domingo, 30 de noviembre de 2008

Palabras letales

Me temo que una buena parte de nuestros famosos y famosillos, a costa de su denodado empeño por erigirse en “la voz del pueblo”, están banalizando según qué cuestiones relacionadas con los derechos humanos o el respeto a nuestros semejantes, entre ellas algo tan serio como el llamado maltrato psicológico.
Puesto que las desavenencias o las vulgares peleas son el mejor caldo de cultivo para alimentar ciertas parrillas mediáticas, y ya que constituyen para muchos personajes el único modo de permanecer en el candelero, estamos asistiendo continuamente a representaciones vergonzosas y barriobajeras que no tendrían mayor importancia si sus protagonistas, sabedores de la repercusión que suelen tener sus actos, no se empeñaran en autodefinirse como reflejos de la realidad diaria.
Y es que estoy advirtiendo desde hace tiempo una tendencia creciente a acuñar el término “maltrato psicológico” con insensible ligereza y desaprensiva gratuidad.
No soy psicólogo, ni psicoanalista, ni mucho menos psiquiatra, pero entiendo que para determinar la existencia de maltrato psicológico es necesario que dicha conducta se presente con una mínima frecuencia o continuidad, que describa algo habitual y constante.
Ojo, no es que piense que no deba castigarse lo esporádico o puntual, no me he vuelto loco. Lo que sostengo es que insultar, sin más, no es maltratar psicológicamente. Mandar a alguien a freír boniatos, defecarse en sus difuntos o llamarlo imbécil en el fragor de una disputa o intercambio de discrepancias forma parte de nuestras debilidades humanas, y no creo yo que haya que tipificarlo como delito. Pero parece que nuestros famosillos han interpretado el término de un modo pueril y simplón, y así deciden que maltrato psicológico es cualquier palabrota, imprecación o exabrupto que no vaya acompañado de agresión física.
El verdadero maltrato psicológico tiene por objeto anular a otra persona, acobardarla, incluso crearle la sensación de la agresión física sin necesidad de consumarla. Esto pasa por desgracia en colegios, en ambientes laborales (no me sale de las narices llamarlo mobbing) y también en el entorno doméstico.
El maltrato psicológico de verdad puede llegar a provocar las mismas consecuencias fatales que el físico, incluida la de llevar a alguien a quitarse la vida, así que recomendaría a tanto cantamañanas con afán de notoriedad que se cuidara de alardear sus trifulcas narcisistas al viento y hacerse la víctima a costa de tantas otras personas que de verdad sufren un acoso terrible y difícil de atestiguar debido a la ausencia habitual de pruebas materiales.
Hablo hoy de esto porque he rescatado una información acerca de las consecuencias funestas que puede tener el amor. Se trata, una vez más, de un estudio llevado a cabo en Gran Bretaña.
Cuando me decidí a ahondar en la noticia más allá de los titulares, comprobé que éstos no eran del todo concisos, y que daban lugar a confusión.
Si uno lee encabezamientos como “Un estudio revela los peligros que el amor puede tener para la salud”, o “Expertos demuestran que el amor puede aumentar el riesgo de dolencias cardiacas”, o “Sí que es posible morir de amor”, qué demonios, parece que el mundo se haya vuelto del revés.
Sin embargo, como ya he apuntado, al leer con detalle descubrí que tales amenazas para nuestro corazón no se derivan del enamoramiento en sí mismo, sino, bien al contrario, son producto de relaciones tensas, de broncas diarias, celos enfermizos, y ese etcétera que todos sabemos relativo a la hostilidad como rutina.
Se supone que el estudio hace alusión a disputas conyugales y berrinches de andar por casa. No menciona los malos tratos ni las agresiones con repercusión judicial o penal. Lo curioso es que, si hacemos caso a los titulares, parece que nos estén diciendo que el amor significa eso, trifulca y sufrimiento, y, hombre, ya sabemos lo bobalicones que nos volvemos todos cuando nos enamoramos, pero de ahí al masoquismo hay un trecho.
Así pues, tenemos por un lado a cierta purrela farandulera largando sobre maltrato psicológico con insultante frivolidad, y, por otro, a unas supuestas lumbreras británicas que nos asustan afirmando que Cupido es peor que el colesterol, los triglicéridos, el tabaco y la fritanga.
Viva el término medio, sí señor.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Comer en paz

“Los restaurantes son para la gente de los 80 lo que eran los museos para la de los 60”. La frase no es mía; la dice Carrie Fisher en la película Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner, 1989).
Supongo que ni el director ni la guionista, Nora Ephron, pudieron llegar a imaginar que dicha sentencia no sólo seguiría vigente casi veinte años después, sino que incluso se radicalizaría hasta el extremo de haberse convertido en un hábito casi fundamentalista del ciudadano actual.
Ya comenté este asunto hace tiempo en la entrada titulada Sibaritas sucedáneos, pero hoy quisiera ampliar mi visión acercándome a las peligrosas consecuencias que puede acarrear en nuestra vida cotidiana (y también en nuestra salud) esta tendencia creciente hacia un odioso estereotipo de comensal que confunde la exigencia con la soberbia y la calidad con la perfección.
Para empezar, aclaro que me parece obvio que reclamemos un trato digno por parte de los camareros, y también que demandemos la máxima equivalencia entre lo que nos sirven en la mesa y lo que después nos cobrarán por ello.
Ahora bien, el peligro al que me refería nace del empeño de comportarnos como eminencias culinarias indistintamente, sea donde sea que comamos, lo mismo en una tasca de atmósfera cochinamente adhesiva que en un palacio del diseño vanguardista y la degustación minimalista.
Más allá de que podamos tener razón o no en nuestra protesta, recomiendo no montar el espectáculo ni adoptar la pose del tocacojones en ningún restaurante. Si el sitio no nos agrada, bastará con no volver a pisarlo; y si el agravio supera los límites de lo humanamente tolerable, mejor esperar al final, y una vez tragado todo (postre incluido) enzarzarnos en la disputa con el maitre, cocinero o sirviente de turno.
La razón es bien sencilla. Siempre que veo a alguien montar la bronca en un restaurante no puedo evitar pensar en lo fácil que sería añadirle un tropezón de más a nuestro gazpacho, o removernos el puré prescindiendo de cucharones o cacillos, o disimular una flema en las natillas. Supongo que me explico.
No digo que traguemos con lo intolerable ni que nos volvamos masoquistas. Hablo sobre todo de esa exigencia un tanto impostada que tal vez hayamos adquirido por empacho (nunca mejor dicho) informativo, por ese auge que ha experimentado la gastronomía en los últimos tiempos y que la ha desmarcado del humilde sector de la hostelería para situarla en la esfera de las disciplinas artísticas.
Me preocupa observar más a menudo de lo que quisiera la incapacidad de determinadas personas para contextualizar debidamente sus almuerzos o cenas. Me jode sobre todo la actitud de aquél que sabemos que no puede permitirse comer en según qué sitios, y se desahoga sentando cátedra gustativa en el bar del menú del día.
Recientemente, tuve el placer de compartir una agradable cena junto a mis colegas Inés Butrón y Carmen Lafay. Recuerdo que hablamos sobre esto y me alegró ver que coincidíamos en nuestra forma de pensar, sobre todo teniendo en cuenta que mis acompañantes eran personas interesadas especialmente en la materia (Inés se halla en estos momentos trabajando en la escritura de varios libros sobre gastronomía, y a Carmen le cedimos la tarea de elegir el vino, a sabiendas de su conocimiento y buen tino). De hecho, terminamos conversando acerca de excentricidades alimenticias traídas desde nuestros respectivos pueblos e infancias, y nos reímos con ganas, precisamente porque la comida es una cosa muy seria, y siempre me merecerá más respeto alguien capaz de reírse de lo importante que aquél que quiere hacerse el importante sólo porque no se ríe
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viernes, 21 de noviembre de 2008

El meme del siete

Mis considerables limitaciones en materia de jerga internauta provocaron que el pasado miércoles sufriera un amago de cortocircuito sensorial al leer que Mujeres me proponía algo tan enigmáticamente sugerente como “Hacer un meme del siete”.
En el mejor de los casos, sonaba a “hacer una mamada de la hostia”, y en el peor, me sugería algo así como “hacer una memez del calibre siete”, o incluso “una meada de siete metros”.
Suerte que, tras informarme debidamente, comprobé que estaba perfectamente capacitado para atender la petición. Resulta que memear (horrendo palabro) no es otra cosa que establecer una sucesión de entradas entre bitacoreros, partiendo de unas premisas que deben respetarse a lo largo de toda la cadena y cuyo objetivo supongo que es prolongar la interrelación bloggera hasta los límites del infinito.
Pues bien, las normas del meme en el que he sido invitado a participar son las siguientes:


1. Incluir un vínculo a la página de la persona que te invita a memear y poner estas normas en el blog propio.

2. Compartir 7 hechos sobre uno mismo en el blog, algunos al azar, otros curiosos.
3. Invitar a 7 personas al final de esta entrada, dejando sus nombres y los enlaces a sus blogs.
4. Hacerles saber que han sido invitados dejando un comentario en sus blogs.
5. Si no tienes 7 amigos, o si alguno ya fue invitado por otro, entonces busca a algún extraño insospechado.

Bueno, pues allá voy. Lo primero que acude a mi memoria, como casi siempre, son películas, pero no caeré en la tópica simpleza de enumerar mis siete favoritas, ni tampoco mis siete actores, directores, frases o títulos. Hurgando en la versión comprimida de la historia del cine que guardo en mi cabeza, he confeccionado una lista de siete largometrajes que hacen mención al número que nos ocupa:
  1. Seven (David Fincher, 1995). Seguramente, la película de suspense más influyente y paradigmática de la última década del siglo veinte. Si digo que la he visto por lo menos siete veces no es sólo por ser coherente con la entrada de hoy. Os juro que me encanta. (Por cierto, para el que no lo sepa, seven, en inglés, quiere decir siete.)

  2. Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954). Ésta sólo la he visto una vez, que yo recuerde, aunque es una obra imprescindible del también imprescindible Kurosawa. Sus más de 200 minutos de metraje pueden hasta con la vejiga más rocosa. Suerte que ahora, con el DVD, lo tenemos más fácil.

  3. Los siete magníficos (John Sturges, 1960). Inspirándose en la anterior, Sturges cambió los samuráis por pistoleros y se marcó un western como mandan los cánones. El excelente reparto incluía a Charles Bronson, quien por entonces aún se dedicaba a interpretar (después, aparte de ser el doble de Bryce Echenique, se especializó en protagonizar subproductos en los que siempre hacía de vengador justiciero). Por cierto, la música del anuncio de Marlboro era la banda sonora de esta película.

  4. Siete novias para siete hermanos (Stanley Donen, 1954). Archiconocida película y aclamado musical que a este peatón, sin embargo, le da bastante grima. De hecho, no sería descabellado considerarlo como antepasado directo del pasteloso y opusiano “Amo a Laura”.

  5. Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta, 2007). De lo mejorcito del cine español del año pasado. Sólo por ver a Maribel Verdú y, sobre todo, a Blanca Portillo ganarse el sueldo de actrices ya merece la pena. Y aprovecho para reivindicar a Enrique Villén (el eterno secundario estrábico), que aquí, como siempre, está genial. ¿Para cuándo el Goya a este hombre?

  6. Siete años en el Tíbet (Jean Jacques Annaud, 1997). Creo haber leído por ahí que la legendaria cualidad soporífera de este filme le condenó a ser rebautizado como “Siete años en el cine”. Los detractores de Brad Pitt sólo se acuerdan de ésta y de ¿Conoces a Joe Black?, pero el esposo de la señora Jolie sabe hacer muy bien su trabajo cuando quiere (Seven, El club de la lucha, Babel, Doce monos, Sleepers, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Quemar después de leer).

  7. Siete mil días juntos (Fernando Fernán Gómez, 1994). Comedia negra de cierto espíritu berlanguiano, con el sello indiscutible del enorme Fernán Gómez. No es uno de sus trabajos más brillantes, pero, qué queréis, no he visto manera humana de asociar El viaje a ninguna parte con el número siete…

Y ahora, lanzo mi invitación a siete colegas bitacoreros. Antes que nada, y puesto que la mayoría sois infinitamente más expertos que yo en este tipo de saraos virtuales, confesaros que desconozco la más que probable existencia de algo parecido a la “objeción de conciencia memera” o cualquier otro tipo de incompatibilidad o reticencia que os pueda llevar a no atender mi invitación. Para mí es mi primera vez, y me hace gracia el invento, pero vaya por delante mi comprensión y respeto a vuestra libertad de decisión.

Estrellas invitadas:

1 – Seguro que Palimp encuentra en su cuchitril siete incunables, excéntricos o malditos dignos de ser reseñados y reivindicados, o bien siete clasicazos, o siete cuentos eróticos, o siete razones para distraer el insomnio provocado por un bebé…
2 – De Musa siempre cabe esperar un latido, un desgarro, un ingenio, un disparo, una consigna, un guiño, un escalofrío, una caricia o un delirio. Menudo quilombo cuando lo multiplique por siete, ché.
3 – Al Veí de dalt, tan aficionado él a los experimentos narrativos, los juegos retóricos, los cadáveres exquisitos, los anagramas, los palíndromos y otras calenturas de la lengua (y de la vista), seguro que esto del meme le parecerá pan comido. Bon profit.
4 –Encarna podrá elegir entre seguir practicando su recién adquirida vocación prosista por medio de siete microrrelatos, o bien componer un poema intimista de siete versos, aunque tal vez se decida por un cuento a siete voces o un cantar de siete estrofas… Amunt!
5 – Ya sé que en el proceloso e insondable océano de las veleidades humanas el número siete no equivale ni a la séptima parte de una gota, pero de verdad que con siete me conformo, C. Martín. O si no, ya sabes, escoge tus siete temazos del señor García.
6 – Letras de arena: Ahora que no nos lee nadie, te confieso que esto del meme me lo he inventado para ver si te animo a que actualices tu blog, collons, que hace ya más de un mes que no sabemos de ti. No me digas que en 32 líneas no vas a ser capaz de contarme siete cosas…
7 – En cuanto a Sfer, su repertorio es incalculable: libros, canciones, viñetas, fotos, viajes, graffittis, tatuajes y curiosidades bibliófilas en general, incluidas las habitaciones donde los escritores se ponen de parto. Sé que escoger sólo siete será difícil, pero podrás con ello.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Giros de la lengua

Delante de mí, en el autobús, viajaban dos chicas, casi un clon la una de la otra, parejas en edad (la del pavo) y en apariencia (una mezcla de pandilleras latinas y raperas suburbanas, con un toque de groupies modelo Benicàssim y otra pizca de cliente VIP del H&M o similar).
Una de ellas leía un diario gratuito mientras su acompañante, con ese gesto de profundo tedio existencial tan propio de la adolescencia, estrellaba su vista desenfocada contra la ventanilla, como si en realidad mirara estrictamente el cristal, y no lo que había tras él.
Su amiga interrumpió la lectura para compartir con ella una duda repentina:
“Oye, ¿qué es una falacia?”, le preguntó, señalando una noticia del periódico.
“Yo qué sé, tía”, respondió la otra, con ese inconfundible deje de socarronería que delataba que no había oído aquella palabra tan rara en su vida.
Pude haberles despejado la incógnita, pero no me gustan ese tipo de exhibicionismos públicos, por modestos que sean y por mucho que en realidad fuera a hacerles un favor. Entre el samaritano y el pedante, me quedo siempre con el pasota.
A los pocos segundos, la chica del periódico pareció iluminarse:
“Oye, ¿una falacia no es lo mismo que… o sea… que una mamada?”.
Ambas rieron entonces, y a mí no me quedó claro si celebraban un ingenioso juego de palabras o si, sencillamente, les hacía gracia la palabra “mamada”, cosa habitual entre los más jovencitos (bueno, y también entre la mayoría de los adultos).
Me divirtió deducir que aquella chica había confundido “falacia” con “felación” o “fellatio”, igual que esas personas que suelen decir cosas como “Después del régimen me quedé como una sífilis”, o “Ya encontrará la hormona de su zapato”, o “Se puso hecho un obelisco”, o “El médico me ha dicho que me tranquilice porque tengo mucho exprés”.
De igual modo, imaginé que confundiría “verborrea” con “gonorrea”, y así convertiría la locuacidad en una enfermedad venérea, y por tanto la facilidad de palabra sería una facultad que se podría adquirir por contagio al joder con una fulana.
Y entonces no pude evitar soñar con un mundo en el que las prostitutas habían conseguido dignificar su oficio al erigirse en educadoras alternativas, alfabetizando a golpe de pelvis y consiguiendo milagros como el de que algunos de esos futbolistas con fama de puteros que se despachan ante los micrófonos con podredumbres oratorias del tipo “Bueno, si, el partido es complicado pero lo importante es el equipo”, aparecieran de repente como certeros y elocuentes académicos.
Y así fue como entretuve aquel rutinario trayecto, a base de imaginar retorcidos giros de la lengua. Y, claro, después de tanto giro y tanta lengua, al bajar del autobús yo también me sorprendí pensando en felaciones.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Increíble, pero cierto

Si tuviera que elegir la película más original y sorprendente del año, sin duda me decantaría por ésta JCVD, que acaba de estrenarse desafiando prejuicios y jugando a desnudar la verdad y a disfrazar la mentira a partes iguales.
Evidentemente, no es lo que parece. O sea, una película de Jean-Claude Van Damme. Bueno, sí lo es, pero no. Es decir, él la protagoniza, pero no hace de su personaje, sino de sí mismo, o tal vez (y he ahí el misterio y la gracia del asunto) esté haciendo de un personaje que simula ser él mismo.
Follones conceptuales aparte, el mérito de este atrevido filme de Mabrouk El Mechri está en utilizar a uno de los actores más denostados por la cinefilia militante para crear a su costa una obra de filmoteca, arte y ensayo.
Ahí encontramos la primera pista. Una película de Van Damme que se estrena únicamente en un par de salas de las de versión original subtitulada. Desde luego que, si no fuera por eso, éste que firma jamás hubiera mostrado el más mínimo interés por acercarse a descubrir este trabajo. Sin embargo, no se trata de una epopeya primitiva y fascistoide de redención a base de mamporros y artes marciales de macarrilla, sino de un ejercicio de autoparodia, metalenguaje y espíritu crítico que ya quisieran haber ingeniado muchos de los que siguen presumiendo por ahí de integridad autoral por el solo hecho de copiar las futilidades retóricas del Dogma danés.
Lo que uno descubre al finalizar la proyección es, para empezar, que Van Damme tenía vocación real de actor. Quiero decir que no se trata de uno de esos casos (desde Bruce Lee hasta Schwartzenegger) en que un deportista, un culturista, un karateka o un especialista en cualquier disciplina similar termina convertido en estrella de cine por puro rebote. Se ve que este hombre aspiraba a ser reconocido como intérprete, independientemente de que sus aptitudes fueran mayores o menores (desde luego, se le da mejor el oficio de lo que uno pudiera creer hasta ahora; parece mentira, pero os prometo que es así). La fama rápida, el dinero fácil a cambio del mínimo esfuerzo y las tentaciones carnales y psicotrópicas inherentes a la farándula acabaron corrompiendo supuestamente esos deseos iniciales de llegar a ser, no un Marlon Brando ni un Paul Newman, pero quizá sí un Bruce Willis o un Nicholas Cage cualquiera.
JCVD no es un documental, aunque se vale de puntuales retazos biográficos de su protagonista para realzar el aspecto crítico de la historia. Por ejemplo, el juicio por la custodia de su hija, en el que un abogado le acusa de trabajar en películas violentas que suponen un mal ejemplo para la criatura, pero que, al mismo tiempo, y tal como argumenta el acusado, han servido para que tanto la niña como su madre vivan instaladas en el desahogo económico e incluso en el lujo. También se lanzan dardos envenenados contra la despiadada industria cinematográfica, que usa y tira a sus estrellas igual que al papel higiénico, e incluso contra el público (o sea, contra todos nosotros), que a menudo se cree propietario de sus ídolos y con derecho a manejarlos como si fueran títeres.
Aunque imagino que lo que más impresiona de esta obra insólita es la bravura torera del propio Van Damme, sin reparos a la hora de autoparodiarse y de reconocer sus errores; una apuesta que le hace a uno reflexionar sobre los vilipendios que durante décadas le ha dedicado al actor belga, justificados en cuanto a la valoración de su trabajo interpretativo, pero quizá exagerados en lo referente a su carisma. Por ser más claro: Van Damme no es tonto. Es más, si lo que en JCVD se nos vende como verdad es realmente cierto, me atreveré a decir que este hombre es el más sensato e inteligente de toda la cuadrilla de héroes de acción monolíticos que tan poco han aportado al séptimo arte en los últimos tiempos.
Y es que hay algo también de experimento Kulechov en esta cinta. Concretamente, en la secuencia que sin duda será más comentada por espectadores y críticos, cuando Van Damme mira de frente a la cámara y se confiesa llegando incluso a las lágrimas. Y te lo crees. No me digáis cómo ni por qué, pero parece auténtico, veraz y hasta conmovedor. ¿Nos lo creemos porque sabemos que no está interpretando; que es él, el Van Damme genuino, quien llora? ¿Nos lo creeríamos si hiciera lo mismo, pero en la piel de uno de sus personajes? ¿Resultará que este fulano es un actor desaprovechado, o pasa, sencillamente, que como cualquier ser humano (actor, taxista o enfermero) siente, padece y se emociona? Sólo por marear la duda, ya merece la pena la hora y media de metraje.
Pero es que la cosa no queda ahí. Además de un ejercicio arriesgado de cine dentro del cine y de desafío a las fronteras de la realidad, JCVD funciona igualmente como un thriller de atracos en la línea de Tarantino, Guy Ritchie o Luc Besson. Sólo me molesta la elección estética de esa fotografía asepiada que tal vez pretenda subrayar la veracidad, pero que en mi opinión le resta brillantez a un trabajo tan inclasificable como fascinante.
Del mismo modo que hizo Tim Burton con el estrafalario Ed Wood (aunque con distinto planteamiento), el director Mabrouk El Mechri nos sirve a un Jean-Claude Van Damme honesto, entrañable y cachondo, más allá de que sus películas nunca vayan a cotizar al alza en nuestra memoria filmófila.
Si hubiera un Oscar al experimento del año, por mi parte estaría más que cantado.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Muertos de sueño

Reproduzco literalmente un titular: “Un estudio demuestra que la falta de sueño puede ser mortal”.
Así es. Las personas que no duermen lo suficiente duplican al parecer el riesgo a morir por enfermedad cardiaca, según un estudio llevado a cabo en el Reino Unido.
La teoría de los investigadores se basa en que la falta de sueño podría estar relacionada con un aumento de la presión sanguínea, lo que se traduce en amenaza inminente de bomba para nuestro corazón urbanita y estresado.
Los especialistas en la materia achacan esta falta creciente de sueño entre la población al estilo de vida moderno, donde determinadas ocupaciones parecen invadir el territorio tradicionalmente sagrado del descanso doméstico.
Dicho esto, yo distinguiría tres tipos de causas, desde mi visión peatonal y corriente.
Por una parte, tendríamos a los individuos que padecen estrés, ansiedad, presión laboral, familiar o económica, motivos todos ellos más que suficientes para amargarle el sueño a cualquiera o, como mínimo, agitarlo salpicado de horribles pesadillas.
Por otro lado estarían los trasnochadores habituales, los que duermen poco porque salen de farra un día sí y otro también, porque siguen creyendo en eso de que la noche es joven y porque para ellos la juerga es el mejor sinónimo de la diversión. Tal vez mueran antes que los demás, pero lo harán como el general Custer, con las botas puestas.
La tercera categoría la formarían los noctámbulos televisivos, los adictos a series interminables, reality shows culebrónicos, teletiendas surrealistas y demás fauna catódica de la madrugada. Las audiencias de determinados programas revelan que la tele quita mucho más espacio al sueño desde que desapareció la carta de ajuste y la programación pasó a ser un flujo infinito e insaciable.
Siendo rigurosos, habría una cuarta clase, la de los insomnes patológicos, aunque éstos, por estar ya tipificados como enfermos, entiendo que no serían objeto del estudio que nos ocupa hoy y que se refiere a la disminución artificial y forzada de los hábitos durmientes como un mal de la era contemporánea.
Madrugar es uno de los sufrimientos que no he conseguido aliviar en mis cuarenta años de existencia pedestre, así que, al margen de si es o no riguroso, permitidme que esta vez apoye incondicionalmente este estudio (seguramente innecesario, como tantos otros).
Nos han organizado el mundo al revés, para que nos levantemos temprano y nos vayamos pronto a la cama, cuando la sabia naturaleza de nuestro organismo nos dicta que lo ideal es trasnochar lo que se quiera y no tener una hora fijada para levantarse. ¿Os imagináis el mundo sin despertador?
En fin, soñar es gratis, aunque dormir cueste caro.
Y ahora os dejo, que ya están ahí los Lunnis.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Complejo de inferioridad lingüística

Hace siglos, la gente llevaba pegada al salpicadero del coche una especie de orla familiar con la leyenda “Papá, no corras”. Era una horterada, de acuerdo. Como la pegatina de la discoteca Penélope de Benidorm, el perro que niega con la cabeza sobre la bandeja trasera, el mini ventilador o el cangrejo encapsulado en la bola de la palanca de cambios.
¿Somos ahora menos horteras? Habrá quien crea que sí, sólo porque le venden la misma bazofia, pero en inglés.
Lo siento por vosotros, pero eso es, entre otras muchas cosas, el famoso tunning.
Como acabo de decir, nuestros abuelos ya tuneaban su coche con el perro que niega, la Penélope, o el sofá porta pañuelos (por si fuera poco, la palabra tunear me recuerda a la Tuna, esa especie de aberración músico-universitaria que suele perpetrar sus crímenes acústicos en bodas, banquetes y comuniones).
Es verdad que hay cosas que con el tiempo van cambiando, y puede ser que lo que hace años era cutre, de repente se convierta en vanguardia (por ejemplo, los tatuajes, que hace escasamente un par de décadas eran patrimonio casi exclusivo de la imaginería legionaria y presidiaria, y ahora no hay moderno que se precie sin uno sobre su piel).
De igual modo, parece que el hecho de denominar algo en inglés lo dignificara automáticamente, como en los tiempos en que Miguel Ríos se hacía llamar Mike Ríos para parecer más rockero y juvenil.
A menudo, amigos y colegas me reprochan mi empeño por usar el castellano, y me tachan de “antiguo” por decir cosas como descanso, pausa o intermedio en vez de break; o por decir horario, programa u orden del día en vez de timming; o discurso, charla o ponencia en vez de speech; o soltero en vez de single, reserva en vez de rooming, cuestionario en vez de checklist, magdalena en vez de muffin y batido en vez de smoothie. (Y me paro, porque habría miles de ejemplos.)
Me gustaría resaltar, sobre todo, lo ridículo de llamarle a uno “antiguo” por esto. Ahora mismo no sabría confirmaros a cuándo se remontan los orígenes del inglés y el castellano, pero, como mínimo, casi todos sabéis que Shakespeare y Cervantes eran contemporáneos, por lo que ya me diréis qué tontería es eso de presumir de modernos por utilizar una lengua en detrimento de la otra.
Al hilo de mi parrafada de hoy, quiero aprovechar para recomendaros el libro La punta de la lengua, de Álex Grijelmo, en el que, además de encontrar útiles consejos y sabias reflexiones de forma amena y no exentas de ironía sobre nuestro idioma, hallaréis un apartado dedicado a los anglicismos del cual destaco una opinión que comparto totalmente: los españoles, aunque no queramos reconocerlo, nos acomplejamos ante el poder imperial de lo anglosajón, y eso termina afectando a una parcela tan específica como la del lenguaje.
Erróneamente pensamos que el castellano no posee recursos para traducir según qué términos pertenecientes al mundo de los negocios, la ciencia o la publicidad, pero eso no es verdad. Sucede, en cambio, que sigue habiendo mucho papanatas que, como en los tiempos de López Vázquez y las suecas turgentes, se siente más importante diciéndonos, por ejemplo, que se ha sometido a una terapia anti-aging, cuando todos sabemos que lo que ha hecho es quitarse las arrugas para parecer menos viejo.
En fin. Ya están tardando en sacar pegatinas que digan “Daddy don’t run fast”, o, ya puestos, “Paping no corring”, o lo que sea. A lo mejor se acaban los accidentes.

martes, 4 de noviembre de 2008

Coñazeision

Entre nosotros: ¿de verdad os interesan un carajo las condenadas elecciones norteamericanas? Estoy hasta el gorro de las verbenas preelectorales de Obama y McCain, de los sondeos por Estados, de las estadísticas churriguerescas, de los recuentos dudosos, del supermartes, de la señora Palin y la señora de Clinton, de Colin Powell, de Joe el fontanero, de Bush y de todos los corresponsales de prensa que se corren de gusto porque van a pasar una noche en Washington, como si hacer la cobertura rutinaria del escrutinio les fuera a poner en bandeja su Watergate personal o les convirtiera automáticamente en aspirantes a eso que ganan los periodistas de las películas, o sea, el Pulitzer.
Estoy harto de que todo el mundo quiera aparentar que le va la vida en ello, de que se apunten al carro informativo hasta los frívolos y los carroñeros, de que dé igual si el programa lo presenta Matías Prats o María Teresa Campos, de que no importe si la columna la firma Julio Anguita o Elvira Lindo... hasta los mismísimos cataplines de que esa veleidosa imposición temática que tendemos a llamar “actualidad” se haya convertido en un monográfico sobre la conquista de la Casa Blanca. ¡Qué coñazo, por favor!
Venga, ahora decidme que soy un ignorante por no darme cuenta de que el gobierno de los Estados Unidos es en realidad el de todos, que su política internacional decide el orden mundial, que la salud de la economía del planeta depende de si Wall Street se resfría, que sí, que vale, que dependemos de ellos hasta para elegir la talla de los gayumbos... tranquilos, que eso ya lo sé.
Pero, insisto, ¿de verdad os interesa tragaros todo el proceso informativo relativo a las listas, las urnas, los recuentos, las encuestas, las inefables “primeras impresiones” de analistas políticos y supuestos especialistas en la materia, las consignas acérrimas de los respectivos votantes, la parafernalia repetitiva que montan los medios de comunicación, obligados a llenar cientos de páginas y horas de emisión con cuatro fotos, un par de vídeos y nueve o diez imágenes de archivo que están más vistas que el culo de Boris Izaguirre?
Conmigo no contéis, porque ni siquiera me interesa el rollo que se monta cuando hay elecciones aquí. Me conformo con saber que la democracia sigue en vigor y que el partido que gobierna es el que se ha elegido mayoritariamente en las urnas. Con eso me va bastando, por el momento.

sábado, 1 de noviembre de 2008

A buenas horas

Han tardado, pero parece que por fin se van dando cuenta.
Mira que llevo yo años diciendo que lo de cambiar la hora no vale para nada.
Sé que la intención de retrasar o adelantar el reloj en sendos momentos concretos del año es la de ahorrar energía porque supuestamente se contribuye a aprovechar las horas de luz natural, y no dudo de la eficacia de la medida desde un punto de vista colectivo.
Seguro que en el cómputo global de todos los países adscritos a nuestra zona horaria cuadran los números, pero ya sabéis, Spain is different.
Hay que tener en cuenta que en el resto de Europa se come por regla general a las 12 del mediodía y se cena como muy tarde a las 19 horas, con lo que nuestros vecinos del viejo continente que madrugan para ir a currar se están metiendo en la cama casi a la misma hora en que Los Lunnis nos instan aquí a que acostemos a nuestros hijos.
Con semejante ritmo de vida no es extraño que se salude con alegría la posibilidad de aumentar las horas de sol tempraneras, pero, sinceramente, decidme de qué nos sirve a nosotros que haga sol a las cinco de la mañana.
Somos un país de sobremesa y nocturnidad; cada vez que comemos —sea desayuno, almuerzo, merienda o cena— preferimos sentarnos, hacerlo con calma y palique, tomar el café, el carajillo o el sol y sombra de rigor, y después de cenar nos acoplamos frente a la tele hasta las tantas, o bien nos tomamos ese güisquito que nos alivia de un duro día de trabajo o de un mal resultado en la Champions.
Por eso, cuando en esta época del año uno ve que a las cinco de la tarde el cielo está negro como un tizón y encima hace un frío que pela, se acuerda de la madre que parió al que tuvo la ocurrencia de adelantar la noche con la excusa del ahorro energético. Un ahorro que, insisto, notarán si acaso en otros sitios.
Pensemos que, por maravilloso que sea levantarse a las 7 con un sol radiante como de anuncio de compresas o cereales con fibra, y por mucho que haya obreros condenados a poner el despertador a las 5 o las 6 de la mañana, siempre habrá a la fuerza más actividad en nuestras calles, nuestras casas o nuestros negocios entre las 5 y las 7 de la tarde. (Eso sin contar que, por mucha luz que le pongan a uno a según qué horas, la vista estará siempre nublada por culpa del madrugón y/o las legañas.)
Las macabras estadísticas sobre suicidios indican que éstos abundan más en países fríos y oscuros, en aquéllos donde el sol es introvertido y tibio, aun a pesar de que el nivel de vida en términos económicos sea obscenamente superior al nuestro.
Como deprimirme no entra en mis planes a corto y medio plazo, desde ahora mismo me autoproclamo fundador del movimiento contra el cambio horario.
Sí, sí, reíros, pero si lo hubiera dicho Al Gore o el primo de Rajoy, seguro que os lo tomaríais bien en serio.