sábado, 13 de diciembre de 2008

Redundancias monetarias

No deja de ser curioso que, en estos tiempos de anorexia lingüística generalizada y perpetrada a base de mensajes SMS y anglicismos abusivos, exista un ámbito concreto —el de los términos monetarios— que peque precisamente de lo contrario, es decir, del pleonasmo o la redundancia innecesaria.
Y más irónico resulta aún el hecho de que se dé esta circunstancia en un periodo histórico saturado de profecías apocalípticas respecto a la economía, con los medios de comunicación compitiendo por batir el récord Guinness de sinónimos de la palabra crisis (recesión, desaceleración, crack, batacazo, lunes negro, cinturón apretado, penuria, globo pinchado, burbuja desinflada...).
Para empezar, no entiendo el porqué de esa aparente necesidad de introducir la palabra “antiguas” cada vez que alguien se refiere a las pesetas.
La peseta dejó de ser una moneda de curso legal hace seis años. Eso quiere decir que no sólo la palabra posee el matiz de antigüedad en sus propios genes semánticos, sino que incluso el objeto que nombra (y por tanto el concepto) es ya en sí mismo obsoleto.
Por verlo de forma más sencilla: imaginad que cada vez que nos referimos a los dinosaurios tuviéramos que añadir la palabra “antiguos” delante, para dejar claro que el bicho en cuestión está extinguido. La prueba de que sería una matización gratuita está en que el término “dinosaurio” se ha acabado convirtiendo —sin necesidad de aclaración al margen— en un calificativo para acusar a alguien de carcamal.
Las abuelas de antaño decían para piropear aquello de “Eres más majo que las pesetas”. Ahora, el mismo símil valdría para meterse con alguien por carroza, pero sería ridículo decirle “Eres más carca que las antiguas pesetas”.
Otra redundancia común (e inútil) es la de especificar “de euro” a la hora de hablar de céntimos. Este caso de manía repetitiva es todavía más flagrante, ya que la defunción de los céntimos de peseta se remonta a los estertores de Franco.
Por tanto, si decimos “8 céntimos” o “50 céntimos”, se sobreentiende que serán de la moneda de curso legal actual, o sea, de euro. Cada mañana escucho en un programa de radio una cuña publicitaria donde se insiste en que algo cuesta sólo “70 céntimos de euro”, y a pesar del sueño farragoso que me invade a horas tan tempranas, siempre acierto a responder imaginariamente: “No van a ser de rublo”.
Sería maravilloso que esta tendencia a la repetición se manifestara, ya puestos, en los propios números, y no en la manera de referirnos a ellos. Que redundaran tríos de ceros en los saldos de las cuentas corrientes y en las nóminas profesionales. Ceros “de euro”, por supuesto.

3 comentarios:

Ana dijo...

Ay! creo yo que la redundancia pesetil es fruto de la nostalgia generaliza. Que mira que cundieron: duros a 4 pesetas, el famoso "más majo que las pesetas", los 10, 100, 1000 duros de paga... Yo todavía no he podido quitármelas de la cabeza... snif!

El último peatón dijo...

Yo también sigo utilizando el baremo-peseta para calcular ciertas cantidades.
¿Y qué me dices de aquellas monedas de cinco duros con el agujero en medio?

Ana dijo...

Pues aquellas monedas tenían su aquel, si te refieres a las doradas. Que luego había de las grandotas, más antiguas, con agujeros perforados a propósito de algún tipo de apaño telefónico del tiempo pasado, que fue anterior... (que conforme va pasando el tiempo, parece mejor, por esa memoria que difumina los bordes...).