lunes, 6 de octubre de 2008

Igualito que su padre

Como la vida en los hospitales se rige por unos extraños cánones temporales que rara vez cuadran con el ritmo de la actividad de las personas sanas (comida a las doce, cena a las siete), la hora de la visita coincidía con el momento en que Sofía se sentía más cansada. No es que no agradeciera la compañía de sus seres cercanos, pero hay ocasiones en que cualquiera mataría por una siesta, o incluso por unos rácanos diez minutos más de remoloneo entre las sábanas.
Así que Alberto decidió que no la despertaría aquella vez. Cogió al bebé en brazos y salió al pasillo para recibir él a los visitantes. Confiaba en que todos ellos comprenderían que su mujer estaba agotada. A fin de cuentas, se suponía que a quien querían ver era al recién nacido.
Su suegra y su cuñado llegaron puntuales. Al principio pensaron que Alberto les ocultaba algo, que tal vez se habían llevado a Sofía por haber sufrido algún tipo de complicación, por lo que tuvo que entreabrir la puerta de la habitación para que se cercioraran de que dormía.
Poco después apareció una pareja de amigos, y a continuación la hermana de Alberto, a quien reconocieron sólo cuando apartó de su rostro el enorme ramo de flores que portaba.
Todos hicieron un corrillo alrededor de Alberto, que sujetaba al niño en brazos con sorprendente pericia, pese a ser la segunda o tercera vez que lo intentaba. Enseguida los invitados comenzaron a desplegar el inevitable repertorio de primeras impresiones.
“La nariz es de Sofía”; “Se ríe igual que ella” (era meritorio interpretar como risa la mueca amorfa de un ser que aún tenía más en común con los vegetales que con los humanos); “Esa arruguita de la barbilla era de vuestro padre, que en paz descanse”. La familia de Sofía barría para casa; lo normal en estos casos. Por su parte, la hermana de Alberto destacó que el bebé era tranquilo, como era norma entre los portadores de su apellido, y además apuntó jocosa que tenía las mismas entradas que su hermano. El matrimonio amigo se posicionó en el también lógico terreno neutral: “Con unos padres tan guapos, es normal que haya salido esta monada”; “El pelo negro es totalmente de Sofía, pero tiene las manos grandes como tú”.
Una enfermera que llegó al trote desde el pasillo se unió por sorpresa al rondo. Tras pedir disculpas, retiró ligeramente el extremo inferior de la mantita que cubría al niño y comprobó en misterioso silencio los datos grabados en una especie de pulsera diminuta que el bebé llevaba sujeta a uno de los tobillos. “Lo siento, señor. Va a tener que acompañarme”. Alberto apretó instintivamente al pequeño contra su pecho, y todos los demás se quedaron petrificados. Al darse cuenta, la enfermera sonrió y añadió: “Oh, tranquilos. Es sólo un trámite”.
Alberto se disponía a entrar en la habitación y depositar a su hijo de nuevo en la cuna, pero la enfermera le aclaró que debía llevarlo consigo. Tomaron el ascensor y descendieron dos pisos. Estaban en la planta de los quirófanos y los paritorios. Allí los recibió un doctor, que le arrebató el niño de los brazos a Alberto y le instó a que esperara sentado en una pequeña sala acristalada y austeramente equipada con un par de sillones, una máquina de bebidas y una palmera que parecía de plástico.
A los cinco minutos salió la enfermera de antes con un bebé en brazos. Éste era más rubio y daba la impresión de estar algo más arrugado. “Éste no es mi hijo”, quiso aclarar Alberto. “Lo siento, señor. Éste es su hijo. Hubo un error ayer en la entrega. Puede comprobarlo en la pulserita del tobillo. Hemos pasado el código de barras por la máquina y no hay duda. Le ruego nos disculpe”.
La enfermera desapareció y él se quedó plantado en medio del pasillo, con cara de bacalao recién pescado y con aquella criatura desconocida apoyada en su regazo. Una pareja de celadores se acercó para curiosear por detrás de los hombros de Alberto. “Qué guapo”, exclamó uno. “Puede estar contento, ¿eh? Es igualito que usted”, dijo el otro. “Ya lo creo”, volvió a apuntar el primero, “Esos labios y esa mandíbula tan cuadradita no dejan lugar a dudas”. “Felicidades”, añadieron ambos, y se fueron.
Alberto quiso mirar al bebé a los ojos, pero los tenía cerrados.

4 comentarios:

Poesía Intimista dijo...

Hay un dicho que dice que, con perdón, "El que no se parece a su padre es un puerco" Que manía tienen los familiares de sacarle el parecido a la criatura y siempre barriendo para casa, en vez de preocuparse por la salud del bebé o de la madre, en fin.
Muy real y muy irónico. Eres igualito igualito que José Saramago!!! ;-)
Besets.

iliamehoy dijo...

Eso pasa por parir en un hospital. Hace 50 años, (ufff una eternidad)todo quedaba en casa.Eso si, sin epidural ni chip en el tobillo.
Todo cambia...o no
Un placer leerte.

El último peatón dijo...

Yo de bebé era guapo... lo juro.

Un placer teneros por aquí.

San Joni dijo...

Yo de bebé era un monstruo, mi padrino decía, y para más inri sigue diciéndome; que yo era lo más parecido a un pulpo.
Recuerdo ese juego de mesa, "Aceptamos barco como animal acuático", "Aceptamos al bebé como animal de compañía". (jejejeje)

Me encantó el texo!!!