lunes, 17 de noviembre de 2008

Giros de la lengua

Delante de mí, en el autobús, viajaban dos chicas, casi un clon la una de la otra, parejas en edad (la del pavo) y en apariencia (una mezcla de pandilleras latinas y raperas suburbanas, con un toque de groupies modelo Benicàssim y otra pizca de cliente VIP del H&M o similar).
Una de ellas leía un diario gratuito mientras su acompañante, con ese gesto de profundo tedio existencial tan propio de la adolescencia, estrellaba su vista desenfocada contra la ventanilla, como si en realidad mirara estrictamente el cristal, y no lo que había tras él.
Su amiga interrumpió la lectura para compartir con ella una duda repentina:
“Oye, ¿qué es una falacia?”, le preguntó, señalando una noticia del periódico.
“Yo qué sé, tía”, respondió la otra, con ese inconfundible deje de socarronería que delataba que no había oído aquella palabra tan rara en su vida.
Pude haberles despejado la incógnita, pero no me gustan ese tipo de exhibicionismos públicos, por modestos que sean y por mucho que en realidad fuera a hacerles un favor. Entre el samaritano y el pedante, me quedo siempre con el pasota.
A los pocos segundos, la chica del periódico pareció iluminarse:
“Oye, ¿una falacia no es lo mismo que… o sea… que una mamada?”.
Ambas rieron entonces, y a mí no me quedó claro si celebraban un ingenioso juego de palabras o si, sencillamente, les hacía gracia la palabra “mamada”, cosa habitual entre los más jovencitos (bueno, y también entre la mayoría de los adultos).
Me divirtió deducir que aquella chica había confundido “falacia” con “felación” o “fellatio”, igual que esas personas que suelen decir cosas como “Después del régimen me quedé como una sífilis”, o “Ya encontrará la hormona de su zapato”, o “Se puso hecho un obelisco”, o “El médico me ha dicho que me tranquilice porque tengo mucho exprés”.
De igual modo, imaginé que confundiría “verborrea” con “gonorrea”, y así convertiría la locuacidad en una enfermedad venérea, y por tanto la facilidad de palabra sería una facultad que se podría adquirir por contagio al joder con una fulana.
Y entonces no pude evitar soñar con un mundo en el que las prostitutas habían conseguido dignificar su oficio al erigirse en educadoras alternativas, alfabetizando a golpe de pelvis y consiguiendo milagros como el de que algunos de esos futbolistas con fama de puteros que se despachan ante los micrófonos con podredumbres oratorias del tipo “Bueno, si, el partido es complicado pero lo importante es el equipo”, aparecieran de repente como certeros y elocuentes académicos.
Y así fue como entretuve aquel rutinario trayecto, a base de imaginar retorcidos giros de la lengua. Y, claro, después de tanto giro y tanta lengua, al bajar del autobús yo también me sorprendí pensando en felaciones.

3 comentarios:

C. Martín dijo...

Pues no creas, si todas las falacias se convirtieran en felacios..., no estaríamos mejor, pero sí que habría más caras sonrientes en el autobús (iba a poner "menos falacias y más felacios" pero quizás no soy yo la más indicada para este tipo de propuestas..., ya me callo, ya)

El último peatón dijo...

Bueno, cuando suba al autobús y vea que la gente va sonriendo, ya sabré quién ha estado antes que yo...
Besos.

Mujeres dijo...

ja, ja, qué bueno. Esto me recuerda a aquella que conocemos que dice "masquetodo".

Por cierto, peatón, has sido agraciada con el fantástico regalo de hacer un meme en tu blog, el del 7. Puedes recoger tu premio en Mujeres y qué (post: El meme del 7).

Ya verás lo que vale un peine.
bsos