viernes, 27 de febrero de 2009

El mesías del cubata

Más allá de la relevancia histórica del personaje, la imagen del Che Guevara es hoy por hoy un icono reconocible por cualquier persona, joven o vieja, progresista o reaccionaria.
Podemos ver su cara en una chapa prendida en la mochila de un joven activista antisistema, o en la camiseta de un rockero de pro, o en el póster de un sesentón nostálgico de las primaveras parisinas, o estampado en las paredes de una casa okupada. Es el símbolo revolucionario por antonomasia, y de él se valen aquellos que desean reivindicar cualquier tipo de postura contestataria, alternativa, rebelde o libertaria.
También es verdad que el tiempo ha convertido el símbolo en estereotipo o, más concretamente, en una especie de marca oficiosa, en el logotipo que define una pose que no siempre es coherente con el significado del mito y que, por tanto, a veces responde tan sólo a la voluntad de identificarse con un colectivo determinado (o a la de desmarcarse de otro), o bien a simples criterios estéticos, pues para muchos la foto del Che no deja de ser lo mismo que para otros el cocodrilo de Lacoste.
Tengo alergia a las siglas, las insignias, los panfletos, las pancartas, los mítines y todo lo que tenga que ver con las ideologías prefabricadas. Y no me vale que algunos le quieran poner el sufijo “alternativo” o el prefijo “anti” a la definición de su corriente o movimiento.
Tan sectarios me parecen los partidos políticos como las tribus urbanas. Es más fácil fijarse sólo en lo evidente, en aquello que es tradicionalmente gregario o proselitista, pero ojo con las apariencias, porque a menudo lo etiquetado como rebelde suele pecar también de endogámico y calculado (si no, que alguien me explique por qué los okupas —en teoría paradigma de libertad e independencia— parecen poseer un libro de estilo que les impone lucir la misma apariencia estética, los mismos peinados, las mismas ropas y hasta las mismas razas de perros).
Si un temor tenía antes de ver la película (o el díptico) que Steven Soderberg ha rodado sobre la figura de Ernesto Guevara, era precisamente el de encontrarme con una obra lastrada por la necesidad de pertenecer a un extremo ideológico. Por suerte, y vistas ya las dos partes (Che, el argentino y Che, guerrilla), el experimento cinematográfico —mitad biopic, mitad falso documental— ha merecido la pena.
Soderberg retrata al hombre, la persona, alguien que sufre, pelea, es arrogante e ingenuo al mismo tiempo, se emociona, tiene coraje y también defectos, soñador y líder, fracaso y leyenda. Benicio del Toro se luce como nunca, en un papel que olía a Oscar y se quedó en Goya.
Es posible que los adoradores del icono no opinen igual, y quizá hubieran preferido un tratamiento más exaltado del personaje. Yo, en cambio, admiro esa habilidad que poseen algunos directores norteamericanos para valerse de personajes reales y sacarles el mismo provecho que obtendrían de una criatura parida por la mente de un guionista, sin acusar en ningún momento el lastre de manejar un material verídico y, por tanto, susceptible de crítica o censura por parte de la opinión popular (véase también, como claro ejemplo, la excelente El desafío, Frost contra Nixon).
No obstante, y por mucho que se vendan camisetas, chapas o posters del Che, el símbolo de revolución cubana más venerado por estas tierras es otro bien distinto, de color marrón, líquido y consumido en cantidades
industriales, especialmente de viernes a domingo… Pues claro, hombre. San cubata.

martes, 24 de febrero de 2009

Espik inglis

Tenemos fama los españoles de no ser demasiado buenos aprendiendo idiomas.
Me parece que en este caso es una fama bien ganada, pero el motivo no tiene que ver con que seamos más tarugos o menos espabilados que los ciudadanos de otros países.
Creo más bien que se debe a algo tan sencillo como el sentido del ridículo, una debilidad que acusamos los ibéricos en mucho mayor grado del que nos gusta reconocer.
Es decir, que estudiar, estudiamos; y aprender, aprendemos. El idioma que sea. El problema llega cuando nos piden que lo hablemos.
Ayer vi cómo en un programa de televisión se hacían bromas a costa del acento pedestre que varios famosos tenían cuando hablaban en inglés. Yo mismo, no hace mucho, celebré a carcajada viva junto a unos amigos el estilo tan peculiar que lucía el magnate Emilio Botín mientras se peleaba con el idioma anglosajón en una especie de video promocional para atraer talentos a su imperio bancario.
Legendario también es el discurso de Garci cuando recogió su Oscar en los años ochenta, y no digamos ya la de mofa que habremos derrochado escuchando las versiones de ciertos clásicos perpetradas por Raphael o el Príncipe Gitano.
Es decir, que nos la trae al pairo si todos ellos conocían o no el idioma. Nos hace gracia lo superficial, sin pararnos a pensar que, mejor o peor pronunciado, la mayoría de estas personas se defienden hablando inglés, algo de lo que no todos podemos presumir.
Siempre me ha parecido admirable el ejemplo del ex futbolista Michael Robinson, reconvertido en locutor televisivo al abandonar la práctica del deporte. Tras más de dos décadas, Robinson sigue manteniendo su cerrado acento británico, patina con la fonética castiza, pronuncia como Doña Croqueta, y le da igual, y además hace muy bien.
Por el contrario, me consta que no pocos de mis paisanos con sobrados conocimientos de inglés tienden a negarse a hablarlo en público, amedrentados por la vergüenza de no afinar debidamente el acento.
En resumidas cuentas, le concedemos mayor importancia a la réplica sonora que al verdadero conocimiento lingüístico. Es como si afirmáramos por norma que un andaluz habla peor castellano que un aragonés por el simple hecho de que su pronunciación no es tan pulcra.
En fin. Zenkiu verimach por la atención y japi güik tu ebribodi.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Adicción al escándalo

Estos días el mundo de la televisión anduvo revuelto debido a que un participante de un concurso de Antena 3 decidió abandonar el programa al hacerse públicos determinados asuntos turbios de su pasado.
Concretamente, se trata de un joven que asesinó a sus padres cuando era menor de edad. Una vez cumplida su condena en un centro especial y, supuestamente, rehecha su vida, se ve que al hombre no se le ocurrió nada más discreto que apuntarse a un reality show.
Puestos en antecedentes, creo que son varios los aspectos a comentar.
En primer lugar, vista la glotonería que gastan últimamente los programadores televisivos para rebañar hasta la última migaja de la audiencia, suena poco creíble que los responsables del programa desconocieran el oscuro secreto del concursante. Es ya de dominio público el hecho de que la mayoría de los castings para acceder a dichos programas están previamente dirigidos y planificados; que se selecciona con toda la intención del mundo a quienes formarán parte de tales espectáculos, tomando como referencia sospechosos talentos y circunstancias, como la capacidad para llevar la contraria o la garantía de contar con un currículum de ex novios lenguaraces o polémicos.
Por tanto, cuesta creer los lamentos de Antena 3, sobre todo comprobando el morbo informativo que el tema ha despertado y que sin duda les habrá regalado índices de audiencia de propina durante las últimas semanas.
También tiene bemoles que el resto de las cadenas se hayan subido al carro con la excusa bastarda de plantear debates éticos o morales a costa del desliz de la competencia. Especialmente, llama la atención que una cadena tan ostensiblemente efectista como Tele 5 se dedique a emitir juicios al respecto, más aún cuando tenemos todavía recientes sus grandes éxitos en el género del periodismo presidiario-lucrativo, es decir, las gloriosas entrevistas a personajes de la calaña de Julián Muñoz o Luis Roldán.
Pero sin duda lo que más me ha llamado la atención de todo este guirigay es que se haya dejado casi completamente al margen el aspecto que, en mi opinión, merecía una mayor atención.
Me estoy refiriendo al evidente desprecio (dejémoslo en escepticismo, si queréis) que todos nosotros, demócratas convencidos y jactanciosos, demostramos hacia esa entelequia tan difusa como necesaria llamada reinserción.
Porque lo que yo me planteo es lo siguiente: este joven no tiene pinta de ser un santo, de acuerdo. Asesinó a sus padres, y el hecho de que fuera mayor o menor de edad es secundario, porque no deja de ser una mera cuestión burocrática. Cometió un crimen execrable, fue juzgado, condenado y quedará marcado de por vida por ello. Vale. No dan ningunas ganas de hacerse amigo suyo. Todo lo que queramos y más. Pero, por otra parte, si ya cumplió su condena y saldó su deuda con la justicia (nos parezca ésta más o menos proporcionada), ¿no tiene el mismo derecho que cualquier otra persona a participar en un concurso de la tele?
Ahí lo dejo, amigos. Pensemos en ello.

domingo, 15 de febrero de 2009

La revolución es un callejón sin salida

Hay una clase de historias que me interesa especialmente, tanto en la literatura como en el teatro o el cine. En contra quizá de las tendencias actuales, me siento más atraído por lo cotidiano y contemporáneo que por lo exótico, lo fantástico o lo histórico.
Las historias a las que me refiero suelen abordar asuntos tan comunes como la incomunicación de las parejas, la falsa felicidad construida a base de pomposas apariencias, el poder de los prejuicios y las convenciones sociales, la importancia de encontrar la verdadera identidad, los peligros del individuo frente a las presiones colectivas, la confusión entre la estabilidad conyugal y el síndrome de Estocolmo...
Escritores norteamericanos como John Cheever, Philip Roth, John Updike, Richard Ford, Saul Below, Tom Perrotta, J.D. Salinger, Norman Mailer, y otros británicos como Julian Barnes, David Lodge, Martin Amis, Ian McEwan o Nick Hornby, se han ocupado —en mayor o menor medida y cada uno a su manera— de estas preocupaciones inherentes a la condición humana y que, si bien rara vez nos regalan épicas aventuras o espectaculares peripecias, constituyen para mí una de las materias primas más sabrosas a la hora de hincarle el diente a una narración o un personaje.
Richard Yates fue uno de los máximos exponentes de este tipo de literatura, como así lo confirman sus novelas Vía Revolucionaria y Las hermanas Grimes, rescatadas por fin del olvido gracias al cine.
Sam Mendes ha sido el director encargado de adaptar la primera de ellas (estrenada aquí como Revolutionary Road, en una nueva demostración de ineptitud por parte de los distribuidores, ya que de este modo se le priva al espectador no iniciado en el idioma inglés de la posibilidad de advertir el doble sentido del título).
Mendes irrumpió a lo grande hace una década con la incisiva American Beauty, una película hermanada con la que aquí nos ocupa y también con otros filmes de temática e intención similar (La tormenta de hielo, El turista accidental, Juegos secretos, Reencuentro, En la habitación, Lejos del cielo, Magnolia) y pariente al mismo tiempo de las novelas y relatos de los autores mencionados anteriormente.
Como soy de los que aún sostiene que la crítica, aparte de un ejercicio masturbatorio de su autor, es un género con voluntad de serle útil al público, os dejo aquí algunas pistas.
En primer lugar, debo poneros en alerta respecto a ciertos reclamos promocionales que pueden resultar engañosos. Concretamente, os recomiendo que no hagáis caso a la publicidad que pretende vender Revolutionary Road como una especie de remedo o continuación del idilio “titánico” Winslet-Di Caprio, ya que la cinta de Mendes se sitúa justo en el polo opuesto de la epopeya romántica que exaltaba la grandilocuente Titanic. Una década después del naufragio filmado más famoso de la historia, nos reencontramos con los mismos actores, pero esta vez embarcados en una odisea mucho más gris e íntimamente corrosiva. Aprovecho para añadir que Kate Winslet es una de mis actrices preferidas, y que Leonardo Di Caprio me parece cada vez mejor actor (pertenece a la estirpe de los Edward Norton, Philip Seymour Hoffmann, Christian Bale, Ethan Hawke, Matt Damon, etc., que poco a poco van tomando el relevo de los Pacino, De Niro y compañía, perdidos a día de hoy entre la autoparodia y la autocomplacencia).
Supongo igualmente que la siempre insidiosa cinefilia vegetariana pondrá múltiples pegas a esta acerada crónica sobre esa veleidad almibarada conocida como “el sueño americano”. Sabido es que hay quien cree que una película es más “profunda” por el simple hecho de abusar de los silencios, o que es más “auténtica” porque demuestra un absoluto desprecio por todo lo relacionado con la estética.
En Revolutionary Road los aspectos formales están cuidados al máximo (la ambientación, el vestuario, la fotografía), se habla mucho y se discute todavía más. Aun así no es la típica cinta frenética y videoclipera tan en boga en el Hollywood actual. Muy al contrario, su ritmo es calculadamente pausado y la estridencia sonora sólo aparece cuando los personajes airean sus trifulcas. No obstante, si sois de los que os alimentáis exclusivamente de cine alternativo, experimental y documentales minimalistas, es muy probable que no la disfrutéis. Allá cada cual.
Por otra parte, desconozco cómo será el doblaje al castellano, pero mucho me temo que difícilmente estará a la altura de la intensidad dialéctica de los intérpretes, y puede que esta tara se acuse más especialmente a la hora de contemplar el tan breve como magnífico trabajo de Michael Shannon (que le ha valido una merecidísma candidatura al Oscar, aunque está cantado que se lo darán post mortem a Heath Ledger), metido en el pellejo de John Givings, un ejemplo palpable de que “loco” tal vez sea lo contrario de “cuerdo”, pero no necesariamente sinónimo de “tonto”.
Imagen: Fotograma de la película Revolutionary Road, de Sam Mendes.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Sobrevalorar los sueños

Diría que el sueño, como recurso dramático, está ciertamente sobrevalorado. Tengo la impresión de que el carácter inconexo, fragmentario, difuso y surrealista de los sueños tiende a sobredimensionarse hasta el punto de hacernos confundir tales peculiaridades con destellos propios de la creación artística.
En esto tenemos tanta culpa los autores de ficción como los psicoanalistas, supongo (y, aunque no creo que sea necesario, me aventuro a dejar claro que hablo del sueño en su significado alusivo a aquello que sucede en nuestra mente mientras dormimos, y no en su también común acepción de “ilusión” o “anhelo”).
Pensad detenidamente en la escenificación de los sueños que solemos encontrar en las películas. Si nos fiáramos de las mismas, llegaríamos a la conclusión de que todo individuo, hasta el más cazurro, lleva dentro un Dalí o un Fellini, un Picasso o un David Lynch. Y es mentira.
La cualidad confusa de los sueños se aprovecha y se manipula en la narrativa y en el cine porque puede funcionar muy bien como elemento simbólico, pero eso no quiere decir que la genialidad creativa sea algo que cualquier hijo de vecino albergue como si tal cosa en su inconsciente (imaginaos qué triste, que seamos todos unos mediocres cuando estamos despiertos y unos genios sólo cuando dormimos).
Los sueños no son la fábrica de nuestras emociones, sino más bien la cloaca donde almacenamos los remordimientos, los prejuicios, las frustraciones, los complejos, los deseos o los delirios.
Además, si nos paramos a analizarlo, los estereotipos visuales que la ficción ha impuesto como presuntamente representativos de lo onírico no se ajustan a la realidad. Quiero decir que la mayoría de nuestros sueños son estéticamente “realistas”, aunque puedan ser, al mismo tiempo, absurdos o ilógicos desde el punto de vista narrativo convencional. Por tanto, no pertenecerían al género fantástico, como los anuncios de compresas y los videoclips musicales. Si nuestra vida fuera un DVD, los sueños formarían parte de los extras y serían el equivalente a las “tomas falsas”.
Soñamos con nuestro propio entierro, mezclamos personas que no se conocen o que han pertenecido a distintas épocas de nuestra vida, construimos episodios en los que aparecen personajes ficticios como si fueran reales, volamos, nos caemos por barrancos y precipicios, proponemos versiones alternativas de sucesos verídicos, todo eso y mucho más, pero que alguien me diga si alguna vez en su vida ha soñado con algo como una concha de ostra gigante que flota en un mar de nubes y en cuyo interior viaja una cebra con alas y con cuernos de alce y vestida con un traje de princesa que canta nuestra canción favorita de la infancia mientras las estrellas empiezan a convertirse en notas musicales y de fondo se oye la voz en off de la persona que amamos recitando un poema de Neruda o de Rilke o de Bendetti o de Gloria Fuertes y entonces la cebra cornuda empieza a llorar y sus lágrimas se van transformando en gotas de sangre que se apelotonan y componen un corazón que late hasta estallar y provocar una lluvia encarnada que riega un erial del que brotan de repente centenares de ojos humanos de distintos colores… e imagino que todo eso podría deberse lo mismo a un trauma de nuestra niñez que al hecho de haber cenado conejo al ajillo a las once de la noche. No sé. Igual es que yo soy muy raro.
Siempre que leo acerca del tratamiento que la psicología da a los sueños, me asalta la duda sobre si algo tan veleidoso puede explicar realmente las claves de nuestra vida y nuestro pensamiento. En mi opinión, lo que recogen los sueños es más bien un batiburrillo de conclusiones, un compendio desordenado de sobras, nunca una revelación en el sentido estricto de la palabra, ni mucho menos una premonición. Me da la impresión de que algunos psiquiatras, escritores y artistas en general pretenden inculcarnos la idea errónea de que los sueños son más listos que nosotros mismos, cuando, en mi opinión, soñar es a la biografía de una persona lo que el telediario a la Historia de la Humanidad. Es decir, un cronista caprichoso, y nada más.
Imagen: Fotograma de la película Recuerda, de Alfred Hitchcock

sábado, 7 de febrero de 2009

Insolidaridad peatonal

Como siempre me suelo meter con los automovilistas, los motoristas y los ciclistas, algunos pensaréis que para mí el peatón es un ser esencialmente modélico y perfecto. No estaría mal que así fuera, aunque la realidad es bien distinta, y somos los que transitamos las calles a paso pelado quienes más cercana y frecuentemente sufrimos las consecuencias de los malos hábitos peatonales.
Repartido por las aceras de todo el mundo, circula un plantel de cascarrabias, cagaprisas, cenutrios y tocapelotas capaces de envenenar el noble hábito del paseo y consolidar la misantropía como la seña de identidad del nuevo milenio.
Empecemos por el paragüista banderillero. Todos lo conocéis. ¿Quién no se lo ha cruzado alguna vez bajo un grisáceo chaparrón urbano? Brotan con la lluvia como las setas en los bosques. Diría que representan la versión portátil del homicidio involuntario, suponiendo, claro está, que su amenaza sea producto de la despreocupación o la desconcentración (no quiero imaginar que haya quien lo haga adrede). El caso es que van a su bola; avanzan, gesticulan y esquivan como si tuvieran las manos vacías, como si no fueran conscientes de que portan un objeto inciso-contuso. Imagino que cuando lleguen a casa, muchos de ellos encontrarán las varillas de sus paraguas convertidas en brochetas de carne humana y pelos, repletas de orejas y ojos ensartados.
Claro que la cosa no mejora demasiado cuando la lluvia cesa y hemos de plegar nuestro paraguas. A partir de ese momento tendremos que esquivar a quienes prefieren empuñarlo como si fuera una lanza de torneo medieval, es decir, en paralelo al piso y no a modo de bastón, que siempre fue la manera tradicional de portarlo.
También el clima lluvioso propicia la aparición de otra modalidad de peatón insolente, ése que se pega a la pared para no mojarse a pesar de que sujete un paraguas bien hermoso en su mano. Cuando al resto nos pilla desprevenidos el chubasco, lo normal es que nos arrimemos a las fachadas, buscando el amparo de los soportales o el cobijo de las cornisas y las bases de los balcones. Pero ahí salen estos fulanos, no sé si alérgicos al agua o directamente guarros, que no saben lo que es mojarse. Tal vez sean Gremlins que se transforman en criaturas monstruosas cuando se mojan, o marcianos de M. Night Shyamalan, o unos tiquismiquis sin más. El caso es que un paraguas no parece ser suficiente resguardo para ellos.
Tampoco perdáis de vista a ese que podríamos denominar el cagaprisas de la escalera mecánica, un espécimen que abunda mayoritariamente en las estaciones y pasillos del metro. El porqué de la existencia de escaleras mecánicas aparte de las convencionales es tan fácil de explicar que, en comparación, un episodio de Barrio Sésamo parecería el programa de Punset.
En las escaleras normales y corrientes (las que no se mueven), las personas subimos y bajamos andando o corriendo, es decir, haciendo ejercicio. Sin embargo, la alternativa de la escalera mecánica ofrece la ventaja de subir o bajar sin dar un solo paso, quietecitos y tranquilos. Pues bien, ya sabéis a lo que me refiero, ¿verdad? Rara es la vez que no aparece un pelmazo recorriendo la escalera mecánica como si fuera a apagar un fuego, obligando a los demás a apartarse a un lado, a veces pidiendo permiso y otras, directamente, a base de empellones y codazos. Es difícil resistirse a la tentación de improvisar una zancadilla subrepticia, pero no compensa, porque encima convertiríamos al grosero cagaprisas en una víctima.
Y un consejo final: hablar por el móvil mientras se camina no es tan sencillo como parece. Uno se abstrae del entorno y realiza movimientos incontrolados, extraños pasos como de danzas burundianas, giros imposibles a caballo entre el chotis de toda la vida y las coreografías estilo Matrix, frenazos en seco, aspavientos diversos y trayectos en zigzag que vuelven locos a los demás viandantes, que terminan tan estresados como un personaje de cualquier videojuego. Tenedlo en cuenta.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Ausencias e incongruencias

Me temo que el éxito de Camino en los premios Goya es un simple espejismo de renovación para una academia del cine español que sigue padeciendo la enfermedad del anacronismo y la inercia ideológica de manual.
Ya expresé aquí en su día mi admiración por la película de Fesser y, al mismo tiempo, mi estupor por el hecho de que no fuera ésta —en vez de la vetusta, apolillada, acartonada, encorsetada y avinagrada Los girasoles ciegos— la representante de nuestro país en los Oscar.
Tampoco entiendo demasiado qué mecanismo o conjuro es el que provoca que, en apenas dos meses, los mismos académicos que eligen la estereotípica y arcaica película de Cuerda para ir a Hollywood, se vean poseídos por un ataque repentino de modernidad y cordura, y terminen premiando un filme tan radicalmente opuesto como Camino.
Conste que mis recelos hacia la academia de cine y sus premios no se deben a algo tan elemental y respetable como la disparidad de gustos.
Es decir, que puedo admitir que este año, por ejemplo, se hayan olvidado por completo de una película tan original, atrevida y mordaz como El menor de los males, y también de su director Antonio Hernández y de su actor protagonista, Roberto Álvarez, aunque para mí merecieran, como mínimo, sus respectivas candidaturas.
Sin embargo, pienso que hay determinados premios que sí deben obedecer a unos ciertos criterios más o menos lógicos, y es en este terreno donde los Goya patinan y se estrellan continuamente, al menos en los últimos tiempos.
Concretamente, me refiero a los premios concedidos a directores noveles y actores revelación. Se supone que ambas categorías están ideadas para descubrir nuevos talentos y, por consiguiente, garantizar el futuro y la evolución óptima del séptimo arte patrio.
Por eso no encuentro explicación posible al hecho de que Casual day (para mí, la mejor película española del año, junto a Camino) no consiguiera ni una sola nominación. Si por mí fuera, habría entrado en todas las categorías (mejor película, mejor guión y, sobre todo, en el plano interpretativo: Juan Diego, inmenso como siempre; Luis Tosar, Secun de la Rosa y Carlos Kaniowski como actores de reparto), pero qué menos que, tratándose de una opera prima, haberla seleccionado entre las cuatro aspirantes a mejor dirección novel.
Insisto en que, más allá de que a mí me encante (podéis comprobarlo en la entrada titulada Trabajos forzados), creo que de una vez por todas deberíamos empezar a exportar un tipo de películas que demuestren que no sólo Almodóvar y Amenábar se pasan por el forro las reconstrucciones acartonadas de la Guerra Civil y el Siglo de Oro; que no todo el cine español huele a naftalina y que hay directores jóvenes (y también veteranos, como Díaz Yanes, De la Iglesia o Huerga) que saben retratar la realidad del momento utilizando un lenguaje contemporáneo. Y Casual day es un buen ejemplo de ello.
Pues nada. Al parecer, los académicos preferían la chapuza seudo vanguardista de Los cronocrímenes, una obra fallida con pretensiones de Croneneberg y resultados de Ed Wood. O la simplona y telefílmica El patio de mi cárcel, con su activismo social de fogueo y consultorio vespertino. Al final ganó El truco del manco, que por lo menos es honesta y coherente consigo misma, aunque poca cosa si la ponemos al lado de Casual day. Además, conviene destacar que cuando se hicieron públicas las candidaturas, la película de Zannou aún no se había estrenado en los cines, lo cual es, como mínimo, sospechoso. Antes, esto sólo lo hacía Garci, pero se ve que en esta edición se han soltado la melena, porque el caso de El truco del manco no es el único (El juego del ahorcado tampoco se había estrenado al publicarse las nominaciones, y su protagonista, Álvaro Cervantes, aspiraba a premio).
Está claro que esta táctica tiene que ver con la pela. Es más rentable nominar películas que estén en cartelera al día siguiente de concederse los premios; lo sabe cualquiera. De ahí, supongo, deriva otro de los olvidos más flagrantes de los últimos Goya. Hablo de Lo mejor de mí, de Roser Aguilar, premiada en el festival de Locarno 2007 (igual que su protagonista, Marian Álvarez, que cantaba a Goya como actriz revelación) y cuyo único pecado, deduzco, es el de haberse estrenado demasiado pronto (sucedió el año pasado con filmes como Concursante o Bosque de sombras).
Pero la cosa no queda ahí. No conformes con ningunear a Casual day y Lo mejor de mí, González-Sinde y los suyos se han dejado sin reconocer otro de los mejores productos que el cine ibérico parió en el 2008, la inquietante 3 días, de F. Javier Gutiérrez, un auténtico thriller con aires de ciencia-ficción, bien rodado, formalmente brillante y con actores sobresalientes (vamos, justo lo contrario que Los cronocrímenes).
Mi cuarta candidata a mejor opera prima del año habría sido Bienvenido a Farewell-Gutmann, de Xavi Puebla, cuyo punto débil, en mi opinión, está en los aspectos estéticos, pero que sin embargo posee un guión inteligente y corrosivo, además de unas interpretaciones merecedoras de halago.
En cuanto al apartado de los actores y actrices revelación, imagino que Ana Wagener y Luis Bermejo recibirían sus nominaciones más como una broma cruel que como un regalo. No son “estrellas”, de acuerdo, pero tienen demasiado celuloide cargado a sus espaldas como para que les vengan ahora con la etiqueta de “descubrimiento”.
He echado de menos en esta categoría a Estíbaliz Gabilondo (Casual day), Marian Álvarez (Lo mejor de mí), Paz Padilla (Cobardes) y Eduardo Garé (Cobardes).
Y lo siento por El Langui, porque cumple perfectamente con su papel en El truco del manco, pero también es verdad que le han dado un premio por interpretarse a sí mismo, y, como he empezado diciendo, sostengo que el Goya al actor revelación debería estar orientado al futuro y no responder a un momento de inspiración aislado y coyuntural (tengamos en cuenta que este hombre es cantante, y no actor, y que lo más probable es que no volvamos a verlo nunca más en una película).
Por esta misma razón siempre he tenido igualmente mis reservas cuando se galardona a un niño. Sobre el papel, lo del premio al intérprete revelación parece hecho a medida para los más pequeños, pero no menos cierto es que la mayor parte de ellos desparecen del oficio cuando se hacen adultos (y no estoy pensando sólo en Joselito). No obstante, el Goya a Nerea Camacho por Camino me parece de lo más acertado, lo mismo que en su día me lo pareció el de Ivana Baquero por El laberinto del Fauno.