miércoles, 30 de diciembre de 2009

Cheever

Para mí, como para cualquiera que sea medianamente aficionado a la lectura, es prácticamente imposible elegir un escritor favorito. Es una cuestión que se plantea a menudo —¿cuál es tu escritor/cantante/actor favorito? (o libro, canción, película...)— y cuya respuesta depende muchas veces de aspectos puramente coyunturales.
Es decir, que dependiendo del momento en que nos lo pregunten, nuestra respuesta puede ser una u otra, sin que ello signifique necesariamente que seamos unos veletas o que nos arrepintamos de nuestros gustos pasados.
Desde luego que si hoy mismo tuviera que decidir el nombre de mi escritor favorito, éste sería sin duda el del norteamericano John Cheever.
La obra de Cheever no es tan conocida como la de sus laureados compatriotas Hemingway, Below o Mailer, ni tan controvertida como la de sus también contemporáneos Bukowski, Miller y Burroughs.
A pesar de que su vida estuvo marcada por problemas con el alcohol y la depresión, su figura no parece tan mitificada por el malditismo como la del misántropo y anacoreta Salinger, y tampoco el cine ha venido en ayuda de su reivindicación postrera, como sí ha sucedido recientemente con el estupendo Yates, un autor cuya producción literaria comparte muchas similitudes con la de Cheeever.
Pese a todo, se trata de un escritor de innegable prestigio, ganador del premio Pulitzer y considerado por muchos la versión anglosajona de Chéjov, una analogía que, para cualquier escritor de cuentos, bien podría constituir el mayor de los piropos.
Pero es que, además de ser un brillante autor de relatos, Cheever fue también un gran novelista. Independientemente de la extensión de sus textos, hay algo en su estilo que siempre permanece, una manera elegante y sutil de ser cáustico, un talento especial para airear hasta el último trapo sucio de esa clase media falsamente acomodada (repleta de deudas y prejuicios y vacía de verdaderas esperanzas) sin aspavientos ni violencia, cargando sus párrafos de inteligente compasión y reflexiva condescendencia, demostrando (y contagiándonos) un cariño por sus personajes que supone toda una lección de humanidad y tolerancia.
En definitiva, Cheever es uno de los pocos autores que he leído capaz de potenciar la dimensión humana de sus personajes al mismo tiempo que desmenuza sin piedad todas sus miserias.
Algunos de los escritores actuales que más me gustan (Richard Ford, Tom Perrotta, Lionel Schriver) le deben mucho.
Sus libros no son precisamente fáciles de encontrar. Por suerte, en el año 2003 la editorial Emecé reeditó su obra, si bien la cantidad de ejemplares disponibles en las librerías sigue siendo insuficiente.
Ahora que se acercan días de regalar y a veces ya no sabemos qué comprarle a nuestras parejas, amigos o familiares, tal vez sea una buena ocasión para descubrir a John Cheever.
Para empezar a hincarle el diente, recomiendo la breve antología La geometría del amor, donde se reúnen algunos de sus mejores relatos. Si la experiencia deja buen sabor, animo entonces a devorar los dos volúmenes Relatos 1 y Relatos 2, el compendio que resultó merecedor del Pulitzer en 1979.
A quien prefiera la novela, le invito a adentrarse en Bullet Park (quintaesencia del universo residencial cheeveriano), y después a darse un paseo penitenciario por Falconer.
Y si la sustancia adictiva os termina poseyendo como le ocurrió a un servidor, podréis calmar el mono con La familia Wapshot, El escándalo de los Wapshot y Esto parece el paraíso.
Hasta el año que viene.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Que San Ildefonso nos proteja

Nada, que no paran. Hasta que no consigan convertir este mundo en el paraíso del eufemismo y la ñoñería no nos dejarán en paz.
Ahora, según leo, ha sido la Organización Impulsora de Discapacitados (OID) la que ha presentado ante el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid una denuncia contra Loterías y Apuestas del Estado por la utilización de menores del colegio de San Ildefonso en los sorteos.
La mencionada asociación cree que se vulneran los derechos de los niños por el simple hecho de hacerles aparecer en público, en este caso, por la tele.
O sea, que, de la misma manera, entiendo que para esta gente no deberían existir niños actores para protagonizar películas, teleseries, anuncios publicitarios, etcétera. De hecho, imagino que ya habrán comenzado los trámites para prohibir las funciones de fin de curso (los padres las graban en vídeo, no lo olvidemos). Asimismo, pedirán pena de cárcel para todos aquellos desaprensivos que luzcan ostentosamente fotografías de sus hijos sobre sus escritorios o mesas de trabajo. O qué decir de quienes imprimen calendarios o felicitaciones de Navidad (crueles infanticidas) para mostrar a sus amigos y familiares lo lustrosos que se crían sus vástagos. Es de suponer igualmente que, en breve, el mero gesto de sacar la cartera en un local público para enseñarle a alguien el retrato de nuestros hijos será castigado con severas condenas.
Vivimos rodeados de asociaciones, federaciones, oenegés y demás colectivos empeñados en acusarnos constantemente de desalmados e insolidarios, y obsesionados con convertir el lenguaje en un arma de destrucción masiva.
Hoy en día podrían tacharnos de fascistas por decir una frase tan simple y aséptica como “Manolo es ciego”. Así es. Porque hoy, si queremos eludir la acusación, deberíamos buscar una fórmula retórica del tipo: “Manuel es un ser humano con una discapacidad visual”.
Por eso me temo que, a este paso, muy pronto hasta la palabra “niño” será considerada peyorativa, y nos obligarán a referirnos a los más pequeños como “humanos en fase de crecimiento”, o cosas aún peores.
Ya no los veremos nunca más ni en la tele, ni en las revistas, ni en el cine. Los crearán por ordenador, o bien sus papeles serán interpretados por enanos (perdón, por personas con una peculiaridad morfológica que les hace tener una estatura por debajo de la media).
¿Qué adultos tendremos en el futuro si obligamos a los niños de hoy a crecer en un entorno tan absurdamente melindroso?
Por si esto no fuera bastante, veo también una grabación de Intereconomía TV (una cadena tan entregada a la gravedad y la crispación que termina por ser la más cómica y grotesca del panorama audiovisual español, y con diferencia), en la cual un reportero presente en una manifestación contra el aborto le acerca el micrófono a una niña de once años (¡¡once años!!) y le dicta lo que debe decir mirando a la cámara, que no es otra cosa que un mensaje para la ministra Bibiana Aido, advirtiéndola de que un feto de tres meses es un ser vivo.
Lo primero que me pregunto es a quién coño se le ocurre llevar a una niña de once años a un fregado semejante. A los niños se les lleva, que yo sepa, al cine, al circo, al fútbol, al teatro, al zoológico, al parque de atracciones. Pero es que el reportero de marras tampoco tiene desperdicio, abordando a la pequeña y convirtiéndola en la voz de su amo Rouco Varela. Pobrecita mía.
En fin. Ya que no nos toca el gordo, que al menos San Ildefonso nos proteja de tanta ñoñería.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Soberbios heridos

Por si no había suficiente ya con esos futbolistas que piden absurdamente perdón cuando le marcan un gol a su ex equipo (y que me inspiraron le entrada titulada Perdonen las disculpas), me encuentro ahora con una oleada creciente de profesionales ofendidos en su dignidad que amenazan (sic) con devolver los premios que en su día les fueron concedidos por la simple razón de que se ha reconocido después con el mismo galardón a otros colegas que, por lo que se ve, no son de su agrado.
Esto ha ocurrido durante el último año en dos ámbitos aparentemente tan distintos como el taurino y el periodístico.
Toreros indignados que desprecian hoy la medalla de las bellas artes que a buen seguro tanto celebraron ayer, y todo por culpa del guaperas Francisco Rivera (hijo del célebre y difunto Paquirri y, a la sazón, hermano de Paquirrín), a quien este año le ha tocado recibirla.
Por su parte, algún que otro destacado miembro del entorno de los medios de comunicación ha hecho saber su intención de renegar de su premio Ondas al considerarlo incompatible con el hecho de que ese mismo premio haya recaído ahora en el presentador Jorge J. Vázquez, famoso hace años por conducir el polémico programa “Aquí hay tomate”.
Hace falta ser soberbio, y egocéntrico, y engreído. Hace falta todo eso para estar convencido de que sólo uno mismo (y, como mucho, sus amigos) es merecedor de un determinado premio.
Puedo entender que alguien decida no aceptar de antemano un galardón por la razón que sea y no vaya así a recogerlo (Woody Allen lo hizo con su Oscar).
Incluso comprendo perfectamente que se proteste públicamente o se manifieste en los medios el desacuerdo respecto a la concesión del premio en cuestión. Para eso existen la libertad de expresión y el derecho a discrepar.
Pero ese gesto, por desgracia tan de moda, de advertir o informar de la intención de devolver el premio (que esa es otra; mucho remilgo megalómano y lo que se quiera, pero hasta la fecha, que se sepa, todavía nadie ha devuelto la placa, la medalla, la escultura o lo que sea), tal como yo lo veo, no es más que un gratuito y ridículo artificio, puro teatro.
Es como si a mí me toca esta noche la Primitiva y una persona a la que le caigo muy mal y que ganó la lotería hace tiempo se presenta de repente en la sede de Loterías y Apuestas del Estado para devolver la pasta, herida en lo más hondo de su decencia.
Lo dicho. Una gilipollez.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Felices y odiadas fiestas

Odiar la Navidad se ha convertido en una especie de cliché contracultural más estereotípico aún que las propias tradiciones navideñas, y ya es decir.
Supongo que la ausencia de creencias religiosas contribuye en mi caso a que este periodo inevitable que se repite cada final de año no me produzca ninguna clase de exacerbación, ni en lo bueno ni en lo malo.
En realidad, me aprovecho de que exista y así debo reconocerlo, ya que sería hipócrita por mi parte renegar de algo que me proporciona un buen puñado de días de vacaciones y otros tantos momentos de esparcimiento y exceso, sobre todo en lo referente a banquetes y reuniones con amigos.
Allá cada cual, pero yo recomendaría a los activistas antinavideños, tan aguerridos ellos por estas fechas, que se relajaran, por su bien.
Si de verdad quieren desmarcarse de la presión consumista (que no es poca) basta con que se declaren abiertamente objetores y por tanto aleguen sus razones para declinar invitaciones y regalos. Eso sería lo más sencillo, amén de lo más coherente.
Pero mucho me temo que circula por ahí mucho protestante de boquilla. Porque, seamos sinceros: ¿quién estaría dispuesto a renunciar a sus días festivos por razones de alergia navideña? Seguro que muy pocos.
Así pues, reconozcamos que más allá de nuestras creencias o nuestro fundamentalismo laico, en el fondo nos interesa claudicar y sacarle partido al costumbrismo religioso que permanece incrustado en el calendario y que, aparte de la Navidad, nos obsequia con Semanas Santas y demás festividades en honor a santos, vírgenes y patrones diversos.
Puedo entender que los más beatos o tradicionalistas protesten contra la invasión mercantil que eclipsa los motivos espirituales originales. Lo que ocurre es que suelo comprobar igualmente que quienes más pestes echan contra la parafernalia navideña son también quienes menos comulgan (nunca mejor dicho) con cualquier rito que provenga de las instituciones religiosas, con lo que al final todo se convierte en un sufrimiento continuo y un empeño crónico por estar disconforme. Me canso sólo de pensarlo.
Por ello, mi naturaleza pragmática me dicta adaptarme al entorno y sobrevivir. No tomo uvas, porque no me gustan, ni voy a la misa del gallo ni decoro mi casa con belenes o árboles. Pero recibo con agrado los regalos y procuro disfrutar de los momentos “El Almendro” con mi familia. Tampoco es para tanto, y además se pasa volando.
Lo único que prohibiría si estuviese en mi mano es ese martirio auditivo conocido como villancico, un horror musical que mantiene una encarnizada lucha con la Tuna por el primer puesto en la clasificación de mis fobias melódicas.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Seguridad y socorro

En uno de sus monólogos, el humorista Gila decía que el cinturón de seguridad de los aviones servía para que, en caso de accidente, no se desparramaran los cadáveres.
Nunca el humor negro fue transmisor de una verdad tan grande. Me imagino en un avión que cae sin control desde una altura de miles de metros y a una velocidad de miles de kilómetros por hora, con todos los pasajeros gritando horrorizados a mi alrededor, y yo tan tranquilo mientras me digo: “No pasa nada, hombre. Estoy atado a mi asiento”. Pues eso.
Esto me lleva a otra reflexión aún más disparatada, si cabe. Recuerdo que en los autocares acostumbra a haber una ventanilla que se denomina “De emergencia” o “De socorro”. Junto a ella, suele colocarse también un extraño utensilio conocido como “martillo”, si bien no se parece en nada a los martillos que tenemos en casa, junto a otras herramientas corrientes como destornilladores y alicates. Este artilugio (igualmente común en los trenes) tiene algo de tullido o amorfo. Me refiero a que su diseño es una mezcla de soldador de estaño y empuñadura de manguera de gasolinera, y sin embargo resulta ser una herramienta de lo más convencional y pedestre, sin cable ni tubo que la provea de energía. La fuerza que la hace funcionar es la de la mano que lo acciona.
Y así vuelvo a imaginarme en medio de un accidente. Esta vez es un autobús que se precipita por un barranco tras tomar mal una curva. Todos los pasajeros chillan de pánico y yo me levanto, martillo en mano, para decirles: “Tranquilos, no os preocupéis, que tengo un martillo”. Pues eso.
Pero lo más asombroso, sin duda (y al margen de la inutilidad ostentosa del cachivache), es que la gente los robe. Casi nunca están en el lugar que les correspondería y donde recordamos haberlos visto cuando aún constituían una extraña novedad. Sólo queda su soporte, ridículamente vacío, haciendo absurda la advertencia de que su uso indebido será sancionado económicamente.
¿Para qué demonios los robarán? No me imagino a nadie haciendo bricolaje con ellos, la verdad.
Supongo que lo hacen, sencillamente, para joder. Porque sí. De igual modo que sigue habiendo quien se lleva las toallas de los hoteles, aun siendo éstas de peor calidad que las que guardan en sus maletas o las que tienen colgadas en sus cuartos de baño.
Eso sí, se trata de una modalidad de vandalismo bastante cutre, para qué nos vamos a engañar. Pero quién sabe; a lo mejor los Conde, Roldán, De la Rosa, Millet y compañía empezaron sustrayendo martillos de los transportes públicos.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La dignidad del naipe

Acabo de enterarme de que el póquer es un deporte. He visto una especie de vídeo promocional o publirreportaje en el que se afirmaba que “el póquer es el juego de cartas más popular en todo el mundo y es considerado tan deporte como el ajedrez”.
Imagino que la intención de quienes han realizado este vídeo es la de lavar en cierto modo la imagen un tanto marginal o de trastienda que puede tener el póquer y vendérnoslo como un juego más de andar por casa, al estilo de los bingos para el Inserso guiri que montan en ciertos hoteles de la costa.
Sinceramente, a mí me seduce más la imagen canalla y romántica de la timba de toda la vida, la del cuarto trasero del bar o del taller mecánico, con una camarilla de rufianes remangados, en tirantes o descamisados alrededor de una mesa redonda y repleta de vasos y botellas, al tiempo que se ahogan envueltos en una niebla espesa y tabaquera.
Esa otra cara del póquer, la más verbenera y hortera de los campeonatos mundiales y los casinos de Las Vegas me da incluso grima.
Pero lo que me ha llamado más la atención es el uso claramente reivindicativo de la palabra tan, antes de deporte, que hace la voz en off del mencionado reportaje.
Ya sé que pretenden decirnos que el póquer no es un pasatiempo exclusivo de delincuentes y ludópatas, y que, por tanto, un buen jugador de cartas tiene derecho a presumir de su destreza igual que los prestigiosos ajedrecistas se pasean por el mundo impartiendo conferencias y desafiando a las computadoras.
Lo que ocurre es que yo nunca aceptaré que el ajedrez sea un deporte. Me da igual si lo llamamos pasatiempo o juego de estrategia, si es educativo o intelectual. Perfecto y admirable, sí. Pero deporte, lo que se dice deporte, pues no, porque no puede haber deporte cuando no hay ejercicio físico, por mucho que exista diversión, placer o competición.
Así pues, que el póquer sea tan deporte como el ajedrez importa poco. No debería renegar este tradicional juego de naipes de su propia casta, la del tute, el bridge, el mus o la pocha; ni siquiera de otros primos y parientes allegados como el dominó, la ruleta, el bingo o las carreras de galgos.
Que yo sepa, el único ajedrecista que practicaba deporte de verdad era Kasparov, a quien las autoridades de su país detuvieron en su día por enfrentarse a la policía en Moscú, durante una manifestación en contra del presidente ruso.
¿A qué jugaría Kasparov para entretenerse durante los cinco días que pasó en el trullo? Se
admiten apuestas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El dilema de después

Como ninguno de los dos fuma, para nosotros no existe la manida tesitura conocida como “el cigarrito de después”.
Lo que acostumbramos a hacer, mientras recobramos el aliento y tratamos de volver a domar el galope de la respiración, es mantener una charla postcoital que suele pecar de pueril grandilocuencia, algo que quiero entender disculpable, ya que es producto de un estado previo de excitación sublime que desemboca a su vez en un delirio de euforia cósmica, al estilo Leire Pajín, pero en guarro.
Concretamente, nos solemos interrogar acerca de cuestiones vagamente filosóficas, o bien departimos en un registro existencialista que no dista mucho del que adoptarían dos incondicionales del exceso etílico. Cosas de la debilidad de la carne humana (o, como diría el tertuliano televisivo de turno, del Eros y el Thanatos).
En algunos casos llegamos a ponernos a prueba. No intencionadamente, claro, o eso quiero creer. Simplemente ocurre que nuestras palabras son demasiado espontáneas, poco o nada calculadas, y que, asimismo, nos sentimos demasiado vulnerables como para blindarnos ante posibles preguntas con trampa.
Ayer mismo ella me sorprendió con la siguiente perla inquisitiva:
“Oye, ¿tú que preferirías —me soltó—, ¿parecer tonto y en realidad ser listo o parecer listo y en realidad ser tonto?”
La respuesta parecía facilísima si no se meditaba bien. Es evidente que a todos nos puede el deseo de ser auténticos, honestos, íntegros y todo eso. Lo primero que me vino a la lengua (y casi a la punta de los labios) fue afirmar rotundamente que es preferible ser listo, y luego que cada cual opine de uno lo que le venga en gana.
Pero no era tan sencillo. Por una vez no me precipité y no abrí la boca en seguida.
A efectos prácticos, qué carajo, ¿no es acaso mejor parecer más listo de lo que uno es en realidad? ¿No nos abrirá eso más puertas (y posiblemente también más piernas)? Si soy capaz de guardarme mi ineptitud sólo para mi intimidad, si logro engañar al resto de mis semejantes para que me consideren un tipo inteligente y respetable, ¿no me asegura eso una existencia más feliz y exitosa?
Poniéndome en el supuesto contrario, es decir, considerando que yo sea una lumbrera encubierta, ¿qué podría esperar? Si todo el que me rodea está convencido de que soy un inútil, un lerdo, un zote, un pringado... ¿verdaderamente encontraría consuelo tan sólo en mi erudita y solitaria privacidad?
En resumidas cuentas, como no lo tenía claro, decidí contraatacar:
“¿Y tú? —le dije— ¿Qué preferirías?”.
“Yo he preguntado primero” —me contestó, con toda la razón del mundo.
De pronto me di cuenta de que era otra cuestión la que realmente me preocupaba:
“Por cierto, ¿a qué ha venido esa pregunta?”.
Ella no dijo nada. Me miró achinando un poco los ojos y estirando sus labios apretados hasta componer una sonrisa cargada de compasión.
“Qué tonto eres” —dijo al fin, y me besó con ímpetu festivo.
Me había llamado tonto. Sí, en sentido cariñoso, vale. Ya no pude dormirme, claro.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Una incógnita sobre el culo

A la pregunta “¿En qué se fija primero cuando conoce a una mujer?”, la mayoría de los hombres responden: “En el culo”.
Esta respuesta suele ir debidamente subrayada con una sonrisa picaruela o con una carcajada jactanciosa y socarrona.
Hasta cierto punto es normal que nadie se atreva a decir los ojos o los labios, aunque fuese su opinión sincera, ya que en los tiempos que corren sonaría a argumento eufemístico, cuando no mojigato.
Nombrar las piernas tendría toda la lógica del mundo, si bien tal vez parecería una respuesta propia de otra época menos generosa en el aireo de las carnes y menos entregada al culto de lo explícito.
Asimismo, referirse a las tetas dejaría a cualquiera por un ordinario, ya que estaría rebasando el límite oficioso entre lo verde o picante (calificativos inocentes) y lo descaradamente pornográfico, ante lo cual todavía hay demasiada gente que se escandaliza.
Por supuesto que del coño —o la vulva, el chocho, el chichi, el chumino— mejor no hablar. Sólo un grosero crónico o acaso un mutante con visión de rayos X aludiría a dicha parte como la primera en la que fija la vista cuando mira a una mujer.
Que el culo sea el líder de este ranking peculiar no deja de sorprenderme. Para psicólogos y feministas supongo que el motivo sería evidente y estaría relacionado con su diagnóstico favorito: la inmadurez ancestral e incurable del género masculino (no en vano el culo es la parte de nuestro organismo que mejor concentra las dos cosas que más gracia les hacen a los niños y adolescentes: el sexo y la mierda).
Pero lo que a mí me extraña en realidad es que entendamos como normal que los ojos de un hombre viajen hacia el culo antes que hacia cualquier otro destino anatómico, cuando, que yo sepa, el 99% por ciento de las veces que conocemos a una mujer, ésta se encuentra DE FRENTE a nosotros.
Lo advierto para la próxima vez que os hagan una encuesta.

martes, 10 de noviembre de 2009

Paseo por la cartelera (2)


(500) Días juntos, de Marc Webb

Al comienzo de esta película —como de tantas otras— se puede leer un rótulo que advierte de que lo que veremos es pura ficción y todo parecido con personas o situaciones reales es mera coincidencia. Pero enseguida aparece un texto adicional rebosante de cachonda ironía que nos deja bien claro cuáles son las intenciones del invento.
Una película sobre el amor no tiene por qué ser una empalagosa sucesión de clichés, ni tampoco un drama desgarrador en el que no exista un término medio entre la boda idealizada y el suicidio por desengaño. La comedia romántica no es precisamente mi género favorito, pero ahí están El apartamento, Annie Hall, Cuando Harry encontró a Sally, Entre copas, El otro lado de la cama o Buscando un beso a medianoche para demostrarnos que las buenas películas no entienden de etiquetas. Esta opera prima de Marc Webb es un oasis, una revelación, la mejor manera de reivindicar un tipo de cine que suele despreciarse por ñoño, autocomplaciente y carente de imaginación.
La historia de base es la de siempre (chico conoce a chica y todo eso), pero la forma de estructurarla, la puesta en escena, el atrevimiento visual, la definición de los protagonistas (por fin personas y no marionetas), la elección musical (donde The Smiths y The Pixies conviven con Carla Brunni y Simon & Garfunkel) y, sobre todo, el punto de vista, que habría que situar entre lo cínico y lo amable, entre el respeto y el sarcasmo, la convierten en una feliz rareza.
Hasta los guiños cinéfilos tienen su toque de sana irreverencia (celebro especialmente la alusión iconoclasta a El séptimo sello, de Bergman).
Gustará tanto a los incondicionales del indie como a los espectadores de fin de semana. Sé que soy pesado, pero no os fiéis del trailer. Ésta sí merece la pena.
Un rotundo notable.





Celda 211, de Daniel Monzón

El trailer de Celda 211 no engaña (¡por fin!). Nos da lo que promete y aún más.
En este espacio siempre serán bienvenidos los directores libres de corsés ideológicos y prejuicios geográficos.
Estamos ante una peli de género sin trampa ni guerra civil. Española, claro, porque la han hecho aquí, un señor de aquí y con gente de aquí. Y también universal, de esas que los norteamericanos llevan haciendo toda la vida y que no nos cansamos de ver (Brubaker, Fuga de Alcatraz, La gran evasión, Cadena perpetua…).
Monzón ya se merecía los halagos desde hacía tiempo, especialmente desde La caja Kovak. Creo que esta vez le tocará pasearse por la fiesta de los Goya y tal vez con más de uno del que presumir (el de Luis Tosar, como mínimo, está cantado).
Todos los géneros tienen convenciones, y el carcelario parece uno de los más trillados. Así pues, mucho mayor es el mérito de esta película, que añade a los elementos ineludibles (la claustrofobia, el submundo mafioso, la tentativa de fuga, la rivalidad interna, la necesidad de redención, el fracaso de la reinserción, etc.) un par de ideas estimulantes que enriquecen la trama (la original utilización del elemento terrorista, por ejemplo) y un concepto narrativo descaradamente clásico, sin florituras ni digresiones morales, el cual contribuye a que las casi dos horas se te pasen como si fueran veinte minutos.
Tosar es el amo indiscutible de la función, pero sería injusto no destacar las aportaciones de Vicente Romero, Manuel Morón, Antonio Resines, Manolo Solo, Luis Zahera y Carlos Bardem, además de las presencias episódicas —aunque siempre agradecidas— de Marta Etura y Jesús Carroza. Un notable sobrado.




After, de Alberto Rodríguez

El nombre de Alberto Rodríguez no es tan popular como el de otros aventajados talentos cinematográficos que acumulan premios y parabienes, revientan taquillas y leen manifiestos cuando toca.
Yo fui uno de los que vio la ingeniosa El factor Pilgrim (dirigida a medias con Santi Amodeo) y quizá uno de los pocos que la disfrutó. Su siguiente obra, 7 vírgenes, es una de las mejores películas del cine español reciente, y ya en ella Rodríguez demostraba que se puede ser realista, contundente, creíble y estremecedor rodando en panorámico y cuidando la estética. Es decir, que ya no cuela eso del feísmo recalcitrante y la pantalla cuadrada para demostrar mayor compromiso de fidelidad con la verdad.
En After se cambian los chavales marginados de los barrios bajos por los treintañeros acomodados de la era del pelotazo, el management y la PDA. Sin llegar a los niveles de 7 vírgenes, la historia funciona a la perfección. Los actores se ganan bien el sueldo, especialmente Tristán Ulloa, que lleva en estado de gracia más de una década.
Una peripecia alevosa y nocturna que muestra, entre otras jugosas cosas, lo patéticos que pueden resultar ciertos excesos a partir de cierta edad.
Te quedas con ganas de más, pero aun así merece un respetuoso notable.
P.D. para cinéfilos: ojo al curioso guiño a Blade Runner que contiene el personaje de Guillermo Toledo.




Millenium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
, de Daniel Alfredson

La primera entrega de la saga era un thriller inquietante con una atmósfera muy lograda. La gelidez nórdica combinada con las tinieblas y turbiedades de la trama criminal dotaban de personalidad a una película que partía con el riesgo de defraudar a los millones de lectores adictos al fenómeno Larsson.
Pero en esta segunda parte se ha bajado el listón alarmantemente. Parece el capítulo intermedio de una serie televisiva de esas que ya tenemos muy vistas. La puesta en escena es anodina y la acción está filmada como si fuera un encargo para Walker Texas Rangers. Una decepción absoluta.
Los creadores del invento parecen haberse dormido en los laureles del éxito asegurado (los fans de Millenium son legión y, por lo que se ve, incondicional).
Noomi Rapace sigue teniendo su aquél, pero aquí pierde morbo y misterio.
Esta vez la depravación y la perversidad se sustituyen por ciertos elementos folletinescos que ablandan el argumento y entibian el clima.
Sin duda la trilogía ha salido perdiendo con el cambio de director. Lo gracioso es que el nuevo, Daniel Alfredson, es el hermano de Thomas Alfredson, el autor de esa terrorífica maravilla llamada Déjame entrar. Desde los hermanos Calatrava no había visto yo semejante paradoja fraternal. Aprobado en cuarentena.




Sin nombre, de Cary Fukunaga

Antes que nada, he de admitir que no he entendido el 40% de los diálogos de esta película. Imagino que ello se debe a esa hipotética necesidad de sacrificar la correcta dicción de los actores en aras de la autenticidad, y de hecho es cierto que la fonética del filme resulta cien por cien veraz, si bien la jerga empleada puede resultar un sufrido galimatías imposible de discernir para un oído ajeno a los parajes y ambientes que se nos muestran (por una vez, casi diría que es mejor esperar a verla en DVD para poder añadir los subtítulos).
Aun así, uno acaba metiéndose en esta historia de inmigración y delincuencia juvenil, impecablemente filmada y con alguna escena de verdadero impacto. Celebro que el director haya optado por un estilo visual muy cuidado a pesar de que nos hable de crimen y marginalidad, en la línea, más o menos, de Ciudad de Dios y 7 vírgenes, y renunciando al feísmo sucio de Frozen river o a la honestidad cuasi culebrónica de La virgen de los sicarios.
Que no vaya de testimonio documental para agitar conciencias es de agradecer. Lo malo es que la tensión se ve debilitada por una cierta previsibilidad, y de este modo la sensación final es la de que todo promete pero sin terminar de estallar. Ni la historia, ni las imágenes ni (supongo) los diálogos son tan contundentes como cabría esperar. En general me ha gustado, aunque las mencionadas carencias auditivas me han hecho sentir incómodo de vez en cuando. Un aprobado intuitivo.



Castillos de cartón, de Salvador García Ruiz

En Mensaka, García Ruiz consiguió contar una historia notable partiendo de una novela con poca chicha. Su estilo es elegante y sencillo, de esos donde la sutileza prima sobre la intensidad manifiesta. Sin embargo, en Castillos de cartón se le ha ido la mano y de lo sencillo nos quedamos casi en lo soso.
Además, creo que la película pierde interés al prescindir del enfoque retrospectivo de la novela y del punto de partida trágico que la motiva (el suicidio de uno de los personajes, algo que en el filme se omite).
Los actores están intermitentemente bien, aunque su aspecto es demasiado adolescente.
Donde García Ruiz sí acierta es, a mi entender, en la forma de contextualizar la época y el escenario de la historia. Una conversación sobre El retorno del Jedi, un par de canciones de los Zombies y Polansky y el ardor, y una imagen televisiva de La bola de cristal son suficientes para meternos en el marco histórico, prescindiendo de la tópica idealización de la Movida.
Por otra parte, es lamentablemente irónico que una película sobre el sexo carezca de clímax. A ésta le pasa. Y te deja frío. Aprobado por los pelos.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Indigesto

Fui al médico por mis problemas digestivos. Le conté la verdad, aunque no fuera agradable rememorarla y no me dejara precisamente en muy buen lugar.
“No se preocupe”, me animó el doctor. “Le hará bien”.
Y le conté lo que pasó.
Pasó que, después de incontables días de tensión acumulada y contenida hasta límites sobrehumanos, por fin exploté, no pude más; le escupí a mi suegro a la jeta todo lo que se merecía y aún más. Le dije que ya estaba bien de malmeter y cotillear, que se metiera en sus asuntos y nos dejara en paz, que ser suegro no es una misión de estado sino un parentesco postizo que viene impuesto y no elegido, que su hija era feliz conmigo y que por mucho que se esforzara para infectar nuestra relación jamás lograría romperla.
Me quedé a gusto, para qué negarlo. Lo peor fue que a los cinco minutos ya me estaba arrepintiendo. Liberada la furia de mi organismo, volví a mi natural talante reflexivo, aunque ya era demasiado tarde.
Mi suegro, sin perder la compostura y sin que ello significase que no pudiera dar miedo, se limitó a responderme: “Te vas a tragar tus palabras”.
Desde entonces sufro de vómitos y diarreas. Apenas pruebo bocado, y lo que como me sienta fatal. Tampoco duermo.
“¿Hizo lo que le dijo?”, me preguntó entonces el médico.
“¿Cómo?”, apunté yo absurdamente.
“Sí, que si le hizo caso. O sea, que si se tragó sus palabras”.
“Pues... ahora que lo dice. Sí, eso hice”.
“Claro”, diagnosticó, muy seguro de sí mismo. “Eso es lo que le provoca esos trastornos digestivos. Se ha tragado usted una ristra de improperios equivalente a un kilo y medio de fritanga rociada con tabasco”.
Cogió entonces un bloc de notas y comenzó a escribir algo en él. Yo pensé que sería una receta convencional. Sin embargo, al terminar me mostró lo que había escrito y eran seis o siete palabras sueltas.
“Lea esto para sí, en silencio y con la boca cerrada”, me indicó, con esa voz inconfundible de sabio galeno que tanta tranquilidad me produce. “Una vez lo lea, trágueselo”.
Le hice caso, si bien no noté efecto alguno.
“Si esta noche continúa con las molestias o se repiten los cuadros que me ha descrito antes, vuelva a escribir estas palabras y léalas dos o tres veces al día, después de cada comida”. Aclaradas mis dudas, añadió: “No es necesario que las trague todas enteras. Puede hacer una pausa entre sílaba y sílaba”.
Le di las gracias con sincera efusividad y me marché a casa contento, aunque todavía con algún que otro retortijón.
Ya. Queréis saber qué palabras son.
Pues lamento comunicaros que no puedo revelarlas. Secreto profesional.
Pero seguro que se os ocurren seis, siete o cincuenta palabras para aliviar la mala digestión. Ánimo, que no es tan difícil.

jueves, 29 de octubre de 2009

Amistades triangulares

Hoy quiero formular una pregunta que me he planteado recientemente y que encontraréis más adelante, hacia el último tercio de esta entrada.
Pero antes, para situarnos mejor, quisiera invitaros a repasar conmigo de forma breve y fugaz unas cuantas películas que comparten las razones por las que he llegado a plantearme la mencionada cuestión.
El tema del trío sexual y el triángulo amoroso no es nuevo. Hay un título paradigmático, Jules et Jim (Françios Truffaut), al que casi obligadamente se cita cuando el séptimo arte aborda el asunto que nos ocupa. Personalmente, me parece un filme apreciable, aunque no comparto la veneración que se le rinde entre la cinefilia más señera. También es verdad que hay que comprender la época en que se realizó (los años sesenta, la nouvelle vague y todo eso); a veces lo que hoy observamos con rutinaria naturalidad, en otros tiempos ha sido motivo de escándalo o signo de vanguardia.
Después de Truffaut se han sucedido no pocas aproximaciones y algún que otro descarado remedo. Este mismo año vimos Dieta mediterránea (Joaquín Oristrell), en breve se estrenará Castillos de cartón (Salvador García Ruiz), y ahora mismo se proyecta en salas After (Alberto Rodríguez), sobre la que no me extenderé hoy pero a la que ya volveré en el próximo paseo por la cartelera.
Partiendo de aquí, no faltan ejemplos que aportan cierta originalidad. En La buena estrella (Ricardo Franco) se da lo que podríamos denominar el triángulo de la compensación (o incluso el triángulo necesario), ya que la plenitud de Maribel Verdú pasaba por alternar la ternura del manso Resines con la potencia del enérgico Mollá. La dualidad conyugal se hacía obligada, pues sexo y cariño no podían ir en el mismo envase.
Por otra parte, en Tres formas de amar (Andrew Fleming), el trío viene derivado de un cierto galimatías en lo que a orientación sexual se refiere, unido ello a la irrefrenable pulsión de promiscuidad que todo joven universitario que se precie debe alardear en una película, más aún si es una comedia (en la universidad de verdad la cosa cambia; no hace falta que os lo recuerde).
Los peores años de nuestra vida (Emilio Martínez-Lázaro) situaba a la chica de la discordia (Ariadna Gil) en medio de dos hermanos (Jorge Sanz y Gabino Diego), en una historia escrita por David Trueba que tiene tanto de romántica como de iconoclasta, y que aprovecho para reivindicar.
También me interesa la visión mordaz y despiadada que mostraba Neil LaBute en la cínica En compañía de hombres, donde el machismo se critica de una forma inteligente y alejada de los absurdos fundamentalismos actuales (ya sabéis, eso de las “miembras” y demás barrabasadas lingüísticas).
En todas estas películas el planteamiento se repite de manera casi idéntica. Es decir, hay una mujer que comparte sus atenciones, deseos, cariños y encantos con dos hombres que a su vez la desean, unos con fijación venérea, otros pensando en un altar y una familia futura, y otros tan sólo interesados en la emoción de probar nuevas experiencias o movidos por la necesidad de provocar. Da lo mismo. La fórmula siempre responde al mismo enunciado: hombre + mujer + hombre.
No hablamos de infidelidades, claro. Se trata de un juego a tres bandas donde todos saben y consienten.
Y ahora viene mi pregunta, que en realidad son dos, aunque la primera de ellas pura retórica: ¿Por qué nunca se plantea el triángulo en los términos inversos, es decir: mujer + hombre + mujer?
Y he aquí la segunda pregunta: ¿Cuál sería el tratamiento que se daría a la historia en caso de invertir la fórmula?
Me atrevo a afirmar que el enfoque sería radicalmente distinto. Supongo que aún mantenemos la creencia de que el hombre, en lo referente al sexo, es un animal cartesiano (por no decir unidireccional). De este modo, la opción del trío para el sexo masculino parece estar relacionada exclusivamente con la fantasía imposible, con el exceso, con la orgía que ilustrará nuestras conversaciones futuras, con la reafirmación viril y con ese anhelo primitivo de ser el jefe de la tribu o el semental de la manada.
Por ello, el planteamiento que se propone cuando es una mujer la que está en medio no sirve en teoría para el caso contrario.
Las mujeres de las películas citadas no son un calco las unas de las otras, pero al menos comparten perfiles en los que se potencian elementos emotivos e intelectuales ajenos a los mandatos carnales. Las hay inteligentes y las hay cándidas, las hay interesadas y las hay entregadas, las hay fogosas y las hay mimosas.
Trato de imaginar cómo se nos mostraría a un hombre como centro del triángulo y temo encontrarme invariablemente con un jeta, un cachondo, un canalla, un desaprensivo, un crápula, un fantasma...
No nos engañemos. Un tipo que se planteara dilemas por el hecho de tener que compartir a dos amantes se vería como una excentricidad digna de mofa. E insisto en que no me refiero a un casado que tiene un lío. Hablamos de tres amantes en igualdad de condiciones; de un trío consentido por todos sus miembros.
Estadísticamente, la posibilidad del ménage à trois es la fantasía preferida por la mayoría de los hombres (no olvidemos que la estadística suele reflejar lo que nos gusta que los demás piensen de nosotros y no lo que realmente pensamos). Intuyo que aquí radica la dificultad de componer un personaje masculino que enfoque el asunto desde una perspectiva más civilizada que salvaje.
Y no quisiera abundar en más tópicos, pero tal vez influya igualmente el hecho de que las mujeres suelan ser más envidiosas entre ellas y también más radicalmente competitivas en el terreno de la conquista.
En cualquier caso, las mujeres de estos tríos cinematográficos que hemos repasado contemplan sus relaciones como amistades sofisticadas o como un síntoma de progresismo. Sin embargo, me inclino a creer que, en las mismas circunstancias, al hombre nos lo venderían siempre como un ingenuo glotón que valora su relación múltiple en ramplones términos matemáticos, esto es: cuatro tetas, un par de coños, dos bocas, etc.
No sé; habrá que ir pensando en evolucionar, digo yo.

sábado, 24 de octubre de 2009

Paseo por la cartelera

El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella

De lo mejor que se ha visto en este año. A la altura de Gran Torino, Déjame entrar y los grandes estrenos de la temporada. Clasicismo narrativo y generosidad inmensa. Gracias, Campanella. Gracias por pensar en el espectador que paga una entrada. Gracias por una historia emocionante, entretenida, misteriosa y sorprendente. Gracias por sacar lo mejor de cada intérprete. Ricardo Darín y Soledad Villamil están geniales, pero ojo a los secundarios, que no desmerecen en absoluto. Gracias por dejar de lado la sensiblería de tus últimos trabajos y gracias, sobre todo, por no ser un autor comprometido, ni trascendente, ni alternativo, ni rompedor. A muchos nos basta con que nos cuenten una buena historia y no nos falten al respeto. Sobresaliente.


Malditos bastardos, de Quentin Tarantino

Tarantino ha vuelto. Afortunadamente (¡uf!) lo de Death proof se quedó en un caprichoso patinazo. Estos bastardos llegan cargados de diálogos intrincados, eternos y brillantes. No faltan tampoco los inevitables destellos de humor gamberro. Y los personajes, claro, con inconfundible denominación de origen tarantiniana. Mención especial para el nazi interpretado por Christoph Waltz, hoy por hoy el mejor posicionado para hacerse con el Oscar al secundario del año. Que no os engañe el trailer. Malditos bastardos no es una de acción trepidante (ninguna de Tarantino lo es, de hecho; salvo, en todo caso, Kill Bill vol. 1). Ya sabemos que este director carga con el sambenito de la violencia, pero la película dura dos horas y media y las escenas de violencia escasamente pasan de los 5 ó 6 minutos. Palabra. El toque Tarantino está en la creación de tensión a través de la palabra, para después —eso sí, y como colofón— dejarnos helados con un borbotón de sangre o un estacazo en toda la mollera. Sólo por la habilidad de encajar su universo en otra época y por el atrevimiento de pasarse el rigor histórico por el forro ya merece la pena. Notable alto.


Ágora, de Alejandro Amenábar

Por si acaso, aclaro que no es obligatorio ver Ágora. Ya sé que lo parece. Es algo así como un Real Madrid-Barça. Un acontecimiento tan sumamente popular y publicitado que hasta los no aficionados suelen sentirse obligados a tener una opinión sobre el mismo. Hasta ahora, el nombre de Amenábar era una garantía de cine de género intachable. En los anuncios, Ágora aspira a ser pariente de Espartaco, de Troya o de Gladiator. Pero no (y dale con los trailers engañosos). Esta vez todo se ha quedado a medio camino. Una película tibia y sin garra. Parece un telefilme de presupuesto generoso, y poco más. El clímax llega a la media hora y, a partir de ahí, se estanca. Grandiosidad, sí, pero sin espectáculo. No hay drama, ni aventura. Los temas que plantea son interesantes, pero se defienden con poca enjundia. Los actores no transmiten nada. Se salva Rachel Weisz, que es una profesional estupenda, pero aquí parece desganada (da la sensación de saber que está participando en un proyecto muy importante para alguien, aunque para ella sea sólo un compromiso más). Lo lamento por Amenábar. Espero que se recupere, como Tarantino. Alejandro, por favor, vuelve al thriller. Te pongo un aprobado justito porque aún me dura la alegría que me diste con Tesis.


La huérfana, de Jaume Collet-Serra

¿Otra de miedo con niño endemoniado? Pues no, so listos. Aunque lo parezca, no vamos por la senda de las clásicas El exorcista y La profecía, ni tampoco por la de las flojas El orfanato y Expediente 39. Ni siquiera tiene que ver con el amigo Chucky y demás engendros diabólicos. Si a alguna película se asemeja, es a la casi olvidada El buen hijo, de Joseph Ruben, con guión de —nada menos— Ian McEwan, música de —nada menos— Elmer Bernstein y protagonizada por —nada menos— Elijah Wood y Macaulay Culkin. Así que hablamos básicamente de suspense, no tanto de terror truculento. Es verdad que Collet-Serra le añade unos cuantos elementos típicos (y tópicos) del género, pero ojito con pasarse de enterados y creerse que nos lo sabemos todo. La sorpresa, en este caso, es real. No inventa nada, pero da lo que promete, que no es poco, y además sorprende, algo inusual en un género saturado de remakes ochenteros y de galimatías oníricos de reminiscencia oriental. Voto por Isabelle Fuhrman como candidata al Oscar a la mejor actriz secundaria. Impresionante. Un merecido notable.


Moon, de Duncan Jones

Ya he dicho alguna vez que 2001: una odisea del espacio me parece la película más sobrevalorada de la historia del cine. Es tediosa y pretenciosa, dos de las cosas que menos soporto (y eso que el resto de la obra de Kubrick me gusta bastante). Por tanto, el hecho de que el filme-fetiche de la ciencia ficción intelectual fuera la referencia más citada en las promociones de Moon, no sumaba precisamente a favor de mi predisposición a verla. Aun así, mi instinto filmófilo (más los ecos del festival de Sitges) me dictaba que debía darle una oportunidad al estreno del hijo de David Bowie como director. No me arrepiento. Puede que la estética y el tono parsimonioso y contemplativo recuerden a veces a mi odiada 2001, pero se nota que Duncan Jones se ha fijado en títulos más suculentos, como Alien, Blade Runner o Atmósfera cero. Porque en Moon, felizmente, prima el suspense sobre la alegoría. Y funciona. No es para todos los públicos, eso sí. Pero tampoco es la sofisticada estafa de Anticristo. Ah, y a Sam Rockwell, que lo añadan a la lista de candidatos al mejor actor. Está que se sale. Notable.


Si la cosa funciona, de Woody Allen

Otro que resucita. El gran Woody Allen regresa a Nueva York para hacer lo de siempre, de acuerdo, pero en el escenario adecuado y con los ingredientes idóneos (sus admiradores solemos conformarnos con eso). Larry David cumple como alter ego del alter ego (rol que ya probaron John Cusack, Kenneth Branagh, Jason Biggs y, en cierto modo, Will Ferrell), los diálogos recuperan la legendaria ironía y la sensación general es la de estar de vuelta en casa (y esto lo digo por mí, no por Woody). En cuanto a ingenio y ácida reflexión quizá no esté a la altura de Desmontando a Harry, ni tampoco es tan divertida como Granujas de medio pelo. Por supuesto que no llega (ni aspira a ello) a la envergadura de Annie Hall, Delitos y faltas o Hannah y sus hermanas. Me da igual. Celebro sobre todo que Allen aparente haber vuelto a hacer la película que él deseaba, libre de compromisos y sin tener que devolverle favores a nadie por su hospitalidad. Sólo para fans, desde luego, lo cual no es poco, teniendo en cuenta la que se lió después de Vicky Cristina Barcelona. Me debato entre el aprobado alto de rigor o el notable nostálgico que me imploran mis vísceras.

martes, 20 de octubre de 2009

Manías con denominación de origen

La nacionalidad de una película es un dato que me suele importar relativamente poco. La referencia principal que tengo en cuenta a la hora de escoger o rechazar un título es casi siempre el nombre del director, ya que las obras maestras y los bodrios no entienden de geografía y poseen por tanto la facultad de reproducirse al margen de idiomas o pasaportes.
En mayor o menor cantidad abundan en el mundo tanto los genios como los incompetentes. Es un hecho indiscutible.
No obstante, es cierto que la expresión “Cine Español” arrastra, diría que prácticamente desde su nacimiento, un estigma de impopularidad evidente. Y aunque soy el primero que reconoce las limitaciones que las producciones autóctonas sufren respecto a otras filmografías, no entiendo del todo la animadversión extrema que una gran mayoría del público parece sentir hacia actores y directores españoles, sobre todo (y esto no deja de ser curioso) hacia aquellos que mayores éxitos cosechan fuera de nuestras fronteras (léase Almodóvar, Bardem, Penélope y compañía).
Bueno, especifico: lo que no termino de comprender es la magnitud de dicha animadversión, porque en lo referente a las razones que la motivan creo tener una ligera idea.
En este sentido, estoy totalmente de acuerdo con lo que el director Jaime Rosales declaraba hace unos días en un artículo titulado “Despoliticemos el cine”, publicado en el diario El País:

“¿Por qué esa especial negatividad con el cine? ¿Por qué siempre tanta polémica? Me aventuro a dar una explicación. Aunque no sea una explicación del agrado de muchos. El motivo por el que el cine español es tan polémico es porque una parte importante del colectivo que lo representa se ha significado políticamente en exceso. En un país tradicionalmente muy dividido ideológicamente, por los motivos que de sobra nos son conocidos, eso equivale a perder la mitad del público potencial y la mitad de la opinión favorable dentro de los medios de comunicación”.

Yo también estoy convencido de que las simpatías y antipatías políticas tienen mucho que ver en la percepción que buena parte del público tiene acerca del oficio cinematográfico. Es verdad que ellos mismos, los profesionales del séptimo arte, son a menudo quienes deciden alardear con estridencia sus compromisos ideológicos o directamente partidistas, pero sinceramente pienso que eso, a quienes nos sentamos ante la pantalla en nuestra butaca, debería resbalarnos (de hecho, no medimos por el mismo rasero cuando se trata de estrellas extranjeras, a quienes conocemos manías, escándalos y oscuros secretos, que sin embargo pasamos por alto a la hora de enfrentarnos a sus películas).
Rosales añade, además, una reflexión que me parece muy interesante:

“¿Qué pasaría si Zara o El Corte Inglés o Seat se significaran políticamente apoyando un partido? Lo mismo: perderían al 50% de su clientela potencial”.

Así somos. Qué pena.
Será por culpa de los propios políticos o de los medios de comunicación que los amparan; lo mismo da. El caso es que yo también tengo la sensación de que aún mantenemos vivos —implícitos o explícitos— un sinfín de rancios preceptos del estilo: “Si te gustan Abba o Queen eres maricón”; “Si te gustan los toros eres un facha”; “Si ves la tele eres un cazurro”, etc., a los que habría que unir sin duda el que asegura que “Si ves cine español eres un titiritero de Zapatero (o sea, un rojo de mierda)”. Preguntadle a Jiménez Losantos, si no me creéis.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Farsantes

Raro es el día que no me topo con alguien que, de una u otra manera, termina echando pestes de la televisión. De todas las modalidades posibles, la que más me revienta es sin duda la de quienes utilizan dicho argumento como airada consigna para reivindicar su supuesta dignidad intelectual.
La última que recuerdo fue una persona que, al preguntarle yo si había visto el primer capítulo de una nueva serie, me respondió: “Yo prefiero leer”.
Desde luego que mi primera tentación fue la de aclararle que tal vez a mí me gustara leer todavía más que a ella, si bien aquello hubiera sido lo mismo que rebajarme a su patético nivel de soberbia.
Imaginad que le preguntáis a alguien: “¿Has probado la sangría?”, y os contesta: “Yo es que prefiero follar”.
Claro. Estáis pensando lo mismo que yo. ¿Qué diantre tiene que ver una cosa con la otra? ¿Acaso el que te guste la sangría es incompatible con la posibilidad de disfrutar del sexo? ¿Sólo follan los abstemios?
Pues así parece ocurrirle a no poca gente cuando, en teoría, se encuentran diariamente con el enorme dilema de elegir entre la tele o un libro (me río yo del dilema).
No sé a vosotros, pero a mí el día me da para un surtido variado de actividades que, no por ser de naturalezas y objetivos a veces radicalmente opuestos, son incompatibles si se saben repartir bien. Y, en todo caso, cuando el tiempo apremia, se elige lo poco que se puede, pero no tanto en detrimento de otras cosas como movidos por lo que realmente nos apetece. Vamos, sería lo más lógico.
Pero la gracia verdadera de todo está en que, según mi experiencia, por regla general este tipo de personas suelen caracterizarse (aparte de por ofenderse cada vez que les nombras la televisión) por una serie de contradicciones e incongruencias que delatan su fatuo y a la vez ingenuo disfraz:

- En primer lugar, suelen ser personas con una idea —a mi parecer— demasiado cursi de la literatura y la lectura. Digamos que el oficio de escribir o el placer de leer suele evocarles invariablemente estampas como las de un señor fumando en pipa sentado en una mecedora, o un butacón de orejas frente a una chimenea crepitante, o un grupo de excursionistas narrando cuentos infantiles alrededor de un fuego en mitad del campo y de la noche; cosas así, creo que se me entiende. No es que tenga nada en contra de ello, pero me parece que es reducir la literatura a un estereotipo arcaico y un tanto ñoño.

- Asimismo, los susodichos acostumbran a ser lectores de eso que podríamos denominar “literatura de gran consumo”, por emplear la terminología típica del marketing, ya puestos. Vaya por delante que tampoco tengo nada en contra de este tipo de lecturas (ni de ninguna otra, a priori). Siempre he defendido que cada cual lea lo que le venga en gana y, sobre todo, que no es recomendable juzgar intelectualmente al prójimo por cosas tan superficiales como determinados gustos y aficiones. Ahora bien, si recalco esto ahora es porque me estoy refiriendo precisamente a personas que sí me juzgan a mí cuando digo haber visto algo en la tele, o incluso que se atreven a juzgar severamente a toda la humanidad telespectadora, tildando así de borregos, catetos, pollinos y otras lindezas a la mayoría de sus vecinos, amigos, compañeros o familiares.
Personas —insisto— que hablan de Bucay, Jodorowsky o Coelho (sí, Palimp, Coelho) como si fueran los sucesores de Aristóteles, Platón y Cervantes. Y que nadie se confunda: yo soy el primero que no ha vuelto a ojear un libro de filosofía desde que tuve que engullirlos por obligación en la escuela, pero, en cambio, intento ser lo suficientemente cabal como para no confundir a un gurú de la autoayuda con un filósofo clásico.

- Por otra parte, no creo que Ken Follet, Dan Brown y compañía respondan al estereotipo rancio antes citado. Más bien creo que representan un tipo de escritor (mejor o peor, más o menos “culto”) moderno, en el sentido más neutro y menos elevado de la expresión. O, por decirlo de otro modo: seguro que son conscientes de ser autores de la era de la televisión, de los videojuegos y de Internet, y diría que escriben sabiendo perfectamente que hoy por hoy todo hijo de vecino ve la tele y que no son tiempos en que se acostumbre a leer a Dante o a Proust o a Faulkner frente al fuego. Así que no sería de extrañar que alguno de estos remilgados anticatódicos a los que hoy me refiero sufriera el disgusto de su vida al descubrir que quienes considera los grandes nombres de la literatura universal, digna e incorrupta (aunque superventas, en su mayoría) tienen televisión y —oh, horror— la encienden cuando llegan a casa y, peor todavía, la ven.

- Finalmente, su motivo preferido para demostrar que la tele es un artefacto exclusivo para tontos es que “sólo hay programas de cotilleo”.
De aquí deduzco que, obviamente, son ellos los que sólo ven programas de cotilleo (aunque lo oculten por razones obvias, si bien ridículas). Que en la televisión de nuestros días hay de todo es un hecho tan flagrante que hasta da pudor mencionarlo. Bastaría con observar las cadenas llamadas generalistas, por mucho que haya quien siga empeñado en que sólo se emite basura (sic), pero es que entre las parabólicas y la TDT el repertorio se multiplica hasta el empacho. Huelga aclarar que cuando digo que hay “de todo” no estoy afirmando que “todo sea bueno” (ni siquiera que la mayoría sea mínimamente potable; eso que lo decida cada cual). Lo que intento recalcar es la estupidez de un argumento como “sólo hay programas de cotilleo”, especialmente cuando es esgrimido por personas que alcanzan el éxtasis místico o, en su defecto, accesos de incontinencia urinaria, cuando te dicen, por ejemplo, que han leído un volumen que recopila las cartas del novelista Fulano a la poeta Mengana, o los diarios de tal o cual escritor.
¿O es que interesarse por la vida privada de un hombre culto no es cotillear, y sí lo es, en cambio, hacerlo por la intimidad de un tipo del montón? Y aquí no me vale lo del posible interés artístico o cultural, porque no me estoy refiriendo a textos literarios inéditos, sino a cartas de amor, confesiones, secretos familiares, etc.
Que el legado cultural de Sartre sea en principio más valioso que el de Paquirrín no implica que sea menos cotilla quien se interese por saber si el escritor francés se drogaba, se masturbaba pensando en un caballo, ponía lo cuernos a su enamorada o leía en el váter (recuerdo haber leído hace tiempo un artículo estupendo de Javier Marías sobre todo este asunto de traicionar la voluntad de los autores muertos y la profanación de sus obras y legados).

En resumen, si cuando le pregunto a alguien sobre un episodio cualquiera de Frasier, Seinfeld o Los Simpson (excelentes las tres, por cierto), me dice “No me gustan las telecomedias”, o tal vez “No me gusta ver la tele”, o aun “No tengo tele” (ciertamente exótica esta última opción; que recuerde, sólo conozco a tres personas que no tienen televisor, y ya me parecen muchas), no os quepa duda de que me daría por bien respondido.
Sin embargo, cuando me sacan a relucir lo de la lectura, tiendo a sospechar que esa pomposa excusa no es sino la máscara de un farsante.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Que no


En la última entrada os hablaba sobre mi escepticismo respecto a las supuestas preferencias de las mujeres a la hora de decidir qué tipo de hombre consideran más atractivo, si el modelo tradicional y un tanto primitivo basado en el código de la testosterona, o bien el prototipo supuestamente más moderno del varón que no esconde su lado más tierno y se esfuerza por ser comprensivo con el sexo opuesto.
Algunos amigos viandantes, como Letras de arena y Palimp, suscribían mi incredulidad, mientras que T.M. aportaba una opinión que me ha inspirado el texto que ahora leéis.
Lo que T.M. dijo fue: “Pienso que es cuestión de saber seducir. Un jeta pone morro, porque es lo único que tiene, quizá es lo que les falta a los hombres inteligentes y sensibles, más decisión y aprender a seducir con sus armas. Que una cosa no quita la otra”.
Es aquí precisamente donde creo que radica la más peligrosa de las trampas. ¿Por qué habría uno de diseñar una estrategia o poner en práctica un plan magistral? ¿Por qué enrollarse con alguien que nos gusta debe ser el resultado óptimo de una táctica? Es decir, ¿por qué hay que currárselo?
Entendedme bien. No hablo de cuidar las formas o buscar la mejor manera de entrar en contacto con alguien. Eso se presupone necesario, y no sólo en el terreno de la seducción, sino en cualquier situación que implique la relación con los demás.
Mi censura se dirige hacia ese concepto de la seducción como si fuera una competición deportiva o un proyecto empresarial. Y aquí insisto de nuevo: ¿Por qué si sabemos que alguien nos gusta debemos someterlo a examen? ¿Por qué una persona que se siente atraída por otra debe sentirse obligada a ser brillante, a destacar sobre el resto, a sacar la mejor nota?
En mi opinión, enrollarse con alguien debería ser algo que uno hace porque le apetece (porque les apetece a ambos, se entiende). Y nada más.
Es ridículo que nos creamos merecedores de tamaño esfuerzo a cambio de algo tan natural como el magreo o la coyunda; pero es que es aún más ridículo supeditarlo a los méritos ajenos cuando nosotros lo deseamos tanto o más que la otra parte interesada.
De hecho, si la excusa de una mujer para negarme sus encantos fuera “Es que no te lo has trabajado”, pensaría que me estaba tomando por gilipollas. No cuela.
Comprendo lo que T.M. quería decir en su comentario, pero da la impresión de que uno puede perder la oportunidad de liarse con alguien que le gusta sólo por fallar en el proceso de selección, del mismo modo que podemos perder un trabajo por cagarla en la entrevista, por mucho que nuestro currículum sea infinitamente más nutrido que el del resto de aspirantes. (Ya tengo mis reservas respecto a estos procesos selectivos en las empresas, como para encima aplicar la misma filosofía a las relaciones humanas.)
No me trago que una mujer de hoy prefiera estar con un hombre que no la satisface sexualmente sólo porque es inteligente. Más bien la imagino planteándose cosas como: “Bueno, no es ninguna lumbrera, pero sólo con pensar en él me pongo como Chernóbil”.
No nos engañemos. La alusión a las virtudes sentimentales e intelectuales no es más que la manera civilizada y eufemística de expresar el rechazo o la negación sexual al prójimo.
Por resumirlo claramente (y volviendo al origen; la encuesta aludida en la entrada anterior): me cuesta admitir que los hombres más rudos y elementales (zafios y hasta machistas, en no pocos casos) liguen más que los delicados y sensibles sólo porque se lo curran más o porque dedican más horas a ensayar el teatrillo de los rituales seductores.
Que no.

domingo, 4 de octubre de 2009

No me lo creo

He leído que una encuesta realizada en el Reino Unido reveló que las mujeres prefieren como pareja a los hombres con rasgos afeminados. Al parecer, consideran las encuestadas que dichos hombres son más fieles y mejores padres, además de mostrar una mayor implicación sentimental en la relación.
Qué queréis que os diga. No me creo una palabra.
Hace algún tiempo ya comenté aquí la enorme decepción que para mí supuso el comprobar que la anhelada liberación de la mujer respecto a determinados prejuicios (con el consiguiente aumento de su saludable protagonismo en nuestra sociedad) parecía haberse traducido en una burda “guerra de poder”, en lugar de en una lucha por la igualdad de condiciones.
Yo fui uno de los “primos” que creyeron en el mito del hombre sensible, pero la experiencia me ha ido convenciendo de que las leyes de la seducción siguen estancadas en los modelos ancestrales que pregonan y practican, precisamente, aquellos hombres que ahora parecen ser despreciados por las mujeres objeto de la encuesta que nos ocupa.
A mí me parece que estas buenas señoras han contestado eso por lo mismo que otros afirman no ver la tele, no votar a un partido determinado o no consumir comida rápida cuando son preguntados para un estudio cualquiera. Nuestro afán por quedar bien y salir bien retratados nos mantiene fieles a ciertos tópicos cuyo evidente desgaste empieza ya a hacer brotar su genuina inutilidad.
Del mismo modo que me parece ridículo dar por sentado que el hombre afeminado debe ser por fuerza más comprometido y cariñoso, igualmente creo injusto desconfiar de la virilidad como si ésta fuera sinónimo de infidelidad o brutalidad.
Me parece que llevamos demasiados años jugando con estereotipos de esta calaña como para decidirnos de una vez por todas a dejarlos aparcados, junto a los madelman y las barbies.
¿O es que en el fondo nos interesa conservarlos porque, al fin y al cabo, son ideales a la hora de proporcionarnos excusas? Supongo que si nuestra pareja (sea hombre o mujer) es sensible y comprensiva, siempre nos resultará más fácil justificar los pasos en falso o argumentar las decisiones traumáticas.
Célebres frases de ruptura como “No es por ti, sino por mí”, “Lo hago por tu bien, para no hacerte más daño”, “Eres una gran persona y nunca te faltará alguien que te quiera”, “No te merezco lo suficiente”, “Me duele a mí más que a ti”, “Entiendo que me odies”, “Siempre me tendrás para lo que necesites”, etcétera, existen y se siguen usando gracias a que todavía circula por ahí la idea de que el sentimiento es más importante que el deseo en las relaciones de pareja.
En fin, no sé. A lo mejor pruebo y me doy una vuelta por la Gran Bretaña en plan osito de peluche. Nunca se sabe.

lunes, 28 de septiembre de 2009

El mañana necesario

No termino de comprender la popularidad de esa expresión tan común que recomienda “Vivir cada día como si fuera el último”.
Puede que como eslogan posea unas propiedades contundentes y efectivas, pero si traslado la situación a la vida real, no puedo imaginarme a nadie que, tras revelarle que ese día que vive es el último que conocerá como ser vivo, de repente se sienta invadido por un deseo irrefrenable de disfrutar de los placeres carnales sin mesura ni disciplina.
“Mañana estará usted muerto”. Si os parece que oír semejante sentencia es el acicate idóneo para que se nos activen las ganas de comer como bestias, beber como cosacos, follar como posesos o bailar como descosidos, es que sois engendros de otro planeta, por mucho que la publicidad o las teleseries juveniles defiendan lo contrario.
Saber que uno tiene fecha de caducidad concreta sería la peor de las certezas, según mi opinión. Me atrevería a afirmar que la razón por la que somos capaces de disfrutar de nuestra existencia, aun sabiendo que es irremediablemente finita, es precisamente el hecho de desconocer el momento exacto de su fin.
Prefiero, en todo caso, aplicar la filosofía opuesta. Es decir —y puestos a refugiarnos en el endeble aval de los tópicos— vivir cada día como si fuera el primero. Emulando el título de esa estupenda película que aún se mantiene milagrosamente en las carteleras, hacer que cada día sea el primero del resto de nuestra vida. De este modo, se sustituye la temeridad descerebrada por el optimismo sosegado. Nada que ver.
En lugar de plantearnos cada jornada con el descontrol acelerado de quien lucha contra una cuenta atrás, mejor saludarla con la agradable serenidad de quien todavía puede permitirse el lujo de mirar al futuro.
Saborear, o paladear, en vez de engullir. Es sencillo.
Desde luego que esto no garantiza que el tiempo corra más despacio, pero sí que ayuda a tener una mayor conciencia de cómo o en qué forma transcurre. Por simplificarlo, sería como elegir entre la cadencia narrativa de un largometraje convencional o la fugacidad sincopada de un videoclip. Me quedo con el cine.
Ya que hemos de sobrellevar un presente agitado por culpa de la recesión económica, las enfermedades que se reinventan a sí mismas, las inevitables vueltas al cole, al trabajo o al redil que sea, qué menos que concedernos el derecho a ilusionarnos con los muchos y prósperos días que puedan estar esperándonos más adelante.
Suerte.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Puta

A raíz de ciertos incidentes ocurridos en la ciudad de Barcelona, ha vuelto a la actualidad el eterno (y cansino) debate sobre la conveniencia o no de legalizar la prostitución.
Las posturas consabidas sobre el particular renacen en las noticias y los debates, sin que, una vez más, parezca que haya nadie dispuesto a llegar a un acuerdo.
Están los dos extremos, las corrientes más radicales; los unos, que sostienen la creencia de que las prostitutas son emisarias del mismísimo demonio y deberían ser aniquiladas de la faz de la Tierra, y los otros, los que abogan por la profesionalización absoluta, defendiendo que quien alivia las calenturas venéreas merece los mismos derechos laborales que quien aprieta tuercas, despacha billetes o receta medicamentos.
En medio de ambos polos están los más tibios, moviéndose en el terreno aparentemente más conciliador, y que tal vez tenga tanto de tolerancia como de hipocresía. Son los que aceptan consentir mientras no vean, quienes observan a las putas igual que si fueran meigas (que nadie las vea para que parezca que no existen, aunque luego todo el mundo reconozca que haberlas, haylas); son los defensores de los locales privados (el puticlub de toda la vida, vamos) y de que pierda sentido esa vieja expresión conocida como “hacer la calle”.
El debate en cuestión, como ya he dicho, me aburre soberanamente, así que he preferido centrar mi atención en otro aspecto derivado de esta insistente polémica.
Concretamente, me ha dado por pensar qué ocurriría en el futuro con la palabra puta, en caso de que por fin la prostitución terminara convirtiéndose en una actividad profesional como cualquier otra, con sus nóminas, su seguridad social, su paro obrero, su convenio colectivo, su mobbing, sus trienios, sus vacaciones de verano y sus cenas de empresa.
Si así fuera, no tendría ya ningún sentido llamar “hijo de puta” a nadie para insultarlo. Sería igual de ridículo que decirle “hijo de fontanero” o “hijo de telefonista”.
Perderían su razón de ser ciertos exabruptos como “me cago en la leche puta” (¿cómo sonaría “me cago en la leche taquillera”?; absurdo, sin duda) o “me cago en tu puta calavera” (menudo insulto de mierda, si hubiera que emplear, por ejemplo, “me cago en tu informática calavera”).
Habrá que ir pensando en una profesión de reserva que herede en el futuro el puesto de honor en la dialéctica del insulto, un espacio verbal que el puterío ha ostentado desde el principio de los tiempos.
Dentistas, inspectores fiscales, proctólogos, ministros, cobradores de deudas… temblad.

martes, 15 de septiembre de 2009

Paisajes comprimidos

Si alguien nos preguntara si hemos estado alguna vez en el Gran Cañón del Colorado y le respondiéramos: “No, pero lo he visto en un libro de fotos muy bonito”, con seguridad que esa persona se apiadaría de nuestra ignorancia, o bien se descojonaría directamente en nuestras narices.
Ya se sabe; no hay nada como conocer los lugares in situ, admirarlos en tres dimensiones y con el empleo de los cinco sentidos. No es lo mismo contemplar la belleza de un acantilado en el fondo de escritorio de un ordenador que poder asomarse al precipicio mientras el viento nos sacude la melena (al que la tenga, se entiende) y el olor del mar se nos cuela hasta el fondo de la garganta mientras vemos las olas romper allá abajo y su sonido nos provoca una calma cien por cien ecológica, al tiempo que recordamos (nunca está de más) que la naturaleza sólo usa contra nosotros una parte ínfima del poder que posee para aniquilarnos, si se diera el caso.
Nada que ver; está claro.
Sin embargo, año tras año, cada vez que voy de viaje, compruebo que el número de personas que observan todo cuanto tienen delante a través del espacio limitado y rectangular del visor de su cámara se multiplica con una desmesura que me atrevería a calificar de obscena.
No es broma: he presenciado con estos ojos de peatón que hay por ahí quien se ha pasado el recorrido íntegro por una cueva, un parque natural o una avenida monumental filmando o fotografiando, es decir, mirando un paisaje en miniatura en una pantallita enana. Literalmente.
Esto no ocurría con las cámaras antiguas, las que se cargaban con carretes que luego había que revelar, y pagando por ello, además (un detalle que obligaba a pensarse muy mucho qué era lo que uno retrataba), con lo que los momentos fotográficos venían a ser esporádicas pausas dentro del recorrido turístico.
Tiempo después, la proliferación de cámaras de video portátiles provocó el origen de este fenómeno que las modernas cámaras de foto digital han extendido y consolidado como una epidemia, quizá no tan dañina como la temida Gripe A, pero a la que, no os quepa duda, somos mucho más vulnerables.
La afición a la fotografía me parece sanísima y estupenda, no os vayáis a creer. Admiro a quien es capaz de sacar una buena foto de donde otros sólo obtendríamos un desabrido plagio visual. Pero del mismo modo, desde que existe Internet, no le veo demasiado sentido a la obsesión por tirarse tres cuartos de hora capturando instantáneas de la Torre Eiffel, el Coliseo Romano, la Puerta de Alcalá o el Taj Majal, entre otras cosas porque existen en la Red centenares de imágenes de dichos monumentos infinitamente mejor tomadas que las nuestras.
Sí, vale, esas fotografías, en las que uno sale delante del paisaje o la obra de arte en cuestión sonriendo o forzando una pose que siempre va a parecer artificial, sirven como prueba palpable de que estuvimos allí. Ahora bien, si de verdad necesitamos dichas pruebas para que nos crean, será que nuestra palabra no vale mucho.
Todo esto me lleva a la conclusión de que, en realidad, viajar es como follar: creemos que lo hacemos por el placer de hacerlo, pero en el fondo lo hacemos para poder decir que lo hemos hecho.

martes, 8 de septiembre de 2009

Error de reparto

El estéril salió de la consulta con la cabeza incrustada entre los hombros y la vista clavada en el horrendo suelo hospitalario, tratando de evitar así las posibles miradas que sin duda no tardarían en descifrar las claves de su íntimo bochorno.
Necesitado de aliento, se sentó en la sala de espera, donde un solo hombre parecía aguardar su turno.
—¿Todo bien? —le preguntó el desconocido.
—Me temo que no —respondió el estéril.
—No puede ser peor que lo mío, créame.
—Soy estéril. Me lo acaba de confirmar el doctor. No puedo tener hijos. Hace dos años que lo intentamos. Mi mujer se hizo las pruebas y salió todo correcto. El problema es mío. Mi esperma es más insulso que la Coca Cola Light. El sueño de ser padre se pone cuesta arriba. Tendremos que adoptar, o bien aceptar que otro tipo nos preste un poco de semen para que podamos formar una familia. Bastante tiempo hemos aguantado ya las impertinencias y la insistencia de familiares y amigos. Ya sabe. Cada vez que nos juntamos en las bodas o las celebraciones de cualquier clase. Las típicas preguntas y comentarios maliciosos: “Pero bueno, ¿para cuándo os vais a animar?”; “A ver si es que no vales para eso”; “Que se os va a pasar el arroz”… ese tipo de cosas. No lo soporto. Tendremos que seguir dando evasivas e inventando excusas, quién sabe si para siempre, o al menos hasta que la menopausia imponga la inutilidad de cualquier conjetura. Es terrible. Viviré avergonzado toda mi vida. Puede que hasta me cueste mi relación de pareja.
—No exagere, hombre —apuntó el desconocido, sorprendentemente. Lejos de intentar animarlo, aquel tipo parecía igualmente confabulado contra él—. Yo también me he tenido que sentar para recobrar fuerzas. Y llevo ya una hora aquí. Entré antes que usted, y también el médico me confirmó el peor de mis temores. Yo no soy estéril como usted. O eso creo, vamos. No importa demasiado. Lo que me ha dicho a mí es que soy impotente. En fin, él lo ha llamado "disfunción eréctil", pero ya me entiende. ¿Le parece una tortura tener que pasarse la vida disimulando o mintiendo acerca de su incapacidad biológica para procrear? Perdone, pero no es para tanto. Como bien ha dicho, puede adoptar, pedir unos cuantos espermatozoides prestados, y ya está. Si lo que le quita el sueño es la cuestión genética, basta con que el préstamo de esperma provenga de su hermano, si es que lo tiene, o de un primo hermano; la diferencia sería mínima. Sólo tendrá que hacer frente a ciertas convenciones que, por otra parte, cada vez parecen menos arraigadas. En cambio, piense en mi situación. Lo único que podría pedir prestado es un vibrador para mi novia. O acaso pagarle un prostituto de vez en cuando para que se desahogue. Pero usted y yo sabemos que la cosa no duraría demasiado. No habría forma humana de sostenerlo. Al fin y al cabo, usted es oficialmente un minusválido; un discapacitado, como se dice ahora. Que ésa es otra, ¿no cree? Resulta que hoy ya no hay inválidos, ni sordos, ni enanos. Hay que andarse con cuidado. Hemos convenido en que poniendo una cierta dosis de cursilería y retórica nos ganaremos el respeto de los que sufren y nuestra conciencia quedará inmaculada. Ahora, pobre de aquél que se atreva a hablar de “cojos” o “mancos”; hay que decir “discapacitado”, o incluso “la gente especial” y mamarrachadas por el estilo. Intente contar un chiste sobre un ciego, un sordo, un tullido, un retrasado mental… Las hordas de lo políticamente correcto caerán sobre usted como el ejército de Atila. Pero, ah, mire usted por dónde. Si el chiste es de impotentes o eyaculadores precoces… Ah, coño, pues venga. Todos a descojonarse, mujeres incluidas. No me lo negará. ¿Quién consideraría una falta de respeto una broma a costa de un pichafloja? Ya se lo confirmo yo: nadie. Y mujeres incluidas, insisto. ¿Que no puede meterse con los feos, los tarados o los inválidos? Pues para esos están los pardillos a los que no se les pone dura o que terminan la faena antes de que la chica se haya bajado las bragas. A lo que voy es a que usted tiene un problema, de acuerdo, y es normal que le preocupe o atormente, pero es un problema que, no obstante, los demás van a recibir y aceptar con solidaridad y, en el peor de los casos, con una cierta conmiseración que entiendo que pueda molestarle. Y nada más. Pero, ya digo, le cambio su Coca Cola Light por mi abono para el coitus interruptus.
—Vaya, lo siento —dijo el estéril, con sincero pesar.
—No se preocupe. Si finalmente se deciden a pedir prestado un poco de semen, cuenten conmigo. El onanismo, de momento, no se me resiste.
—Gracias —respondió el estéril sonriendo por primera vez en mucho tiempo.
—Y si lo que le preocupa es la posibilidad de que su mujer se encapriche del donante, bueno… ya sabe, conmigo… en fin… pues eso. Que no hay peligro.
—Qué mal repartido está el mundo, ¿no le parece?
—Ya lo creo.

domingo, 30 de agosto de 2009

Hasta que agosto os separe

Puede que hoy sea para muchos de vosotros el día más deprimente del año. A la cualidad intrínsecamente depresiva de cualquier domingo, hay que unirle la circunstancia de que mañana es, para la gran mayoría de los currantes autóctonos, el día de la vuelta al trabajo tras las vacaciones.
Mira que os tengo dicho que no volváis un lunes. Que lo mejor es reincorporarse un miércoles, un jueves o un viernes, que así el regreso a la rutina se completa de forma progresiva y no traumática… pero, en fin, ya es demasiado tarde, me temo.
No voy a hurgar más en esta herida. Simplemente voy a detenerme en un aspecto que todos los años se comenta al hilo de este asunto.
Parece ser que las vacaciones de verano son una época propicia para las separaciones de pareja. Lo que inicialmente debería ser una ventaja, es decir, poder pasar más tiempo junto a la persona presuntamente amada, resulta que se convierte en un suplicio que termina por agotar la paciencia de los cónyuges o amancebados.
Pues vaya. Una vez más, me obligan a citar la frase que Annabella Sciorra decía en la película El misterio Von Bulow: “El amor es fantasía y vivir con alguien es trabajar”.
Va a ser verdad que nos casamos por motivos ajenos a los sentimientos, que el matrimonio o la formalización de una relación son simples vehículos para poder pagar una hipoteca a medias y tener así una casa en propiedad, o bien una garantía para satisfacer nuestros deseos sexuales (o para presumir de ello, como mínimo) y no quedarnos, como se decía antes, “para vestir santos”.
El sexo y el dinero son las dos obligaciones insalvables que los ciudadanos de hoy nos imponemos para no ser menos que el vecino. Se pueden reconocer o incluso alardear ciertas carencias o defectos, como la incultura, el egoísmo, la xenofobia o el machismo, amparándonos en el socorrido y tramposo “nadie es perfecto”. Ahora bien, pobre de aquél que no vaya sobrado de follar y que no se haya comprado un piso “como inversión”.
La unión de ambas cosas, pareja y casa, compone la estampa prefabricada de la felicidad contemporánea… y nosotros nos lo creemos. Damos más importancia al verbo tener que a otros más estimulantes y ricos en matices, como disfrutar o sentir.
Yo siempre he sostenido que la salud de una pareja se mantiene y prolonga si sólo se hace en común lo que realmente se desea. Quiero decir que somos individuos, al margen de nuestro estado civil. No creo que el amor se demuestre por medio del sacrificio, ni que vivir bajo el mismo techo sea una garantía de estabilidad (mucho menos de fidelidad).
Conservar una parcela de intimidad individual es una vacuna contra la amenaza de la monotonía y la dictadura de los tópicos y lugares comunes de la pareja.
En resumen, nunca vivir junto a alguien debería estar supeditado a una obligación. Por desgracia, así ocurre a menudo, y por eso las vacaciones supuestamente idílicas pueden transformarse en un sofisticado ejercicio de tortura para muchos de nuestros paisanos.
Bueno, nada de deprimirse, que ya queda menos para el viernes.

lunes, 24 de agosto de 2009

Conspiración por aburrimiento

Bueno, como cada año por estas fechas, la memoria de Diana de Gales comenzará a invadir los medios de comunicación y es de prever una oleada de fastos, homenajes, pompas fúnebres y hagiografías, y también, cómo no, tocará resucitar legendarios cotilleos y no menos ilustres conspiraciones.
Como yo soy partidario acérrimo de la presunción de inocencia, siempre he pensado que el accidente de Lady Di y su novio millonario fue eso, un accidente.
James Dean, Grace Kelly, Fernando Martín y Tino Casal (por poner un poco de todo) también fallecieron en accidentes de tráfico. Basta mirar a diario la gente que palma por culpa de los coches como para no considerar algo extraño que nadie se vaya al otro barrio por ello.
Otra cosa es que, según historiadores, expertos y tertulianos varios, hubiera motivos de estado para provocar el suceso (¿cuándo y en qué país no los hay?), pero ya me diréis si no hubiera sido más fácil recurrir a otros métodos de mayor elegancia y discreción, no tan chapuceros ni estruendosos, más propios de la flema británica o del mismísimo 007 al servicio de Su Majestad.
Vamos, que las intrincadas conspiraciones de palacio, como las meigas, haberlas haylas, aunque no deberíamos olvidar los rigores de la estadística, que presentan a los automóviles como armas más letales que las pistolas o los venenos.
No hay nada que inmunice a los famosos contra la muerte vulgar, del mismo modo que un ciudadano corriente tampoco está exento de morir como un héroe, si se diera el caso.
Fijaos, si no, lo que pasa con el inefable ex presidente George W. Bush.
Recordaréis que hace unos años estuvo a punto de morir ahogado al atragantarse con una galleta. Como sobrevivió, la cosa no pasó a mayores. Y yo me pregunto, ¿qué habría sucedido de haber muerto? Ya os lo digo: Bin Laden, Saddam Hussein, Fidel Castro o el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo, quien fuera, pero alguien, sin duda, estaría detrás de aquello.
Posteriormente, un informe sobre la salud del presidente estadounidense revelaba que había sufrido tiempo atrás una picadura de garrapata. Esto le hizo contraer la enfermedad de Lyme, que dicho así acojona un poco, pero que al parecer no suele ir más allá de síntomas como fiebres altas, erupciones cutáneas o dolores musculares y de cabeza, aunque si no se trata a tiempo puede derivar en patologías más graves, como la meningitis o la parálisis de los músculos de la cara.
Desconozco si el bicho en cuestión era en realidad un agente secreto camuflado que trabajaba para Hugo Chávez, Evo Morales, Maradona, Zapatero o Hillary Clinton. Ya digo que las conspiraciones no son lo mío.
El caso es que quien fue el hombre más poderoso del planeta, el más megalómano y codicioso, el verdadero novio de la muerte (con permiso de La Legión); alguien cuya biografía está salpicada por las guerras, las bombas, los atentados y las ejecuciones, estuvo a punto de reunirse con la señora de la guadaña por culpa de… ¡una galleta y una garrapata!
Ahora el relevo del óbito misterioso parece corresponderle al caso de Michael Jackson. Pasarán años, décadas y siglos y nunca sabremos qué sucedió en realidad; si hubo trama criminal, negligencia médica, accidente o casualidad. Poco me importa, la verdad, aunque sigo teniendo la sensación de que, aunque la muerte de Jackson se hubiera producido por cualquier otra causa, las conjeturas a día de hoy serían exactamente las mismas.
En fin, se ve que la realidad es a veces triste y aburrida, y quizá por eso necesitamos echarle un poco de imaginación de vez en cuando.