lunes, 29 de diciembre de 2008

Mentiras punto com

Por si no lo sabéis, resulta que existen empresas que se dedican a “fabricar” coartadas. La última de la que he tenido constancia nos llega desde Francia, y se llama Ibila.
Esta singular empresa se promociona en su página web con el eslogan "Coartadas virtuales para situaciones reales". Los servicios prestados, como ya imaginareis, van desde reservas de hoteles o alquiler de coches, hasta compras y envíos de joyas, flores, perfumes o libros en nombre del cliente. Por si fuera poco, también son capaces de proveernos de objetos o documentos que prueben materialmente nuestra presencia en cualquier lugar (facturas de restaurantes u hoteles, tickets de caja o de aparcamiento, invitaciones, convocatorias, etc.).
Todo ello para eludir compromisos engorrosos o gozar de momentos de libertad a espaldas de nuestros seres cercanos sin que éstos puedan sospechar o molestarse.
Por supuesto, Ibila advierte que la documentación facilitada sólo puede ser utilizada en el ámbito de lo privado o doméstico, ya que, evidentemente, se trata de material falsificado y, por consiguiente, ilegal.
Sea como sea, está claro que la tarea principal a la que se dedican estas empresas no es otra que la de encubrir infidelidades de pareja.
Al parecer, son numerosos los casos de clientes que solicitan la invención de un congreso, una boda familiar, una cena de negocios o una reunión de antiguos alumnos para gozar de una escapada con el amante de turno o incluso para reencontrarse con un viejo amor de los que dejan huella.
El aspecto más interesante de todo esto, me parece a mí, es que la necesidad de ocultar la felonía al cónyuge implica a su vez el deseo de conservar la relación por parte del infiel. Lo diré más claramente: si uno realmente desea a otra persona más que a su pareja, lo más fácil y sensato, en teoría, es romper con ésta y dedicarse en cuerpo y alma (o en alma y sexo) a la otra persona. Sin embargo, todos sabemos que la cosa no funciona así.
Hay quien sostiene que la infidelidad supone un estímulo puramente individual que, si se mantiene en secreto, no sólo no dañará a nuestro ser querido, sino que puede llegar a ser un refuerzo para la pareja. También hay quien piensa que, sencillamente, la mayoría de los infieles no terminan con su pareja por cobardía, por miedo a las reacciones del entorno o por el temor a perder una situación cómoda que les permite vivir, tal vez infelices, pero igualmente despreocupados. No falta asimismo quien tacha la infidelidad de enfermedad o patología inherente a la naturaleza humana (una patraña producto de confundir “infidelidad” con “promiscuidad”). Ya es ridículo oírselo decir a los hombres, pero más sorprendente me resulta escuchar en boca de mujeres supuestamente feministas la manida coletilla de que “el hombre es infiel por naturaleza”. Insisto: lo que somos todos por naturaleza es promiscuos; la fidelidad es caso aparte.
En mi opinión existen tantos modelos de compromiso como individuos pueblan el planeta, así que no merece la pena darle más vueltas al asunto. Lo que sí creo que debemos demandar ya mismo es el desarrollo de un sector paralelo al de las empresas como Ibila. Porque, del mismo modo que hay quienes necesitan excusas para poner los cuernos sin que se entere su pareja, digo yo que también estarán los que quieren romper y no se atreven a dar el paso. Se abriría aquí un mercado de falsas amantes o ex novias, de falsos resguardos de prostíbulos, de pelos sintéticos colocados estratégicamente sobre una hombrera de la chaqueta o el respaldo del asiento del coche… de pruebas inventadas, en suma, para que sea el otro quien tenga un motivo palpable para dejarnos, y ahorrarnos nosotros el engorro de explicar nuestros sentimientos confusos, nuestras ilusiones frustradas, o algo aún peor: obligarnos a salir por ahí e intentar ligar, que a estas alturas la cosa está cada día más difícil.

martes, 23 de diciembre de 2008

Ficciones y fricciones

Hace algún tiempo leí una entrevista al escritor Paul Auster en la que ponía a caer de un burro a Borges. Esto les parecerá a algunos un sacrilegio literario digno de tortura, pero no deja de ser la simple opinión de un individuo, y además, respetable.
Borges me despierta admiración por lo bien que escribía y porque me activa cuando lo leo algo tan sano y esencial como el mecanismo de la imaginación. Uno aprende a leer con sus cuentos y se contagia del gusanillo de la ficción. También me gusta que siempre defendiera algo despreciado a menudo por pedantes y pretenciosos: el argumento, la trama.
Pero entre su inmensa erudición y mis lagunas intelectuales hay un espacio demasiado vasto, y eso es lo que —supongo— no termina de desatar mi pasión por el genio argentino, fallecido hace poco más de veinte años.
Por eso prefiero a su paisano Bioy, o a su vecino Benedetti, o a su enemigo póstumo Auster, porque todos ellos consiguen algo que con Borges me cuesta a veces un trabajo excesivo: emocionarme.
Que uno le reconozca a un autor la capacidad para resumirnos la existencia humana en media página o el poder casi sobrenatural de inventar lo inimaginable usando tan sólo un puñado de palabras, no significa necesariamente que dicho artista vaya a conquistar nuestro corazón, del mismo modo que a veces no es la mujer más bella o virtuosa quien alimenta nuestras fantasías o desvela nuestros sueños.
Desde luego que Borges me parece un autor irrepetible e imprescindible, de esos que hay que conocer sin excusa, tanto los lectores aficionados como aquéllos que tengan ambiciones pedagógicas en materia literaria.
Pero el terreno de los sentimientos del lector es subjetivo y veleidoso, y es perfectamente factible reconocer el genio de un escritor sin necesidad de que nos entusiasme siempre con sus libros.
Curioso es que ambos, Borges y Auster, jueguen en la misma liga conceptual, por decirlo de algún modo. Los dos gustan de pasearnos por ese inquietante entorno que delimitan la cuerda floja de la realidad y el abismo inabarcable de la ficción.
Quizá Auster sea un escritor más popular, en el mejor sentido posible de la expresión. De entrada, cultiva mayoritariamente el género favorito de la población lectora, la novela. Por otra parte, y pese a su constante experimentalismo respecto a la frontera entre lo real y lo imaginado, sus textos rara vez son crípticos (como a menudo sí lo son los de Borges), sino que suele trabajar con materiales más reconocibles y cotidianos. Luego está su cinefilia latente, y también el hecho determinante de que en sus obras los sentimientos tienen tanta importancia como las ideas.
Soy seguidor de Paul Auster casi desde antes de afeitarme y tener DNI. Para mí es uno de los autores que mejores momentos me han hecho pasar con un libro entre las manos, y es asimismo una de las influencias que sin duda merodean por mi mollera cuando me pongo ante el teclado del ordenador o me enfrento al papel en blanco.
Lo que desde luego no voy a hacer es odiar a Auster por no compartir su opinión, como tal vez habrán empezado a hacer no pocos desde que el norteamericano blasfemara contra el argentino.
Bien a parir le pusieron algunos a él tras concederle el Príncipe de Asturias, así que no es extraño que el buen señor saque también de paseo su soberbia de autor consagrado, o puede que simplemente su sincera opinión de lector.

sábado, 20 de diciembre de 2008

El negocio de la polémica

Seguro que muchos de vosotros habéis pensado más de una vez en lo fácil que sería reducir las constantes polémicas que se montan cada fin de semana después de la correspondiente jornada liguera de fútbol, a costa de decisiones arbitrales erróneas, o como mínimo sospechosas, en según qué casos.
Nada más sencillo que poner la tecnología al servicio del juego limpio y la ecuanimidad deportiva. Nada más fácil que instalar, por ejemplo, monitores de televisión en la zona del campo donde se sitúa el árbitro suplente y que éste, lo mismo que hacemos los aficionados cuando vemos los resúmenes de los partidos en la televisión, pueda repasar la jugada de turno a cámara lenta o rápida, desde distintos ángulos, y así evitar que un equipo salga perjudicado por culpa de un penalti inexistente, o que un espabilado marrullero engañe al respetable con un piscinazo shakesperiano, o que un entrenador lenguaraz o un presidente cacique se dediquen a montar una campaña de agitación a costa de sus lamentos o su mal perder.
Hace años (diría que siglos) que muchos aficionados venimos reivindicando este tipo de solución, aunque parece ser que el propio entorno futbolero (jugadores incluidos) no está muy por la labor. Aducen que se perdería la esencia del juego; que lo que ocurre en el campo ahí debe quedarse. Es una manera torpemente eufemística de confesar que la misma marrullería que se critica al rival como si fuera el mismísimo demonio es una artimaña igualmente beneficiosa para el propio equipo cuando quien la perpetra es uno de los nuestros.
El mejor ejemplo de esta interesada contradicción lo tenemos en la jugada conocida como “falta táctica”. Se denomina así, “táctica”, cuando incurre en ella el jugador de nuestro equipo. Si la comete uno del equipo rival, lo más normal es que reclamemos airadamente la tarjeta amarilla o incluso la roja, ya que no debemos olvidar que la llamada falta táctica es aquella que se hace aposta, con la intención descarada de cortar una jugada peligrosa o un contraataque. Es decir, una falta intencionada; algo que en otros deportes se castiga severamente y que en fútbol, por el contrario, se asocia condescendientemente a la simple picaresca o incluso a una supuesta “inteligencia táctica”.
Deduzco de todo esto que una buena parte del negocio del fútbol, aparte de los fichajes millonarios y las campañas publicitarias que se mueven a su alrededor, depende precisamente de la polémica.
Sin escándalos, se venderían la cuarta parte de ejemplares del Marca, el Mundo deportivo o el As. Los programas radiofónicos punteros tal vez no perderían su nocturnidad, pero sí su alevosía, y eso se traduciría inevitablemente en un bajón de la audiencia. Idéntico destino correrían los espacios televisivos al uso y las secciones casi marginales que los telediarios dedican al deporte.
Puede incluso que una buena parte de los hinchas perdieran también interés por la Liga de fútbol si no pudieran desahogarse cada domingo derramando azufre y mala leche sobre el árbol genealógico de los árbitros.
A lo mejor lo único que buscamos en una manera de defendernos contra ese horrible invento llamado lunes. Qué sería de nosotros sin poder descargar las malas vibraciones que nos invaden el primer día de cada semana cuando suena el despertador. Puede que gracias al fútbol se nos esté brindando una posibilidad de desahogo y algunos desaprensivos queramos eliminarla en pos de la deportividad y la justicia competitiva. El caso es no estar nunca conformes, oye.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Café con letras


Pues nada. Otra vez estamos de parto.

Acaba de ver la luz la nueva Antología del Aula de Escritores, titulada Café con letras y publicada (como no podía ser de otra manera) por Hijos del Hule.

Es un libro de variopinta textura y abundancia de aromas, compuesto por una selección de cuentos cuyos autores son los alumnos de esta escuela literaria del barrio barcelonés de Gracia.


Este peatón (unido a la causa por partida doble, como profesor del taller virtual de novela del Aula y como autor publicado en la editorial Hijos del Hule), participa en la mencionada antología en calidad de "artista invitado" con el relato La mano postiza de Luigi Roscone, una historia a medio camino entre el homenaje y la parodia sobre uno de los géneros que mejores ratos me ha hecho pasar sentado frente a una pantalla: el cine de gangsters.


Mañana viernes,19 de diciembre, a las 20 horas, habrá una primera "puesta de largo" en la fiesta de Navidad del Aula de Escritores (c/ Sant Lluís, 6).

La presentación formal de esta nueva Antología tendrá lugar el 30 de enero a las 19 horas en la sala del Ámbito Cultural de El Corte Inglés del Portal de L' Angel.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Redundancias monetarias

No deja de ser curioso que, en estos tiempos de anorexia lingüística generalizada y perpetrada a base de mensajes SMS y anglicismos abusivos, exista un ámbito concreto —el de los términos monetarios— que peque precisamente de lo contrario, es decir, del pleonasmo o la redundancia innecesaria.
Y más irónico resulta aún el hecho de que se dé esta circunstancia en un periodo histórico saturado de profecías apocalípticas respecto a la economía, con los medios de comunicación compitiendo por batir el récord Guinness de sinónimos de la palabra crisis (recesión, desaceleración, crack, batacazo, lunes negro, cinturón apretado, penuria, globo pinchado, burbuja desinflada...).
Para empezar, no entiendo el porqué de esa aparente necesidad de introducir la palabra “antiguas” cada vez que alguien se refiere a las pesetas.
La peseta dejó de ser una moneda de curso legal hace seis años. Eso quiere decir que no sólo la palabra posee el matiz de antigüedad en sus propios genes semánticos, sino que incluso el objeto que nombra (y por tanto el concepto) es ya en sí mismo obsoleto.
Por verlo de forma más sencilla: imaginad que cada vez que nos referimos a los dinosaurios tuviéramos que añadir la palabra “antiguos” delante, para dejar claro que el bicho en cuestión está extinguido. La prueba de que sería una matización gratuita está en que el término “dinosaurio” se ha acabado convirtiendo —sin necesidad de aclaración al margen— en un calificativo para acusar a alguien de carcamal.
Las abuelas de antaño decían para piropear aquello de “Eres más majo que las pesetas”. Ahora, el mismo símil valdría para meterse con alguien por carroza, pero sería ridículo decirle “Eres más carca que las antiguas pesetas”.
Otra redundancia común (e inútil) es la de especificar “de euro” a la hora de hablar de céntimos. Este caso de manía repetitiva es todavía más flagrante, ya que la defunción de los céntimos de peseta se remonta a los estertores de Franco.
Por tanto, si decimos “8 céntimos” o “50 céntimos”, se sobreentiende que serán de la moneda de curso legal actual, o sea, de euro. Cada mañana escucho en un programa de radio una cuña publicitaria donde se insiste en que algo cuesta sólo “70 céntimos de euro”, y a pesar del sueño farragoso que me invade a horas tan tempranas, siempre acierto a responder imaginariamente: “No van a ser de rublo”.
Sería maravilloso que esta tendencia a la repetición se manifestara, ya puestos, en los propios números, y no en la manera de referirnos a ellos. Que redundaran tríos de ceros en los saldos de las cuentas corrientes y en las nóminas profesionales. Ceros “de euro”, por supuesto.

martes, 9 de diciembre de 2008

Privado

Recuerdo mi fascinación infantil hacia las puertas que lucían un cartel en el que se leía la palabra Privado. Las veía en las cafeterías, en determinadas tiendas o comercios, en lugares públicos de diversa índole.
Aquella palabra solemne y censora me provocaba una curiosidad idealizada. Para mí era el equivalente real de aquella otra expresión, Top secret, que solía ver en las películas de espías y en los tebeos, y cuyo objetivo era velar por la integridad de secretos de estado o misterios que cambiarían el sino de la Historia y de la raza humana.
Sentado a la mesa del café junto a mis padres, miraba aquellas puertas cerradas mientras tomaba un refresco e imaginaba la emoción de traspasarlas. A menudo la misteriosa puerta estaba situada al lado de la de los baños, y de vez en cuando me sobrevenían tentaciones de intentarlo fingiendo una razonable confusión. Pero igualmente me convencía de que un candado, una cerradura de seguridad o incluso una intrincada combinación se interpondría por fuerza entre mis azorados deseos y la solución del enigma.
Sé que alguien dijo que el hombre se hace adulto cuando toma conciencia de su mortalidad. Carezco de la capacidad para determinar la exactitud de mi momento revelador acerca de la exigüidad finita de ésta nuestra existencia, pero puedo asegurar que toda mi inocencia reventó hasta desintegrarse el día en que descubrí por fin que, tras aquella puerta y su provocativo letrero, se escondía algo tan anodino y prosaico como el cuarto de las escobas.
No sé si será una consecuencia de aquel traumático desengaño, pero siempre he visto a los enamorados como un trasunto de ese niño que mira el cartel de Privado desde la mesa de la cafetería, soñando con lo que habrá detrás antes de conocerlo realmente. Y no ocultaré lo mucho que me sorprende el hecho de que la práctica totalidad de mis semejantes, ya sea con convencimiento o simple resignación, haya limitado la búsqueda de la felicidad al reducido espacio del cuarto de las escobas.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Ultrapeatonismo radikal

Hoy mi vida se ha visto en serio peligro por partida doble, y ambas contingencias han sucedido en el breve transcurso de unos siete u ocho minutos.
Para empezar, un ciclista de esos que se creen más modernos y más enrollados que yo porque van esquivando viandantes a toda leche por una acera estrecha, ha provocado una especie de efecto dominó al calcular mal su filigrana y rozar con un pedal la bolsa de la compra que una señora más bien anciana y chaparra portaba con no poco esfuerzo y a paso de procesión.
La mujer, más por el susto, creo yo, que por la propia fuerza del impacto, se ha balanceado hacia su izquierda, chocando contra mí y provocando que yo tuviera que saltar el bordillo de la acera, quedándome plantado en el carril de los taxis y autobuses. Por pura chiripa no pasaba ninguno en ese momento, y aquí estoy, sano y salvo contando la anécdota.
Minutos después, me disponía a cruzar por un paso de cebra sin semáforo. A cierta distancia se acercaba una moto y, detrás de ésta, un coche. El tramo a cruzar era corto (no más de tres metros), así que, amparado en la presunta preferencia que me confería mi condición peatonal, he iniciado el paso en busca de la otra acera. Entonces, el motorista, que o bien tenía prisa o bien era pariente cercano del ciclista de antes, ha decidido que, en vez de detenerse para dejarme pasar, lo mejor era esquivarme haciendo un pase torero de dos orejas y rabo, sorteando mi cuerpo por la espalda y dejándome sordo con la pedorreta de su motor y casi ciego con el humo despedido por el tubo de escape.
Suerte que el conductor del coche que iba detrás no debía de tener ínfulas taurinas ni circenses, y ha hecho lo correcto, o sea, pararse, aunque a esas alturas yo ya había alcanzado la acera gracias a un respingo que ni Spiderman en hora punta. Lo que ha pasado después es que, al ir a cruzar por el siguiente paso de cebra, me lo he pensado muy mucho y hasta que no he visto al coche de turno totalmente quieto delante de las rayas blancas del suelo no me he atrevido a caminar. Según iba cruzando me ha salido espontáneamente un gesto muy típico de los peatones en los pasos de cebra, que no es otro que el de alzar la mano en señal de agradecimiento hacia ese conductor solidario que respeta nuestra preferencia.
Es injusto que yo deba darle las gracias a alguien por no atropellarme en un lugar donde los derechos me amparan y la obligación de pararse es suya, ¿verdad? Pues así está el tráfico. Y la vida misma. Qué os voy a contar.
Por cierto, si alguien creía que con el proyecto Bicing se iban a solucionar los problemas de tráfico, que sepa que lo lleva crudo. La proliferación de bicicletas no ha reducido la afluencia de coches y motos, sino la de peatones. Es decir, gente que antes iba andando o en metro ahora va en bici, con lo que son las aceras las que empiezan a sufrir problemas típicos de las calzadas urbanas y las autopistas, como los embotellamientos, los atropellos y las colisiones.
En consecuencia, tampoco tenemos una ciudad menos contaminada. Si el número de vehículos a motor es el mismo, los humos y gases desprendidos seguirán siendo los mismos. Como no cambie la cosa, el título de este blog dejará de ser una simple ironía para convertirse en una profecía. Ya veis, hoy tengo el día de peatón radikal (y lo escribo con k porque suena más contundente y rebelde).