sábado, 1 de noviembre de 2008

A buenas horas

Han tardado, pero parece que por fin se van dando cuenta.
Mira que llevo yo años diciendo que lo de cambiar la hora no vale para nada.
Sé que la intención de retrasar o adelantar el reloj en sendos momentos concretos del año es la de ahorrar energía porque supuestamente se contribuye a aprovechar las horas de luz natural, y no dudo de la eficacia de la medida desde un punto de vista colectivo.
Seguro que en el cómputo global de todos los países adscritos a nuestra zona horaria cuadran los números, pero ya sabéis, Spain is different.
Hay que tener en cuenta que en el resto de Europa se come por regla general a las 12 del mediodía y se cena como muy tarde a las 19 horas, con lo que nuestros vecinos del viejo continente que madrugan para ir a currar se están metiendo en la cama casi a la misma hora en que Los Lunnis nos instan aquí a que acostemos a nuestros hijos.
Con semejante ritmo de vida no es extraño que se salude con alegría la posibilidad de aumentar las horas de sol tempraneras, pero, sinceramente, decidme de qué nos sirve a nosotros que haga sol a las cinco de la mañana.
Somos un país de sobremesa y nocturnidad; cada vez que comemos —sea desayuno, almuerzo, merienda o cena— preferimos sentarnos, hacerlo con calma y palique, tomar el café, el carajillo o el sol y sombra de rigor, y después de cenar nos acoplamos frente a la tele hasta las tantas, o bien nos tomamos ese güisquito que nos alivia de un duro día de trabajo o de un mal resultado en la Champions.
Por eso, cuando en esta época del año uno ve que a las cinco de la tarde el cielo está negro como un tizón y encima hace un frío que pela, se acuerda de la madre que parió al que tuvo la ocurrencia de adelantar la noche con la excusa del ahorro energético. Un ahorro que, insisto, notarán si acaso en otros sitios.
Pensemos que, por maravilloso que sea levantarse a las 7 con un sol radiante como de anuncio de compresas o cereales con fibra, y por mucho que haya obreros condenados a poner el despertador a las 5 o las 6 de la mañana, siempre habrá a la fuerza más actividad en nuestras calles, nuestras casas o nuestros negocios entre las 5 y las 7 de la tarde. (Eso sin contar que, por mucha luz que le pongan a uno a según qué horas, la vista estará siempre nublada por culpa del madrugón y/o las legañas.)
Las macabras estadísticas sobre suicidios indican que éstos abundan más en países fríos y oscuros, en aquéllos donde el sol es introvertido y tibio, aun a pesar de que el nivel de vida en términos económicos sea obscenamente superior al nuestro.
Como deprimirme no entra en mis planes a corto y medio plazo, desde ahora mismo me autoproclamo fundador del movimiento contra el cambio horario.
Sí, sí, reíros, pero si lo hubiera dicho Al Gore o el primo de Rajoy, seguro que os lo tomaríais bien en serio.

1 comentario:

Poesía Intimista dijo...

A buenas horas, mangas verdes....
Imagínate vivir en Islandia dónde los veranos son días enteros de 24 horas y los inviernos 24 horas de noche. Tan absurdo me parece que a las 6 de la tarde sea de noche, como en verano, que a las 10 aún es de día. No hay un término medio??