sábado, 31 de enero de 2009

Para que luego digan

Me he pasado casi cuatro años tratando de leer la novela de Richard Yates Vía Revolucionaria. Este simple deseo me ha supuesto una labor de investigación que reíros vosotros del Watergate o la Operación Malaya.
El libro estaba agotado en todas las tiendas y descatalogado por los editores. Ni rastro del mismo en librerías de viejo, mercadillos y páginas web prácticamente infalibles, como Iberlibro y similares.
Mi desesperación alcanzaba ya límites peligrosos cuando sucedió el milagro en forma de adaptación cinematográfica. Gracias a la versión que Sam Mendes ha rodado y que acaba de estrenarse, ahora tenemos la novela de Yates en todas partes, al alcance de cualquier lector.
Para que luego digan. Para que todavía algunos sigan empeñados en enemistar a las letras con las películas y continúen entonando esa sentencia tópica y gratuita, ese rancio axioma hecho a partes iguales de pedantería e ignorancia cinematográfica; ya sabéis, eso de “El libro es mucho mejor”, o incluso “El libro siempre es mejor”.
Para empezar, cualquier adaptación de una obra literaria para la pantalla se verá siempre beneficiada por un impulso o una renovación de su popularidad (de hecho, en algunos casos es el cine el responsable de que el público conozca por primera vez la existencia de un libro del que hasta entonces nada sabía). En este sentido, la novela siempre gana. Si la película tiene éxito, la reacción positiva tendrá su reflejo en las librerías. Y si la película es un fracaso, no os quepa duda de que siempre se arremeterá contra ella en términos comparativos, acusando al director de no haber sabido reflejar acertadamente el espíritu del texto escrito.
Por otra parte, quienes gustan de despreciar categóricamente cualquier historia filmada a partir de un libro previamente escrito cometen, sin ellos saberlo y pese a su habitual arrogancia, un delito de analfabetismo cinematográfico digno de sanción ejemplar.
Parece ser que estos presuntos defensores de la integridad literaria sólo han visto adaptaciones de best-sellers o novelas muy populares, las cuales, en honor a la verdad, rara vez resultan brillantes. Sin embargo, es evidente que ignoran el hecho crucial de que más de la mitad de las películas que ven están asimismo inspiradas en otros tantos libros que —es de suponer— no han leído. Y algo todavía más importante: centenares o miles de títulos históricos y reconocidos como obras maestras del séptimo arte (El Padrino, La dama de Shanghai, Sed de mal, La noche del cazador, El cartero siempre llama dos veces, Vértigo, Uno de los nuestros, Blade Runner, Desayuno con diamantes, Mystic River, El silencio de un hombre, Ladrón de bicicletas, El buscavidas...) son adaptaciones de textos literarios que en muchos casos jamás figurarán en las antologías de los mejores libros o que han sido directamente enterrados bajo el peso del olvido.
Hay igualmente numerosos ejemplos de perfecta compenetración entre ambas partes. Este año, sin ir más lejos, hemos podido disfrutar en las salas de la estupenda Gomorra, de Mateo Garrone, inspirada en la no menos magnífica novela de Roberto Saviano, del mismo título.
El caso de Revolutionary Road sería también idóneo para ilustrar esta opinión, pero como hoy ya me he enrollado bastante dejaré el comentario de la película para el próximo día. Sólo añadiré que me encantaría que algún director apropiado (por ejemplo, Todd Field, autor de la estupenda Juegos secretos) se decidiera a adaptar Parejas, de John Updike, o Bullet Park, de John Cheever (o ambas, ya puestos a pedir).
En fin. Si todavía hay alguien que sigue pensando que los libros y las películas son enemigos en vez de parientes, lo siento por ellos. Yo he hecho lo que he podido desde aquí.

lunes, 26 de enero de 2009

El peatón profeta


El pasado jueves cumplí por fin uno de mis deseos más especiales, que no era otro que el de poder presentarles a mis paisanos esa criatura literaria parida hace un año y medio y que lleva por nombre Bolero envenenado.

Tengo que dar las gracias a Isabel Rodríguez, portavoz del Gobierno de Castilla-La Mancha, que accedió a leerse mi novela y a presentarla con tal entusiasmo y precisión que cualquiera hubiera dicho que era ella la verdadera autora del libro. Mi agradecimiento también a Manuel y Sara, mis anfitriones, propietarios de la Galería Cerdán, un precioso e inspirador entorno capaz de convertir en artista a un analfabeto con sólo hacerle traspasar la puerta. Gracias igualmente a José Francisco Rivas, alcalde de Talavera de la Reina, por acoger tan cálidamente a este talaverano errante y cerrar el acto literario con sus palabras.
Y, por supuesto, el mayor agradecimiento de todos a Nieves, que ha currado más que nadie y desde hace tiempo para que el deseo de este peatón se hiciera realidad.

Ni la más optimista de mis previsiones podría haber calculado con acierto la estupenda repercusión que el evento ha tenido en la ciudad, en la provincia y en toda la comunidad autónoma. Desde un par de días antes de la presentación y aún hasta hoy no he parado de atender a los distintos medios locales o regionales, ya sean de prensa, radio o televisión.

Os dejo aquí algunos vínculos que recogen las primeras crónicas publicadas sobre el acontecimiento, y espero poder seguir compartiendo con vosotros el resto de noticias y entrevistas que están pendientes de aparecer.


http://www.lacerca.com/noticias/castilla_la_mancha/rodriguez_jose_ignacio_libro-31922-1.html

http://www.abc.es/20090123/toledo-toledo/garcia-martin-bolero-envenenado-20090123.html


http://www.castillalamancha.es/portal/canales/cultura/contenidos/actualidad/default.asp?reg=11380&pag=detalle

http://www.toledoinformacion.com/vernoticia.asp?idnoticia=3861&subc=4

http://www.castillalamancha.es/clmcultura/pb/periodico/periodico.asp?REG=11380&AREA=servicios&pagina=detalle

http://www.jccm.es/prensa/nota.phtml?cod=31309

http://xornalgalicia.com/index.php?name=News&file=article&sid=44630http://www.dclm.es/news/133/ARTICLE/20188/2009-01-23.html

sábado, 17 de enero de 2009

Idilio abortado

Nada más confirmar mi cita con Andrea corrí —iluso de mí— a contárselo a mi buen amigo Froilán. Yo sólo pretendía mantener una de esas típicas conversaciones entre colegas en las que nos llamamos machote, campeón o incluso cabrón hijodeputa, todo ello con la finalidad primitiva de celebrar una conquista.
La reacción de él, sin embargo, no fue de júbilo, sino de reproche. Me habló despectivamente de Andrea; la llamó mojigata, remilgada y retrógrada. Además, me dijo que alguien la había visto en una de esas concentraciones ultrabeatas en contra de los matrimonios homosexuales y los anticonceptivos.
Y no sólo eso, sino que al parecer era de dominio público el hecho de que pertenecía a una asociación de mujeres antiabortistas.
Froilán el envidioso, me dije. Al muy bastardo le corroen los celos. Qué vulgar y qué previsible eso de odiar a la amante del mejor amigo por el temor a perder su exclusividad. Debe de haber centenares de ejemplos en la mitología clásica o en los volúmenes de psicología freudiana. Era un caso tan aparentemente manido que por eso mismo no le di importancia, y de ahí que no hiciera ni puñetero caso a los recelos y advertencias de mi amigo.
Mi cita con Andrea tampoco fue precisamente un dechado de originalidad. Fuimos al cine, paseamos un rato hasta que el sol se escondió y el termómetro empezó a cotizar a la baja, momento en el que ella tiró también del manual canónico del cortejo y sugirió que la acompañase hasta la puerta de su casa.
Ya que la cosa iba de catecismo seductor, al detenernos junto a su portal quise probar la eficacia del lugar común denominado “¿Me invitas a un café?”, si bien la propia Andrea, en clara conexión con mis anhelos (jódete, Froilán), se me adelantó con el no menos trillado “¿Te apetece subir?”.
Superados los imprescindibles trámites protocolarios (enseñarme las habitaciones del piso y aclararme dos o tres detalles sobre la decoración), ella pensó que, dada la hora que era, en vez tomar un café lo mejor era que me quedase a cenar. Cada paso parecía acercarme al final feliz deseado. Ni el más mediocre de los guiones románticos hubiera reflejado con tanta precisión aquel proceso de seducción, que no podía terminar de otra manera que con nuestros sexos triunfalmente acoplados.
Para no pecar de machista ni de gorrón, me apresuré a proponer una llamada telefónica a la pizzería o el restaurante chino, y evitar así que ella tuviera que cocinar.
“No te preocupes”, me respondió. “Haré algo sencillo”.
Acepté tímidamente, y además me ofrecí a ayudar en la cocina, pero Andrea me mandó al saloncito, a distraerme con la tele. En lugar de eso, me puse a husmear discretamente entre sus cosas. El crepitar del aceite en la sartén se escuchaba claramente desde mi exilio cortés del salón, mientras yo miraba estantes y revolvía papeles.
Fue al cabo de unos segundos cuando fijé mi atención en una cuartilla posada sobre una mesa y sujeta por el borde de un cenicero. Era un panfleto, probablemente ése que el confidente de Froilán había visto ya y que confirmaba lo que él me había advertido. Pude leer cosas como “El primer mes también es vida”, “Aborto=Asesinato”, o un contradictorio “Pena de muerte para los abortistas”.
El olor de la fritanga se había empezado a introducir por mi nariz, lo cual, mezclado con la desazón de la lectura reciente, me produjo un amago de náusea. Tomé aquel panfleto y me dirigí a la cocina. Antes de escandalizarme prematuramente quise que ella misma me lo aclarara todo.
“Ya casi está”, me dijo, en tono jovial y de espaldas a mí, trajinando entre los fogones. Vi entonces sobre la encimera un plato ya servido. Y fue cuando Andrea formuló la pregunta clave:

“¿Te gusta el pollo frito?”

Desconcertado y perplejo, miré de nuevo aquel plato. Lo que había en él era esto:



“Dios mío, es cierto”, me dije, y arrugando el panfleto dentro de mi puño salí corriendo de allí.

lunes, 12 de enero de 2009

Infiltrado en las líneas enemigas

No tendría por qué ser así, pero da la impresión de que los humanos de este siglo nos empeñamos en hacer incompatible el interés por los avances tecnológicos o las nuevas formas de ocio con otras disciplinas e inquietudes tradicionales como la literatura, el arte en general o el respeto por la lengua.
Sostienen los más agoreros que la informática y los ciberjuegos terminarán aniquilando a los divertimentos de toda la vida. Yo me resisto todo lo que puedo a secundar semejante profecía, pero no puedo negar la evidencia de que, entre unos y otros, estamos contribuyendo a separar en distintos bandos algunas cosas que, pensándolo bien, deberían militar en el mismo.
Al hilo de esto, me permito recomendaros el libro Como una novela, de Daniel Pennac, un ensayo ameno y muy eficaz que defiende la afición a la lectura de un modo casi campechano, sin pedanterías clasistas y sin solemnidades académicas. Muy al contrario, Pennac reivindica la literatura como esparcimiento y no como obligación, e insta a los padres y educadores a situar los libros en el mismo contexto que los balones, las muñecas, los patines y, cómo no, los videojuegos.
A menudo las buenas intenciones, si se aplican mal en la práctica, devienen lo contrario de lo pretendido. Algunos padres, guiados por el sano deseo de que sus hijos no renieguen de los libros, obligan a éstos a leer antes de dejarles jugar a otras cosas. Es decir, convierten el juego (el balón, la muñeca o la consola) en un premio por leer, con lo que la lectura se posiciona automáticamente en el sector de los deberes y no en el de las diversiones, igual que cuando se va al parque de atracciones por haber sacado buenas notas o se permite una tarta de chocolate como postre por haberse comido toda la verdura.
He hecho esta larga introducción porque, si bien la creación de un videojuego para mejorar la cultura lingüística debe celebrarse como una buena noticia, no estoy demasiado seguro de que el pasatiempo en cuestión pueda hacerles sombra a los verdaderos reyes del universo ciberlúdico (superhéroes, carreras de coches, hazañas bélicas, deportes de élite, etc.).
El juego al que me refiero se llama “Mi experto en vocabulario” (reconozco que suena repelente), y lo ha diseñado Antonio Moreno Ortiz, especialista en Lingüística Computacional y Lexicografía de la Universidad de Málaga. Su noble objetivo es contribuir a mejorar la riqueza léxica, no sólo de los más jóvenes, sino, ya puestos, de todo aquel capaz de comunicarse con palabras.
O sea, no hay que conquistar ningún reino, ni cargarse a ningún villano de la banda rival, ni ser el campeón de nada, ni adquirir superpoderes para salvar al mundo de catástrofes o invasiones, ni recuperar un anillo omnipotente o un cofre sagrado… Vamos, que es como el cole, pero en formato videoconsola. Y he aquí el problema.
Porque a mí no me cuesta nada identificar el invento como “juego”, pero ¿pensarán lo mismo los chavales, acostumbrados a otro concepto de ocio radicalmente distinto?
Una lástima, me temo. Este profesor malagueño se merece un monumento a la heroicidad, aunque ya veremos si su creación resiste la presión de ser algo así como un topo, un espía infiltrado en el bando enemigo, el lado donde mandan los SMS y las PSP.
Por supuesto, si alguno de los que leéis esto tenéis la intención de regalarles “Mi experto en vocabulario” a vuestros hijos, no vayáis a cometer la torpeza de obligarles a usarlo para ganarse el derecho posterior a sus otros juegos. Pennac os daría la bronca. Y yo, después de él.

miércoles, 7 de enero de 2009

Rebajas

Qué listo el que inventó las rebajas, ¿no? Qué espabilao el tío. Va y las coloca justo después de que te lo hayan regalado ya todo y de que tú te hayas gastado el dinero en regalar a los demás. Ahora, lo que no hayan querido los ciudadanos pudientes nos lo ofrecen a la chusma a precio rebajado, lo cual —conviene aclarar— no significa lo mismo que “precio barato”.
Bonito truco éste. Hacernos pasar por asequible lo que sigue siendo caro, sólo porque es un poco menos caro que antes. Me encanta el énfasis que le ponen los publicitarios para que Perogrullo parezca Platón, o sea, para que lo obvio nos resulte extraordinario. Ya me diréis, si no, qué sentido tiene eso de “Compre una camisa y llévese otra totalmente gratis”. No te jode. Si no es “totalmente”, no es gratis. Vamos, que si es parcialmente gratis, será, como mucho, barato. Que gratis, para entendernos, es como virgen o muerto. No admite matices ni medias tintas.
A pesar de todo, un enero sin rebajas es como un domingo sin depresión, así que llego a los grandes almacenes media hora antes de que abran y me sitúo estratégicamente para entrar el primero. De repente, un coro bullanguero me avisa de que el sitio está reservado. Es para Anselma, me dicen, que lleva 44 años entrando la primera al inaugurarse las rebajas.
Una señora que está a mi lado me dice que aspira a suceder algún día a Anselma, pero no para comprar antes que los demás. Su objetivo es que la saquen en el telediario y pedir un piso de protección oficial, que el suyo se lo van a embargar en breve por no pagar la hipoteca. Le digo que las noticias no valen para nada. Que mejor se vaya al Diario de Patricia o a algún programa similar, que ahí sí que lo consiguen todo. Un novio, un trabajo o una operación de cirugía estética. Ya están tardando los partidos políticos en presentar a la tal Patricia como candidata. Ésta lo arreglaría todo. Se acabaría la crisis y se terminarían las guerras.
En fin. Tampoco es que sirva para mucho ser el primero, porque el lío es el mismo al principio que al final. Imagino que los empleados de la tienda se pasan la noche anterior revolviendo los cajones y los estantes para que cuando abran las puertas lo encontremos ya todo revuelto, que si no, ni parecen rebajas ni nada. Y llegar antes tampoco te asegura encontrar el chollo del siglo. De hecho, lo que más se devalúa en las rebajas no son los precios, sino los derechos del cliente. Para empezar, no tienes derecho a cambios o devoluciones. Qué casualidad, justo en la época en que precisamente tu talla ha variado, aumentada por culpa de la Navidad y las comidas de empresa, o disminuida por culpa del marisco intoxicado... Además, en muchos sitios no te puedes probar la ropa, que ya sólo por la heroicidad de encontrarla te la tendrían que regalar. Menuda calamidad, esos cajones donde los calcetines viven mezclados con los pijamas y los calzoncillos con las bufandas. Encuentras un calcetín en un cajón de la planta 4 y tienes que ir a buscar su compañero a la planta 7, entre las bragas o los camisones de señora. Me agoto sólo de pensarlo…
Bueno, os dejo, que por ahí llega Anselma.

sábado, 3 de enero de 2009

Pan patapam

¿Qué está pasando con el pan?
El pan nuestro de cada día, el que ganamos con el sudor de la frente, el que nos dan con el circo para distraernos, el que se multiplicó junto a los peces. No os asustéis, no voy a leeros ninguna homilía ni la hoja parroquial de turno. Pero no me negaréis el carácter casi sagrado que el pan ha tenido tradicionalmente en nuestra vida y nuestra cultura. No en vano, fue en pan en lo que se convirtió el cuerpo de Cristo. Podría haber elegido jamón, o marisco, pero no lo hizo. Por algo sería.
Aparte de la religión, el pan forma parte también de nuestro saber popular. Dame pan y llámame tonto, contigo pan y cebolla, las manos van al pan, al pan pan, y al vino vino; con pan y vino se anda el camino. Y es que pan y vino siempre han hecho buenas migas, y no sólo cuando van a misa…
Hablando de migas. Ahora le quitamos la corteza al pan de molde y la miga al pan de barra. Curioso. Al final terminamos comiendo lo mismo, o sea, corteza y miga, aunque por separado. ¿Qué demonios nos creemos?
Me cago en los dietistas posmodernos, hombre. Resulta que de repente no se puede comer pan, fuera de todas las dietas, la vida sana, la eterna juventud y la plenitud sexual dependen de repudiar a nuestro panadero. Se acabó el bocata del recreo, el del trabajo, el del intermedio del fútbol, el bocata de tortilla con pimientos de la excursión al campo… Se acabó la hora del bocata, vamos. En toda su extensión.
Pues nada, a seguir la moda. La excéntrica y dudosa moda de la dieta a medida. Mi endocrino me ha dicho que puedo comerme un cabrito asado entero siempre y cuando no me coma después una nuez. Lo mejor de todo es que, si me como la nuez antes, no pasa nada. Es decir, lo que engorda es la nuez. Raro, pero aceptable. Pero, ¿y si después de la nuez engullo el cabrito acompañado de pan? Ah, no. Nunca jamás. Vade retro. El pan, ni olerlo. Pues vaya.
Lo cachondo del tema es que cada vez hay más clases distintas de pan. Cuando yo era niño, mi madre me mandaba a comprar el pan y sólo había dos opciones: el de pagés para las tostadas y el de barra para todo lo demás. Después inventaron el pan Bimbo, pero éste era como el pan de los domingos, por así decirlo. Mandad ahora a la criatura. Probadlo. Como no haya estudiado un master en la materia lo tendrá complicado. Pan de olivas, de cebolla, del Pirineo, de ajo, candeal, sin sal, con pasas, baguette francesa, rústico, chapata, integral, de nueces, de Viena… Eso sí, todos se hacen en la misma máquina. Ésa que está detrás del mostrador, que parece un armario ropero más que un horno. Luego te lo entregan dentro de una bolsa de papel en la que imprimen cosas como: “Este pan está elaborado respetando la tradición de las primeras tahonas medievales, sin aditivos ni conservantes, para que pueda disfrutar de todo su aroma, su textura y su inigualable sabor, según la receta milenaria de nuestros antepasados, traspasada de padres a hijos y de hijos a nietos durante siglos, para que ahora pueda llegar a su mesa y ser compartido con su familia y amigos”. Claro, lees esto y casi te emocionas, pero luego vuelves a mirar al armatoste ése con pinta de armario donde meten los chuscos congelados, y ya no sabes qué es lo que te hace más gracia, si lo de la tradición milenaria o lo del inigualable sabor.
¿Qué está pasando?
Bueno, yo sé lo que pasa. Que ahora los niños ya no traen un pan debajo del brazo. Ahora vienen con vinagre de Módena, crep de bogavante o milhojas de lomo de oca. Menudos nos hemos vuelto.
O a lo mejor es que despreciamos el pan precisamente porque nos sobra. Pues que no nos falte nunca.