martes, 23 de diciembre de 2008

Ficciones y fricciones

Hace algún tiempo leí una entrevista al escritor Paul Auster en la que ponía a caer de un burro a Borges. Esto les parecerá a algunos un sacrilegio literario digno de tortura, pero no deja de ser la simple opinión de un individuo, y además, respetable.
Borges me despierta admiración por lo bien que escribía y porque me activa cuando lo leo algo tan sano y esencial como el mecanismo de la imaginación. Uno aprende a leer con sus cuentos y se contagia del gusanillo de la ficción. También me gusta que siempre defendiera algo despreciado a menudo por pedantes y pretenciosos: el argumento, la trama.
Pero entre su inmensa erudición y mis lagunas intelectuales hay un espacio demasiado vasto, y eso es lo que —supongo— no termina de desatar mi pasión por el genio argentino, fallecido hace poco más de veinte años.
Por eso prefiero a su paisano Bioy, o a su vecino Benedetti, o a su enemigo póstumo Auster, porque todos ellos consiguen algo que con Borges me cuesta a veces un trabajo excesivo: emocionarme.
Que uno le reconozca a un autor la capacidad para resumirnos la existencia humana en media página o el poder casi sobrenatural de inventar lo inimaginable usando tan sólo un puñado de palabras, no significa necesariamente que dicho artista vaya a conquistar nuestro corazón, del mismo modo que a veces no es la mujer más bella o virtuosa quien alimenta nuestras fantasías o desvela nuestros sueños.
Desde luego que Borges me parece un autor irrepetible e imprescindible, de esos que hay que conocer sin excusa, tanto los lectores aficionados como aquéllos que tengan ambiciones pedagógicas en materia literaria.
Pero el terreno de los sentimientos del lector es subjetivo y veleidoso, y es perfectamente factible reconocer el genio de un escritor sin necesidad de que nos entusiasme siempre con sus libros.
Curioso es que ambos, Borges y Auster, jueguen en la misma liga conceptual, por decirlo de algún modo. Los dos gustan de pasearnos por ese inquietante entorno que delimitan la cuerda floja de la realidad y el abismo inabarcable de la ficción.
Quizá Auster sea un escritor más popular, en el mejor sentido posible de la expresión. De entrada, cultiva mayoritariamente el género favorito de la población lectora, la novela. Por otra parte, y pese a su constante experimentalismo respecto a la frontera entre lo real y lo imaginado, sus textos rara vez son crípticos (como a menudo sí lo son los de Borges), sino que suele trabajar con materiales más reconocibles y cotidianos. Luego está su cinefilia latente, y también el hecho determinante de que en sus obras los sentimientos tienen tanta importancia como las ideas.
Soy seguidor de Paul Auster casi desde antes de afeitarme y tener DNI. Para mí es uno de los autores que mejores momentos me han hecho pasar con un libro entre las manos, y es asimismo una de las influencias que sin duda merodean por mi mollera cuando me pongo ante el teclado del ordenador o me enfrento al papel en blanco.
Lo que desde luego no voy a hacer es odiar a Auster por no compartir su opinión, como tal vez habrán empezado a hacer no pocos desde que el norteamericano blasfemara contra el argentino.
Bien a parir le pusieron algunos a él tras concederle el Príncipe de Asturias, así que no es extraño que el buen señor saque también de paseo su soberbia de autor consagrado, o puede que simplemente su sincera opinión de lector.

4 comentarios:

letras de arena dijo...

Yo no sé que manía hay de eliminar a un amante por otro, ¿no es cierto que se puede amar a más de una persona a la vez? Por lo menos literariamente creo que si. Ser contradictorio es parte del ser humano. Creo que Borges y Auster no son comparables pero ambos son unos genios.

El último peatón dijo...

Lo que en otros ámbitos de la vida puede interpretarse como infidelidad, en materia de libros es, sencillamente, poligamia.
Si sólo pudiéramos querer a un autor, apañados iríamos.
¡Viva la diversidad!

Khumeia dijo...

Con Borges me pasa como a vos, imposible no reconocer su genio sin par. Sin embargo, mi corazoncito se lo han ganado esos escritores que me han abofeteado las emociones, los viscerales. Los que me conmueven hasta la médula en un par de frases jugadas.

Te encontré por casualidad, seguiré leyéndote por placer.

El último peatón dijo...

Un placer también para mí tenerte paseando por mi acera virtual, Khumeia.
Serás siempre bienvenida.