disfrutéis. Allá cada cual.
Por otra parte, desconozco cómo será el doblaje al castellano, pero mucho me temo que difícilmente estará a la altura de la intensidad dialéctica de los intérpretes, y puede que esta tara se acuse más especialmente a la hora de contemplar el tan breve como magnífico trabajo de Michael Shannon (que le ha valido una merecidísma candidatura al Oscar, aunque está cantado que se lo darán post mortem a Heath Ledger), metido en el pellejo de John Givings, un ejemplo palpable de que “loco” tal vez sea lo contrario de “cuerdo”, pero no necesariamente sinónimo de “tonto”.
Imagen: Fotograma de la película Revolutionary Road, de Sam Mendes.

2 comentarios:

Javier Cercas Rueda dijo...

Richard Yates (1926-1992)

COSAS POSITIVAS
Me parece magistral el modo de contar el mundo interior de los personajes. Yates tiene una manera de exhibir la intimidad de los demás que casi te produce pudor mirarla, como un poco de vergüenza de asistir a cosas que no son para otro. Aplica una especie de resonancia magnética al cerebro y nos muestra todo, hasta las conversaciones que anticipan los personajes. Ciertamente el estilo es a veces algo pomposo, casi demasiado perfecto, pero las herramientas narrativas de este escritor son de primera calidad. Veo ecos de Sinclair Lewis (Babbit) y de Bellow.

COSAS NEGATIVAS
La historia es demoledora. El matrimonio, la amistad, el trabajo, todo es para ellos un aburrimiento, no tienen metas. La vida les está pasando de largo, se sienten superiores y especiales, quieren salir de la mediocridad que les rodea. Materializan esto en querer irse a Europa. Como si el problema fueran las circunstancias. Reniegan del sentimentalismo optimista y facilón de la sociedad norteamericana, lacra que consideran más perniciosa que el ánimo de lucro y la pérdida de valores espirituales. Se asfixian en la vaciedad irremisible que ven fuera de ellos. Son contradictorios pues ellos mismos no hacen más que dejarse llevar por sus sentimientos o la pulsión del momento, a la hora de plantearse el aborto o el adulterio.

Particularmente he apreciado mucho el estilo pero la historia no evoluciona mucho desde la mitad de la novela. Sólo quedan por conocer desde entonces los detalles del desastre. Conclusión, en conjunto, no me parece una novela del todo redonda, a pesar de sus aciertos.

El último peatón dijo...

Gracias por la visita y por esa crítica literaria tan bien argumentada.
Espero volver a verte paseando por aquí.