sábado, 17 de enero de 2009

Idilio abortado

Nada más confirmar mi cita con Andrea corrí —iluso de mí— a contárselo a mi buen amigo Froilán. Yo sólo pretendía mantener una de esas típicas conversaciones entre colegas en las que nos llamamos machote, campeón o incluso cabrón hijodeputa, todo ello con la finalidad primitiva de celebrar una conquista.
La reacción de él, sin embargo, no fue de júbilo, sino de reproche. Me habló despectivamente de Andrea; la llamó mojigata, remilgada y retrógrada. Además, me dijo que alguien la había visto en una de esas concentraciones ultrabeatas en contra de los matrimonios homosexuales y los anticonceptivos.
Y no sólo eso, sino que al parecer era de dominio público el hecho de que pertenecía a una asociación de mujeres antiabortistas.
Froilán el envidioso, me dije. Al muy bastardo le corroen los celos. Qué vulgar y qué previsible eso de odiar a la amante del mejor amigo por el temor a perder su exclusividad. Debe de haber centenares de ejemplos en la mitología clásica o en los volúmenes de psicología freudiana. Era un caso tan aparentemente manido que por eso mismo no le di importancia, y de ahí que no hiciera ni puñetero caso a los recelos y advertencias de mi amigo.
Mi cita con Andrea tampoco fue precisamente un dechado de originalidad. Fuimos al cine, paseamos un rato hasta que el sol se escondió y el termómetro empezó a cotizar a la baja, momento en el que ella tiró también del manual canónico del cortejo y sugirió que la acompañase hasta la puerta de su casa.
Ya que la cosa iba de catecismo seductor, al detenernos junto a su portal quise probar la eficacia del lugar común denominado “¿Me invitas a un café?”, si bien la propia Andrea, en clara conexión con mis anhelos (jódete, Froilán), se me adelantó con el no menos trillado “¿Te apetece subir?”.
Superados los imprescindibles trámites protocolarios (enseñarme las habitaciones del piso y aclararme dos o tres detalles sobre la decoración), ella pensó que, dada la hora que era, en vez tomar un café lo mejor era que me quedase a cenar. Cada paso parecía acercarme al final feliz deseado. Ni el más mediocre de los guiones románticos hubiera reflejado con tanta precisión aquel proceso de seducción, que no podía terminar de otra manera que con nuestros sexos triunfalmente acoplados.
Para no pecar de machista ni de gorrón, me apresuré a proponer una llamada telefónica a la pizzería o el restaurante chino, y evitar así que ella tuviera que cocinar.
“No te preocupes”, me respondió. “Haré algo sencillo”.
Acepté tímidamente, y además me ofrecí a ayudar en la cocina, pero Andrea me mandó al saloncito, a distraerme con la tele. En lugar de eso, me puse a husmear discretamente entre sus cosas. El crepitar del aceite en la sartén se escuchaba claramente desde mi exilio cortés del salón, mientras yo miraba estantes y revolvía papeles.
Fue al cabo de unos segundos cuando fijé mi atención en una cuartilla posada sobre una mesa y sujeta por el borde de un cenicero. Era un panfleto, probablemente ése que el confidente de Froilán había visto ya y que confirmaba lo que él me había advertido. Pude leer cosas como “El primer mes también es vida”, “Aborto=Asesinato”, o un contradictorio “Pena de muerte para los abortistas”.
El olor de la fritanga se había empezado a introducir por mi nariz, lo cual, mezclado con la desazón de la lectura reciente, me produjo un amago de náusea. Tomé aquel panfleto y me dirigí a la cocina. Antes de escandalizarme prematuramente quise que ella misma me lo aclarara todo.
“Ya casi está”, me dijo, en tono jovial y de espaldas a mí, trajinando entre los fogones. Vi entonces sobre la encimera un plato ya servido. Y fue cuando Andrea formuló la pregunta clave:

“¿Te gusta el pollo frito?”

Desconcertado y perplejo, miré de nuevo aquel plato. Lo que había en él era esto:



“Dios mío, es cierto”, me dije, y arrugando el panfleto dentro de mi puño salí corriendo de allí.

4 comentarios:

Nomeolvides dijo...

Juas! Que deben ser las horas y no lo pillaba... y cuando lo he pillado... jajajaja! Pollo frito!!! Qué bueno por favor!!!

Desirée dijo...

¡Hostia! me has dejado desconcertada al final, pero que tía más borde, ja,ja

Neus dijo...

Excelente relato en el género "yuyu contemporáneo" - porque espero que sea ficción y no realidad, de verdad te lo digo!

El último peatón dijo...

A las tres os confirmo que el personaje de Andrea es plenamente ficticio, aunque apostaría el dinero que no tengo a que existen clones suyos pululando por ahí...

Un beso triple sin fritanga.