miércoles, 26 de noviembre de 2008

Comer en paz

“Los restaurantes son para la gente de los 80 lo que eran los museos para la de los 60”. La frase no es mía; la dice Carrie Fisher en la película Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner, 1989).
Supongo que ni el director ni la guionista, Nora Ephron, pudieron llegar a imaginar que dicha sentencia no sólo seguiría vigente casi veinte años después, sino que incluso se radicalizaría hasta el extremo de haberse convertido en un hábito casi fundamentalista del ciudadano actual.
Ya comenté este asunto hace tiempo en la entrada titulada Sibaritas sucedáneos, pero hoy quisiera ampliar mi visión acercándome a las peligrosas consecuencias que puede acarrear en nuestra vida cotidiana (y también en nuestra salud) esta tendencia creciente hacia un odioso estereotipo de comensal que confunde la exigencia con la soberbia y la calidad con la perfección.
Para empezar, aclaro que me parece obvio que reclamemos un trato digno por parte de los camareros, y también que demandemos la máxima equivalencia entre lo que nos sirven en la mesa y lo que después nos cobrarán por ello.
Ahora bien, el peligro al que me refería nace del empeño de comportarnos como eminencias culinarias indistintamente, sea donde sea que comamos, lo mismo en una tasca de atmósfera cochinamente adhesiva que en un palacio del diseño vanguardista y la degustación minimalista.
Más allá de que podamos tener razón o no en nuestra protesta, recomiendo no montar el espectáculo ni adoptar la pose del tocacojones en ningún restaurante. Si el sitio no nos agrada, bastará con no volver a pisarlo; y si el agravio supera los límites de lo humanamente tolerable, mejor esperar al final, y una vez tragado todo (postre incluido) enzarzarnos en la disputa con el maitre, cocinero o sirviente de turno.
La razón es bien sencilla. Siempre que veo a alguien montar la bronca en un restaurante no puedo evitar pensar en lo fácil que sería añadirle un tropezón de más a nuestro gazpacho, o removernos el puré prescindiendo de cucharones o cacillos, o disimular una flema en las natillas. Supongo que me explico.
No digo que traguemos con lo intolerable ni que nos volvamos masoquistas. Hablo sobre todo de esa exigencia un tanto impostada que tal vez hayamos adquirido por empacho (nunca mejor dicho) informativo, por ese auge que ha experimentado la gastronomía en los últimos tiempos y que la ha desmarcado del humilde sector de la hostelería para situarla en la esfera de las disciplinas artísticas.
Me preocupa observar más a menudo de lo que quisiera la incapacidad de determinadas personas para contextualizar debidamente sus almuerzos o cenas. Me jode sobre todo la actitud de aquél que sabemos que no puede permitirse comer en según qué sitios, y se desahoga sentando cátedra gustativa en el bar del menú del día.
Recientemente, tuve el placer de compartir una agradable cena junto a mis colegas Inés Butrón y Carmen Lafay. Recuerdo que hablamos sobre esto y me alegró ver que coincidíamos en nuestra forma de pensar, sobre todo teniendo en cuenta que mis acompañantes eran personas interesadas especialmente en la materia (Inés se halla en estos momentos trabajando en la escritura de varios libros sobre gastronomía, y a Carmen le cedimos la tarea de elegir el vino, a sabiendas de su conocimiento y buen tino). De hecho, terminamos conversando acerca de excentricidades alimenticias traídas desde nuestros respectivos pueblos e infancias, y nos reímos con ganas, precisamente porque la comida es una cosa muy seria, y siempre me merecerá más respeto alguien capaz de reírse de lo importante que aquél que quiere hacerse el importante sólo porque no se ríe
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4 comentarios:

sanjoni dijo...

Totalmente de acuerdo contigo. Trabajo cara al público, y podrás imaginar lo que a diario puedo encontrar. Así que aplaudo tu reflexión.
Muy buena, sí señor!

Nomeolvides dijo...

Ciertamente. Yo que trabajé en cocinas varias... me gusta aquello de que hay que tener amigos hasta en el infierno, matizando que, a ser posible, en la cocina del infierno.

El último peatón dijo...

De vuestras palabras deduzco que el riesgo de encontrarnos un ingrediente "sorpresa" en el plato a cambio de nuestra impertinencia no es una leyenda urbana (¡Glups!)
Prometo seguir portándome bien en los restaurante.
Gracias por la visita.

Jonatan Santos dijo...

Peatoncillo, me temo que sólo te puedo decir que yo no voy a ciertos restaurantes que sé que puedo econtrarme sorpresas...

Gracias a ti por invitarnos