viernes, 27 de febrero de 2009

El mesías del cubata

Más allá de la relevancia histórica del personaje, la imagen del Che Guevara es hoy por hoy un icono reconocible por cualquier persona, joven o vieja, progresista o reaccionaria.
Podemos ver su cara en una chapa prendida en la mochila de un joven activista antisistema, o en la camiseta de un rockero de pro, o en el póster de un sesentón nostálgico de las primaveras parisinas, o estampado en las paredes de una casa okupada. Es el símbolo revolucionario por antonomasia, y de él se valen aquellos que desean reivindicar cualquier tipo de postura contestataria, alternativa, rebelde o libertaria.
También es verdad que el tiempo ha convertido el símbolo en estereotipo o, más concretamente, en una especie de marca oficiosa, en el logotipo que define una pose que no siempre es coherente con el significado del mito y que, por tanto, a veces responde tan sólo a la voluntad de identificarse con un colectivo determinado (o a la de desmarcarse de otro), o bien a simples criterios estéticos, pues para muchos la foto del Che no deja de ser lo mismo que para otros el cocodrilo de Lacoste.
Tengo alergia a las siglas, las insignias, los panfletos, las pancartas, los mítines y todo lo que tenga que ver con las ideologías prefabricadas. Y no me vale que algunos le quieran poner el sufijo “alternativo” o el prefijo “anti” a la definición de su corriente o movimiento.
Tan sectarios me parecen los partidos políticos como las tribus urbanas. Es más fácil fijarse sólo en lo evidente, en aquello que es tradicionalmente gregario o proselitista, pero ojo con las apariencias, porque a menudo lo etiquetado como rebelde suele pecar también de endogámico y calculado (si no, que alguien me explique por qué los okupas —en teoría paradigma de libertad e independencia— parecen poseer un libro de estilo que les impone lucir la misma apariencia estética, los mismos peinados, las mismas ropas y hasta las mismas razas de perros).
Si un temor tenía antes de ver la película (o el díptico) que Steven Soderberg ha rodado sobre la figura de Ernesto Guevara, era precisamente el de encontrarme con una obra lastrada por la necesidad de pertenecer a un extremo ideológico. Por suerte, y vistas ya las dos partes (Che, el argentino y Che, guerrilla), el experimento cinematográfico —mitad biopic, mitad falso documental— ha merecido la pena.
Soderberg retrata al hombre, la persona, alguien que sufre, pelea, es arrogante e ingenuo al mismo tiempo, se emociona, tiene coraje y también defectos, soñador y líder, fracaso y leyenda. Benicio del Toro se luce como nunca, en un papel que olía a Oscar y se quedó en Goya.
Es posible que los adoradores del icono no opinen igual, y quizá hubieran preferido un tratamiento más exaltado del personaje. Yo, en cambio, admiro esa habilidad que poseen algunos directores norteamericanos para valerse de personajes reales y sacarles el mismo provecho que obtendrían de una criatura parida por la mente de un guionista, sin acusar en ningún momento el lastre de manejar un material verídico y, por tanto, susceptible de crítica o censura por parte de la opinión popular (véase también, como claro ejemplo, la excelente El desafío, Frost contra Nixon).
No obstante, y por mucho que se vendan camisetas, chapas o posters del Che, el símbolo de revolución cubana más venerado por estas tierras es otro bien distinto, de color marrón, líquido y consumido en cantidades
industriales, especialmente de viernes a domingo… Pues claro, hombre. San cubata.

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