sábado, 7 de febrero de 2009

Insolidaridad peatonal

Como siempre me suelo meter con los automovilistas, los motoristas y los ciclistas, algunos pensaréis que para mí el peatón es un ser esencialmente modélico y perfecto. No estaría mal que así fuera, aunque la realidad es bien distinta, y somos los que transitamos las calles a paso pelado quienes más cercana y frecuentemente sufrimos las consecuencias de los malos hábitos peatonales.
Repartido por las aceras de todo el mundo, circula un plantel de cascarrabias, cagaprisas, cenutrios y tocapelotas capaces de envenenar el noble hábito del paseo y consolidar la misantropía como la seña de identidad del nuevo milenio.
Empecemos por el paragüista banderillero. Todos lo conocéis. ¿Quién no se lo ha cruzado alguna vez bajo un grisáceo chaparrón urbano? Brotan con la lluvia como las setas en los bosques. Diría que representan la versión portátil del homicidio involuntario, suponiendo, claro está, que su amenaza sea producto de la despreocupación o la desconcentración (no quiero imaginar que haya quien lo haga adrede). El caso es que van a su bola; avanzan, gesticulan y esquivan como si tuvieran las manos vacías, como si no fueran conscientes de que portan un objeto inciso-contuso. Imagino que cuando lleguen a casa, muchos de ellos encontrarán las varillas de sus paraguas convertidas en brochetas de carne humana y pelos, repletas de orejas y ojos ensartados.
Claro que la cosa no mejora demasiado cuando la lluvia cesa y hemos de plegar nuestro paraguas. A partir de ese momento tendremos que esquivar a quienes prefieren empuñarlo como si fuera una lanza de torneo medieval, es decir, en paralelo al piso y no a modo de bastón, que siempre fue la manera tradicional de portarlo.
También el clima lluvioso propicia la aparición de otra modalidad de peatón insolente, ése que se pega a la pared para no mojarse a pesar de que sujete un paraguas bien hermoso en su mano. Cuando al resto nos pilla desprevenidos el chubasco, lo normal es que nos arrimemos a las fachadas, buscando el amparo de los soportales o el cobijo de las cornisas y las bases de los balcones. Pero ahí salen estos fulanos, no sé si alérgicos al agua o directamente guarros, que no saben lo que es mojarse. Tal vez sean Gremlins que se transforman en criaturas monstruosas cuando se mojan, o marcianos de M. Night Shyamalan, o unos tiquismiquis sin más. El caso es que un paraguas no parece ser suficiente resguardo para ellos.
Tampoco perdáis de vista a ese que podríamos denominar el cagaprisas de la escalera mecánica, un espécimen que abunda mayoritariamente en las estaciones y pasillos del metro. El porqué de la existencia de escaleras mecánicas aparte de las convencionales es tan fácil de explicar que, en comparación, un episodio de Barrio Sésamo parecería el programa de Punset.
En las escaleras normales y corrientes (las que no se mueven), las personas subimos y bajamos andando o corriendo, es decir, haciendo ejercicio. Sin embargo, la alternativa de la escalera mecánica ofrece la ventaja de subir o bajar sin dar un solo paso, quietecitos y tranquilos. Pues bien, ya sabéis a lo que me refiero, ¿verdad? Rara es la vez que no aparece un pelmazo recorriendo la escalera mecánica como si fuera a apagar un fuego, obligando a los demás a apartarse a un lado, a veces pidiendo permiso y otras, directamente, a base de empellones y codazos. Es difícil resistirse a la tentación de improvisar una zancadilla subrepticia, pero no compensa, porque encima convertiríamos al grosero cagaprisas en una víctima.
Y un consejo final: hablar por el móvil mientras se camina no es tan sencillo como parece. Uno se abstrae del entorno y realiza movimientos incontrolados, extraños pasos como de danzas burundianas, giros imposibles a caballo entre el chotis de toda la vida y las coreografías estilo Matrix, frenazos en seco, aspavientos diversos y trayectos en zigzag que vuelven locos a los demás viandantes, que terminan tan estresados como un personaje de cualquier videojuego. Tenedlo en cuenta.

5 comentarios:

Palimp dijo...

Alguna otra vez lo has comentado, y no estoy de acuerdo... no cuesta nada ponerse a un lado en las escaleras mecánicas y dejar paso por si alguien tiene prisa.

No soy un cagaprisas, pero me gusta ir a mi ritmo. En el Eixample no suele haber problemas, pero en barrios de aceras más estrechas la gente ocupa toda la acera, se paran en grupos obstaculizando el tráfico... en fin, hay poca conciencia de que existen los demás.

El último peatón dijo...

Ummm... No sé qué decirte. Es verdad que echarse a un lado en la escalera no cuesta un esfuerzo sobrehumano, pero si uno ya sabe que quiere ir a un ritmo más rápido y que por tanto necesita subir o bajar andando, ¿por qué no elige directamente la escalera que no es mecánica?
En cuanto a lo de las aceras, estoy totalmente de acuerdo contigo.
En fin, ésa es la cuestión: perdemos la conciencia de que existen los demás.

El veí de dalt dijo...

¿Algún post sobre el peatón escupitero? ;-)

El último peatón dijo...

Me lo apunto. Y también otro sobre los que no recogen las chorchas de sus perros, que me acuerdo de ellos especialmente en los días lluviosos...
Bona nit, veí.

satxoska dijo...

ostras! que cierto es! el respeto de los que andan por la vía públika es eskaso
lo que da mazo de rabia son aquellas señoras que con la excusa de "no poder ir deprisa" se ponen en medio de la acera, no dejando pasar a los que "no vamos despacio" y es que pedirle paso a una de estas personas se convierte en un suplicio; porque entre que lo haces y reacciona ante la súplika (y en kaso de que se digne a hacer lo que dices) ya la has adelantado por la karretera
la vía está para circular, señoras, si quieren pararse, échense a un lado y dejen transitar a los que pasan
y es que los atascos kallejeros están a la orden del día